El pasado del presente: La “tradición de Mayo” hoy

«Hablar de revoluciones, imaginar revoluciones, situarse mentalmente en el seno de una revolución, es hacerse un poco dueño del mundo.”
Alejo Carpentier
«El siglo de las luces».

“Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan (…)
La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta,
porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido
y porque era necesario borrar para siempreel recuerdo de los contra-revolucionarios de Mayo”
Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria. Córdoba, 1918

En gramática existe solo el presente del presente pero en política, decía el comunista italiano Palmiro Togliatti, el presente tiene tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro. El primero constituía – interpreto libremente – las luchas liberadoras del pueblo que construyeron identidades, pertenencias, mística, que entroncan con las luchas del presente y anuncian las proyecciones de esas luchas en el mañana.

La “Edad de oro” de nuestra patria está en el porvenir escribió Esteban Echeverría. Aún no llegó. Tuvimos – como titulaba Osvaldo Soriano – “años felices”.

Pensar Mayo, es pensar ese presente del pasado y sobre todo pensar la única revolución que vivió nuestro país en 210 años. Vivimos sí muchos golpes de estado que la ignorancia, o la mala intención quisieron asociar a la palabra Revolución.

En un punto pensar en Mayo es pensar una revolución inconclusa. Como caracterizó Agosti se trató de una revolución burguesa que no logró realizar las tareas que la burguesía debía realizar en aquel tiempo histórico de libertad, igualdad y propiedad: soberanía política, reforma agraria e integración del mercado interno. No supo o no pudo, que para el caso es lo mismo: fracasó como clase nacional.

En un libro reeditado recientemente Florestán Fernandes decía: “Una sociedad capitalista que no realiza ningún tipo de reforma agraria y de la cual la revolución urbana se confunde con la hinchazón o con la metropolización segmentada, ha de estar en deuda con la revolución demográfica, con la revolución nacional y con la revolución democrática” (p31). Y en eso estamos.

Por eso es importante pensar Mayo más allá de las efemérides escolares. Mayo es valorar ese hecho inaugural de nuestra Nación pero al mismo tiempo comprender el fracaso de esa independencia trunca que solo nos permitió ingresar al capitalismo en auge pero sin realizar las transformaciones necesarias que la revolución burguesa clamaba.

Andrés Rivera escribió: fueron “revolucionarios sin revolución” y puso esa sentencia en boca de Juan José Castelli, el “orador de la revolución” que moría encarcelado, vencido con cáncer de lengua.

Las condiciones de posibilidad de una revolución: Mayo 1810

La revolución de Mayo fue parte del ciclo de las revoluciones burguesas que configuraron el sistema capitalista mundial. La revolución industrial expandió junto a sus manufacturas y sus necesidades de recursos naturales las nuevas ideas de de libertad, igualdad y propiedad privada.

En América Latina la libertad fue solo la del libre mercado, la propiedad limitada a unos pocos y la igualdad quedó sepultada en los trabajos en las mitas o el comercio de esclavos. Los únicos principios inamovibles para la burguesía en expansión colonial eran los de propiedad y ganancia, el resto solo ideas.

Ese Orden colonial estaba ordenada en base a la explotación minera, las plantaciones esclavistas y el trabajo servil en las haciendas. Todo vertebrado – como decía Puiggros – con “la cruz y la espada” junto al monopolio comercial y político de la corona española.

América latina no sería ajena a aquellos vientos de revoluciones burguesas y se irían jalonando las acciones colectivas, marcadas aún por una fuerte impronta de castas: rebeliones de criollos contra los impuestos, de pueblos originarios por recuperar sus tierras y su poder, de negros por la libertad. Y todos marcados por aspiraciones políticas de libertad, de independencia, de justicia. Pero esas luchas fueron una a una vencidas, dejaron sus mártires, sus miedos y sus odios. Derrotadas y vencidas enseñaban, acumulaban, los balances invitaban a nuevos alumbramientos.

La expansión británica en el mundo fue arrinconando al viejo poderío español. En América, España se vio obligada a realizar reformas modernizadoras para intentar mantener el control de sus colonias que, lógicamente fueron fortaleciendo a las castas y clases que en América aspiraban a situarse en el mundo burgués en avance.

En 1776 España funda el Virreinato del Río de la Plata, creación que terminará por fortalecer a sus contrarios, las fuerzas independentistas porque:

a) la apertura comercial hizo más poderoso económicamente a la fracción de la burguesía comercial ligada al libre comercio y le dio base para una política de alianzas con los hacendados litoraleños e intelectuales;

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b) la propia creación del Virreinato del Río de la Plata estructuró una burocracia estatal sobredimensionada con relación a su actividad económica;

c) las disposiciones centralistas que redujeron la posibilidad de acceso de los criollos a los cargos de dicha administración estatal, agudizaron los enfrentamientos

d) finalmente, la necesidad de defensa implicó que se incorporaran más criollos a las milicias, entregándole un recurso de poder (armas, preparación, tropas) que, a la postre, iba a resultar decisivo.

Simultáneamente en los ámbitos de formación de las “clases dirigentes” como el Colegio San Carlos o la Universidad de Charcas, irrumpieron las “nuevas ideas”.

En el Colegio, el canónigo Juan Baltasar Maciel estableció el derecho intelectual a apartarse de la autoridad religiosa para afrontar problemas científicos. Por su parte, en Charcas circulaban los escritos de la ilustración francesa, junto a los de Adam Smith y a los de economistas españoles como Solórzano de Pereira o el fiscal de la Real Audiencia de Charcas como Victorian de Villalba quien dedicó toda su vida pública a la defensa de los habitantes de la colonia, sobre todo de los indígenas. Allí estudiaron Castelli, Moreno y Monteagudo entre otros. Por otro lado, comienzan a circular publicaciones nativas como El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-económico, e Historigráfico del Río de la Plata o el el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio o el Correo de Comercio donde empiezan a entreverse algunas ideas sobre lo que será el programa del ala izquierda de la revolución.

Lo casual en el desencadenante histórico: las invasiones inglesas

En 1805, la batalla de Trafalgar marcó la derrota definitiva en los mares de España frente a Inglaterra e inmediatamente fueron las invasiones inglesas (1806 -1807) y en 1808 se produjo la invasión napoleónica a España. ¡Ya no hay rey!

Se agudizan las contradicciones: la crisis de los de arriba se expresaba en el debilitamiento de la estructura estatal para actuar, junto a un proceso de pujas internas que resquebrajaban al poder. Por otra parte, un grado de acumulación de fuerzas en un amplio conglomerado social que conformarían los “de abajo” era expresado en varios aspectos. Por una parte, en el fortalecimiento económico y político de sectores criollos ligados al contrabando/comercio y hacendados litoraleños. Por otra, en el grado de elaboración teórica que comenzaba a señalar la existencia de un proyecto alternativo en un núcleo de los intelectuales y en los recursos de prensa y difusión a través de los diferentes medios antes señalados. Por último, en los recursos militares a través de la conformación de cuerpo de milicianos, verdaderas milicias populares que hasta elegían democráticamente a sus oficiales, dándoles el carácter de dirigentes y no solo de jefes.

Importa destacar de esa “semana de mayo” solo un hecho: fue la acción colectiva del pueblo movilizado en la plaza, ocupada por los chispistas – jóvenes de los arrabales liderados por French y Berutti- quienes coordinan sus fuerzas insurrectas con la de las milicias criollas acuarteladas, quien logra la renuncia de Cisneros y de la Junta convocando nuevamente al Cabildo para imponer finalmente la Primera Junta Patria.

En esta Junta había dos alas: la derecha liderada por Cornelio Saavedra y la izquierda, representada en Mariano Moreno,

Ambos habían coincidido circunstancialmente en la liberación política del monopolio y eso concitó un amplio apoyo de la mayoría de los criollos desalojados o vetados de la vida pública del virreinato. Pero esa perspectiva no exigía transformaciones revolucionarias en las relaciones sociales, sino simplemente lograr la independencia como entidad política. Para la derecha, la revolución ya había terminado y para la izquierda la revolución empezaba. La disputa estaba abierta: el primer sector se apoyaría en la inercia del sentido común, en el espontaneismo; el segundo debía buscar las dosis de buen sentido acumulado y transformarlas en conciencia. Aquello que explicara Gramsci: “la relación entre filosofía “superior” y sentido común está asegurada por la política” era la tarea principal del núcleo revolucionario. Pero, para ese objetivo el núcleo activo era mucho más pequeño.

El proyecto de la revolución.

El proyecto “morenista”, quedó explicitado en el documento secreto conocido como Plan de Operaciones, indudablemente el texto más acabado que intentó vincular la independencia a una verdadera transformación social.

Enumeremos los puntos del programa:

  • Denunció – amparado en el Contrato Social – al Pacto colonial porque estuvo asentado en la fuerza y la violencia contra los nativos: no fue un pacto sino imposición. Ergo: es una proclama independentista.
  • Estableció el principio democrático de soberanía popular regida por la razón, en donde los ciudadanos debían experimentar una mejora económica de sus condiciones de existencia propendiendo a una república regida por principios igualitarios.
  • En el plano económico, se proponía dotar al estado revolucionario de metálico y para ello expropiar a unas 6000 personas pudientes que “serían puestos en diferentes giros en el medio de un centro facilitando fabricas, ingenios, aumento de agricultura, etc.” Castigar con pena capital a cualquier particular que explotara por su cuenta yacimientos minerales, que debían ser monopolio del estado.
  • Proponía distribuir la tierra entre labriegos y agricultores, para que sean ciudadanos – propietarios.
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Si uno debe elegir una imagen para sintetizar la voluntad nacional y popular del proyecto “morenista” elegiría a Castelli el 25 de mayo de 1811, parado frente a las ruinas del Tiahuanaco anunciando el fin de la servidumbre indígena, el otorgamiento (devolución) de tierras y la creación de escuelas.

El golpe de estado dado por el partido conservador el 5 y 6 de abril de 1811 marcó la derrota. Moreno moriría en altamar, Castelli fue luego encarcelado, Belgrano aislado… Pero la revolución no devoraba a sus hijos: ¡era la contrarrevolución – y no solo de españoles! – la que se imponía sobre ellos. Saavedra en su carta a Chiclana del 15 de mayo lo explicó con claridad: “el sistema Roberspierriano que se quería adoptar en ésta, la imitación de la revolución francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que ha desparecido.” Agregaba a raíz de la partida de Moreno al exterior que eso era una suerte porque él “pretendía hacerse un dictador o cuando menos un tribuno de la plebe”. La revolución total había fracasado. Y ese fracaso de la fracción revolucionaria que no logró efectivizar las medidas económicas ni hegemonizar a las masas que fueron reclutadas para la guerra – aunque lo habían hecho con entusiasmo inicial –implicó que ese mismo pueblo no reciba nunca las tierra ni la igualdad. Incluso padecieron la apertura económica que arruinó las manufacturas artesanales del interior, beneficiando a la parasitaria burguesía comercial mientras engendraba la miseria de las masas rurales que verían en Buenos Aires a su enemiga. Y en parte eso explica porque cuando se alcen esas masas nuevamente en armas ya no lo harán detrás del ambicioso proyecto del Plan de Operaciones que expresaba aquella vanguardia ilustrada sino bajo la bandera de los caudillos e incluso de Rosas, cuya aspiración no era justamente la revolución total.

En palabras de Rodolfo Puiggrós en su Historia económica del Río de la Plata: “Ninguna clase social de las comarcas rioplatenses sacó tanto provecho de la libertad de comercio como los terratenientes ganaderos de la provincia de Buenos Aires (…) ninguno llegó tan lejos como Juan Manuel de Rosas” 127.). Era un Nuevo Orden, pero a distancia sideral del soñado por Moreno, Belgrano o Castelli: sin ciudadanos propietarios de tierras y soberanía popular. Era un Nuevo Orden con latifundio, dependencia económica y despotismo.

El presente pasado

Mayo fue una revolución inconclusa. Por su incapacidad para concretar sus objetivos, las tareas burguesas de estructuración del estado nacional, de reforma agraria e integración del mercado interno y de construcción de una democracia en donde el demos sea soberano, quedaron pendientes.

La cuestión hoy es preguntarse por qué entre nosotros ese conflicto siempre dramático entre lo viejo que se niega a morir y lo nuevo que no acierta a nacer no germinó en una revolución total. Una hipótesis explicativa de ese fracaso puede ser resaltar que la revolución fue más producto de la “crisis de los de arriba” que de una conciencia organizada como expresión de una burguesía cuyo programa requería destruir aquel orden colonial para poder seguir su desarrollo como clase nacional.

Ampliando esa perspectiva también se puede pensar que la maduración intelectual lograda por el grupo revolucionario fue superior al grado de maduración alcanzado por las fuerzas productivas. Cuando el estado colonial entró en crisis y se abrió la oportunidad de “romper cadenas” la situación fue aprovechada por las vanguardias ilustradas pero sin la fortaleza organizativa que le permitiese desplegar y dirigir el nuevo proceso. Efectivamente eran intelectuales formados en el “clima de época” pero no eran intelectuales orgánicos creados por un grupo social nuevo “que al nacer en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le den homogeneidad.” (Gramsci, pg.353). Dicho crudamente, parafraseando a Milcíades Peña: eran revolucionarios democráticos burgueses sin burguesía revolucionaria y – agreguemos – sin siquiera un robusto artesanado o un campesinado articulado como con el que contara en su momento la revolución francesa.

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Es decir, la burguesía por su desarrollo y aspiraciones no era una clase nacional que pudiese hegemonizar un proceso de reformas radicales que conformara un estado nación capitalista e independiente a comienzos del siglo XIX; pero paralelamente existía una vanguardia intelectual que sí era portadora de ese proyecto y que pretendió desde el poder del estado suplir aquella insuficiencia.

Entonces, por un lado para el ala izquierda de los revolucionarios de Mayo existió el límite de contar con una burguesía comercial – contrabandista y hacendados litoraleños que iban poniendo en “valor” sus tierras, más dispuestos a negociar un “cambio de amo” económico por cierta mínima autonomía política que otra cosa. Por otro, a ese límite estructural se le sumaba otro que también debían franquear, ¡ y vaya si lo intentaron!: era la realidad cultural de esas grandes masas nacidas en el período hispánico que, como no podía ser de otra manera se movían en las grandes líneas establecidas por la ideología dominante de la época. Ese sentido común, esa naturalización del orden era lo que debía quebrar el ala izquierda de la revolución. Un gran paso fue aquella dosis de buen sentido expresado en el odio al español, a las castas superiores pero que no logró cuajar en conciencia. El día a día de la guerra, y la escasez de cuadros dificultaba la posibilidad de diseñar y precisar los alcances de una revolución cultural.

Entonces lo que uno podría observar es el divorcio existente entre la elite intelectual y las masas. La vanguardia revolucionaria articulada en torno a Moreno, Castelli, Belgrano elaboró el proyecto de la revolución burguesa total junto a las masas populares, pero no logró la necesaria reforma intelectual y moral. Y es sabido que ella no existe sin reformas económicas.

Pienso, tal vez un poco forzando a Gramsci en sus reflexiones en torno a los intelectuales, que la integración entre intelectuales y pueblo – nación no pudo lograrse nunca en el marco del pensamiento burgués, ni siquiera en la etapa en que éste tenía aún un rol históricamente hegemónico. La posibilidad de constituirse como ideología dominante de la colectividad del pensamiento nacional democrático se vio perdida porque la clase que debía realizarlo no lo hizo. Y me animo a decir que fueron los intelectuales tradicionales (eclesiásticos o no) quienes hegemonizaron el proceso político cultural derrotadas las alas izquierdas de la revolución, esas alas que justamente pretendieron articular lo nacional y popular.

Colofón

Quizás pensar a Castelli devolviéndoles las tierras a los pueblos originarios y otorgándoles el título de Don a sus caciques, y mirar hoy a las comunidades quom o mapuches; pensar en Belgrano y su sueño de reforma agraria y ver un país macrocefálico, despoblados de ciudadanes en el campo; recordar a Moreno y su Plan de Operaciones secreto que se proponía ajusticiar a quien quisiese aprovecharse de los recursos mineros del país y observar los proyectos “secretos” en Vaca Muerta invite a pensar el dolor que significó para nuestro pueblo aquel fracaso de Mayo.

Aquella burguesía joven en la plenitud de su vida, cuando era aún portadora de las banderas de liberad e igualdad fracasó como clase transformadora y con ello perdió su turno histórico como clase nacional de lograr un país independiente, autosustentado y más igualitario. Esto quedó demostrado en los diferentes intentos hegemonizados por las diferentes fracciones de esa clase a lo largo de nuestra Historia.

Por eso es que tal vez Florestan Fernandes afirmó que“Las transformaciones que en sociedades capitalistas avanzadas fueron desencadenadas a partir de iniciativas de (…) las clases medias burguesas, habrán de trascurrir a partir de las iniciativas de las clases desposeídas y trabajadoras”. Subrayo desposeídes y trabajadores.

La pandemia nos mostró casi con una lupa las miserias del capitalismo como sistema, en el norte y en el sur, por la creciente concentración de riquezas, por el cotidiano desprecio a la salud, la educación, la vida de los más. En América Latina, concentración y extranjerización. Si hasta volvió el Covid 19 a hacer visible lo que siempre ocultaron los de arriba: sin trabajadores no hay producción, no hay circulación, no hay vida.

Pensar en Mayo como fracaso en este presente histórico tal vez diga que es necesario que debamos volver a recorrer – como decía Benjamín – la historia a contrapelo. La revolución fue interrumpida. Pero esa tradición sigue siendo un buen punto de partida para superar los dolores que quedan y conquistar las libertades que faltan en estos tiempos que aún nos son de Revolución.

Bibliografía

Agosti, Héctor P.: El mito liberal. Buenos Aires, Lautaro, 1959.

Campione, Daniel: Para leer a Gramsci. Buenos Aires, Ediciones del CCC, 2007.

Fernandes, Florestan: ¿Qué es la revolución? Buenos Aires, Batalla de ideas, 2019.

Gramsci, Antonio: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 4. México, Era, 1975.

Goldman, Noemi: Historia y Lenguaje. Buenos Aires, CEAL, 1992.

Peña, Milciádes: Sarmiento, Alberdi y el 90. Buenos Aires, Fichas, 1970.

Puiggros, Rodolfo: Historia Económica del Rio de la Plata. Buenos Aires, Peña Lillo Editor, 1966.

1 Mg en Historia. Las referencia al proceso histórico remiten a un viejo trabajo colectivo junto a les colegas Patricia Moglia, Guillermo Cao y Marta Dino. Las reflexiones histórico políticas y el texto definitivo son de mi entera responsabilidad.

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