Sobre el precio de la carne. La verdad de la milanesa. parte 2

EL  25 de enero de 2021 se concretó un acuerdo entre el gobierno, las cámaras de exportadores y los grandes supermercados que supuestamente permitiría bajar los precios de la carne vacuna entre un 15 y un 30 %.  

Transcribo lo que publiqué en esa oportunidad: “Las cifras del acuerdo logrado parecen impactantes. Se trata de 6000 toneladas mensuales que serán vendidas en 1600 bocas de expendio en todo el país.  Sin embargo, quienes se pusieron a hacer números advirtieron que esa cantidad de carne cubre menos del 3% del consumo doméstico, por lo que el objetivo de retrotraer los precios que pagan el conjunto de los consumidores a noviembre parece inalcanzable. Hay que ver incluso si es suficiente para impedir los aumentos estacionales de marzo, cuando además de un crecimiento de la demanda se va a producir un descenso adicional de la oferta, por la baja ocupación de los corrales de engorde que es un 11% inferior al año pasado para esta misma época del año”. Y a este diagnóstico agregaba: “Con números muy favorables el gobierno desaprovechó la oportunidad para forzar una buena negociación.  Su mayor logro es haber obtenido una buena foto acordando con los grandes ganadores del negocio de la carne un acuerdo antinflacionario.  Aunque la verdad de la milanesa es que ese acuerdo no le hace ni cosquillas a la inflación.  Esa foto seguramente le será útil para contener críticas partidarias a la actitud extremadamente prudente de la gestión de Alberto Fernández y hacia afuera para demostrarle a los empresarios que tampoco resulta tan gravoso sentarse a negociar. También habrá otra foto de que en algún lugar en el país la tira de asado vale 399 pesos. Aunque, a ese precio, será difícil encontrarla”.

Sintetizando, el acuerdo de febrero fue una puesta en escena en la que todas las partes sabían que no iba a producir resultados concretos.  Alguien podría alegar que el gobierno fue engañado porque no sabe cómo funciona la cadena de la carne.  SI esto hubiera sucedido, también sería grave.

Las razones del aumento del precio de la carne

La carne vacuna aumenta su precio porque es un bien escaso y está fuertemente demandado.  Esta afirmación se fundamenta en los siguientes datos duros: el stock vacuno se ha mantenido bastante estable en los últimos 50 años, en un número de alrededor de 50 millones de cabezas, con un pico de 60 millones en 1977 y en 2020 había 54.460.799  cabezas.  Podría suponerse que por los avances tecnológicos la misma cantidad de animales podrían producir más carne, pero sucede que estas mejoras apenas compensan el hecho de que, por la extensión de la frontera agrícola, la ganadería fue desplazada a zonas marginales con menos potencialidad de producción.  Esta situación se expresa en los datos de la faena anual, que en los últimos 40 años se ha mantenido bastante estable con una producción de alrededor de 3 millones de toneladas.  Estos datos sumamente estables de cantidad de cabezas y producción de anual de carne se contrastan con el hecho de que la población de Argentina era en 1980 de 27,9 millones de habitantes y en 2020 era de 45,4 millones de habitantes. 

Estas cifras nos dan un primer indicio: la misma cantidad de animales en producción y de faena anual deben abastecer a una población que es casi el doble. Ya hay una primera explicación de por qué el consumo de carne vacuna por habitante y por años bajó de 80 kgs a los actuales 45 kgs.

Te puede interesar:   El Estado Argentino y su mirada sobre el Pueblo Mapuche

El componente de la exportación, muy publicitado en los últimos días tiene antecedentes que conviene recordar. La argentina fue un exportador tradicional a la Unión Europea y Gran Bretaña, pero durante la década kirchnerista, como ocurrió con otros productos, hubo preocupación por abrir nuevos mercados y se consiguió entrar al mercado chino. China se ofreció desde el principio como un comprador de carne que se interesaba por los cortes de menos valor y las vacas que por su deficiente estado corporal, avanzada edad o estar enfermas, tenían dificultades para colocarse en el mercado local y por eso se destinaban a las conservas o manufacturas.  Conserva y manufactura es el nombre que toman esas categorías de vacas en los mercados de venta de hacienda.  China es un eficiente barredor de lo más barato, y ello se integra perfectamente a los negocios de exportación de cortes caros a Europa, o a los que se destinan al consumo interno. 

Los negocios con China no se concretaron inmediatamente y el gobierno de Cristina Fernández se despidió con un magro 7% de exportaciones y 93% destinado al consumo interno. Fue el gobierno de Macri quien terminó capitalizando esa apertura por motivos ajenos a su gestión y directamente vinculados a la explosión de la peste porcina que arrasó con los stocks de cerdos en China y lo obligó a salir a importar carnes de todo tipo: porcina, aviar y vacuna.  Esto produjo un crecimiento exponencial de las exportaciones de carne vacuna, que hoy suman alrededor de un millón de toneladas, un 30 % de la faena total. De esas exportaciones el 80 % van a China.

Haciendo una síntesis: la Argentina produce hoy cifras muy parecidas que hace 40 años, el 30% se exporta y tiene el doble de población. Por eso la carne es un producto escaso, muy demandado y más caro.  La carne vacuna desde hace años tiene poca presencia en la mesa de los sectores más empobrecidos, que la han reemplazado por altos volúmenes de pollo, proveniente de la producción industrial.

Esta disminución del consumo de carne vacuna es un proceso que viene de años, con gobiernos de distintos signos, y responde a cuestiones que no se resuelven con medidas de corto plazo, por más espectaculares que parezcan. Si es un objetivo incrementar el consumo de carne vacuna de los habitantes de Argentina, deberá abordarse dentro de un proyecto de país y  con medidas de mediano y largo plazo.  

Pagar o no por superganancias

Cuando desde el gobierno se analizan las causas de la suba del precio de la carne se suele reducir la cuestión al egoísmo o la especulación de los productores, cuando en realidad, como hemos explicado, se debe a cuestiones más complejas.  Hacer falsos diagnósticos invalida la posibilidad de tomar medidas para aumentar la producción de carne, tratando de evitar que sea un producto menos escaso y en consecuencia más barato.

Lo del egoísmo de los productores va por otro lado.  En el primer año de la pandemia con una inflación del 36%,  el precio del novillo en Liniers subió un 75%, el novillito 77%, la vaca gorda un 71% y la conserva 63%. Los precios de la invernada tuvieron una suba de alrededor del 90%. En el segundo año de la pandemia los precios le siguieron ganando a la inflación.  Vivimos en un país donde los trabajadores y los jubilados perdieron alrededor del 20% de sus ingresos, con el macrismo y con el actual gobierno, y con la pandemia esos ingresos no se recuperaron, por el contrario, siguieron bajando. Vivimos en un país con más de 40% de pobres. Parece lógico y necesario que quienes obtuvieron superganancias resignen una parte de sus ingresos.  Negarse a pagar y lanzar un lock-out patronal al primer amague de encarar el problema es una actitud nefasta.

Te puede interesar:   Sobre Cámpora al gobierno, Perón al poder y el pacto social, algunas aclaraciones necesarias

Otra cuestión es cuáles son las medidas que habría que tomar. Por ahora el gobierno parece avanzar en dos direcciones: cerrar las exportaciones, con excepción de los cortes de alto valor de la cuota 481 y de la cuota Hilton que se venden a Europa y ” combatir la marginalidad en la cadena de la carne”. 

Si pensamos en términos de ampliar el consumo de carne en este país es seguro que los cortes de alto valor pueden ser absorbidos por el mercado interno, lo que se vende a China sirve más para producir alimentos de baja calidad como hamburguesas, picadillos, salchichas, etc., no hay mucho para carnicerías.

Con respecto al tema de “combatir la marginalidad en la cadena de la carne” hay que precisar de qué se está hablando.  Si combatir la marginalidad es recuperar el control de los puertos argentinos en manos privadas, por donde se contrabandean distintas exportaciones que no pagan derechos de aduana, ni retenciones de ningún tipo, estaríamos bien encaminados.  Pero parece que se trata de mayores exigencias del protocolo sanitario, o requisitos legales, con la consecuencia de dejar todo el comercio de la carne en manos de los grandes frigoríficos exportadores. Esta medida perjudicará a pequeños matarifes, mataderos locales, frigoríficos consumeros y carniceros que por ser diversificados garantizan algún tipo de competencia. Cuando los grandes grupos consigan una posición monopólica fijarán sus precios a su antojo. Ocurrirá lo mismo que hicieron con la leche en tiempos de Menem para garantizar que el mercado sólo quedara en manos de SanCor y La Serenísima. Este es un viejo proyecto que Felipe Sola trató de instrumentar en tiempos Menem y que no pudo concretar por la resistencia de los sectores más pequeños.

Lo que parece más realista en este momento, sería aumentar las retenciones a las exportaciones de carne, lo que bajaría los precios internos y que lo recaudado aporte al aumento de jubilaciones, empleados estatales, docentes, trabajadores de la salud y planes sociales aumentando los ingresos de un sector de los trabajadores. Este aumento de retenciones a las exportaciones de carne no puede ser una medida aislada, sino que debe contemplarse dentro de un paquete de medidas que impidan que los productores agropecuarios emigren de la ganadería hacia otro tipo de producciones más rentables.  Esta preocupación nos introduce en la cuestión de la concentración y del uso de la tierra.

La cuestión del uso de la tierra

La cuestión de la concentración de la tierra en pocas manos es un problema tan viejo como la Patria y aún anterior, de la época colonial. Nuestras pampas no fueron ocupadas por plantadores como ocurrió en otros países de Nuestramérica sino por ganado que pastaba libremente, y los repartos de tierras no fueron asignados a colonos sino a militares, políticos y financistas que se apropiaron de grandes latifundios.  Nuestro país desde los inicios se conformó como latifundista, tuvo un sesgo de crecimiento de la pequeña y mediana propiedad en la décadas del 50 y 60, pero a partir del 1966 volvió a ser latifundista y esa tendencia se ha incrementado hasta nuestros días. Desde esa realidad cuando se habla de precios de alimentos se habla de medidas asociadas a la intervención estatal: puertos, rentas de la aduana, retenciones, etc.

Te puede interesar:   La calle, no calla

Seguramente quien quiera cambiar radicalmente este país tendrá que ocuparse del tema de la concentración de la tierra demorado desde hace siglos, pero mientras tanto tendremos que agregar otras discusiones como son el uso de la tierra y el modelo de producción.  Cuando hago referencia al uso de la tierra, estoy hablando de qué destino dará un productor a su propiedad, sea ella grande, mediana o pequeña, desde una lógica asociada a la rentabilidad donde van a convivir el afán por acumular grandes ganancias, vivir decentemente o apenas sobrevivir.

Los motivos por los que un productor siembra soja, maíz, trigo, o utiliza su tierra para la forestación, el tambo o la ganadería, excede sus propia voluntad o tradición cultural.  A modo de ejemplo, hubo determinantes que metieron a buena parte de los productores, a partir de los años 90 en el embudo de la soja y ese cultivo no tenía historia en nuestra tradición agrícola, pero tenía rentabilidad. Para muchos fue hacer soja o fundirse. Hubo políticas de las empresas multinacionales, pero también hubo políticas de Estado y de gobiernos que crearon las condiciones para que esa variedad exótica se convirtiera en un monocultivo. El no crecimiento de los stocks ganaderos, y el desplazamiento de la ganadería a zonas marginales, no puede desligarse de la sojización del país. Todo esto viene a cuenta de que, si la política del gobierno centra sus legítimas demandas tributarias exclusivamente en la ganadería, con el precio de la soja a 600 dólares la tonelada, no hay que ser adivino para saber lo que va a ocurrir.  Habrá liquidación de stocks vacuno y a mediano plazo la carne vacuna será un producto aún más escaso y caro. En un sentido inverso si la política de Estado y de gobierno fuera promover la ganadería, tendría que favorecer a la ganadería con cargas fiscales inferiores a la soja y tomar medidas como la elevación del peso de faena y la prohibición de matar hembras fértiles, que en el corto plazo provocarían un descenso de la faena y una elevación del precio, pero que a mediano plazo favorecerían el aumento de stocks, de las toneladas de faena y una baja del precio de la carne. La pregunta sería: ¿va a animarse a tomar esas medidas el gobierno en tiempos preelectorales?

¿Tiene sentido promover la ganadería?

La ganadería tiene muy mala prensa por su impacto ambiental. En realidad, se asocia a la totalidad de la actividad ganadera con una forma de producción que es la ganadería industrial, caracterizada por el manejo de animales en confinamiento (feed lot o corrales de engorde) y la utilización de herbicidas y fertilizantes para la implementación de verdeos. Lo que no se dice es que la alternativa es más agriculturización, con su modelo de agricultura industrial que destruye suelos, contamina napas y enferma a los seres humanos.

Desde un planteo agroecológico, no hay producción sustentable en el tiempo si no hay ganadería, por la sencilla razón de que quienes crearon y pueden regenerar los suelos agrícolas, son los animales pastando de un modo racional, que imite a las grandes manadas de los primeros tiempos de la humanidad. La ganadería regenerativa no sólo es posible, sino puede duplicar la producción de carne, reduciendo totalmente los gastos en fertilizantes y herbicidas que más allá de su daño ambiental, se pagan en dólares que se van del país.  

Si al gobierno le interesara y hubiera políticas de Estado, se podrían financiar algunas inversiones necesarias para hacer ese tránsito.  Esto es posible, pero los resultados en ganadería nunca son inmediatos y entran en contradicción con una clase política enferma de cortoplacismo.

Estos debates y propuestas sólo pueden interesar a quienes realmente tengan la intención de proponer otro proyecto de país. Por el lado del gobierno, sólo se ve la preocupación de zafar de un corto plazo muy teñido de las disputas electorales de medio término. En consecuencia, lo esperable es que se monten nuevas escenas, nuevas perfomances que estimulen las emociones y alivios temporales en el bolsillo de los que menos tienen, sin que nada cambie demasiado: ni el precio de la carne, ni la redistribución de la riqueza, ni el control de la cadena de alimentos por parte de las grandes cadenas monopólicas.

Guillermo Cieza

21 de mayo de 2021

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *