Militancia y tribuna: nuevos retazos para reconstruir la historia de Omar Leopoldo López, el Monto. Parte I

Los idealistas suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que los oprimen.

Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción, sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos cómplices de los intereses creados, dóciles- maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad”.

José Ingenieros

“El hombre mediocre”

Introducción

 Para quienes militamos en organizaciones populares y de izquierda, marzo es siempre un mes que nos invita a pensar en una enorme cantidad de acontecimientos, sujetos, acciones y proyectos de país (revolucionarios si queremos sonar un poco más incómodos). Pero también nos llama a reflexionar sobre un proceso que se abrió con la resistencia peronista de los 50’, el crecimiento de la consciencia de la clase obrera durante los 60’ y la posibilidad de pensar en que el cambio social estaba a la vuelta de la esquina durante los 70’. Proceso que culmina con la dictadura más sangrienta de nuestra historia.

 Pero también nos habilita espacios para pensarnos como posibles continuadores de ese proceso, salvando las distancias, con otras herramientas, con otros debates y en otra época. Es en estos espacios en los que intentamos construir la resistencia y una alternativa, pero viviendo nuestra vida cotidiana con otras pasiones, emociones y sentimientos. Así como lo vivimos nosotros, suponemos que también la vivieron quienes militaron hace más de 45 años por sus sueños de liberación y cambio social. Es sobre este andamio en donde se intenta reconstruir la vida del Monto, un pibe del barrio de Villegas.

 A partir de un primer escrito sobre la vida de Omar Leopoldo López tuvimos la posibilidad de difundir la historia del “hincha de Almirante Brown desaparecido” por la última dictadura militar, civil, clerical y patronal. El objetivo de poner en palabras escritas el testimonio oral de quienes compartían la cotidianeidad junto a él, era la de intentar reconstruir cómo era la vida de un militante político que lo movilizaban otras pasiones, cómo era la cancha y el rock, qué compartía la amistad y el amor con sus pares y, sobre todo, como la política y los posicionamientos ideológicos le atravesaban en sus ámbitos y en su vida personal.

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Los Montoneros de la B…

 El Monto inicia su vínculo con Brown a partir de la amistad que se forjaba en el barrio de Villegas, en las esquinas Gaboto y Ambrosetti, y Gaboto y Guatemala, “corazones de ochava” donde un grupo de pibes se encontraban a pasar el rato, intercambiar historias y compartir algunas botellas de vino. La mayoría de pibes que pasaban por esas esquinas, de a poco, también empezar a ir a la cancha, y el Monto no fue la excepción. Cuando él empieza a frecuentar las tribunas, un grupo de quince a veinte chicos ya estaban vistos como el germen de lo que después se conoció como la “vieja barra de Brown”.

 Al poco tiempo que empezó a frecuentar los tablones de Rucci y Mármol él ya mostraba sus dotes de líder y una personalidad avasallante. En tiempos donde comandaba el club Don Luis Mendoza, estos pibes crean una agrupación junto a grupos de otros barrios, como eran San Justo y Casanova,  “Arriba Brown”, con el objetivo de tener línea directa con el presidente del club. Al ser tantos pibes, la agrupación tenía que tener un número reducido de representantes para que lleven adelante las reuniones con la comisión directiva, entonces, el Monto fue designado como miembro de ese “comité”, junto a otros históricos de la vieja barra: Cacho Ropero, el Tola y Pedro, “el feo”.

 Fue a partir de esa acción en dónde sus amigos del barrio y del tablón lo empiezan a ver como un líder natural y las nociones de organización que él tenía. Según comentan algunos amigos aurinegros, al Monto se le ocurre la idea de empezar a cantar en cada partido “ole, ole, oleeeee, los montoneros de la B, ole, ole, oleeee, los montoneros de la B”, con todo lo que implicaba ese canto los sábados por las tarde, con la policía en las narices, en los inicios de los setenta. De ahí viene su apodo, incluso no habiendo militado nunca en Montoneros, Omar Leopoldo López fue bautizado así en la tribuna por ser militante de alguna agrupación de base peronista. En aquellos años, Montoneros era la agrupación política de izquierda peronista con mayor base militante y una gran influencia en las masas, por ello, cualquier militante de la izquierda peronista era considerado en el sentido común como “montonero”.

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 Eran otros tiempos, donde las barras no eran lo que soy hoy, asociaciones ilícitas, sino más bien, ir a alentar a donde se pueda por los colores. Sin embargo, la cultura del aguante ya comenzaba a instalarse en los clubes, las hinchas y las tribunas. Y esto le fue ajeno ni al Monto, ni al grupo de pibes que se había conformado como barra. Desde caer en cana volviendo de la cancha de Morón en el camión de Cacho Ropero, hasta ir en el entre tiempo de los partidos de Vélez (además de ser simpatizante, en esa época, había buena onda entre los hinchas de cada club) para “robar” banderas de otros equipos. Historias que no nos dan orgullo, pero, por más que nos pese, formó parte de una cultura plebeya de cancha que se inició por aquellos años.

 El Monto no tuvo la suerte de ver campeón a Almirante. Sí estuvo en esa época en dónde Brown estuvo primereando los puestos de la segunda categoría y tuvo chances de subir a la primera división del fútbol argentino. La más recordada por sus amigos, en la que el Monto estuvo presente, fue la última fecha del hexagonal del año 76, cuatro meses antes de que sea secuestrado. Esa última fecha disputaban el partido Almirante y Lanús en la cancha de San Lorenzo, el viejo gasómetro. Si Almirante ganaba, ascendía a la primera división. El partido termina en un escándalo, Almirante perdiendo dos a cero y hacia los 75 minutos de partido se suspende por incidentes y el árbitro expulsa a una decena de jugadores de Brown.

El equipo que peleó el ascenso en 1976. De fondo la hincha de Almirante.

Marxismo, peronismo y lucha de clases

 Cuando empezamos a reconstruir la historia de Omar, lo caracterizamos como un peronista revolucionario o peronista de izquierda. Sin embargo, a partir de entrevistas con un compañero de militancia (también simpatizante de Brown) pudimos dar cuenta de su identidad política. El Monto militó en sus inicios en una agrupación de base de La Matanza, llamada 9 de junio, que respondía a la dirección de Gustavo Rearte, fundador de la juventud peronista en 1957 y uno de los referentes de la izquierda peronista. Luego de ese paso, militó en el Peronismo de base y el Peronismo auténtico, dos organizaciones que se ubicaban debajo del amplio abanico de lo que se consideraba la izquierda peronista donde se daban debates y diferencias en función al rol del movimiento, al líder y el proyecto estratégico.

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 Si bien el Monto militó en organizaciones peronistas, nunca se declaró como un peronista. Omar era un marxista de mucha lectura, de una gran preparación teórica, donde El Capital y los Manuscritos Filosóficos y Económicos de Karl Marx, eran el eje de su formación política e ideológica.

 La cuestión central de su praxis política tenía que ver con interpretar que las masas trabajadoras eran peronistas y por lo tanto, había que tener un anclaje en esos espacios, pero sin dejar de dar los debates necesarios que cuestionaban el rol del movimiento en la lucha de clases y el papel de Perón como líder de masas. Por eso, usando al marxismo como una caja de herramientas, el Monto militó en esas organizaciones, incluso formando parte de los miles que estuvieron en Ezeiza en el 73’ y los millones que fueron a despedir al caudillo en julio del 74’ en Plaza de Mayo. Un compañero de militancia del Monto, de aquellos años, nos contaba “[…] nuestras ideas eran llegar al socialismo desde el peronismo. Estábamos influenciados por la revolución cubana. Queríamos que se acabe la explotación del hombre por el hombre […]”.

 Entonces, ¿por qué lo apodaban el Monto si nunca militó en Montoneros y tampoco era peronista? Justamente, su apodo nace en la tribuna aurinegra, formando parte del común de la plebe, donde para ellos, Omar, al ser de izquierda y militar en organizaciones de base peronistas, era “Montonero”. Entonces, él se lo apropia, no se limita a diferenciarse, y comienza a tratar de meter nuevos sentidos de lucha en la tribuna, como es el hecho de cantar de forma provocativa en frente de la policía “somos los Montoneros de la B”. Esta apropiación, esa negación de rechazar un apodo que no lo caracterizaba quizás tenía que ver con una lectura y/o un tacto de querer persuadir políticamente, en el sentido común, a sus amigos de la cancha.

Pablo Nolasco Flores

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