Horacio González, escritor del Quijote

En la tarde del martes 22 de junio falleció en Buenos Aires el sociólogo y ensayista Horacio González. Con él se va uno de los pensadores más originales de la argentina y el último guardián de la cultura libresca.

Horacio González fue quizás el último gran representante de la tradición ensayística de la sociología argentina. Una tradición en la que se inscriben José Ingenieros y Ernesto Quesada, Esteban Echeverría y Roberto Carri,José María Ramos Mejía o Ezequiel Martínez Estrada. Supo leer en las páginas de Alberdi, Sarmiento y Mitre los trazos fundacionales de una nación aterrada por la barbarie. Su vocación literaria lo llevó a reinterpretar la obra de Roberto Arlt o Rodolfo Walsh.

Se ubicó en la orilla más lejana del funcionalismo empírico de Gino Germani. Justamente, el italiano, fundador de la carrera como disciplina en 1957, representó el núcleo de la tradición científica de la sociología en la Argentina. Sin embargo, como en los senderos que imaginó Borges en Ficciones, Horacio González supo transitar y tender puentes entre los caminos paralelos de la sociología en nuestro país.

Abjuró de todo academicismo. Fue un detractor tenaz de la lógica que convirtió el tránsito universitario en un camino sin obstáculos por acceder a una beca. Se jactó de su condición marginal en el sistema universitario. Su despojo en materia de credenciales no le impidieron –sino todo lo contrario– advertir que el sistema científico se había convertido en una maquinaria de producirpapers. Le interesaba pensar el mundo con cabeza propia, sin el encorsetamiento de la cita de moda. Como en el El Aleph, quería mirara través de un baúl y contemplar todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

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Horacio fue un docente universitario sencillamente inspirador. En sus clases, fruto de una erudición voraz, solían aparecer referencias a los campos más disímiles del pensamiento universal contemporáneo. Podía mezclar a Heidegger con Levi-Strauss, amalgamar a Marx con Elías Canetti, o cepillar a Sartre con fucol, tal como llamaba al filósofo de Las Palabras y las cosas. Todo eso en el marco de una lectura propiamente latinoamericana, periférica y subdesarrollada. No le faltaba el respeto a quien tenía oportunidad de escucharlo: sea frente a un público lego, en algún local partidario, sea frente a un compilado de estudiantes pretenciosos de clase media en la facultad, su constante pedagógica era siempre la de estimular el pensamiento, la reflexión. En definitiva, sabía de sobra lo que afirmaba elBebe Cooke: la indigencia teórica solo conduce al fracaso estratégico.

Fue animador de incontables proyectos culturales, entre los que se cuenta su participación en las revistas Envido, Unidos yEl ojo mocho. En su faceta de presentador de libros, puede haber superado tranquilamente el millar de exhibiciones. Pero sin dudas, fue su gestión como director de la Biblioteca Nacional uno de lo legados más fuertes que dejó en vida. Durante una década, entre 2005 y 2015, promovió la apertura de un edificio anquilosado a un público más amplio. Durante esos años, el cuadrúpedo de hormigón diseñado por Clorindo Testa comenzó a llenarse de gente de a pié, a fuerza de actividades de la más variada índole: ferias, presentaciones, festivales, conciertos, obras de teatro, visitas guiadas, que le acarrearon no pocos conflictos puertas adentro. De todas formas, la política editorial de la Biblioteca en los años de gestión de Horacio González fue una las experiencias más serias, apasionadas, de recuperación del acervo gráfico, cultural y literario en la historia de la institución.

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Fiel a una ética que expresó a lo largo de su vida, el mismo día en que Mauricio Macri triunfó en las elecciones presidenciales renunció a su cargo. No le interesaba ocupar puestos. Asumiendo posiciones que distaron siempre de la obsecuencia, sintió que su ciclo se terminaba con el kirchnerismo. Así se despidió de la Biblioteca que fundara Mariano Moreno y dirigiera por más de cuarenta años Paul Groussac. La misma que la Revolución Libertadora le encomendó a un Borges casi ciego, una vez derrotado el Tirano.

Como le pasaba a Sarmiento en el Facundo, para Horacio González no debe haber sido difícil evocar las sombras terribles de aquellos que habitaron el edificio que hoy ocupa la esquina de Austria y Agüero. Después de todo, él fue una especie de Pierre Menard, el personaje de Borges que reescribió El Quijote y, acaso sin quererlo, inventó una técnica nueva en el arte de la lectura.

Ayer partió Horacio González, y con él se fue el último guardián de la cultura popular libresca.

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