Sobre Judas y el Mesías negro. Una lectura trágica sobre los Panteras Negras.

Talvez el mundo no sea pequeño,

no sea la vida un hecho consumado.

Chico Buarque.

Es difícil no emocionarse con la película “Judas y el Mesías negro”, realizada por Shaka King, director y guionista nacido en el barrio de Brooklyn, en Nueva York. El enredo se ocupa de la militancia de Fred Hampton en el Partido de los Panteras Negras de Chicago, la infiltración de la organización por la policía y el posterior asesinato del militante por la policía y el FBI. El propio título ya anuncia cuál será el núcleo en el que residirá la tensión dramática. Y, de hecho, la película comienza con el robo del auto de un joven negro por otro joven negro. El muchacho, William O’Neal, entonces de 17 años de edad, va a ser forzado bajo amenaza de prisión para que se infiltre en la organización.

Fred Hampton creció en Chicago, en un barrio de mayoría negra. Sus padres, del estado sureño de Lousiana, fueron para allí en el contexto de la “gran migración”, durante la primera mitad del siglo XX, huyendo de la violencia racista. Ya militante en su región de la Asociación Nacional para el Avance del Pueblo Negro (traducción libre de National Association for the Advancement of Colored People), en 1968 se sumó al Partido de los Panteras Negras, que acababa de formarse en Chicago. Fue acusado de asaltar un camión de helados y distribuirlos a los chicos del barrio. En 1969, los Panteras de Chicago promovieron un pacto de no agresión entre el Partido de los Panteras Negras, la Organización de los Jóvenes Patriotas (de blancos sureño pobres que fueron a Chicago atraídos por la oferta de empleos) y los Jóvenes Lords (de latinos). El paso siguiente fue crear con ellos y con el Partido de los Estudiantes por una Sociedad Democrática, los Boinas Café (organización de chicanos) y el Partido de la Guardia Roja (maoísta, surgió a partir de los descendientes de los trabajadores migrantes chinos que en el siglo XIX fueron a Estados Unidos para construir el ferrocarril interoceánico y permanecían bastante concentrados en el barrio chino de San Francisco) la Coalición del Arco Iris. Esta coalición tenía un programa anticapitalista y realizaba tareas territoriales urgentes, como los comedores infantiles populares, clínicas de salud y educación popular, así como la campaña contra la guerra de Vietnam. Tareas estas que el Partido de los Panteras Negras llevaba adelante nacionalmente. Fred Hampton era presidente del partido en Chicago cuando fue asesinado, junto con el militante Mark Clark, por fuerzas conjuntas de la policía local y el FBI que irrumpieron en el departamento en el que vivía con su compañera, en ese momento embarazada de 9 meses. Lo mataron mientras dormía profundamente, bajo efectos del somnífero que el infiltrado William O’Neal había colocado en su bebida.

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El personaje Fred Hampton es interpretado por el actor inglés Daniel Kaluuya, que se tornó conocido por su participación en un episodio de “Black Mirror” y por protagonizar la película “Get Out”, de 2017, dirigida por Jordan Peele. El papel de William O’Neal es interpretado por Lakeith Lee Stanfield, que también participó como actor en “Get Out”. Sabemos que las industrias cinematográfica y televisiva de los Estados Unidos no dan punto sin nudo. Operan masivamente sobre el público, haciendo con que los actores carguen de un producto a otro las marcas de los personajes que interpretan. En “Get Out”, el protagonista (Daniel Kaluuya), adquiere conocimiento y crece como protagonista, como héroe. El personaje de Lakeith Lee Stanfield, queda dividido entre la alienación que su cuerpo y mente sufren y la pulsión de liberación. Así también en el enredo de “Judas y el Mesías negro” William O’Neal no pocas veces se siente seducido a ser un Pantera. El drama del traidor a los suyos.

En la película, las imágenes de ficción son intercaladas aquí y allí con trechos de la entrevista que el verdadero William O’Neal, de 1989, del documentario “Eyes on the prize II”. Menos de un año después de esa entrevista, él murió en un choque en el tránsito que, por sus características, fue considerado un suicidio. Él se aproxima a la figura de Judas, que se ahorca, torturado por el remordimiento.

Por tratarse de episodios históricos, los espectadores sabemos cuál será el desenlace. La tensión puesta en las figuras del héroe y del traidor, ya anunciada en el título, se empeña en la reactualización del relato conocido, inclusive fuera de las fronteras de Estados Unidos. Pero la pasión de Cristo presente un Mesías que es al mismo tiempo héroe y mártir. Él muere y resucita. La película no apunta para la resurrección de Fred Hampton. Aparece casi al final el testimonio del infiltrado en el documental. Así, el enredo adquiere las formas de la tragedia: un héroe superior que se atreve a la desmesura de enfrentar al Estado imperialista más poderoso de su época y termina excluido. Desde el comienzo, nos identificamos con él y con él sufrimos. Sigue la catarsis y el apaciguamiento. Es “la fuerza del destino”: es preciso conformarse con los hechos consumados, el episodio se clausura, encapsulado en el pasado sin reversión posible. Pero Fred está ahí, en la pantalla. Lo reconocemos. No puede ser otro. El gran orador que, sin embargo, sabe callarse frente al dolor de la mamá del compañero asesinado, sentado en la cocina de la señora, con los ojos transbordando de amor. Es él, aquel que no concilia con el machismo de sus pares. Aquel que, como Frantz Fanon, no diluye la polémica con las soluciones culturalistas.

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“No creemos que se combate fuego con fuego; creemos que el fuego se combate mejor con agua. Vamos a luchar contra el racismo, no con racismo, sino con solidaridad. Decimos que no vamos a luchar contra el capitalismo con el capitalismo blanco, sino con el socialismo. Nosotros nos levantamos y decimos que no vamos a luchar contra la yuta y los abogados del estado reaccionario […] con todos nosotros, personas reuniéndonos y con una revolución proletaria internacional.”

Es él, no hay duda, que dice que la única cosa que tiene que haber para hacer la revolución son las personas.

En un momento como este, en el que el movimiento negro retoña en los Estados Unidos, ese y otros relatos semejantes parecen querer poner una piedra arriba de los momentos más radicales de la lucha de los negros del país. Para eso, individualizan, cuentan la historia como algo que depende de héroes, villanos y traidores. Por un lado, resumen el enemigo a un hombre negro, y presentan el peso de sus opciones como el único factor decisivo para la destrucción de los Panteras Negras, cuando la propia película menciona la enorme operación con innumerables prisiones, torturas y asesinatos que el FBI precisó hacer para reprimir el movimiento. Por otro lado, resumen toda la potencia de un movimiento de masas a un líder que después puede ser asesinado, como Martin, Malcolm y Fred. “Y Fred está muerto y enterrado”, dicen, “eso se acabó, ahora tenemos a Barack Obama, la lucha institucional, hacer cumplir la 14ª Enmienda de la Constitución, acusar a la yuta asesina de George Floyd y tantos otros en los tribunales”.

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Bueno, no era eso lo que Fred Hampton decía. A la historia la hacen las personas que reconstruyen la sede de los Panteras, los vecinos del barrio, las abuelitas, los pequeños traficantes, los miembros de las maras, un albañil aquí, una ama de casa allá. La narrativa del líder y del Judas justamente trabaja para desmovilizarnos y hacernos olvidar que, donde hay gente, la revolución es posible.

Este texto fue publicado originalmente en Quilombo Invisível, en portugués: Quilomboinvisivel.com

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