Apuntes de un docente de aula frente a las clases virtuales.

En estos días, a raíz del DNU del Gobierno Nacional fueron publicados, entre varios otros, dos artículos referidos a las experiencias docentes con las clases remotas, escritos desde una relación de empatía hacia los colectivos docentes, valorizándolas como experiencia de empoderamiento y finalmente pensándolas como aportes para un proyecto educativo “emancipador”. Uno de Mariana Maggio y otro de Julieta Montero y Nicolás Welschinger. 

El DiarioAr publicó un artículo con un provocativo título “Si la educación está en discusión, escuchemos a los docentes” de Mariana Maggio, en el cual la investigadora reflexiona a partir de un trabajo de campo en que entrevistó a docentes y estudiantes.

Por su parte Anfibia publicó el otro trabajo cuyo título ya resulta atrapante: “¿Son clases las clases virtuales?” para – denunciando a las plataformas educativas enlatadas  – afirmar que sí. 

En el primero,  Maggio encuadra notablemente el problema. Nos dice “Pensemos por un momento en la figura de un director técnico de fútbol y en su formación, en su trayectoria, en sus saberes, en su modo de relacionarse con el equipo, en su propio pasado como jugador y en su pertenencia física y mental al campo de juego. ¿Qué le pasaría si de un día para otro tuviera que dirigir a un equipo que juega virtualmente? (…)  Quienes enseñamos tuvimos que aprender rápido y en condiciones vitales sin precedentes.”

Reconoce la angustia creada en un tiempo alterado pero plantea desde allí las nuevas experiencias y búsquedas de les docentes, que fueron más allá de ciertos aprendizajes “tecnológicos”: encontrarse con los hábitos y espacios culturales por donde transitan les estudiantes, la necesidad de una selección de contenidos menos “naturalizada”, nuevos criterios de evaluación menos estandarizados, propuestas didácticas más flexibles. Y a partir de ese trabajo de entrevistas a docentes y estudiantes concluye: “El emerger de la docencia como acción colectiva puede convertirse en el pilar de prácticas que superen la fragmentación entre materias, encuentren su sentido mirando los problemas reales y aborden horizontes de transformación y creación.”  Una apuesta sustantiva.   

Sería entonces un desafío aprobado que ha empoderado a les docentes y que podría ser potencializado para repensar la escuela pública.

En el segundo artículo de Julieta Montero y Nicolás Welschinger “¿Son clases las clases virtuales?”, el núcleo del posicionamiento podría sintetizarse en este párrafo “Porque si bien nada reemplaza el espesor de la presencialidad, las clases virtuales tienen el potencial de ser clases y los docentes de educar, a partir de problematizar la cultura digital en el capitalismo de plataformas.”

Hablando desde un “nosotres docentes” se afirma que les docentes afronta(mos) con la ahora denominada “pedagogía pandémica” el desafío de “seguir enseñando”. Y es un docente el que decide qué y cómo enseñar a diferencia de las plataformas digitales que difunden contenidos educativos.

 A partir de allí se denuncia a quienes se manifestaron por el “abran las escuelas” porque para esos grupos “la escuela es solo las clases y las clases son solo presenciales; solo en la presencialidad se puede tejer un vínculo pedagógico y solo en las aulas se aprende.” Consideran que no es así y caracterizan a esa posición como de derecha, tal vez enceguecidos por la hegemonía mediática que tiene la derecha en ese punto y por la renuncia de la izquierda a disputar ese derecho, que fue y es conquista de los “de abajo”.    

Pero retomemos el hilo de sus planteos porque les autores se hacen una desafiante pregunta ¿Es posible sostener la educación como proyecto emancipador, como “pasaje transformador” en las condiciones que nos impone la pandemia?  Afirman que sí porque el rol de la Escuela es brindar “los objetos del conocimiento del bien común”. Se trataría ahora de “hacer escuelas” por otros medios.

Finalmente se critica al proyecto de “escuelas por plataformas” pero reivindicando la utilización de las redes a partir de las políticas públicas (Juana Manso, plataformas como “Seguimos enseñando”, etc.) y la “curaduría docente”. Y ese sería el camino para enfrentar el norte real de la derecha que es la escuela por plataformas (esto último absolutamente cierto).  

 Tribulaciones y frustraciones de un docente “de tiza en mano”.

Comparto el encuadre político-  pedagógico formulado por los dos artículos mencionados respecto a que :

  • para defender la escuela pública es necesario repensarla y en un punto refundarla,
  • la práctica docente – lejos de las autoridades, acompañado por pares – como momento de empoderamiento al reencontrarse con su propia reflexión frente a las rutinas impuestas (vía manuales, circulares, etc.),
  •  el desafío que implicó la obligación de repensar contenidos, secuencias didácticas, materiales, búsquedas para comprender la cultura por la que transitan les estudiantes y poder “engarzar” con ella, etc.,
  • la justa denuncia y advertencia  -que se plantea en uno de los dos artículos- acerca  de los  planes del capital impulsando la “educación por plataformas”, o la reducción del docente a “facilitador”.   

Sin embargo, la distancia entre esas consistencias y potencialidades que señalan – y comparto! – y mi práctica docente era la de un mar.  Pensar esa experiencia con mi otro rol de padre con hijes en edad escolar primaria transformaba esa distancia en océano. 

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Por partes….

Es cierto – como afirman Julieta Montero y Nicolás Welschinger – que la escuela no es solo clases, pero una escuela solo puede llegar a constituirse en un proyecto político pedagógico “emancipador” en un espacio y tiempo social compartido que es indelegable. Sin corporalidad no hay escuela, sin diálogos entre les estudiantes y con/entre les docentes no hay escuela.  Y en ese sentido una cuestión es “apechugar” y “hacer escuela” en una situación de emergencia acudiendo a la manera remota y otra muy distinta es decir que eso es Escuela. La Escuela es una territorialidad física y cultural, con su historia, identidad y pertenencia, determinada por relaciones sociales que no pueden ser suplida, reemplazada ni por aproximación en las clases remotas. La escuela y el aula contienen rituales que llevamos grabados en nuestra retina y nos  configuran – en su debe y haber – como comunidad educativa. Es allí en donde conversamos, intercambiamos, preguntamos, pero no solo con nuestro lenguaje verbal sino también corporal. Como afirmaba un docente relatando su práctica “on line”: “La inabarcable humanidad que atraviesa nuestras prácticas de la enseñanza se me presentó con mucha más contundencia y claridad que nunca precisamente ahora, en virtud de su imposibilidad”. Y eso es insustituible. (Marta Marucco y Pablo FrischEnseñar y aprender en tiempos de pandemia”.)

En definitiva, creo que como señala Byung Chul Hang El virus acelera la desaparición de los rituales y la erosión de la comunidad. (…) La distancia social destruye lo social”. Y este no es un punto menor de diferencia. La escuela física, el aula, no son espacios híbridos: son construcciones sociales entre cuerpos y clases.  Porque es esa corporalidad en un espacio colectivo, grupal, lo que le permite al estudiante – como señalan Saslavsky y Villarruel – aprender, no solo matemáticas o historia sino a “relacionarse, compartir, a tomar decisiones, asumir roles (…)  que le permiten la construcción de su subjetividad”. Y por eso es el único espacio que crea condiciones de posibilidad  para ese despliegue, a condición de que efectivamente seamos capaces de desplegar esas nuevas fuerzas acumuladas y refundar la Escuela pública “sobre nuevas bases”.

Y en rigor la comunicación digital es unilateral, de ese “diálogo” no participan la mirada, los gestos: nos reduce a pantalla, a verbo y “somos seres corpóreos”. Como afirma Byung Chul Hang: “Los rituales son procesos de incorporación y escenificaciones corpóreas. Los órdenes y los valores vigentes en una comunidad se experimentan y se consolidan corporalmente.”

Considero que eso incide de manera determinante en nuestra responsabilidad como docentes. Y nuestra tarea principal como maestres/profesores es enseñar. Y aquí – por lo menos en mi experiencia personal, de profesor formado por y para el aula – me surgió un problema, un problema prácticamente irresoluble.

Docente al aula…. “virtual”.

Este año inicié el ciclo lectivo en el aula real, pese a tener el derecho a la “virtualidad” por hijes a cargo. Lo hice por convicción pese al riesgo de la presencialidad. Al poco tiempo la Escuela (dependiente de la UBA) resolvió acatar el DNU y tuvimos que retomar el dictado de clases remotas.

Para abordar la situación me repetía leninistamente: “análisis concreto de una situación concreta”. Y en un punto, tenía previsto este cambio: eso ayudaba. Sostener el para qué enseñar y buscar el cómo organizar las unidades didácticas era el desafío.

Primero conocer la realidad material: saber cuántos de les 360 estudiantes de mis cursos contaban con conectividad y ambiente apropiado para encarar el desafío (la escuela “sorprendentemente” no tenía ese dato). El registro dio que, en una escuela universitaria ubicada en el barrio de Recoleta, aproximadamente el 20% tenía algún tipo de dificultad.

Hacía muchos años que la Escuela sí contaba con un Aula Virtual e incluso – en mi caso – con un aula propiamente dicha en la que tenía  un cañón, pantalla,  computadora, pizarrón  y pendrive  en la cual recibía  a los distintos cursos y enseñaba.

Es decir, la “curaduría en campo” la había realizado, estaba habituado al “tránsito cultural” de mis  estudiantes: canciones, escenas de películas, junto a textos breves (leen menos) etc.: todo un dispositivo para provocar, disparar, conversar, escuchar, enojarse o reír.

Y sin embargo estaba como ese DT que describía tan bien Mariana Maggio.

Seleccioné nuevamente todo el material, busqué otros partiendo de que los tiempos serían diferentes: reduje y jerarquicé (y van) los contenidos, las lecturas para así no sobrecargar tensiones a la angustia existente, y respetar las condiciones de posibilidad para trabajar en sus casas de les estudiantes y familias.

Todo lo que hacía habitualmente en aquella aula (y más!) pude incorporarlo – si hubiera querido – a la pantalla: power point, cuadros, canciones, imágenes de películas, mapas, fuentes breves, etc. Y sin embargo a poco de andar noté un vacío, casi existencial.  

Frente a mi iban ingresando/ conectando al “aula/zoom” 25 etiquetas negras con nombres, tal vez dos, tres cuerpos presentes y otras 3 fotos de algo. Elles tienen el derecho a la privacidad, como siempre pero ahora eso se manifestaba de una manera atroz, casi inhumana. Y así arrancaba la “clase”. En realidad, estaba – me fui dando de cuenta – dictando una clase “magistral” por televisión: me sentía Felipe Pigna (o J.P Feinnmann) en Canal Encuentro. Contando, con imágenes de fondo y hasta épicas, a una audiencia “invisible” la Historia. Felipe lo hace muy bien, casi actoralmente porque su rol es ese: relatar la Historia casi en modo tradicional, desde cierto culturalismo y con un método expositivo.  Allí no existe – ni tiene por qué existir – un tiempo para preguntar u opinar, no se puede dialogar ni tampoco escuchar entre si les receptores del “mensaje”, porque eso son receptores. El  profesor – dueño del saber – profesa su fe, tal el origen de la palabra. Pero en el aula le profesor, aparte de aportar su conocimiento específico debe escuchar, debe generar la duda, indagar para saber los “conocimientos previos” de les estudiantes, sus puntos de partida porque necesita saber qué y cómo piensan elles en su realidad cotidiana (Marucco, Rotbart y Freire dixit). Y debe problematizar  a sus alumnes para así comenzar a construir un aprendizaje que se desplegará a lo largo de un ciclo.

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Nada de lo que ese “imperativo kantiano” docente necesitaba para impulsar “nuevos posibles” estaba presente mientras compartía la pantalla con les estudiantes.  Sin adentrarme ahora en el cansancio de “otra calidad” (al que suelen llamar “fatiga de zoom”) junto a la más rápida pérdida de concentración de quien está del “otro lado” (porque está del otro lado!!) de la pantalla. 

Contemplando esto último seleccioné nuevamente los contenidos/problemas más significativos y – en este caso – decidí reducir el zoom sincrónico a 40 minutos y grabarles una clase expositiva (el relato que siempre está presente en el aula, ahora no exposición/dialogada) para que lo vean tranquilos durante la semana, siempre con una guía de lectura.

Igualmente es aquellas clases por zoom hay unes poques alumnes que intervienen, como en toda aula. Siempre existen les estudiantes interesados “antes que uno exista o provoque algo”, que disparan preguntas, traen dudas y uno desde esas inquietudes “tira de la cincha” para aclarar, precisar, ampliar y, con la mirada ya experimentada, observa en las caras, cuerpos, gestos cómo se van integrando al problema les otres. Y hasta puede corroborarlo en una pregunta o intervención de otre par. O con esa misma interrogación “incomodar” al que está con cara de póker, pero “en otro mundo” o “reprender” al que directamente desistió de estar sin previo aviso. Y son esas nimias intervenciones o pequeños debates/ intercambios los que permiten tener el pulso, el punto de partida y tensión del aula. Y escuchar al otro, al par, no solo al profesor. Nada de eso ocurre en el zoom (u ocurre con dosis homeopáticas), y sin eso difícil encarar un proceso de enseñanza. 

Igualmente para el seguimiento del proceso de enseñanza ordené las tareas semanales con un contenido que permitiese que sean corregidos/cotejados  en el  aula. Porque con 360 estudiantes semanales a quienes uno nunca les reconoció la cara, ni vio transitar por los pasillos resultaba sencillamente imposible pensar en devoluciones personalizadas.

 Al finalizar cada semana de clase, cuando reflexionaba sobre lo realizado habiendo trabajado mucho, muchísimo, con los ojos inflamados y un agotamiento físico y mental  incomparable al del aula, las pocas respuestas, mínimas intervenciones y las respuestas  a los trabajos pedidos a les estudiantes, que eran para “cumplir”, bien o mal pero rutinarios, casi administrando la materia… generaban una frustración enorme. No hubo enseñanza. No creo haya habido aprendizaje. Y si lo hubo fue en un 25/35%, de lo que ese esfuerzo y satisfacción significa en el aula.

Es posible que el planteo sea equivocado, que no dominemos la “enseñanza virtual”, porque  no fuimos formados para eso ni hubo políticas públicas serias al respecto. Es posible, pero esas carencias son parte de un tema secundario que no suple el problema estructural que encierra esa modalidad de pretendida enseñanza.

Y sin embargo uno sigue buscándole la punta al ovillo…

Apostilla de padre.

El año pasado con mi compañera acompañamos como familia – siendo ambos profesionales- a nuestras hijas en la “escuela remota de emergencia”, mal llamada virtual.

Luego de un año de esfuerzo sostenido, realizando todas (todas!!!) las tareas, participando en todos (todos!) los zoom previstos y explicando, leyendo, consultando para poder hacerlo mejor … pareció que “algo aprendieron”. No recordaban ni el nombre ni cara de las maestras (y hablo de primaria!) hasta que este año se las re – presentamos. No lograron ser parte de “sus maestras”, como lo son las de los otros años a quienes saludan en el recreo, o calle del barrio. No es poca la diferencia. 

Este año, con clases presenciales de 3 horas diarias (correspondería en su caso 7 hs reloj) durante un bimestre aprendieron el equivalente a todo lo visto el año anterior: continuidad, corporalidad,  socialización, cooperación, ser parte de un grupo,  ritmo,  rutina escolar…

Y sumo a eso – como señaló Luciano Lautreau –  el papel que cumple la escuela en el crecimiento psíquico del niñe: aprender a morigerar la demanda a les mapadres, la espera, el respeto al otre, “la contención de ciertos límites psíquicos (vergüenza, pudor etc.) más allá del cuerpo propio es fundamental la relación con el profe o la seño.” En definitiva, una socialización y construcción de subjetividad que va mucho más allá de la vida familiar o incluso barrial.     

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La enseñanza sigue siendo en la escuela, en el aula. Lo otro, la llamada “virtualidad” es otra cosa.

Uniendo algunas partes: la política.  

Los artículos fueron escritos al calor de la batalla del gobierno nacional y los gremios contra la “presencialidad” impulsada por la derecha, por Larreta. Pero es un debate táctico a partir de compartir que cualquier proyecto estratégico deberá aceptar moverse dentro del “capitalismo normal” y posible: un poder fáctico real establecido e inamovible al que deben administrar – mejor o peor – quienes transitoriamente ejercen el gobierno.  Y dentro de ese esquema siempre gana la derecha que transita – como la izquierda – dentro y fuera del F de T.   

Parece más sencillo – en la lógica de la inmediatez en la política actual – quejarse del abandono del macrismo mostrado en la no entrega de las computadoras (absolutamente cierto) que analizar críticamente la destrucción sistemática de la Escuela Pública, de la formación docente, del vaciamiento de contenidos  y de la carencia de infraestructura escolar. (También sería bueno que lo hagan autocríticamente quienes son hoy gobierno nacional y lo fueron – como partido político – durante 24 de los 37 años de democracia (si no contamos al gobierno de la UCR junto al Frepaso, ya que estos últimos en su mayoría  han vuelto a girar alrededor del peronismo). 

Ahora bien, es posible que en este momento por una cuestión sanitaria que sigue creciendo sea imprescindible recurrir a la enseñanza remota de emergencia.

Y es importante apostar a dejar de defender la escuela pública para pensar seriamente en refundarla, para que efectivamente sea defendible como pasado, presente y futuro. Y en ese sentido es muy acertada la visión de que la “pandemia” creó condiciones de posibilidad para el empoderamiento docente, para recuperar su rol de intelectual, para producir a partir de reflexionar sobre su práctica, y que eso posibilitó en parte establecer intervenciones  político pedagógicas  olvidadas y ahora recuperadas y realizadas: nuevos criterios de evaluación, repensar los contenidos básicos, jerarquizarlos  incorporar nuevas “tecnologías” al quehacer diario, etc.

También es cierto que quienes están en los gobiernos evitaron cualquier democratización en la toma de decisiones: y esto no es un dato menor. 

Sin embargo, no solo creo que la escuela presencial es imprescindible sino que considero que la “virtual” no es escuela: es otra cosa. Seguramente la “virtualidad” será un gran auxiliar de la escuela presencial pero no es escuela en sí: no puede enseñar ni cumplir las funciones de la insustituible escuela. Puede que sea la única posibilidad que tenemos en una situación de emergencia para afrontar el problema de la educación.  Pero decir “seguimos enseñando” parece más a autoengaño, a intentar parecer políticamente correctos y – sobre todo – a evitar tomar al toro por las astas. Y esto más allá del denodado y nunca suficientemente valorado esfuerzo de tantos docentes. Tal vez quienes acompañan el posibilismo de “centroizquierda moderada” como parte de una lucha contra la derecha “salvaje”, incluso posfascista,  en lugar de salir a batallar diciendo que la escuela virtual es escuela deberían decir que no lo es, pero que  sí es el acompañamiento  que se les puede dar a las familias y estudiantes mientras no se resuelva la crisis sanitaria producida por la pandemia.

La sensación de las familias, estudiantes, y docentes es que con  la modalidad “virtual” se aprende menos, se enseña menos, se profundiza la desigualdad y eso no es el “sentido común” impuesto por los “medios hegemónicos”, sino gamscianamente la construcción a través de la experiencia de dosis de “buen sentido”.   

Asumir esa realidad es prepararse hoy para recuperar lo perdido por una situación imprevista. Decir “hacer escuela de otra manera” en lugar de “hacemos lo que podemos que no es escuela” es permitirle a la derecha que una “el sentido común” con el buen sentido profundizando su hegemonía ideológico cultural.

Porque incluso sería más comprensible para nuestro pueblo si hubiésemos visto – junto a ese sinceramiento – como en paralelo a ese esfuerzo de familias y docentes acompañando con la “virtualidad” se construían y reconstruían  las escuelas existentes para que tengan aireación/calefacción, extracción de aire, agua potable, baños buscando “volver” lo antes posible  “y mejores”.  Digo, ¿cómo es posible que habiéndose abierto las actividades económicas, con cientos de trabajadores desocupados y subocupados no se hayan constituido cientos de cooperativas para refaccionar, reconstruir y readecuar todas las escuelas, que serían ahora sus escuelas, las de sus hijes, las de la comunidad? ¿No era eso transformar la crisis en oportunidad?  En una situación de emergencia – similar a una guerra – el estado debe contar con todos los recursos existentes dentro del estado nación para ponerlos en función de las necesidades que emanan de la propia emergencia. Y eso no es socialismo: es solo capitalismo de guerra, pero no entendido como ajuste. Decir que la “escuela virtual” es Escuela tal vez sea parte  de uno de los legados más estables de la democracia en el plano político: el posibilismo.

 La escuela es la territorialidad del común, es nuestra humanidad como totalidad compartiendo espacio, tiempo, cultura. El aula virtual puede acompañar a esa escuela, no es buena la  tecnofobia. Pero la “virtualidad” en si es exactamente la contracara de las búsquedas emancipatorias porque aliena, deshumaniza, profundiza el individualismo  y nos conecta – justamente – a la máquina del orden social existente: el capitalismo.     

Textos citados.

Bulacio, Julio: “Crónica de un docente que vuelve a dar clases presenciales.”  (https://contrahegemoniaweb.com.ar/2021/04/11/cronica-de-un-docente-que-vuelve-a-dar-clases-presenciales-en-la-escuela-carlos-pellegrini-dependiente-de-la-uba-entre-la-voluntad-la-salud-y-la-desidia-de-los-que-mandan/).

Bulacio, Julio: “Las izquierdas, el progresismo y la vuelta a la presencialidad”

 ( https://contrahegemoniaweb.com.ar/2021/02/27/las-izquierdas-el-progresismo-y-la-vuelta-a-la-presencialidad/)

Byung – Chul Hang: “El Teletrabajo, ‘zoom’ y depresión”. El País, 21 de marzo de 2021.

Lautreau, Luciano: https://www.instagram.com/p/CPGAAE1AXDY/?utm_medium=share_sheet

Maggi, Mariana: Si la educación está en discusión, escuchemos a los docentes”. Diario.ar. 14 de mayo de 2021

Montero, Julieta y Nicolás Welschinger: “¿Son clases las clases virtuales?”. Revista Anfibia http://revistaanfibia.com/ensayo/son-clases-las-clases-virtuales/

Marucco, Marta y Pablo FrischEnseñar y aprender en tiempos de pandemia”. https://www.centrocultural.coop/blogs/practicaseducativas/2020/06/ensenar-y-aprender-en-tiempos-de-pandemia-mmarucco-y-pfrisch

Saslavsky, Gabriela y Erika Villarruel: Desde adentro. Buenos Aires, lectura crítica, 2021. 

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