Crónica de un docente que vuelve a dar clases presenciales en la Escuela Carlos Pellegrini: entre la voluntad, la salud y la desidia de “los que mandan”

I Recuperar la territorialidad.

Durante 30 años ejercí la docencia sin abandonar nunca el aula. El año pasado, por primera vez, no fue así: no pude encontrarme con “lo nuevo” que siempre me depararon les estudiantes, su música, sus hábitos, su lenguaje, su moda…Lo y les extrañé.  

Regresé pese a que la UBA me otorgaba – por tener hijes menores a cargo – el derecho a dar la clase de manera remota. Por cuestiones familiares la “clase remota” complicaba más que ayudaba. Aparte me tensionaba la convicción de que la clase remota no es enseñanza. Vale aclarar que elegí volver – como muchísimos docentes –  por convicción pero con miedo, mucho miedo en medio de la segunda ola y con una casta dirigente – en el país, en el rectorado, en las escuelas preuniversitarias – que presupuse nos cuidaría poco.

La Escuela es para les docentes su lugar de identidad y pertenencia pero más aún para les adolescentes. Para elles los aprendizajes aúlicos conforman un componente, tal vez ni siquiera el más importante: la escuela es un lugar de socialización que implica múltiples relaciones con los pares y con el mundo adulto, con la intervención  – o no – en el centro de estudiantes, con los conflictos que impone y obliga cualquier institucionalidad en donde el debate entre la legalidad y la legitimidad está en permanente ebullición. Es un lugar irremplazable de socialización, crecimiento afectivo y formación ciudadana. Poder alejar a eses jóvenes con sus búsquedas de la escuela es también un banquete para “los que mandan”.       

El lunes 29 regresamos a las clases presenciales en la ESCCPellegrini, dependiente de la UBA. Una alegría recuperar ese territorio que nos es tan propio a quienes somos los productores directos del proceso de aprendizaje. Les docentes y estudiantes. Y poder “producir” en ese contexto imprescindible: el aula, la escuela.

II La salud

Sin embargo, no fue fácil llegar. La vereda abarrotada  de estudiantes, sin indicadores claros de en dónde ubicarse (¿tanto costaba un letrero que diga 4º1º, 4º3º etc. y una línea de cal que marque la distancia que debían mantener?) ni espacio (¿tanto costaba en esos 20 -25 minutos que se tarda en ingresar escalonadamente – según el protocolo –  interrumpir el tránsito para “ampliar” la vereda y evitar el congestionamiento?)

Luego sí, al ingresar el consabido alcohol en las manos de cada une, la temperatura, todes con barbijo. Bien. Algo.

Llegué al aula, el protocolo establece que la distancia entre estudiantes debía ser de 1,50 cm. Las autoridades consideraron que eso implicaba que pudiesen concurrir – acorde a las burbujas que organizaron – 15 chiques cada día por aula. Llevé un metro. La distancia era de largo de 0,60 cm y ancho 1,30 cm. ¿Formar ciudadanos que cumplan las normas en una Escuela en donde las autoridades deciden incumplirlas? Difícil.

Miré las ventanas y la puerta del aula. Recordé la sugerencia publicada por investigadores de la  propia UBA, la Red de Investigadoras e Investigadores de la Salud (RAIIS) de cara al inicio de clases en el contexto de la pandemia por coronavirus. Allí recomiendan una “ventilación cruzada, distribuida y constante”, verificar que los pasillos también estén bien ventilados, “porque esto puede influir mucho en la ventilación de las aulas”. También recomiendan reforzar “la ventilación usando ventiladores de techo o de pared en dirección hacia la ventana (que ayuden a mover el aire hacia afuera)”.

Las ventanas en la Escuela son tipo banderola o ventiluz (permiten poco ingreso de aire) y ninguna de las sugerencias de los investigadores había sido “aceptada” por la Escuela: no había ventiladores a modo extractores de aire, los pasillos del primero y segundo piso tampoco cuentan con ventilación cruzada y no había medición de aire. 

Finalmente el RAIIS informa que un buen indicador para determinar que un espacio está bien ventilado es la medición del dióxido de carbono: “Si la ventilación lograda abriendo puertas y ventanas, prendiendo ventiladores que ayuden a mover el aire, no es suficiente, se debe suspender la actividad en el aula.” Jorge Aliaga, ex decano de la FCE de la UBA y actual Secretario de Planeamiento y Evaluación de la Universidad Nacional de Hurlingham informa que dichos medidores están disponibles por solo $ 6000.

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¿Realmente quieren – como dijo la UNESCO – que la escuela sea lo último en cerrar y lo primero en abrir? ¿O lo que realmente no quieren es que la escuela permanezca abierta para dar clases el mayor tiempo que la pandemia lo permita con cuidados responsables?

III Por suerte el aula existe

La presencialidad permitió compartir con les estudiantes el desprecio que tienen en la Escuela, sus autoridades, por el cuidado y la ciencia: ¿cómo es posible que no haya pasado antes por la escuela un médico sanitarista y un arquitecto escolar para certificar las condiciones apropiadas para la salud de quienes están es ese espacio? Y de haber pasado ¿cómo es posible que no se hayan tomado las medidas pertinentes sugeridas por les propios investigadores de la  universidad?

Parece que las autoridades de una escuela universitaria no se rigen por la ciencia sino por el “sentido común” que ellas tienen para la aplicación de las medidas sanitarias sobre la que no han estudiado: una vergüenza.       

Pero, tal vez por eso mismo quería concurrir, estar. Problematizar, complejizar el análisis de la pandemia.  

Pude en presencia recurrir como pregunta disparadora a esa que está deambulando por la cabeza de casi todes: ¿por qué se produjo la pandemia?  Las respuestas de les estudiantes indicaron mucho: murciélagos, Wang, globalización como sinónimo de rapidez de las comunicaciones. En algún caso irrumpió el tema destrucción de la “naturaleza”…. No casualmente problemas que al inicio de la pandemia estaban muy presentes (calentamiento global, deforestación, pobreza, desigualdad, concentración de las riquezas) se habían ido esfumando de la memoria colectiva con la difusión desde el poder político y mediático del  “regreso a la (vieja) normalidad”.  

Sin embargo desde aquella pregunta disparadora pudimos enmarcar la pandemia en los tiempos braudelianos: el tiempo corto del acontecimiento (la pandemia), el medio de la coyuntura (globalización, neoliberalismo, privatizaciones, desigualdad, calentamiento global, deforestación) hasta llegar al tiempo largo de la estructura, la revolución industrial, que cambió la relación entre el hombre y la naturaleza, el despliegue del capitalismo como sistema hasta llegar a la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos.

Hacerlo con elles era hacerlo con quienes, hasta por una cuestión biológica, el futuro les pertenece. Me fui contento. Elles lo estaban, no por mi clase sino por estar ahí, en ese otro lugar que les da identidad y pertenecía: su escuela.

IV Obstáculos

Sin embargo, la desidia de las autoridades no era solo en cuestiones de cuidado sino también pedagógica. En la página oficial de la Escuela se informa que la enseñanza de este año iba a ser híbrida (mitad presencial y mitad virtual). Esto significaba que les docentes le daríamos a una burbuja por caso “A” la clase presencial y a la “burbuja B” de manera virtual. Imposible. Primero porque el docente no tendría tiempo material para hacerlo sencillamente porque debería duplicar su carga horaria (de un módulo de clase presencial de 80 minutos se le sumaría otro remoto: 160 minutos): o pretenden la sobreexplotación docente o son “vendedores de humo”.

Primero quiero señalar un problema conceptual: se debe diferenciar lo que fue la “enseñanza remota de emergencia” de la denominada enseñanza “virtual”. La primera es la que se da  “ante una situación imprevista y lógicamente no hubo aprendizaje previo de les docentes respecto al medio tecnológico a usar, ni ha sido contemplado en la planificación, ni se ha garantizado que les estudiantes cuenten con esa herramienta tecnológica y sepan utilizarla, ni acordado con una red de tutores (en este caso mapadres que tampoco estaban preparados para esa tarea) La segunda presupone – como señala Brenner – , “el previo aprendizaje de los docentes de la tecnología que se ha elegido a tal efecto y que se tiene a mano, supone una planificación adecuada, supone la elección previa de los alumnos con los medios tecnológicos pertinentes y el acompañamiento de tutores.” Obviamente esto último no ocurrió. Y hoy seguimos – ¡un año después !! – con la enseñanza remota de emergencia, con docentes responsables poniendo una voluntad titánica y que muchas veces se  parecen más a esfuerzos de bomberos que a posibilidades de construir conocimientos, con las frustración que eso conlleva.  

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Pregunta: ¿qué medidas se tomaron en la escuela para prever y pasar de la primera, la “enseñanza remota de emergencia” ante la sorpresa de la pandemia a la segunda, la enseñanza virtual, ya totalmente posible con la experiencia acumulada?  

En estos días llegó a las familias y docentes una comunicación oficial de la escuela explicando que el sistema de cursada será: “3×1, establecido como tres semanas de desarrollo de contenidos y una semana virtual de síntesis y devolucion de los mismos, variando por el nuevo contexto y la planificación de cada departamento y desarrollo de cada docente, garantizando al menos un sincrónico por secuencia en horario habitual.”  (Página oficial de la ESCCP)

Cualquier docente sabe que un momento crucial para poder ordenar el proceso de enseñanza del año y/o cuatrimestre es la planificación y evaluación. Ergo no debería enterarse el día de inicio de las clases el tiempo y modalidad de cursada con que se desarrollará su trabajo.   

La planificación y la evaluación de las tareas a desarrollar en el aula para enseñar una asignatura son una parte inseparable de la acción didáctica. Las actividades en las aulas y la propia intervención del profesor no se pueden entender sin un análisis que contemple las intenciones, las previsiones, las expectativas y la valoración de los resultados. Le docente  siempre diseña su actuación de alguna manera, bien bajo la forma de plan escrito explícito o bien elaborándose internamente una estrategia mental para orientar y secuenciar su acción. La acción intencional sigue una agenda cuyo despliegue guía el transcurrir de la práctica profesional. Diseñar una secuencia es definir posibles situaciones de enseñanza y de aprendizaje del conocimiento social, manejarse con comodidad dentro de ellas, considerando los diversos elementos que la componen y el dinamismo y complejidad del ambiente escolar. La tarea por el peculiar formato de la misma, modela los procesos de aprendizaje, condicionando así los resultados que les alumnes pueden extraer de determinado contenido o situación.

¿Será que para las autoridades es lo mismo enseñar de manera presencial -formación que realmente tenemos la mayoría de les docentes- que articulando la modalidad presencial y remota, o que realizar ese complejo proceso de manera exclusivamente remota? ¿Será que las autoridades creen que es igual la selección de contenidos y plan de trabajo si se prevee una determinada continuidad de todas las clases que si solamente se dictarán el 50% de los contenidos como se propone implícitamente desde la conducción de la escuela?

Lo que las autoridades designadas dicen en el 3 X 1 “establecido como tres semanas de desarrollo de contenidos y una semana virtual de síntesis y devolucion de los mismos” y que proponen como algo novedoso es, en realidad, la tarea habitual de cualquier docente responsable: un momento en que se plantea el problema a analizar, desarrolla su contenido y el cierre parcial de esa “unidad didactica” (que no necesariamente llega a transformarse en síntesis, puede que esa etapa sea de negación, de “desmonte” del “sentido común”). Esos tiempos lo ordena la planificación del docente, en base a un calendario – que si bien siempre contempla informes conceptuales bimestrales – es anual y/o cuatrimestral: nunca puede ser taxativo un 3 X 1, salvo que se pretenda retroceder varias décadas de elaboración teórica en el campo de la enseñanza hacia el conductismo pedagogico (“El tío de América”, más allá de lo simpática es una película del año 1979). Pero cuyo conductismo es justamente parte del soporte teórico para la enseñanza por plataformas que estará a cargo  no de docentes sino de lo que elles llaman “facilitadores”.

Tampoco hasta el momento hubo una explicación que explicite de manera escrita por qué durante esa semana no se puede trabajar de manera presencial: ¿qué impide realizar la devolución y síntesis de manera presencial?

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Si fuese para contemplar el agotamiento que genera el trabajo remoto o presencial en situación de stress por el covid deberían dar semana de descanso y no sobrecargar: realizar una síntesis y devolución agota más que el propio dictado de la asignatura.

Después de un año de enseñanza remota de emergencia parecería que les importó poco la deuda contraída con las familias y estudiantes: en lugar de buscar caminos para recuperar lo perdido se pretende resolver el problema vaciando los contenidos y facilitando la aprobación. Muchos esfuerzos hicieron las familias y estudiantes para que les ofrezcan tamaño horizonte.

V ¿No era posible crear “otros posibles” en estas circunstancias?

Les propuse a les estudiantes la siguiente alternativa para no vernos obligados a tener clase cada 15 días con cada burbuja. Poner una computadora en al aula, abrir el zoom para que les estudiantes de la burbuja que no asistió a clase presencial “participe” mirando la clase. Y así avanzamos con los contenidos. Nada muy complicado y les encantó la idea. Luego les estudiantes me dijeron que la banda ancha de la escuela es chica y difícilmente resista ese caudal. También me dicen que requeriría un micrófono para que se escuche bien. Que la otra alternativa podría ser poner una cámara directa y que trasmita la clase. Todas iniciativas de les estudiantes con ganas de aprender.

Las autoridades no crearon condiciones de posibilidad ni para eso que era tan básico, tan potente, tan de “buen sentido” diría Gramsci. 

Algunes colegas me plantearon – al comentarles – reservas respecto a esta modalidad o directamente su desacuerdo con fundadas  razones: privacidad y vigilancia por parte de las autoridades que podría hasta lesionar el principio de  “libertad de cátedra”. Dudo. Avanzo. Pienso. Siempre la mejor alternativa es la pareja pedagógica: dos burbujas, dos docentes: uno remoto y otro presencial.

Retomo: detrás de palabras lindas “educación híbrida”, “multimodal” lo único que queda al desarmarlas y ponerlas a prueba con la práctica es el vaciamiento de contenidos, la improvisación. Palabras ambiguas que tratan de cubrir el vacío de análisis, la despreocupación e irresponsabilidad con que se está actuando.  

VI Obstáculos y otros posibles II

Hoy me informaron que una burbuja mañana no vendrá: no conoceré a ese grupo hasta un mes después de iniciadas las clases por esa resolución del 3 X 1 – inexpugnable hasta el momento para mi saber eso de 3 semanas de clase y una no -.

Es posible que por “aislamiento” de alguna burbuja o por decisiones sanitarias se deba recurrir a las clases remotas más asiduamente.  ¿Se realizó un censo claro respecto a las “condiciones de posibilidad” material para de docentes y estudiantes para que sean posibles esas clases remotas?

Desidia de nuevo. El docente que dicta de manera remota ¿tiene las herramientas de trabajo y ambiente apropiado para hacerlo? ¿Les estudiantes?   

Les estudiantes prácticamente todes dijeron que estaban contentos de volver al aula. Yo, como muchos docentes, también.  Con temor por los evidentes descuidos sanitarios pero contento de poder estar. Pero, por cuestiones de ambientes tecnológicos y familiares prácticamente no podría dar clases remotas y seguramente no sería el único: ¿cómo está previendo estas posibles situaciones la escuela? ¿No debería convocarse ya a otro docente, conformar una “pareja pedagógica” que pueda darle continuidad al proceso cuando el docente quede involucrado en  una burbuja de “aislamiento”, o tenga dificultades para cumplir de manera apropiada – y no solamente formal – su tarea “remota”?

VII Colofón.

Dijimos ventiladores, no. Dijimos distancia 1,50 cm, no. Dijimos medidor de dióxido de carbono, no. Dijimos alcohol en cada aula, no. Las medidas sanitarias claro que se pudiesen haber implementado de manera inmediata y no hacerlo es solo la muestra evidente del desprecio que sienten por estudiantes y docentes.

Dijimos calendario escolar y modalidad de cursada para poder planificar acorde a esa realidad, no; dijimos computadores con zoom en las aulas no, dijimos parejas pedagógicas no. Y no. 

Tal vez no sea casual. Se me da por pensar que a este tipo de casta “dirigente” todo este proceso casi objetivo de “aislamiento” de estudiantes y docentes, alejados de sus relaciones sociales les resulta funcional políticamente y como proyecto educativo. Políticamente hacen, deciden, ocultan, no se ponen en evidencia, no deben responder a nada. Todo se reduce a una comunicación oficial en la página. En la privatización de la vida social anida el germen de la domesticación: lentamente naturalizamos un verticalismo autocrático puro. En lo educativo: su sueño es la virtualidad de la escuela, las plataformas, sin docentes, sin estudiantes, sin conflictos: unidireccionalidad o pensamiento único. Lo uno complementa lo otro.  

Pienso centralmente que la pandemia simplemente mostró lo podrido que está casi todo. Para la lógica de casta los espacios de poder – como esta escuela pública – solamente remite a un kiosko/prebenda, un reducto de poder, parte de su actividad comiteril, de politiquería barata.  Y en el medio: estudiantes, familias y docentes. 

Enfatizo: solo con prácticas horizontales de funcionamiento y un concepto de la participación no limitado al aceptar o rechazar sino elaborando y tomando decisiones en forma conjunta y consensuada se podrá aportar a un proyecto de escuela universitaria experimental, laica, científica, participativa y humanista no elitista, que contribuya activamente en el desarrollo de una escuela pública y de un país en el cuál la “igualdad de oportunidades” sea algo mucho más sustantivo que la necesaria pero insuficiente “igualdad ante la ley”. 

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