Los feminismos en el psicoanálisis. Ana María Fernández desmenuza las lógicas patriarcales naturalizadas en la disciplina

La doctora en Psicología, psicoanalista e investigadora traza en su última obra un recorrido de las tensiones entre psicoanálisis y feminismos a lo largo de las últimas cuatro décadas.

Una antología que recoge lo mejor de casi cuarenta años de producción y pensamiento del cruce entre psicoanálisis y feminismos. Si es posible resumir toda una vida de reflexiones en torno de las lógicas patriarcales naturalizadas en el ejercicio y la teorización de la disciplina, el libro Psicoanálisis, de los lapsus fundacionales a los feminismos del siglo XXI (Editorial Paidós) lo logra. La obra se divide en siete partes cronológicas. Cada una se introduce con una cuidadosa contextualización del momento histórico-político que dio lugar a los textos. Se incluyen también algunos artículos que habían permanecido inéditos. ¿La autora? Ana María Fernández, doctora en Psicología, psicoanalista, investigadora, profesora en la Universidad de Buenos Aires e integrante del Consejo Asesor del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. Además, fundó la primera cátedra de Estudios de Género en Latinoamérica (UBA, 1987) y escribió numerosos libros dentro de esa temática. Sin embargo, semejante trayectoria fue noticia esta semana no de la mejor manera: la intentó pisotear –sin lograrlo, obviamente–, la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, con una serie de agravios basados en un recorte descontextualizado de una clase de Fernández que, en realidad, era de 2019.

Pero lo importante es poder leer a Fernández. En su nueva publicación desgrana también cómo han ido variando a lo largo de las últimas cuatro décadas las tensiones entre psicoanálisis y feminismos. “A fines de los 70, cuando empezamos a tomar estos temas era plena dictadura, así que no estábamos muy conectadas con los circuitos. Pero cuando vino la democracia, en lo que a mí respecta, empecé a ir muy contenta a todos los congresos de psicoanálisis que se multiplicaban a llevar las cosas que habíamos ido pensando en relación a la revisión que el psicoanálisis necesitaba de algunas de sus conceptualizaciones, la cuestión epistemológica, política”, cuenta Fernández a Página/12. “Y la primera reacción que tenían era de un enojo terrible, hasta agresiones. O bien me mandaban a estudiar de nuevo porque decían que no había entendido a Freud. Era simpática esa parte. Más allá de eso, la primera reacción local era de asombro, enojo y además mostraba el desconocimiento absoluto de toda una movida que se venía dando en los grandes centros académicos del mundo occidental”. Ese fue, según Fernández, el primer momento. Después, hubo un segundo momento donde se rechazaba de plano todo el planteo de interpelación desde categorías feministas diciendo: “Eso es sociológico, no corresponde al psicoanálisis”. Fernández lanzaba, entonces, la siguiente pregunta: “Si los mandatos de género es lo que impide que el sujeto advenga en sujeto de deseo, ¿cómo puede estar fuera del psicoanálisis esta problemática?”. “Podríamos decir que fue avanzando la acumulación de la producción de los movimientos sociales, etc. Y hoy creo que la marea verde de las jóvenes colegas instala un reclamo muy fuerte que es: ‘Queremos un psicoanálisis a la altura de la época’, tomando la famosa frase de Lacan”, subraya la especialista.

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–¿Cuánto incidió la fortaleza del movimiento de mujeres como, por ejemplo, en la lucha por la reivindicación de derechos, por la legalización del aborto y contra la violencia de género en pensar un psicoanálisis más adecuado al nuevo paradigma?

–No sólo fue de las jóvenes feministas y las luchas del aborto sino las luchas anteriores de las disidencias sexuales y que se lograron luego las leyes de matrimonio igualitario y de identidad de género, por ejemplo. Son todas luchas que fueron arrinconando, por decir así, esa lógica patriarcal, binaria, jerárquica desde donde se piensa la diferencia, donde el otro es siempre extranjería, desigualación, etcétera. Pero ya podemos decir que hoy se van sumando intelectuales, psicoanalistas, etcétera, y podemos hablar ya de una corriente de un psicoanálisis pospatriarcal, posheteronormativo que tengo un gran orgullo de integrar.

–¿En qué medida se han reducido en la clínica las lógicas patriarcales del psicoanálisis?

–Es un trabajo deconstructivo, donde la escucha cambia, por supuesto, porque si no, hay una idea de una neutralidad lograda. Y la neutralidad, como decía Lacan, siempre vacila. Entonces, está alojada de muchos prejuicios que un/a psicoanalista no registra si no trabaja su propia implicación. En el libro abordo temáticas que han sido omitidas por el psicoanálisis y que no se comprende si no es desde esa lógica patriarcal por la cual es pensado. Por ejemplo, una pregunta es: si el noventa y pico por ciento de niños y niñas abusados sexualmente son producto de un ataque incestuoso del padre/padrastro/abuelo/tío/hermano mayor, ¿por qué sólo el psicoanálisis habla de estrago materno y no ha podido conceptualizar el estrago paterno? Cuando abrís la lógica de sus omisiones y sus silencios se te abren nuevos campos a reconceptualizar.

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–¿Y en cuanto a lo heteronormativo?

–Lo mismo, porque esto no es sólo una cuestión del psicoanálisis, en particular. Digo yo que el psicoanálisis es hablado por la episteme de la época, por la episteme de la diferencia, donde la diferencia es binaria, jerárquica, como decía. Y, entonces, lo otro o el otro siempre es extranjería amenazante, inferior, peligroso, enfermo. Ha habido toda una corriente muy fuerte de los propios movimientos del Orgullo, de las disidencias sexuales, de los estudios queer que van arrinconando esa idea que el psicoanálisis no interrogado reproduce todo el tiempo, donde se ha hablado durante muchos años de que un homosexual es perverso, que alguien que tiene intenciones de una adecuación quirúrgica, de adecuación de género es un psicótico o una psicótica porque la certeza da cuenta de eso. En fin, son mal decires pero los mal decires vuelven maldito a quien es objeto de esa mal decir clínico.

–¿Por qué los psicoanálisis más institucionalizados fueron resistentes a las contribuciones que aportaron los estudios de género?

–En el libro voy tomando esa cuestión. Yo diría que hay tres cuestiones que confluyen para armar ese asunto complejo. Por un lado, la paradoja fundacional: cuando Freud pone en duda el relato de que las pacientes habían sido abusadas, ahí inventa un concepto magnífico que es el concepto de realidad psíquica: son las fantasías edípicas de la paciente. Esta idea de realidad psíquica funda el psicoanálisis porque indica cuál es el objeto de su trabajo: el inconsciente. Por lo tanto, es importantísimo ese pasaje de la veracidad del relato al mundo de la fantasía inconsciente. Pero al mismo tiempo le impide distinguir cuáles habían sido efectivamente abusadas por esas figuras llamadas paternales, con lo cual desoye los abusos realmente acontecidos y queda ahí una paradoja fundacional. Se fundan dos cosas al mismo tiempo: desoír los abusos realmente acontecidos e inventar el psicoanálisis. Eso deja para siempre una vacilación en la escucha frente a un relato de abuso: ¿Será cierto? ¿Lo habrá fantaseado? Eso queda instalado al día de hoy en los psicoanalistas, en los jueces, en la opinión pública: ¿Qué hizo la piba? ¿Lo provocó? Y un tercer elemento: ahí se armó un obstáculo epistemológico porque cualquier teoría tiene cosas que no pudo pensar. Si no, tendríamos una teoría completa, en el sentido más psicoanalítico de la palabra completud. El obstáculo epistemológico fue no poder pensar lo impensado porque la teoría se había dogmatizado y la práctica se había hecho rígida. 

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Fuente: Página 12.

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