Ganamos la guerra

Ganamos la guerra. El país festeja la derrota del imperio británico y celebra el heroísmo de las fuerzas armadas argentinas. La gente ensalza la figura de Galtieri, a quien en la prensa y en las escuelas se pone a la altura de San Martín. No se habla de los abusos cometidos a los soldados en las islas ni de las violaciones a los derechos humanos perpetradas en todo el país por la dictadura. Los militares se mantienen diez años más en el poder. Durante ese período, continúan las persecuciones y las desapariciones y, también, aumenta el endeudamiento externo.

Ganamos la guerra. Las fuerzas armadas británicas se rinden y emprenden una vergonzosa retirada. La celebración dura poco porque, a los pocos meses, Gran Bretaña anuncia una nueva ofensiva. Esta vez cuenta con la presencia efectiva de tropas de la OTAN. Paralelamente, la prensa internacional comienza a difundir denuncias de violaciones de derechos humanos de parte de la dictadura militar. Estados Unidos plantea la necesidad de que se convoque a elecciones de manera urgente y las fuerzas armadas abandonesn el gobierno. Se desarrolla un nuevo enfrentamiento bélico. La desproporción entre los contendientes es muy grande y la alianza de la OTAN triunfa rápidamente. Estados Unidos e Inglaterra ocupan el territorio nacional y derrocan la dictadura militar. Inician un proceso denominado “Recuperación democrática”, nombran un gobierno interino, instalan bases militares y se quedan a cargo de la explotación de petróleo. Firman un acuerdo de libre comercio que les da enormes privilegios como importadores de materia prima. También gestionan un préstamo ante el FMI destinado a cubrir los gastos del proceso de recuperación, cuyas condiciones son muy desfavorables para el país. El destino real de ese dinero es oscuro. Se abre un proceso electoral, en el cual se polarizan las posiciones: hay una favor de la “integración al Primer Mundo” y otra, a favor de la “Unidad Latinoamericana” y en contra de la invasión. La campaña es sucia. Hay denuncias, rumores y fracturas promovidas por los ocupadores. Finalmente, en un clima enrarecido, gana el grupo apoyado por estos.

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En fin, no ganamos la guerra. Y no supimos elaborar la derrota. Nos quedó esta mezcla de odio y rencor hacia la dictadura y de admiración y compasión por los soldados que pelearon en Malvinas. No es fácil reivindicar esa guerra. Más allá de los discursos celebratorios, hay que explicarla, profundizar en sus causas y en sus consecuencias. Ese análisis reflexivo y, sin dudas, crudo, debe dar pie a un relato que pueda ser replicado y desarrollado en escuelas y medios de comunicación, en la calle y en las charlas con quienes perdieron familiares en las islas o después, cuando la soledad y el abandono hicieron el resto.

Detrás de la consigna “Las Malvinas son argentinas” y el orgullo por la patria, hay algo que permanece oculto e inexplicado. Y, como en muchísimas cosas más, miramos hacia otro lado.

Foto: La Izquierda Diario

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