Andalgalá: conjurar el agua y la memoria.

En Catamarca, el pueblo resiste en las calles contra la instalación del proyecto MARA (Minera Alumbrera-Agua Rica), a pesar de la pandemia, la represión y la criminalización de les asambleístas socioambientales. La lucha en defensa del agua tiene una historia de más de dos décadas en la provincia. Débora Cerutti y Natalia Roca fueron a Andalgalá para retratar la historia de las mujeres que ponen el cuerpo contra el extractivismo.

En las noches de Chaquiago, Andalgalá, la vía láctea nos abraza. Las estrellas parecen caerse de sus galaxias sobre El Algarrobo, sobre el camino, sobre nosotras. Entre la fugacidad del infinito y el camino hacia el cerro Aconquija. Allí, en el centro del universo, se da la lucha. Un grito de resistencia que sale de cada cuerpo, de cada caminata que se realizan los días sábado desde hace más de 10 años de manera ininterrumpida. Las voces de cinco personas se tejen en este relato. No hay pandemia, represiones, allanamientos ni detenciones que impidan el andar de un pueblo en lucha.

I.

“No es que no tenemos miedo, pero tenemos coraje”, dice Isadora.

Isadora tiene 24 años, dos trenzas y una sonrisa que le dibuja un pequeño mortero en una de sus mejillas. Un huequito parecido a esos que están ahí, en las piedras, desde hace tiempos incalculables y que se convierten por las noches en observatorios de las estrellas. Isadora nos dice que ella no se sumó a la lucha, sino que la mamó. Fue parte del jugo que tomó para crecer. El cerro estaba en peligro y había que salir a defenderlo, para que lo dejen en paz, para que lo dejen tranquilo y para poder tomar el agua que viene de ahí. Desde muy pequeña empezó a caminar alrededor de la plaza de Andalgalá junto a su mamá Ana y su papá Aldo. La primera vez la llevaron, la segunda vez dijo “vamos”. Oponerse a los proyectos de minería a cielo abierto era —y es— cosa de grandes y de niñes.

La primera vez era verano y hacía calor. La memoria del 15 de febrero de 2010 quedó grabada en Isadora y en cada habitante de ese pueblo catamarqueño que se paró frente a la policía, los camiones y las maquinarias mineras. Y el grito de la tierra salió desde los cuerpos de quienes resistieron y se mantuvieron erguidos sin poder mirar para otro lado. Porque el cerro está ahí. De ahí baja el agua. Por sus contornos y sus pliegues suben las máquinas perforadoras: “Para donde mires hay montañas y para donde mires también hay proyectos mineros. Entonces, para donde mires vas a encontrar a la tierra pidiéndote que sigas de pie, luchando, alzando la voz, el grito”, dice Isadora.

Foto: Natalia Roca

II.

Es 1º de mayo en Chaquiago. Allí y en otros rincones del planeta se conmemora el día internacional de les trabajadores. Azu entra apurada, llegó retrasada a la radio. Dice algo de un enorme tablón que trajo en el auto. Que puede servir para puerta o para mesa. Para la construcción en ese territorio que se llama “El Algarrobo”. Se sienta del lado de la cabina de operación, se pone los auriculares y le hace una seña a Eli. Comienza así el programa de cada sábado, La voz del Algarrobo. Eli lee con convicción y firmeza un manifiesto para luego dar lugar a preguntarse sobre el vínculo entre trabajo y minería. El día anterior, una caravana convocada por la Asociación Obrera Minera Argentina en defensa del trabajo minero tuvo lugar en la capital provincial y detuvieron a un joven por manifestarse en contra. Un nuevo preso por oponerse a la actividad extractiva, que se sumó a los doce detenidos entre el lunes 12 y el miércoles 14 de abril en Andalgalá, cuando luego de la caminata 584 se incendiaron las oficinas de Agua Rica y un local del Partido Justicialista.

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“No se puede desvincular la memoria de lo ancestral, de nuestras raíces, de nuestra sangre, la identidad de algo tan vital como el agua”, dice Eli. Ella es afroandina, hija de andalgalenses. Reconoce en su cuerpo esa mixtura y está en “esto” desde hace rato. Siente un latido, el del territorio, que habla de la necesidad de ser defendido.

“Saquean un cerro, nos están saqueando nuestros cuerpos. Somos espacios de sometimiento y extractivismo. El patriarcado tiene esa misma forma. El extractivismo opera de la misma manera, el sistema está armado de la misma manera. Acá es necesario que todas y todos seamos fuertes”, afirma Eli.

Eli ve batallas. Siente la sangre y la memoria de la tierra. Relata historias. Combate el ego de la humanidad por creerse superior a otros seres. Decidió reconectar con lo ancestral. 

“Nos amalgamamos acá como el barro, todos con distintos aportes. Estamos paradas justo en un espacio que se está reconstruyendo con el barro, con la minka, con quincha, con leña, con mucha tierra y mucho sudor”, dice Eli.

La lucha no es por sobrevivir. Es por vivir bien. Y eso es lo que quiere Eli para sus tres hijos varones: un mundo donde podamos vivir bien. De respeto a todos los seres que habitamos el planeta. De respeto a la madre tierra. De deconstrucción de los mandatos y del patriarcado.

No hay tiempo para seguir esperando. Ni paciencia. Y la dignidad de un pueblo no se negocia. Eli está convencida de que la lucha es ahora o nunca.

Conjurar el agua y la memoria. Asamblea del Algarrobo. Andalgala, Catamarca.

III.

Aylén marcha en la caminata el sábado con un cartel que dice “Quisieron implantar el miedo y nos levantamos más fuertes. Resistimos. Bajen las máquinas del cerro”. Es su primera caminata en libertad, después de casi dos semanas presa, acusada de haber sido parte del incendio en las oficinas de la minera y en el local del Partido Justicialista. Ella, junto a las otras 11 personas detenidas y liberadas, siguen judicializadas.

Su nombre, de origen mapuche, significa brasa. Y es que Aylén arde. 

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De sus 11 años recuerda las canciones que cantaba junto a sus vecinas en las Caminatas por la vida. Allá, cuando se sumó siendo una niña a la lucha, después del 15 de febrero. Hoy se reconoce como militante. Y afirma una verdad clarita: el capitalismo está en todo y las luchas tienen que estar unidas. 

“Andalgalá es una bomba de tiempo”, afirma Aylén. Y sin detenerse, con su cálida tonada catamarqueña, sus palabras precisas y lentas, nos dice que hay momentos en que esa bomba estalla. Y estalla por todos lados.

Conjurar el agua y la memoria. Asamblea del Algarrobo. Andalgala, Catamarca.

IV. 

Entre los claroscuros que se producen bajo la sombra de los árboles, Gabriela pasa por el cuerpo y le pone palabras a su llegada a Andalgalá, seis años atrás. “Los territorios se unen caminando”, nos dice y repite. Una semana antes de nuestra conversación, ella caminó junto a las mujeres diaguitas calchaquíes que desde distintos puntos geográficos llegaron caminando a darle un abrazo al cerro Aconquija. No es una metáfora ni algo simbólico solamente. La caminata es lo que nos une. El andar nos hace más fuertes.

Gabi es alta, delgada y unos lentes que le amplían la mirada hacen que podamos tener más detalles de sus ojos. Ojos que miran hondo cuando afirma que ni las mujeres ni el territorio pueden ser avasallados, conquistados, tomados por la fuerza.

Tucumana de origen, estuvo a cargo de parte de las tareas de prensa junto a otra compañera durante las semanas más calientes del conflicto. Subir comunicados, recibir adhesiones, narrar lo que estaba pasando, registrar los violentamientos, ir y venir a la comisaría, juntarse con abogades.

El primer día en que detuvieron a sus compañeres de la asamblea, Gabi llegó a las puertas de la comisaría para saber cómo estaban, para empezar a presionar para que liberen a les detenides y se encontró con el grupo especial Kuntur. 

“Kuntur” significa cóndor. Tiene dependencia directa del Comando Superior de la Policía de Catamarca. Actuó en las detenciones y allanamientos ocurridos en Andalgalá con posterioridad al incendio de las oficinas de la minera Agua Rica. 

Las fuerzas policiales levantaron sus escudos y alguien que se presentó como comisario dio la orden de requisar las mochilas. En su mochila, Gabi llevaba el mate, el termo. Una compañera sacó absolutamente todo lo que tenía guardado. Hasta la bombacha. Y la mostró. 

“Sabemos que nos están persiguiendo, que en cualquier momento, por cualquier excusa te pueden agarrar en la calle. Entonces, tenemos una muda de ropa lista, por las dudas termines en cana. Es una locura, pensar y vivir de esa manera”, dice Gabi.

Conjurar el agua y la memoria. Asamblea del Algarrobo. Andalgala, Catamarca.

V.

El cabello de Roxana se prolonga como un largo río que cae como cascada por su hombro izquierdo, mientras sostiene con su brazo derecho a su hija Naomi, de 2 años. Su casa está al lado de uno de los cortes que sostienen vecinas, vecines y vecinos organizades en Chaquiago. Sus guardias en el corte son frecuentes. 

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Naomi pide agua. Roxana la mira. La nombra, se nombra: “Somos luchadoras de la vida”. 

Muches de sus vecines son productores de dulce de membrillo y nueces confitadas, entre otras exquisiteces andalgalenses. Roxana dice eso y Naomi vuelve a pedir agua. Roxana continúa y nos dice que el agua es vida, que la utilizamos en todas las cosas que hacemos. Y llora.

Y es que sabe y vio las consecuencias de más de veinte años de explotación con Bajo La Alumbrera, primer proyecto de minería a cielo abierto en Argentina, y que extrajo oro, cobre y molibdeno desde 1997. Una excavación, un tajo en la tierra de 2 kilómetros de diámetro por 800 metros de profundidad. Un murallón de 30 metros de altura que contiene millones de litros de barros residuales del proceso de extracción a tan sólo 3 kilómetros del poblado de Vis vis. Un consumo de 100 millones de litros de agua por día. Cientos de denuncias de contaminación del aire, de la tierra, del agua. Aprietes, intimidaciones, golpizas, judicialización a quienes denunciaron sus consecuencias. 

Roxana sabe y ve lo que ocurrirá si el proyecto MARA (Minera Alumbrera – Agua Rica) se pone en marcha. Sabe que es un nombre nuevo, para más de lo mismo. Sabe que MARA implicaría un exilio forzado. Y no quiere irse. Allí está su pedazo de tierra. 

Allí quiere que transcurra el final de sus días: “Yo subí allá, vi cómo se mueve la minera. Me duele que no pueda hacer nada para que ellos se vayan. Me duele muchísimo tener que vender lo que mi padre me dio para irme de acá porque el agua no la va a poder consumir mi hija, no la vamos a poder consumir nosotras”.

Mientras conversamos, una mariposa se posa en unas flores que están cerquita nuestro. El cerro es vida para Roxana. “Es donde nace el agua”, nos dice. Mientras tanto, Naomi moja sus labios con el agua que le dio su mamá y el líquido transparente entra en su pequeño cuerpo.

Conjurar el agua y la memoria. Asamblea del Algarrobo. Andalgala, Catamarca.

VI.

Andalgalá tiene mucha memoria, Catamarca, Argentina y toda Latinoamérica resisten. Y seguramente seguiremos haciendo memoria. (Aylén)

Sucedió lo que el pueblo decidió que sucediera. (Roxana)

Y es que los ríos siempre tienden a volver a su cauce original. (Isadora)

Mientras el mineral esté ahí, van a venir por él. Entonces, esta es una lucha que van a tener que dar todas las generaciones futuras. (Gabriela)

La sangre es agua y somos agua. En esa fluidez o continuidad nos reflejamos en nuestra vida digna. Estamos por la dignidad. (Eli)

Agua y memoria. Invocamos su presencia, su manifestación. Conjuramos para alejar a las mineras. Conjuramos para defender el territorio. Conjuramos para una vida digna.

Conjurar el agua y la memoria. Asamblea del Algarrobo. Andalgala, Catamarca.

Para ver el ensayo fotográfico completo: click aquí.

Fuente: latfem.org

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