Espíritu comunal, insumisión y libertad

(Especial para CH) Como esas cosas que de tanto en tanto hacen los pueblos insumisos, la Comuna de Paris de 1871 no fue un relámpago en cielo estrellado. Desafiando el espacio-tiempo, sus setenta y dos días de existencia, tuvieron un antes y un después que reverbera hasta nuestros días.

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Como ex- asambleísta del 2001-2002, no puedo dejar de rememorarla rescatando la riqueza de los procesos liminares y disruptivos que la engendraron, los que la sostuvieron y engrandecieron.

Décadas de engaños, frustraciones, miseria y muerte, van preparando un campo propicio a incendiarse ante la menor chispa. Estas calamidades vinieron de la mano de las sucesivas y feroces represiones del Estado burgués imperial francés, que masacró cualquier intento de la naciente clase obrera, artesanos y demás sectores plebeyos de la sociedad por tener una vida digna y gozar de las mieles democráticas de la prometida República.

Después de la revolución de 1848, la creciente pauperización y el eterno resurgir de las fuerzas más conservadoras –quienes para consolidar su Estado no dudan de llevar al Segundo Imperio a la guerra con Prusia en 1870– lo único que conocen los trabajadores y trabajadoras es más explotación, hambre y muerte.

Una semana antes del 18 de marzo de 1871 y cuando aún los alemanes mantenían sitiada la ciudad, el  gobierno de Adolphe Thiers se traslada a Versalles a 17 km de París. Cuando la movilización popular defendiendo sus cañones rechaza el intento del gobierno por sacárselos, el vacío de poder que se arrastraba desde hacía unos meses se hace más que evidente para todos y todas.

Toda esa potencia necesitaba organización por abajo. Y hubo organización popular. La base fue la Guardia Nacional, que era una milicia ciudadana armada, integrada fundamentalmente por obreros, artesanos y miembros del bajo pueblo. Elegían delegados por distritos y éstos conformaban un Comité Central.

A la semana se elige en elecciones libres y democráticas el Consejo Comunal: nace La Comuna de París. Existía una base territorial, el Comité Central de los Veinte Distritos conformado por delegados elegidos en cada barrio. En el nuevo Consejo, se destacaban muchos de los oradores de las reuniones públicas, pero la inmensa mayoría eran desconocidos trabajadores y artesanos que eran elegidos por su convicción y disposición a tomar en sus manos sus destinos.

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Debates formativos

Como refleja magistralmente Kristin Roos en su libro Lujo Comunal, desde mediados de la década del 1860, en los distintos barrios de París se debatían –esquivando la censura– en innumerables clubes y galpones de reunión, los problemas cotidianos y estratégicos de la clase trabajadora. Eran verdaderas “escuelas para el pueblo”, espacios de debate y formación.

Los cronistas hablan de un enjambre de oradores, de las distintas corrientes políticas que estaban surgiendo como de ignotos trabajadores que por primera vez hacían uso de la palabra. Se hablaba de los problemas laborales, del salario, del mal pago de las mujeres, pero también de si era posible soñar con una República verdaderamente democrática o con otro tipo de sociedad sin desigualdad ni explotación. Se ponía en discusión la propiedad privada y el poder de la Iglesia, ni más ni menos.

En esas reuniones, nostálgicos jacobinos de la Comuna insurreccional de 1792, socialistas, blanquistas, anarquistas y marxistas planteaban sus alternativas para una clase obrera pensada para sí. Pero la fuerza y la participación, eran mucho más amplia, era popular, ya que arrastraba a los demás sectores plebeyos y marginados de la sociedad.

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Por esta razón el pueblo de París pudo prefigurar una sociedad sin clases y sin Estado. Necesariamente había que romper con lo viejo, hacer una nueva revolución con una nueva forma de hacer política.

 Y así se pudo debatir si esa utopía era realizable. Ni Imperio ni República burguesa. ¿Qué queda entonces? Inventar, crear, soñar.

¿Comuna autónoma y libre, que sirviera de ejemplo para el resto de las regiones de Francia? ¿Asociación libre, o mejor, federación de comunas articuladas nacionalmente? ¿Y por qué no mundialmente, estableciendo relaciones solidarias y fraternales con los trabajadores y trabajadoras de todo el mundo? ¿Comuna o República Universal? ¿Es posible imaginar y soñar con una nueva humanidad?

Esta es la precuela de La Comuna, estas cosas tenían en la cabeza los hombres y mujeres, futuros comunnars y ya nada más que perder. Y esta es la potencia que se puso en juego en esos cortos 72 días y que defendieron con sus vidas. Y ese es el inmenso eco que escuchamos hoy a 150 años.

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Internacionalismo comunero

Para una potencia que había sido –y en gran medida todavía lo era– un gran Imperio que subyugaba pueblos en varias partes del mundo, la posición anti chovinista o anti nacionalista del pueblo revolucionado era una herejía mayúscula.

Hubo una tensión entre los sentimientos nacionales en plena guerra con Prusia y la resolución de la misma. El territorio francés quedó ocupado por la potencia invasora, que castigó con un sitio de 5 meses a la ciudad de París para conseguir una rendición incondicional. Esta situación provocó miseria y calamidades, pero de a poco se fue tomando conciencia que se enfrentaban a dos potencias imperiales, a la burguesía francesa y a la alemana, con los mismos intereses de clase. Cada vez fue quedando menos espacio para defender a la nación francesa burguesa y se hizo necesario pensar en una alternativa. La revolución se fue radicalizando, y fue tomando medidas que demostraban que había en la práctica una conciencia anticapitalista y anticolonialista.

Se pusieron a producir sobre la base de cooperativas las fábricas abandonas por los dueños que huían a Versalles y la creación de trabajo, para hombres y mujeres, fue una de las mayores preocupaciones del gobierno comunal.

En París había deportados y exiliados por haber participado de las revoluciones europeas de las décadas anteriores. Miembros de agrupaciones carbonarias, francmasones y corrientes políticas internacionalistas, que hacían que la ciudad fuera un hervidero de militares polacos e italianos. Militantes y activistas alemanes, ingleses, rusos y españoles de distintas organizaciones obreras. Muchos de ellos fueron elegidos en los barrios como delegados al comité central por los obreros parisinos sin importar su nacionalidad.

Si hay un hecho por antonomasia que va a reflejar el repudio del pueblo parisino al nacionalismo imperial y al patrioterismo francés, va a ser la destrucción de la columna Vendôme. Símbolo indiscutido de las conquistas napoleónicas, había sido construida con el bronce de los cañones de los ejércitos derrotados por Napoleón Bonaparte, cuya estatua con atuendo de emperador romano se destacaba en el vértice de la columna. Resta aclarar que los laureles imperiales sólo habían enriquecido a la nobleza y a una élite burguesa en franco crecimiento, de ahí el odio de clase hacia el monumento y lo que éste representaba.

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Espíritu comunal

En el siglo XXI se sucedieron algunas experiencias insumisas, que tienen puntos de contacto con la Comuna de París.

Quizás la más clara sea la Comuna Internacionalista de Rojava en el Kurdistán sirio. Los pueblos kurdos, en su lucha contra el régimen de Bashar al-Assad en Siria en el 2012, comenzaron la construcción del Confederalismo Democrático. Inaugurando así una experiencia anticapitalista, en donde las decisiones se toman respetando la diversidad en asambleas populares, el trabajo es cooperativo y la satisfacción de las necesidades se logra mediante la autoorganización popular.

La Comuna de Rajava está basada en tres principios: nación democrática, industria ecológica y economía socialista. Un enfoque radical de lucha contra el patriarcado, garantiza el estricto respeto por la igualdad de género.

También hubieron experiencias que no llegaron a tomar el poder del Estado distrital, pero que fueron experiencias comunales muy importantes, como la Comuna de Oaxaca en el año 2006, en México. A partir de un movimiento huelguista de los docentes fuertemente reprimido, se inició un proceso de movilización de los oprimidos y explotados, claramente emancipatorio, que buscaba la democracia más amplia, igualitaria y universal.

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El 2001 y las comunas

A pesar de haber militado en las filas de la izquierda desde mediados de la década de los setenta, recién conocí en profundidad la experiencia de la Comuna de París en medio de los fervientes días de insumisión popular de las asambleas barriales en el 2002. Y, analizando a la distancia, concluyo que no fue por casualidad.

La Argentina se encontraba en medio de la crisis más profunda de su historia, quizás, incluso más profunda que la del 2020, provocada por la Pandemia. Y esto es así, porque era una crisis orgánica, que abarcó todos, absolutamente todos, los aspectos de su vida económica, política, social y cultural. Las instituciones del Estado, estaban totalmente desprestigiadas y cuestionadas, se abría, como en esos momentos de la historia de los pueblos y sus luchas, una fisura, una pequeña brecha que permitía pensar y soñar, sin las ataduras del régimen y el sistema.

Las movilizaciones semi insurreccionales del 19 y 20 de diciembre, van a inaugurar unas semanas en las que el pueblo, trabajadores y trabajadoras, desocupados y desocupadas, jubiladxs y una juventud que hizo su primera experiencia en la lucha de calles, van a provocar cambios políticos de magnitud. Esta rebelión popular va a tirar abajo al gobierno neoliberal de De la Rúa, continuador de las políticas de los ´90 y a varios presidentes, que la fuerza de la movilización no aceptaba ya que los consideraba a todos responsables de la crisis. La consigna “¡Que se vayan todos, que no quede uno solo!”, lo dice todo.

El espíritu de los communars parisinos sobrevoló la rebelión del 2001-2002. El movimiento de trabajadores desocupados (MTD), en algunas provincias y en el Gran Buenos Aires, ya hacía unos años que venían construyendo organizaciones en sus territorios, armando productivos y relaciones que prefiguraran otro mundo posible. Se funcionó en asambleas, con voceros elegidos por la base con mandatos revocables. Viejos métodos de lucha, como los piquetes, se resignificaron y los cortes de ruta paralizaron el sistema productivo y de distribución a lo largo y  ancho del país. Las fábricas cerradas, fueron recuperadas por los trabajadores y trabajadoras y puestas a producir, siguiendo el ejemplo en los hechos de la Comuna de París.

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Como hace 150 años, había que pensar en una nueva forma de hacer política. Y es en la ciudad de Buenos Aires donde surge una forma de organización vecinal novedosa: la asamblea barrial, que se reúne en las plazas de la ciudad, ocupando y recuperando el espacio público en señal de rebeldía.

Es en este contexto, en medio de los acalorados debates y discusiones, en donde muchos y muchas se animaban a hablar en público por primera vez en las asambleas, es que surgen elementos  del espíritu comunal. Quieren expresarse trabajadores y trabajadoras de la salud, de la educación, de empresas de servicios, pero también amas de casa, jubiladxs, desocupadxs, estudiantes y jóvenes de distintas tribus urbanas. Es la insumisión en acto, nos atrevimos a pensar y a soñar otro mundo, otra sociedad y otras relaciones humanas.

Hay un rechazo generalizado a todos los partidos políticos. Y en las asambleas populares, había de todas las corrientes políticas. La mayoría en crisis con sus partidos, ya que los hacían responsables de la situación. Peronistas, radicales, socialistas y comunistas, pero también anarquistas, autonomistas y zapatistas. Todos y todas querían practicar “otra política”, romper con el pasado, cada cual con su mochila de experiencias, ideologías y sueños. Fue la primavera de la auto actividad del pueblo, que empujaba a pensar y crear nuevos mundos.

Por eso, tampoco fue casualidad que desde algunas asambleas (Villa Mitre, Coghlan, Villa Urquiza, Colegiales, Villa Real, Liniers, Parque Avellaneda, Plaza Noruega, entre otras) se formó  Vecinos por Comunas y la Coordinadora por Comunas y se propuso un proyecto de Ley de Comunas, que apuntaba a la descentralización del poder en la Ciudad de Buenos Aires.

Se pensó en transformar radicalmente los Centros de Gestión y Participación (CGP) y pelear por una sanción de un presupuesto participativo, que se discutiera en asambleas barriales y tuvieran un carácter vinculante. Los vecinos querían discutir, decidir y controlar a dónde tenía que ir la plata de sus impuestos, como mínimo el 50% del presupuesto.

No tenía un contenido de clase, pero sí, uno profundamente político y democrático ya que el proyecto proponía la constitución de veinte unidades descentralizadas de gestión política y administrativa con competencia territorial.

Cada una de estas Comunas, a su vez, se dividiría en diez Vecindarios donde los vecinos a través de Asambleas Comunales y Vecinales elegirían a los mandatarios, que podían ser revocados en cualquier momento de su mandato.

Era la forma concreta que se veía de desarticular a las corporaciones políticas y económicas que controlaban –y aún controlan– la Ciudad de Buenos Aires.

Mientras la movilización popular se mantuvo, las élites políticas de los partidos mayoritarios, incluido el progresismo de Ibarra y Cia., se negaron a tratar el tema de la Ley de Comunas.

Sólo lo permitieron cuando ya el movimiento asambleario estaba disuelto, con el kirchnerismo en el poder, ante el desconocimiento de la mayoría de la población, entre gallos y medianoche, la Legislatura porteña vota en el 2005 una ley de Comunas, totalmente vaciada del contenido insumiso asambleario.

A 150 años de la Comuna de París, el recuerdo del espíritu comunal que se paseaba entre las asambleas barriales, movimientos de desocupados y trabajadores de empresas recuperadas, nos recuerda que la insumisión de los pueblos que luchan por una sociedad sin explotación, más humana e igualitaria, están allí, en cada lucha en cualquier lugar del mundo donde perviven los sueños de emancipación.

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barrerasabat@gmail.com

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