El dilema del pingüino amarillo

En los manuales de metodología de investigación científica, es común explicar las falencias del inductivismo a partir de un ejemplo como el que sigue:

El cuervo 1 es negro

El cuervo 2 es negro

El cuervo 3 es negro

El cuervo n es negro

Todos los cuervos son negros

Se dice: el investigador realiza reiteradas observaciones, cambiando algunas variables (zonas de avistaje, período del año, horario, etc.); finalmente, al no descubrir novedades, concluye que todos los cuervos son negros. El pasaje de lo particular a lo universal se llama salto inductivo y es objeto de cuestionamiento por parte de los lógicos, ya que la validez de la conclusión no se deriva de la validez de las premisas. Podemos ver mil cuervos que sean negros y, sin embargo, existe la posibilidad de que en algún lugar del mundo exista un cuervo que sea de otro color.

El inductivismo, sin embargo, es un tipo de inferencia muy útil en la vida cotidiana. Si nos quemamos una vez con leche caliente, esa experiencia será suficiente para inferir que el riesgo será el mismo siempre que nos encontremos con leche a igual temperatura. Y seguro que no es necesario pasar más veces por la misma experiencia para asumir la validez de esa conclusión.

Este razonamiento también favorece los prejuicios. Si leo en un diario que alguien de tal grupo cometió cierto delito, puedo inferir con ligereza que todos los integrantes de ese grupo son iguales. Quién no ha escuchado frases como “todos los peronistas son iguales”, “todos los neoliberales son iguales”, “todos los zurdos son iguales”. Así, el razonamiento inductivo es utilizado como una estrategia cognitiva e ideológica para simplificar la complejidad del mundo y llevarnos tranquilidad. Los otros son iguales (entre sí) y son peores que nosotros.

Te puede interesar:   Virginia Creimer sobre Luciano Arruga: “La verdad es muy dolorosa, pero repara”

La inducción anula la diferencia. Al final, todo es lo mismo. Con conocer a uno, conocemos al resto. Una sola experiencia basta para saber cómo son.

El pingüino inexplicable

Recientemente, llamó la atención pública la existencia de un pingüino amarillo, fotografiado por el especialista en fauna salvaje Yves Adams, en una isla de Georgia del Sur. Nunca antes se había registrado uno similar.

Según explicó el naturalista, la causa es un defecto en la pigmentación denominada leucismo. El caso es similar al de los pingüinos albinos.

Ahora bien, la figura del pingüino amarillo puede ser útil para reflexionar acerca de las fallas en los procedimientos de normalización ideológica. Si nosotros pensamos que somos todos pingüinos y que, por eso, somos todos negros y blancos (pudiendo aceptar la excepcionalidad de alguno que sea todo blanco), el problema es la existencia del pingüino amarillo, tan grotescamente diferente.

El pingüino amarillo bien puede ser el traidor al propio grupo, el lobo que se vistió de cordero para engañarnos y simular ser igual a las víctimas. También puede ser el advenedizo, el que no cree en los principios de nuestro grupo pero se sumó para obtener algún beneficio personal.

Si alguien nos reprocha: “Fulano estuvo con ustedes y es un corrupto”, nosotros podemos responder “No era como nosotros, en realidad, simulaba serlo”. Más o menos como cuando se dice “Menem no era un verdadero peronista”, “Sergio Massa no pertenece al núcleo del proyecto nacional y popular”, “Alberto no forma parte del riñón kirchnerista”, etc.

¿Qué convierte en amarillo a un pingüino? ¿El color del plumaje o que alguien lo vea y se dé cuenta? ¿Las características del objeto o la perspectiva del sujeto?

Te puede interesar:   Esquizofrenia solidaria

El pingüino que fotografió Adams es incuestionablemente amarillo (salvo que se descubra que se trata de un fraude). En la política y en el resto de la vida social, las características de los otros no son tan evidentes y objetivas.

El pingüino amarillo no solo es el infiel o el traidor. Puede ser el que, estando dentro de un grupo, empieza a dudar de los principios colectivos y explora alternativas. El pensamiento también nos puede cambiar el color de plumaje.

En cualquier caso, el ejercicio de pensar las excepciones y las variantes es bueno para evitar incurrir en esencialismos que reducen todo a blanco o negro, nosotros o ellos. Habrá situaciones en que esas dicotomías son útiles, en tanto permiten organizar acciones colectivas y luchar por derechos valiosos y justos. Y habrá otras situaciones en las que sirven para enmascarar una realidad más compleja y para defender privilegios de pingüinos amarillos, cerrando los ojos y jurando que son blanco y negro. Como nosotros.

One thought on “El dilema del pingüino amarillo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *