Las izquierdas, el progresismo y la vuelta a la presencialidad

“No más deberes sin derechos,

                                                              ningún derecho sin deber”

Himno de La Internacional

El debate “abrir la escuela, presencialidad” es parte de la  dinámica toxica a la que nos ha acostumbrado la casta política y los medios de comunicación. Las idas y vueltas no tienen fin: dirigentes políticos y gremiales pasaron de posicionarse desde  “la virtualidad no es la escuela”, la militancia antipresencialidad, a “necesitamos conexión” para finalmente arribar a “todos estamos de acuerdo con la presencialidad”. Y lo hacen en el marco de prácticamente las mismas condiciones sanitarias, epidemiológicas, de infraestructura escolar y de transporte que existieron durante el segundo cuatrimestre del año 2020.

El cambio solo la explica la derrota política infligida por el PRO de  Larreta sobre el ex cavallista Trotta. Hoy el escenario de la vuelta está ubicado a la derecha. El seguidismo político al gobierno de unos junto al economicismo corporativo de otros (a veces combinados) diluyó la posibilidad de afrontar el problema desde “el progresismo” y las izquierdas.

La desidia y el desprecio, mostrada por les gobernantes hacia quienes somos parte de la escuela pública invita a repensar a la propia democracia respecto a quienes toman las decisiones que afectan a nuestro pueblo tan directamente como son los casos de la educación de nuestres hijes y la salud pública.   Los docentes, las familias, “los de abajo” tenemos una oportunidad. Ellos, los de arriba, están pensando – y mal – en cómo volver a la escuela. Las izquierdas, en cambio, en cómo, por qué y para qué hacerlo.

I La educación presencial es una cuestión central, no táctica.

La territorialidad del docente es el aula y la escuela porque es allí donde construye su identidad: se relaciona con les estudiantes, con las familias, con su pueblo y sus necesidades materiales y espirituales. Y es allí también donde se crean las condiciones de posibilidad para que construya sus relaciones sociales que, en un punto, jugarán un papel clave en su conciencia como trabajador, y también – de asumirlo – como intelectual, como productor de sentido. Es en ese espacio en el que supera la mirada individual, familiar, privada, por una objetivamente colectiva, participa de un campo cultural que contiene a un nosotres y ejerce una responsabilidad pública, política. Esa fue y es una razón suficiente para que las izquierdas siempre defiendan la presencialidad frente a los diferentes proyectos de trasladar el aula a la virtualidad, al mundo privado, al hogar con plataformas, llegando a una escuela sin maestros en su versión extrema. Un segundo argumento no menos importante es que cuando se defiende la escuela pública es porque las izquierdas sabemos que sin escuela son les hijes de les trabajadores y les propios laburantes les afectades.  En primer lugar porque la escuela tiene una responsabilidad de cuidado y además porque es en el aula donde se puede desplegar un verdadero proceso de enseñanza que permita batallar contra la desigualdad de clase, expresada en capitales culturales diferenciados. Y finalmente porque las izquierdas apuestan a construir poder popular desde abajo para organizar una vida para que de “todos sea el pan y de todos las rosas” (Paul Eluard) y no solo a una defensa económica corporativa del trabajador docente.

Tal vez explicitando esa posición estratégica debió explicitarse más esa “batalla por hacer posible la presencialidad” también durante la pandemia, como se hizo en muchos movimientos sociales, en los comedores populares e incluso con algunes docentes asentados en las barriadas. Y desde esa posición propositiva denunciar y confrontar con el Orden Social existente que mostró con una lupa todas sus carencias respecto al sistema educativo, sanitario y social a la que llevaron los partidos del orden – con sus matices – en 37 años de democracia: “El rey estaba desnudo”. La responsabilidad política era de ellos, de la casta política, y eso quedó diluido en el debate si “volver a las aulas” o no.  

Casi un año después de iniciado el ASPO muchos de los gremios docentes “progresistas” e izquierdas plantearon que se debía retomar la presencialidad bajo ciertas condiciones sanitarias (lo que es imprescindible) pero tarde: la bandera le quedó a la derecha. Hoy la “vuelta a la presencialidad” está atada a una cosmovisión de “vuelta a la normalidad”, que no supone la necesidad de medidas “extremas” como tener escuelas con infraestructuras aptas, mayor cantidad de docentes, aireación, etc. Quieren resolver todo con la utilización de las palabras cuidado y protocolo “consensuados”. Y, sobre todo – y esa es la matriz ideológica – bajo la responsabilidad individual de cada quien, que debe buscar lo mejor para su hije, “salvarse solo”, tan presente en la cultura neoliberal que – reconozcámoslo – sigue siendo la hegemónica. Esa “salida” para “volver” la impuso la “casta política” gracias a aquellos yerros seguidistas al gobierno nacional del progresismo o a posiciones corporativas/defensivas de las propias izquierdas. Y el riesgo de volver a abrir la escuela ahora bajo los parámetros de “los de arriba” es muy alto. Su preocupación central se limita a cómo llegar mejor a las elecciones.

Te puede interesar:   Abraham Leonardo Gak, maestro (1929 – 2020) (Diálogo inconcluso con un hombre progresista)

II Les docentes: vade retro “facilitadores”.

I

La escuela pública se sostiene casi exclusivamente por el trabajo docente y no por las políticas de los gobiernos que, en algunos casos quisieron destruirla, y en otros mantenerla pero siempre enmarcada en la reforma estructural impuesta por el neoliberalismo.

La novedad que mostró la pandemia fue la magnitud del lugar que ocuparon el docente y las familias en el ciclo lectivo 2020: fueron elles quienes sostuvieron las clases. Los gobiernos se limitaron a enunciar – sin terminar de impulsar como se suponía debían hacer – una política pública a la que denominaron a “distancia o virtual”. Esas modalidades (la primera con soporte papel, la segunda digital) presuponen, como señaló Brenner “el previo aprendizaje de los docentes de la tecnología que se ha elegido a tal efecto y que se tiene a mano, suponen una planificación adecuada, suponen la elección previa de los alumnos con los medios tecnológicos pertinentes y el acompañamiento de tutores.” Obviamente nada de eso ocurrió. Lo que se desplegó fue la “enseñanza remota de emergencia” que es la que se da ante una situación imprevista y lógicamente no hubo aprendizaje previo de les docentes respecto al medio tecnológico a usar, ni ha sido contemplado en la planificación, ni se ha garantizado que les estudiantes cuenten con ese medio y sepan utilizarlo, ni acordado con una red de tutores (en este caso mapadres que tampoco estaban preparados para esa tarea). (Miguel Angel Brenner:  https://contrahegemoniaweb.com.ar/2020/05/27/estudios-a-distancia-a-proposito-de-la-ley-de-educacion/ )

Esa enseñanza remota significó objetivamente un plan para docentes y familias de “arréglense como puedan” y debilitó – por falta de acompañamiento estatal – aún más los aprendizajes posibles que iban a ser lógicamente nimios, de resistencia, para no perderlo todo.

II

Y, sin embargo, esa desidia, ese abandono por parte de los “de arriba” abrió un segundo tema a registrar para las izquierdas como capital potencial. En muchos casos ese docente casi sin apoyo alguno recuperó – tal vez sin proponérselo – su lugar central de productor directo de conocimiento y sentido, del que había sido expropiado.  Siempre están los que nunca lo perdieron, pero ahora fueron muchos más. 

Desde los años sesenta las políticas de las denominadas tecnologías educativas fueron reduciendo al docente a ser un ejecutor de lo que los cientistas – los teóricos – desde lugares ministeriales y/o académicos pensaban. Y esa amputación de su lugar como intelectual tuvo como última degradación conceptual el nombre de “facilitadores”. Fue la pandemia – contrario sensu – la que obligó a que muches docentes aislados pero responsables tuviesen y pudiesen volver a reflexionar sobre su propia práctica, recuperando de esa manera su centralidad como productor de contenidos, incorporar nuevas herramientas y hacerlo todo desde su propia autonomía critica. Y aquí aparece otra anormalidad para este orden que quiere volver a que todo sea como antes porque obligado a salir al ruedo ese docente tuvo que resolver los problemas con sus propias herramientas y conocimientos casi sin “superior jerárquico”. Es esa experiencia la que requiere un balance que tal vez sea punta de lanza para una refundación de la Escuela Pública, indudablemente en crisis. Y en ese sentido, ese docente podría transformarse en parte del colectivo educativo que exige ahora – luego de haber asumido toda su identidad como intelectual – la participación real en la política general de la institución escuela, determinando metas, estrategias, alternativas y en la evaluación del recorrido. Participar en la toma las decisiones acerca de qué se decide y a quiénes beneficia esa decisión: poner en discusión el poder.

Hoy los gobiernos definieron volver a la presencialidad sin demasiadas precisiones y limitando su involucramiento al cómo. Su única esperanza es la vacuna y su preocupación era y es el tema de un protocolo sanitario del que no se responsabilizan en su aplicación. Eso lo dejan a cargo de la buena sapiencia de les directives que deben simplemente ejecutar sin contar siquiera directivas claras ni compartiendo responsabilidades sobre lo que les dijo el superior jerárquico. Eso es volver a la normalidad y no cosechar la experiencia de docentes y familias durante la pandemia. 

 III La escuela, la ciencia y la política.

Dado que estamos frente a una crisis abierta (sin caer en catastrofismos), para las izquierdas el problema a enfrentar no es solo cómo volver en condiciones sanitarias de no riesgo sino – como siempre, pero agudizado por las nuevas dudas extendidas socialmente –  el para qué y qué contenidos se debatirán en el aula. Por un lado, estarán los curriculares propios de cada área y el desafío titánico de enfrentar la desigualdad del aula que legó el año 2020. Por otra parte, a esos contenidos necesarios debería sumarse, como un contenido trasversal que recorra a toda la escuela, la pandemia y la crisis abierta por la relación establecida entre la acción humana y la naturaleza. El “buen vivir”, el desafío ecológico y el igualitarismo social están hoy implícitamente rondando la cabeza de muches como hace décadas que no estaba.

Te puede interesar:   Los 120, la brigada del café (O apuntes para repensar una generación comunista)

La situación a la que la población se vio sometida de manera inesperada y hasta inexplicable junto a la incertidumbre que crece, crea una situación de aprendizaje casi ideal, – eso que la teoría conceptualiza como situación problematizadora – porque el docente comparte la pregunta y hasta la angustia con les estudiantes y familias. Hoy es claro que la pregunta que nos transita a todes es ¿por qué se produjo pandemia? ¿Era evitable? Quienes tienen el poder y pretenden “volver a la normalidad” que nos trajo hasta acá, banalizan respuestas, relativizan el problema, ocultan las explicaciones científicas y buscan morigerar la crisis ideológica que se abrió y pretenderán cerrar rápidamente de manera burocrática.

La escuela y les docentes tienen la obligación de enseñar los conocimientos científicos consensuados en el campo específico. Tienen la responsabilidad de ayudar a la búsqueda de respuestas fundadas científicamente  y que muestren la complejidad: conocer para transformar. Deben contribuir a comprender este tiempo histórico, porque es la propia especie humana la que está en riesgo. Y el futuro, hasta por una cuestión biológica les pertenece a las generaciones de les estudiantes.

Hoy eses docentes que dieron batalla desde sus casas tal vez deban – como corolario del esfuerzo realizado – salir a disputar el sentido para que como humanidad no debamos afrontar otra vez esta injuria a la especie, que tiene responsables. No fueron responsables los pueblos, ni un “bichito” ni una negligencia sino quienes ejercen el poder mundial.

La explicación que aportó la ciencia para comprender la pandemia fue clara y contundente: una explicación de tiempo largo, estructural que remite al calentamiento global producto del desarrollo de fuerzas productivas en el marco de determinadas relaciones sociales de producción. Esto se vincula directamente con la segunda causa fundante de dicho calentamiento que es la desforestación que se produce por la búsqueda de recursos para la agricultura, minería, etc. Es ese proceso de expansión del capital detrás de su ganancia lo que genera que patógenos que no contienen ningún riesgo para la humanidad, expulsados de su hábitat natural ingresan a la “civilización” y dan el brinco al ser humano. Por eso discutir la pandemia como contenido trasversal es un debate político y partidario, aunque los partidos mayoritarios que están en la grieta – paradójicamente – acuerdan en lo esencial sobre ese problema central: el modelo extractivo exportador.

    IV Por qué las izquierdas queremos y debemos volver al aula

Hace poco menos de dos  meses Álvaro García Lineras publicó un desafiante artículo  reflexionando acerca de este momento de excepcionalidad histórica. Hace allí un análisis de la crisis sistémica en sus diferentes aspectos (médica, ambiental, económica estructural acelerada por la coyuntura, etc.) y plantea como tesis el agotamiento del régimen de acumulación que hegemonizó al capitalismo entre los primeros setenta y hoy: el “consenso planetario neoliberal”. Señala que la pandemia aceleró la muerte de ese dios neoliberal, plagado de certezas, marcando como evidencia “la crisis del espíritu de una época” pero que vive hoy en un estado de incertidumbre, de carencia de perspectivas. Habla García Lineras – tomando el concepto de Turner – del estar en una época liminal, en suspenso: “un tiempo histórico cansado, meramente inercial, que deambula como un zombi, de un nuevo tiempo histórico que aún no llega, que tampoco se anuncia, que no se sabe cómo será, pero que todos esperan que algún rato llegue”. Y esa angustia existencial se produce porque las clases dominantes, los dueños del poder se quedaron “sin letra”, perdieron la capacidad de tornar la vida previsible, de trazar un camino: su voz que era incuestionable hasta hace poco tiempo perdió musculatura y es en ese hiato que se abre la posibilidad a “los de abajo”, de disputar el propio sentido de la vida. El “sentido común” impuesto por los “de arriba” (la clase social que tiene el poder económico dominante tiene la ideología dominante, diría Marx) está en crisis y la propia experiencia de las clases subalternas en la misma habilita dosis de buen sentido. (Álvaro García Lineras: https://jacobinlat.com/2021/01/05/tiempo-historico-liminal/ )

Parte de esa experiencia contradictoria vivida de angustia, desazón y esa imprevisibilidad respecto al futuro se agudizó; y al mismo tiempo, se desplegó una mayor capacidad de autonomía crítica en muches docentes y familias cansadas, azotados en sus casas intentando batallar por el derecho a la educación y a la propia vida puesta inesperadamente en debate. Por eso, vuelven a la escuela con condiciones de posibilidad para no ser les mismes, no ser amañades nuevamente por la verticalidad escolar (el superior jerárquico), por administrar la tarea que otre ordena. En definitiva, se llegó a este punto porque se aceptó como normal el ejercicio del poder de quienes nos trajeron hasta este puerto que está putrefacto e irradia muerte. La escuela también está en crisis. Y la experiencia socialmente vivida por les trabajadores: docentes, madrepadres y por les estudiantes debe ser el punto de partida para exigir y transformar, crear y pelear por otra normalidad escolar y sanitaria.

Te puede interesar:   Volver a la Escuela: una necesidad. (Carta de un padre: del entusiasmo al desencanto).

 V El “beneficio de inventario”.

Esta época liminal, en suspenso, está presente hoy en la Escuela. Irrumpieron las mismas respuestas de siempre “desde arriba” para “volver a la normalidad” de antes. Eso habla del pasado, de lo que se muere, de lo que debería morir: la especie humana es la que está en riesgo.

Las derechas, con buen olfato lograron apropiarse de una bandera que siempre combatió con sus políticas: el derecho a la educación. El MMEE firmó la capitulación de la “vuelta a las aulas” derrotado pero también por convicción: es un ministro que expresa el ala derecha de un gobierno “progresista moderado” (Claudio Katz dixit). Por eso no es casual que quienes están en los gobiernos se hayan centrado en el cómo volver a la presencialidad sin un planteo ni cuestionamiento global respecto a la vieja normalidad ni un reconocimiento de la nueva realidad de docentes, familias, trabajadores en general, que asumieron responsabilidades nuevas, afrontaron desafíos en el marco de un estado desflecado en décadas de neoliberalismo explícito e implícito. Ese nuevo lugar de la comunidad educativa pone en agenda cuestiones como extender la democratización en la toma de decisiones hacia abajo (los de arriba han dado sobrada muestra de inutilidad), que sería “tener beneficio de inventario” de ese nuevo sujeto que incipientemente podría estar naciendo con la crisis pandémica cuya experiencia crítica con el sistema puede estar “flotando en el aire” y “los de arriba” quieren ahogarla antes que se despliegue.

La Escuela es un lugar fundamental en la vida cotidiana y en las expectativas de futuro de todes. Hoy es claro que durante el 2020 la “enseñanza remota de emergencia” pudo cumplir de manera muy limitada el objetivo de enseñanza, sobrecargando en las familias el de cuidado.

Este año les gobiernos “superaron” la grieta y plantearon un retorno sin afrontar los dos temas claves que dejaba la pandemia: los sanitarios y los pedagógicos. En el primer caso elaboraron un protocolo “acordado” con gremios docentes pero su aplicación quedó supeditado al buen sentido de les directives. Una institución escolar no puede resolver por “sentido común” cuestiones sanitarias para la que les maestros y directives no fueron formados. Debió enviarse a arquitectura escolar y médicos sanitaristas para analizar el espacio y aireación de cada institución, para que observen in situ la forma en que debe adecuarse y desplegarse el proceso educativo para contemplar la salud de estudiantes, docentes y no docentes. O ya – sabiendo que este año se transitará entre la presencialidad y la virtualidad – tener un plan para superar el estadio “remota de emergencia” (sin detenernos aquí en la sobrecarga de la labor de docentes y nuevamente en las familias). Por citar solo dos cuestiones que – como se dijo – “dejan al rey desnudo”.

Les docentes, les madrepadres están contentes de que sus hijes estén en la escuela, aprendan, los cuiden; y paralelamente viven la incertidumbre que genera la despreocupación real que desplegaron les gobiernos dejando todo librado a la suerte de cada cual. Esta tensión deja germinando una contradicción.

La situación crítica no es eterna, se resuelve. El progresismo de izquierda más radical clama por una alternativa “preocupada por el bienestar de las personas y no por la acumulación de ganancias” (Chomsky) y en ese sentido, más allá de lo naif de la frase es claro que ese humanismo clama por nuevas respuestas y ve que el ideario neoliberal de mercado, concentración de riquezas y democracia también están muriendo para las clases dominantes” y permiten – a veces acompañan, aún con temor –  que irrumpan las alternativas posfascistas con vigor.

Las izquierdas pese a su actual baja densidad política y cultural enfrentan un desafío clave para empalmar, desde sus mejores tradiciones, con esas masas que, aunque no está claro que estén en disponibilidad, su incertidumbre las predispone a escuchar nuevas voces, incluso las más disruptivas.

Las izquierdas cuentan primero, con el capital latente de la experiencia vivida por muches nuevos docentes que objetivamente se vieron obligados a recuperar su lugar de sujetos – y no facilitadores – del proceso educativo, “reflexionando sobre su propia práctica”;  segundo, con el involucramiento de les trabajadores que quedaron también como protagonistas en el quehacer cotidiano escolar como nunca antes y tercero, con una crisis liminal del capitalismo, abierta. Todos elementos que crean condiciones de posibilidad para intentar ahora – si reconocemos que la presencialidad es bandera de igualdad y objetivamente quedó cedida a la derecha por seguidismo o corporativismo – actuar “desde abajo”, para acompañar esa vuelta al aula de todos esos sujetos “con expectativas y contradicciones” pero creando colectivos para exigir participación real – no formal ni por email – en la toma de decisiones sanitarias y pedagógicas. Aún más: se crean las condiciones de posibilidad para señalar que es la escuela uno de los lugares por donde debe transitar parte del debate de nuestra sociedad en torno a la acción humana y la naturaleza. Y ambas cosas no la harán los gobiernos “realmente existentes” que finalmente están convencidos que el capitalismo es el “orden natural” de la vida humana: receteado, reformado pero no hay otro orden posible. Y sostienen eso pese a estar viviendo esta Primera Gran Pandemia Mundial. Y digo primera porque de seguir por el  camino de la lógica de acumulación del capital indudablemente vendrán otras.

En definitiva, la educación, la salud, la vida son cosas demasiados importantes para dejarlas en manos de les otres en un tiempo que no termina de morir. Y las épocas en la Historia no mueren de muerte “natural”.

2 thoughts on “Las izquierdas, el progresismo y la vuelta a la presencialidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *