Al final, el problema es la muerte

El escándalo de las “vacunas VIP” confirma la existencia de un sistema asimétrico e injusto, en el que una élite configurada por ventajas políticas y económicas asume que puede administrar en su propio beneficio recursos que son inaccesibles a la gran mayoría.

Con brutal obscenidad, en este caso, es una vacuna, pero, con mayor frecuencia, es un cargo, un contrato, la participación en un negociado.

Vale preguntarse qué motivó a estas personas a aprovechar su posición de poder para violar una norma que debe ser garantizada por el gobierno que apoyan o del que participan. La primera respuesta es que lo hicieron simplemente porque pueden hacerlo, porque han naturalizado la idea de que está bien usufructuar los privilegios. Otra respuesta es que, además, está el temor a la muerte. Y el poder también es un medio para postergarla y, dentro de lo posible, elegir el modo y el momento.

Verbitsky, Taiana y tantos otros, en Buenos Aires y en diferentes puntos del país (y del mundo), rompieron las reglas y se burlaron del pueblo para alejar la posibilidad del final de sus vidas.

Hay muertes y muertes

La muerte está en la tapa de los diarios, convertida en material de noticias. Es un tema recurrente de conversación, un escándalo a veces, un temor profundo que nos quita el sueño. En condiciones normales, nadie quiere morir. Nadie quiere que muera un ser amado.

Y, sin embargo, como decía Borges, “morir es una costumbre que sabe tener la gente”. Ocurre que nuestra cultura ha convertido ese acontecimiento natural en un tabú, en algo que es permanentemente rechazado. Como si fuera posible eliminarla de la realidad.

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Y, claro, hay muertes y muertes. Está la calma muerte del anciano que, finalmente, se entrega casi con alivio y está la muerte que es impuesta con violencia, por un brazo asesino o un golpe del azar.

Hace poco murió Maradona, el mayor ídolo popular de Argentina. Y, desde entonces, se van conociendo detalles de su fallecimiento: el círculo de abandono e incluso de desprecio en el que agonizó y dio su último suspiro. Esa imagen, que todavía se está armando como un rompecabezas, contrasta con el dolor de las miles de personas que los fueron a despedir a su velatorio. La muerte condensa aspectos esenciales de la persona, de su grupo social y de la sociedad en general.

Murió Menem y muchos de quienes lo rodearon, ensalzaron y obedecieron en su apogeo, hace unos días dieron vuelta la cara o, en el mejor de los casos, expresaron un adiós distante y protocolar. La mayoría desea que desaparezcan todas las fotos que recuerdan ese vínculo. Darían un lote entero de Sputnik para borrar ese pasado, para ser lo que no han sido y no son y, así, morir con mayor dignidad y coherencia.

Murió Úrsula Bahillo. La mató un exnovio, policía, de 15 puñaladas. No la defendió el Estado, pese a las repetidas denuncias que ella había hecho. Fue una víctima más del sistema patriarcal.

En la muerte de cada uno se cifra la naturaleza de la sociedad y, por supuesto, el modo en que cada uno vive. Algunos tienen más libertad de elección que otros.

Los que pasaron por el vacunatorio VIP han elegido también.

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