Ruido negro o la persistencia de los espantos

Una acción artístico-política reinserta en la cotidianeidad los nombres de las 348 personas que fueron muertas a manos del aparato Estatal desde que se dictó el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) el 20 de marzo de 2020. Un mantra fúnebre que, desde San Martín, Buenos Aires, reverbera en todo el país.

Un auto de chatarrero en el centro de San Martín, conurbano bonaerense, hace su vuelta cotidiana. Vive del desecho como tantos que subsisten en nuestro país gracias a “inventarse su propio trabajo” a partir de los que otres descartan. De su parlante, sale la voz sucia de esa tecnología precaria, parte inconfundible del ecosistema sonoro suburbano. Su texto, su narración, sin embargo, está corrida del guion. Se escucha: 

“NN, masculino; NN, masculino; NN, Masculino; Cisneros Franco; Maidana, Jhonatan Ezequiel; NN, masculino; Rodríguez, Cristián Eduardo; NN, Masculino”. 

Continúa. La lista es larga. Son 348 menciones, personas, sujetos. Algunos con nombre, otros bajo una denominación que es la que, en última instancia, arroja una pista de lo que está ocurriendo: NN (nomen nescio, desconozco el nombre) seguido de una división binaria y burocrática de su género. Se va construyendo de a poco una suerte de mantra fúnebre, una sonoridad que, tras la apariencia de lo cotidiano, esconde algo. Se camufla entre los bocinazos, frenadas y puteadas de cualquier centro comercial conurbanense. 

—¿Los NN son los desaparecidos? 

—¿Otra vez estos zurdos con el curro de los derechos humanos?

—Seguramente son los muertos del COVID.

(Posibles preguntas, diálogos o afirmaciones de los transeúntes en el mejor de los casos. Probablemente, la mayoría prosiguió con su jornada sin más. Preocupaciones sobran).

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La lista leída pertenece al “Informe sobre la situación represiva” confeccionado año tras año, desde hace 25 años, por la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). Más precisamente, esas 348 personas fueron muertas a manos del aparato Estatal desde que se dictó el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) el 20 de marzo de 2020. Personas que fueron víctimas del accionar de diversas fuerzas represivas nacionales o provinciales, y del servicio penitenciario.

La acción fue producida por el Museo Latinoamericano de Arte Público, un colectivo de artistas visuales y escénicos que, hace unos años ya, viene subvirtiendo el orden simbólico urbano de manera sutil, pero sin por ello perder audacia. 

Espantos

La filósofa Silvia Sharwarböck, en su ensayo Los Espantos. Estética y postdictadura (Cuarenta Ríos, 2016), define a la democracia desde 1983 como la rehabilitación consagratoria de la vida de derecha como la única vida posible. Una vida sin un Fin superador a lo dado. Sin algo trascendente más allá del logro individual. La contracara de la vida de izquierda que fue exterminada en los centros clandestinos de detención. La derrota de ese modo de vida, cuya narrativa revolucionaria afirmaba la eliminación de los espantos del mundo capitalista, nos deja solxs frente a ellos. La autora, de manera provocativa, afirma que la única institución que se ha transformado bajo la vida de derecha de manera positiva fue la familia. Abuelas, Madres e Hijos fueron quienes no dejaron de levantar ante el Estado el reclamo por la aparición con vida y el castigo a los culpables. Una familia en clave de Antígona, antes que de Engels, remata la filósofa. 

Esa transformación institucional se activa ante el espanto. Es lo que ocurre con las familias de víctimas de gatillo fácil y de la represión estatal en general. Casos testigos por sus repercusiones fueron el de Sergio Maldonado en tiempos de Bullrich o, más cercano en el tiempo y parte de la lista que se escuchó por las calles de San Martín, el de Cristina Castro. Decimos testigo, porque, desde 1983, fueron 7587 las personas que perecieron ante la violencia estatal. Como han señalado oportunamente Sandra Gayol y Gabriel Kessler (Siglo XXI, 2018), sólo determinadas contingencias en la Argentina pos-dictatorial fueron las que llevaron a algunos de esos casos a devenir “muertes que importan”. 

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Cabe la pregunta entonces de si allí, en esa relevancia o no de determinadas muertes, es donde más profundo ha calado la vida de derecha. Y de la mano con ello, si también otro signo de esta vida democrática no es el permanente divorcio de aquello que es memorable por ser pasado y aquello que es plausible de ser naturalizado por estar en tiempo presente. 

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Ruido negro

Ahora bien, volviendo a San Martín. Si más arriba decíamos que lo que funcionaba como índice de la acción que convoca a este texto era la recurrente mención de los NN y la consecutiva lista tras ellos es porque allí hay una apropiación productiva de procedimientos que, durante años, han construido los organismos de derechos humanos en pos de nombrar esa irremediable ausencia. En esta oportunidad, con un sutil desvío que excede a la lista leída, es decir, “al contenido” de la obra, sino que tiene que ver con el procedimiento, “con la forma”, tendiente a reinsertar esos nombres en la cotidianidad. Un procedimiento que propone desritualizar los ámbitos en donde pueden y deben ser nombradas las víctimas de la represión. 

A la acción la llamaron Ruido negro. Los ruidos negros son aquellos sonidos que hacen algunos artefactos, por ejemplo, el ruido de una heladera que, en un comienzo, es molesto, pero, al cabo de unos minutos, lo internalizamos y continuamos con lo nuestro. Similar a la represión estatal en tiempos de pos-dictadura.

Ruido Negro. El Museo Latinoamericano de Arte Público y Siete y Medio – Arte Local abrirán al público la exposición del archivo sobre la acción Ruido Negro, el 8 y 9 de mayo en San Martín, Buenos Aires

Fuente: La Tinta

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