Cuidados desde una perspectiva feminista y anticapitalista

Recordando el 1 de mayo publicamos en este día desde Contrahegemoniaweb notas referidas a las luchas actuales de les trabajadores y la situación del mundo laboral.

Eso que llaman amor…

La existencia de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados es estructural en el sistema capitalista y está ligada al mismo carácter del sistema. Somos las mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries quienes asumimos mayormente estas tareas, quedando por fuera del trabajo asalariado. La forma en la que actualmente se realizan las tareas domésticas y de cuidado nos obliga a un debate respecto de su carácter alienante, deshumanizante y despersonalizante.

Trabajamos más, nos pagan menos

Es antigua la lucha del movimiento feminista que intenta revertir la desigualdad que pesa sobre las mujeres respecto de los salarios y las condiciones de trabajo. Lejos de ser opiniones, estas desigualdades se demuestran objetivamente. 

Natsumi Shokida, en “La desigualdad de género se puede medir”, plantea que 6 de cada 10 varones adultos trabaja en tareas remuneradas, mientras que solo lo hacen 4 de cada 10 mujeres. La desocupación, afecta mayormente a las personas jóvenes y en especial si son mujeres: su tasa de desocupación es cuatro veces mayor que la de los varones adultos. Por otra parte, la precariedad contractual, que afecta a un gran número de trabajadores, es aún peor para las mujeres: 30% (del total de trabajadores), y 38% (de las mujeres trabajadoras). Y si comparamos los ingresos, las mujeres ganan un 27% menos. La brecha se amplifica al 36% cuando miramos a aquella porción con condiciones informales de empleo.

Las brechas salariales entre varones y mujeres se reducen significativamente cuando comparamos los ingresos por hora. Esto podría dar lugar a pensar que esta desigualdad no es tal porque ganan menos porque trabajan menos. Sin embargo, esta justificación deja de tener sentido cuando nos preguntamos: ¿Por qué las mujeres trabajamos menos en forma asalariada? ¿Qué pasa con el resto del tiempo? 

Las mujeres vendemos menos nuestra fuerza de trabajo porque somos quienes resolvemos abrumadoramente la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidados.Cuando nos referimos al trabajo doméstico y/o de cuidado, siguiendo a Corina Rodríguez Enríquez en “Economía feminista y Economía del cuidado”, englobamos a “todas las actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad en que viven. Este trabajo incluye el autocuidado, el cuidado directo de otras personas como actividad interpersonal de cuidado, la provisión de las precondiciones en que se realiza el cuidado como la limpieza de la casa, la compra y preparación de alimentos; y la gestión del cuidado: coordinación de horarios, traslados a centros educativos y a otras instituciones, supervisión del trabajo de cuidadoras remuneradas, entre otros”.

La asimetría con la que se distribuye este trabajo implica que las mujeres tengamos menos horas disponibles para el trabajo remunerado. Es de suponer que esta asimetría, vinculada a la responsabilización que pesa sobre las mujeres de resolver las tareas domésticas y de cuidado, influya también en las trayectorias laborales.En el 2013, la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado (TNR) y Uso del Tiempo en Argentina arrojó los datos que nosotres ya conocíamos: las jornadas de TNR de las mujeres se incrementan en la edad central, cuándo son cónyuges, cuando hay menores de 6 años en el hogar, cuánto menor es la jornada de trabajo en el mercado laboral y cuánto peor es el nivel de ingreso del hogar en el que viven. Los resultados dan cuenta de que las mujeres destinamos un tiempo sustantivamente mayor que los varones al TNR. Estos análisis sólo refieren a varones y mujeres, a pesar de que sabemos que la situación de la población trans-travesti es de extrema vulneración y que el Estado aún no publica información donde estén incluidas estas poblaciones.

El trabajo no remunerado y la acumulación de capital

A lo largo de la historia, muchas feministas han denunciado acertadamente la falta de desarrollo en la teoría marxista clásica sobre el trabajo doméstico y de cuidados en el modo de producción capitalista, sobre cómo participa en la reproducción de la fuerza de trabajo y las consecuencias que esto tiene en la subalternización de las mujeres. ¿Produce valor o no? ¿A quién beneficia? ¿Beneficia a los varones, al capital o a ambos?

Coincidimos en que es central remarcar el carácter indispensable del trabajo doméstico y de cuidados para el sostenimiento de la vida y como precondición para la acumulación capitalista. Sin el trabajo doméstico y de cuidados sería imposible la reproducción de la fuerza de trabajo tanto en forma diaria como generacional, porque la existencia del modo de producción capitalista depende de la posibilidad del capital de extraer plusvalor mediante la explotación de la fuerza de trabajo: las ganancias capitalistas se basan en el no pago de una parte del trabajo realizado por trabajadoras y trabajadores en la producción. Para que eso suceda, debe ofrecerse “fuerza de trabajo” como mercancía en el mercado. La fuerza de trabajo está portada en las personas de les trabajadores: sin trabajadores en condiciones de ofrecer sus capacidades físicas e intelectuales en el mercado, no se valoriza el capital ni se sostiene el sistema capitalista.

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Si bien el trabajo doméstico y de cuidados produce bienes de uso sin valor mercantil, contribuye en forma indirecta a la acumulación del capital, pues genera las condiciones de posibilidad de la existencia de fuerza de trabajo explotable por el capital. Pero el capital no paga el salario del trabajo que implica la transformación de las mercancías para ser consumidas o utilizadas (como la preparación de los alimentos o el lavado de la ropa) ni de otras tareas que no están mercantilizadas (como gran parte del cuidado de niñes y personas mayores) y su satisfacción mercantil implica el consumo de mercancías demasiado costosas para la clase obrera. Podríamos decir que existe una relación inversa entre trabajo doméstico y mercancías para satisfacer directamente algunas necesidades, como comprar ropa o coserla en casa, comprar comida preparada o para cocinar, cuidar a les niñes o contratar servicios de cuidadores. Cuando los salarios son más bajos, las tareas no remuneradas para intentar garantizar estas necesidades se multiplican.

El estado como representante del capital total (o de los capitalistas en su conjunto) históricamente ha creado, ante las demandas de la clase trabajadora y la necesidad de garantizar la existencia de la clase obrera para la acumulación del capital, equipamientos colectivos como escuelas o “guarderías” que han resuelto en parte estas necesidades. Estas instituciones, a su vez, contribuyen a moldear subjetivamente la fuerza de trabajo. La reproducción de las relaciones capitalistas supone que les trabajadores concurran voluntariamente al mercado a vender su fuerza de trabajo, y que lo hagan de acuerdo a determinadas conductas esperadas: que se comporten obedientemente, que no se rebelen a las órdenes de sus patrones y empleadores, que su trabajo sea lo más productivo posible. Para que esto suceda, las instituciones intervienen en la reproducción de determinadas concepciones culturales e ideológicas que ayudan a construir el consenso en torno al sistema capitalista y patriarcal. Es decir, las instituciones estatales de cuidado intervienen no solo en la reproducción material de la fuerza de trabajo sino también en su disposición subjetiva para aceptar las condiciones de su compra venta.

La ampliación o recorte de estos equipamientos colectivos puede analizarse en relación a las necesidades del capital y a las posibilidades de la clase trabajadora de luchar por sus demandas. Y de la fuerza del capital para resistirse a otorgarlas. Es decir, de la lucha de clases. Las políticas de austeridad han sido denunciadas por las feministas como políticas que descargan las crisis sobre las mujeres, obligándolas a asumir tareas de cuidado antes resueltas por los equipamientos colectivos. La crisis actual y sus políticas de confinamiento podrían dar cuenta cabalmente de esto que decimos.

Marx señala el carácter histórico del valor de la fuerza de trabajo cuando plantea que hay un componente moral en su determinación: qué necesidades son contempladas y cuáles no en el salario es resultado de la lucha de clases. Ahora, cualquiera sea el nivel de los salarios, podemos afirmar que el trabajo doméstico y de cuidados contribuye a disminuirlos, porque los capitalistas no lo reconocen, no pagan por él. Como señala Rodríguez Enríquez, “cuando se integra (…) el trabajo de cuidado no remunerado en el análisis de las relaciones capitalistas de producción, se puede comprender que existe una transferencia desde el ámbito doméstico hacia la acumulación de capital. Brevemente, podría decirse que el trabajo de cuidado no remunerado que se realiza dentro de los hogares (y que realizan mayoritariamente las mujeres) constituye un subsidio a la tasa de ganancia y a la acumulación del capital”.

De este modo, no sólo los varones se benefician del trabajo doméstico y de cuidados que no se reconoce a las mujeres, sino que es favorable al capital. Y como reconstruye Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja, fue una violenta historia la que puso a las mujeres en el rol de reproductoras de la fuerza de trabajo. Federici da cuenta de que este fue el resultado de la caza de brujas y la consecuente degradación social de las mujeres, y que aquella fue un aspecto de la acumulación originaria, el violento proceso que dio origen al capitalismo. Asimismo, señala la constante reactualización de la violencia como uno de los mecanismos para su perpetuación.

Para comprender y combatir la subalternidad y sujeción de las mujeres al trabajo doméstico es necesario partir de reconocer su especificidad en las sociedades capitalistas. La existencia de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados es estructural en el sistema capitalista y está ligada al mismo carácter del sistema. ¿En qué medida las propuestas de “políticas de cuidados” en el marco de relaciones sociales capitalistas pueden terminar con este trabajo? Entendemos que es clave para las mujeres y la clase trabajadora en su conjunto lograr reivindicaciones que disminuyan la extensión de ese trabajo no reconocido pero, al mismo tiempo, es central plantearnos un horizonte de superación.

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Pandemia, cuidados y la salida “desde arriba”

La idea de “cuidados” se hizo visible mundialmente en el marco de la pandemia que atraviesa el planeta, cobrando vital importancia aquellos trabajos de reproducción: las labores que “cuidan” la vida son “esenciales”, como los trabajos de les trabajadores de la salud, de la recolección de residuos o de instituciones educativas. Con todo, no es extraño que estos trabajos se encuentren escasamente reconocidos, mal remunerados y mayoritariamente feminizados.

Cierta mirada de la desigualdad de género en la resolución de las tareas de cuidado fue integrada a áreas del Estado, como la reciente Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado. Esto, materializado con la incorporación de feministas en las estructuras del Estado, responde a la masificación del movimiento de mujeres, a su interpelación a las organizaciones políticas y la necesidad del estado de construcción de hegemonía, que implica la incorporación subordinada de algunas demandas. La promesa es un sistema nacional de cuidados sin mayores precisiones, con medidas de “visibilización” y “revalorización” del trabajo doméstico, con una suerte de conciliación armónica entre Estado, mercado, organizaciones sociales y familias. Conciliación imposible en un contexto de crisis de acumulación con tendencia a la reducción del gasto público.

Las feministas en el Estado retoman el Sistema Nacional de Cuidados de Uruguay (Ley Nº 19353), creado en el año 2015. Este sistema tiene 3 ejes, conocidos como las 3 R: 

Reconocimiento del trabajo de cuidados no remunerados: contabilizar el TNR en la estadística y tender a un “cambio cultural” por medio de campañas y capacitaciones;  promover el registro, la sindicalización y la negociación colectiva  de las personas que trabajan como empleadas domésticas; y para quienes realizan las tareas en forma no remunerada, computar un año por cada hijo nacido vivo o adoptado, hasta un máximo de cinco años de contribuciones para el acceso a la jubilación o pensión por vejez y un aumento porcentual mayor para las jubilaciones de mujeres; Reducción del trabajo no remunerado: creación de algunas instituciones (desde el Estado o empresas) para el cuidado de 0 a 3 años, para adultos mayores e iniciativas comunitarias en localidades pequeñas; Redistribución del trabajo de cuidados no remunerados entre varones y mujeres: ampliación de licencia por maternidad a 14 semanas y por paternidad a 10 días; creación de un subsidio de medio horario laboral para el cuidado hasta los 6 meses (con estímulo para que sea utilizado por los varones)  y reconocimiento de algunas licencias para cuidado por enfermedad, para turnos médicos, etc. 

¿En qué medida pueden implementarse estas medidas, de por sí austeras, en el marco de la existencia de más del 30% de trabajo no registrado? ¿Cómo se vinculan estas ideas con las iniciativas de reforma laboral que implican recortar licencia, retrasar edades de jubilación y bajar costos laborales? ¿Cómo se explican estas propuestas con el vaciamiento de la educación pública e instituciones para la primera infancia deficientes? ¿Qué medidas van a tomarse para la “participación” de las empresas? ¿Realmente se proponen afectar las ganancias o solo van a alentar un modelo renovado de “beneficencia”? ¿Resolveremos este dilema sólo de manera cultural, reduciendo el problema al beneficio cismasculino y no al que hace el capital de ese trabajo no pago?

Algunas reflexiones sobre propuestas para la superación 

La forma en la que actualmente se realizan las tareas domésticas y de cuidado nos obliga a un debate respecto de su carácter alienante, deshumanizante y despersonalizante. Que estos roles sean socialmente asignados a las mujeres, a las maricas, a las personas trans o a las lesbianas implica que no existe una organización democrática del trabajo doméstico. Por el contrario, la sobrecarga está naturalizada y no hay una planificación consciente ni colaborativa ni socializada de estas tareas. Rentar el trabajo doméstico, demanda que levantó una parte del feminismo, podría generar mayores niveles de autonomía para las mujeres. Sin embargo, en la medida en que persista la organización patriarcal, jerárquica y antidemocrática al interior de la unidad doméstica, ese ingreso monetario no necesariamente se expresará en mayores niveles de autonomía o libertad para las mujeres. Es urgente preguntarnos si otro modo de organización del trabajo al interior del espacio doméstico es posible y si ello no permitiría encontrar mayor disfrute y placer en el quehacer de determinadas tareas.

Por su parte, la apuesta a socializar las tareas de cuidado y que sean asumidas desde el ámbito público no necesariamente remite a adoptar, sin más, su carácter estatal, sino que implica una determinada manera de ejercicio del poder al interior de las instituciones que, nuevamente, supone cierta despersonalización. La lucha por la socialización de las tareas de cuidado debe acompañarse del cuestionamiento del carácter burocrático, antidemocrático y patriarcal de las instituciones existentes, como las experiencias de jardines comunitarios gestionados asambleariamente entre trabajadores y xadres de organizaciones sociales, bachilleratos populares o espacios de salud construidos desde perspectivas feministas e interculturales. 

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No se trata de “autonomizarse de lo estatal” o pretender la no injerencia estatal en la socialización de las tareas de cuidado, sino un rechazo explícito a sucumbir a su forma burocrática. Esto vale tanto para las experiencias que surgen desde abajo, desde nuestros movimientos, como para la disputa que debemos dar como trabajadores y usuaries en las instituciones estatales.

Hacia nuestras propuestas y reivindicaciones

El debate sobre los cuidados, en nuestro país, atraviesa en el momento actual una encerrona pensada bajo los límites de las relaciones capitalistas.  Las  medidas neoliberales de bajar el gasto público en salud, educación y previsión social tienen como consecuencia el reenvío de estas obligaciones a la esfera privada o familiar. Por otro lado, el  crecimiento de la población que no puede acceder a la reproducción de la vida se traduce en un aumento generalizado de pobreza y en una mayor inestabilidad política. Entonces, el debate sobre quién asume el gasto de las tareas de cuidado tiene un carácter estratégico y es necesario unir la lucha por la socialización de las tareas de cuidado con la lucha contra los planes de ajuste y el endeudamiento que condiciona políticas de vaciamiento de los servicios de salud, educación o previsión social, por ejemplo. 

En la historia de nuestro país y fundamentalmente desde el 2001 a esta parte, la lucha por las condiciones materiales de vida para aquelles que no pueden vender su fuerza de trabajo la encarnan organizaciones populares que, a fuerza de organización por abajo, vienen arrancando recursos para distintas políticas públicas. La conquista de políticas públicas de cuidado, que obliguen a direccionar recursos estatales para paliar la situación de les trabajadores desocupades y precarizades, ha sido el fruto de numerosas batallas en las que las mujeres hemos sido protagonistas y hacedoras cotidianas.Se trata de ir un paso más allá. En nuestras luchas se anida también el deseo colectivo de una sociedad sin opresiones y no la mera subsistencia de nuestra vida bajo las condiciones de reproducción actuales, capitalistas y heteropatriarcales. Las disputas por la socialización de las tareas de cuidado implican también la construcción de una mirada contrahegemónica del modo en que pensamos que la vida debe ser producida y reproducida, para qué o para quiénNo queremos sobrevivir para ser explotadas, para no poder decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. No se trata solo de que existan instituciones que garanticen nuestras condiciones materiales de vida y que se ocupen de los cuidados, sino que lo hagan desde una perspectiva feminista y contrahegemónica que conecte con otro proyecto de sociedad. Los espacios creados por los movimientos sociales tienen determinadas características que avanzan en ese sentido: su gestión democrática y asamblearia, su perspectiva feminista, la construcción de vínculos cotidianos no basados en la opresión ni en la violencia, otra forma de entender la salud, la educación y los cuidados. Si de lo que se trata es de defender la vida contra este sistema que la destruye, debemos avanzar en este camino construyendo la fuerza suficiente para que el capitalismo y el patriarcado caigan juntos.

Algunos datos interesantes:

Alejandra Kollontai – en el marco de la Revolución Rusa- planteaba que la socialización del trabajo doméstico (y de cuidados) permitiría que las mujeres pudieran participar en pie de igualdad en la política. La situación de guerra primero y los procesos de burocratización en la URSS impidieron el desarrollo de estas iniciativas y volvieron a sujetar a las mujeres a los roles tradicionales

La Campaña internacional por el salario para el trabajo doméstico en la década del 70  planteaba esta reivindicación para el reconocimiento de ese trabajo, combatir la jerarquización de los trabajos que implica la división sexual del trabajo y la dependencia económica de las mujeres. un salario para todas las madres y amas de casa mejoraría la situación de las mujeres más pobres, dependientes de la asistencia estatal y sometidas a la estigmatización y al control social

Angela Davis en la década del 70 criticaba la reivindicación de salario para el trabajo doméstico por entender que lejos de liberar a las mujeres, las institucionalizaría. Y que la lucha tendría que ser por la industrialización de algunas tareas ( cuadrillas para la higiene de los hogares) y la socialización de otras ( tareas de cuidados).

Fuente: Corriente Marabunta

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