Sagrados corazones. Clínica recuperada, en Hurlingham.

Sesenta familias iniciaron el camino de conformar una cooperativa para recuperar las fuentes laborales de la Clínica Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham. Tuvieron que afrontar despidos, salarios impagos, cierre de áreas, la precarización, amenazas de barras de Boca y River, y hasta impedir que los dueños levantaran un muro frente a la institución. ¿Cómo conseguían agua caliente y medicamentos? El comienzo de un camino donde se proponen recuperar mucho más que el trabajo. Y un panorama sobre cómo la autogestión puede mejorar a la salud pública.

Fotos: Ramiro Domínguez .

Hay quienes dicen que se trata de la especialidad médico-quirúrgica que se encarga del abordaje de las enfermedades y lesiones que afectan a los huesos, músculos y tendones, pero cuando al técnico radiólogo Gustavo Scardacione lo encerraron con cinco barrabravas de Boca y de River en el consultorio de Traumatología de la Clínica Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham, el consejo que le dieron no sonó a prevención profesional: “Sabemos dónde vivís y los movimientos de tus hijas. Fijate lo que hacés: el que avisa no traiciona”.

La escena ocurrió en 2016, no había pandemia. La salud –según las fuentes– no era considerada “esencial”, y habla de un momento en el que matones deambulaban por los pasillos de una institución sanitaria mientras la gerencia despedía a sus trabajadoras y trabajadores, al mismo tiempo que áreas como Obstetricia, Pediatría y Maternidad desaparecían. 

Gustavo nació en esa misma clínica 52 años atrás, y allí se crio, donde su madre trabajó durante más de tres décadas como empleada administrativa. En 1998 ingresó en el área de Radiología, y en 2006, ya como delegado por la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina (ATSA), empezó a formalizar las denuncias que junto a sus compañeros y compañeras visualizaban desde 2001,y que conformarían una tríada de vaciamiento durante los siguientes veinte años: pagos atrasados, aguinaldos inexistentes, insumos de fantasía.

En mayo de 2020 las condiciones llegaron al extremo cuando el PAMI, la obra social que brinda asistencia a más de 5 millones de jubilados de todo el país y que derivaba el 98% de los pacientes del Sagrado Corazón, rescindió el contrato con la clínica, luego de denuncias por las condiciones de atención a los afiliados. 

Seis meses después, el hijo del dueño levantó un muro para sacar a la gerenciadora, y les dijo a lxs trabajadorxs que no la podía mantener más. Tampoco se haría cargo de la deuda millonaria en salarios. Y así, en plena crisis sanitaria, los responsables de la clínica más grande del municipio tapiaban un “elefante blanco” con disponibilidad de 120 camas. 

Entonces, sus trabajadores y trabajadoras entraron.

Y así, a 52 años de su nacimiento en este lugar, Gustavo será el presidente de la Cooperativa Clínica Privada Ricchieri, que se propone recuperar algo más que el trabajo, en una historia que recién empieza a escribirse.

Vaciamiento y caderas rotas

La Clínica Sagrado Corazón de Jesús está ubicada en Ricchieri 1634, en el municipio de Hurlingham, al oeste del conurbano bonaerense. Ocupa media manzana y sobre sus paredes blancas, de cara a la calle, una leyenda grita: “Con la familia no se jode”. Dentro, más de 20 trabajadores y trabajadoras están realizando su segunda asamblea. Los pasillos vacíos guardan huellas del abandono que se mide en los escombros desparramados y en las camas vacías.

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Gustavo abre un cuaderno en el que contabiliza la última parte del derrotero: “En noviembre de 2019 cobramos sueldo y medio. En diciembre, $5.500: 3.000 antes de las fiestas y el resto antes de Año Nuevo. En enero de 2020, $1.400. En febrero, $7.700, y a fin de mes completamos hasta $15.000. En marzo, $5.000, y otros $15.000 a fin de mes. El 4 de mayo, un proporcional, y el 29 de mayo fue el último pago que nos hicieron: $1.000”. Cuentan que de 170 profesionales que supieron ser, a mayo llegaron a 100: la deuda total la calculan en 50 millones de pesos.

A pesar de los cambios de gerenciamiento, la clínica mantuvo la razón social, pero la situación fue precarizándose a través de los años y las especialidades se redujeron: “Quedamos PAMI-dependientes: el 98% de los pacientes que teníamos nos llegaban de PAMI”. En la comunidad, un mote pesado comenzó a ceñirse sobre la clínica, como ocurre con muchas instituciones del conurbano que trabajan con PAMI: la llamaban “Camino al Cielo”. En Facebook hay armados grupos de familiares que denunciaban las condiciones sanitarias y de atención, que llegó a su punto máximo cuando en mayo del año pasado el subdirector del PAMI y extitular del Consejo Deliberante de Hurlingham, Martín Rodríguez, anunció que la obra social rescindía el contrato. 

La precarización narrada por lxs trabajadorxs se conjugaba con el estado de salud de los jubilados con esa obra social. En 2017, dos enfermeras despedidas denunciaron ante el Concejo local las irregularidades, como consigna una nota en el portal local Oeste Noticias: “Cada enfermero atendía 20 pacientes por turno, con los despidos la clínica quedó con 2 enfermeros para atender 50 pacientes”, denunciaron.

Liliana Cabrera, 45 años, 7 como enfermera, completa a MU: “La falta de insumos era terrible y lo padecés con el paciente y los familiares, que no lo saben y te increpan. Trabajábamos con todos gerontes y los pañales eran una necesidad básica: con suerte daban 25 para una guardia de 12 horas y teníamos que seleccionar las horas donde cambiar, cuando a cada adulto hay que cambiarlo cada 3 o 4. Tampoco teníamos sábanas. Son pacientes muy añosos, muchas veces los traen de los geriátricos en muy malas condiciones, con escaras, con sarna”.

Mónica Cárdenas, 39 años, 15 como mucama: “Daban un litro de lavandina para un edificio de dos plantas. Vivía comprando perfume, lavandina y trapos de piso”.

Marianela Heintz –32– y Yanina Horno –28–, ambas técnicas en radiología: “El procesador de la máquina tiene un revelador, fijador y agua. Se tiene que cambiar cada 15 días, si no se empieza a agotar, y cuanto más pasa, menos nítida es la imagen. Cuando perdés nitidez, perdés un montón de patologías. No solo no entregaban los líquidos sino que tampoco había placas de tamaño grande, por lo que hacías malabares para sacarlas como podías y ver dónde es que dolía más. Hemos llegado a entregar placas sin diagnosticar. Y había placas con fracturas de cadera groseras que no se podían ver. Imaginate las cosas chicas”.

Martín Jansen, 37 años, 17 en laboratorio: “El laboratorio era lo único que más o menos funcionaba, porque era tercerizado, y podíamos prestarles insumos a otras áreas”.

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Paula Giménez, 46 años, 3 en Hemoterapia: “Teníamos que hacer vaquita para poder almorzar. Algunas chicas tenían marido u otro trabajo, pero otras no podían pagar”. Liliana suma: “Yo salía cargada de mi casa con mate, té, café y pava eléctrica porque no tenía nada para hacer guardias de 12 horas”. La pava eléctrica –cuentan–no era solo para el mate: “Como no teníamos agua caliente, la higiene del paciente la hacíamos calentando agua en la pava”.

Algunas hasta tenían que traer medicamentos de otros lugares. Petrona Zapata, 69 años, 24 como enfermera, era una de ellas: “Muchos tenían que tomar Levotiroxina, un medicamento para la tiroides, que se toma sí o sí en ayunas, pero no había”.

¿Y qué hacías?

–Les daba de la mía.

Pandemia Barrabrava 

María Duarte dice que se llama así, pero sin el Eva y sin el Perón. Tiene 60 años, 16 como administrativa, y una precisión para lo que viene: “Lo más importante es que estemos organizados y seamos compañeros. El resto viene después”.

Gustavo cuenta que recuperar este “elefante blanco” es crucial para el distrito: “Es una clínica con 120 camas. En Hurlingham está el Hospitalito, que tiene 20 camas y 6 de terapia, pero después no tenés otro lugar asistencial, ni público ni privado”.

Cuentan que el intento de levantar un muro en la entrada derribó todas las máscaras. Eduardo Gil, 58 años, 4 como empleado de mantenimiento y seguridad, estaba de guardia esa mañana: “Fue en noviembre. Eran las 7 de la mañana. Empujan la puerta y el dueño me dice que agarre mis cosas y me vaya. Estaban también algunos de los barrabravas. Se me meten adentro del auto. Me dice: ‘Más vale hacé caso porque te van a llevar a cualquier lado’”. Lo llevaron hasta una estación de servicio y le quisieron dar plata para que no hablara. Dijo que no. 

Avisado, Gustavo llegó a la clínica y discutió con el hijo del dueño, que le reconoció que no les pagaría un centavo. Allí arrancó un sueño que hoy se está formalizando.

Por qué una cooperativa: “Vimos que  esto iba a quedar vacío y nuestra intención era seguir con las fuentes laborales. Queremos seguir apostando. Hay compañeros y compañeras que están sin nada. Empecé a investigar, a indagar y a alimentar la expectativa de los que estamos acá”. 

Son 60 familias que están apostando a este nuevo presente, con la perspectiva de sumar más. Conocieron al referente del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, Eduardo Vasco Murúa, a cargo también de la Dirección Nacional del área en la Secretaría de Economía Social, que les brindó apoyo y asesoramiento, y ya se encuentran tramitando la matrícula ante el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social. 

Luego, vendrá otro debate respecto al futuro, que ya se avizora: “Hay distintas propuestas de trabajo que están llegando. Hay algo que pasa en salud, que es muy feo, pero que lamentablemente funciona así: si vos trabajás con PAMI, hay otras obras sociales que ya no se acercan. Y el motivo es cruel: la gente joven no quiere estar al lado de la gente mayor. Así te lo manifiestan. Las que tienen PAMI están sentenciadas a tener solo PAMI. Si optamos por ese camino, tenemos las habitaciones y los equipos para funcionar. Hay muchas variables que tenemos que analizar en asamblea”.

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Como sea, y a la espera de la matrícula, saben que ahora la decisión está en sus manos. Por eso, Gustavo grafica en una palabra lo que viene: “Ilusión”.

Salud & Autogestión

El Registro Nacional de Empresas Recuperadas (RENACER, dependiente de la Dirección Nacional de Empresas Recuperadas) contabiliza ocho clínicas y/o sanatorios recuperados en todo el país. La Cooperativa Clínica Mosconi, en el partido bonaerense de Ensenada, recuperada en 2007, es un ejemplo. “Arrancamos siendo 55 y hoy somos 130, mientras que pasamos de 5.000 pacientes por mes a 23.000”, dimensiona su presidente, Salvador Espósito, los 14 años de recorrido autogestivo. “No fue fácil. Era esto o la calle, y hubo que salir a contarle al paciente de qué se trataba, porque esto era un desprestigio que nadie te cree”. La cooperativa hoy trabaja con PAMI, IOMA y mutuales varias. El secreto: “Lo primero que hay que hacer es empaparse de empatía, porque esto no es un kiosco, y el abuelo es el ser humano más desprestigiado por todos lados. Los rechazan, los discriminan, los usan. Y desde el amor al prójimo, desde ese cariño al abuelo, generamos trabajo”. 

La calidad de atención mejoró, armaron un comedor, y tienen una ambulancia propia para llevar a les abueles de la clínica a sus casas, además de una camioneta para trasladar a profesionales en caso de contratiempos. “Somos dueños de nuestro propio destino y hace 14 años que somos una molestia para el mercado corporativo”, grafica Espósito.

Otro caso que demuestra la potencialidad del sector ocurrió en enero: la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) aprobó el primer test local que detecta Covid-19 en 5 minutos, desarrollado por el Conicet, pero que será producido y comercializado por la Cooperativa Farmacoop, el primer laboratorio recuperado del mundo, ubicado en Villa Luro. La gestión fue motorizada por la Dirección de Empresas Recuperadas de la Secretaría de Economía Social, y la inversión de capital (más de 100 mil dólares para importar tres máquinas de Estados Unidos) fue realizada por la empresa privada Alimentos Proteicos. “El objetivo es producir 100 mil por semana”, explica el presidente de Farmacoop, Bruno Di Marco. “Es el primer test de este estilo que se fabrica en el país, el resto son todos importados. También es la primera vez que el Conicet hace una transferencia de tecnología a una cooperativa. Es un ejemplo y un caso de éxito de una línea de trabajo que sostiene la Dirección, pero que en realidad es una política de todo el movimiento, y que implica Sustitución de Importaciones por Autogestión: identificar productos que se estén importando para poder fabricarlos en nuestro país. La idea es continuar para que el Estado facilite estos convenios, y desde las cooperativas, facilitar el espacio físico y el know-how”.

Según especifican, la herramienta se creó para hallar personas contagiadas y trazar redes de contacto. 

Las características de producción –indican– son similares a las de los conocidos tests de embarazo. 

El dispositivo se comercializará bajo el nombre de FarmaCov Test.

Fuente: lavaca.org


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