América del Sur: trabajadores y sindicatos frente a la doble crisis

Pensar hoy la situación de las trabajadoras y trabajadores  en Sudamérica requiere fijar un eje central el análisis de cómo los afecta, a ellos y a sus organizaciones, la crisis económica  y sanitaria que nos afectan al mismo tiempo.

Estamos en medio de los sufrimientos por la pandemia, que ha acarreado un derrumbe del producto sin precedentes para las  economías latinoamericanas. Al duelo por decenas de miles de muertos se unen las penurias por la caída del empleo, los salarios, el cierre total o parcial de actividades, el aumento de la precarización.

Varios países de la región, Argentina y Brasil, entre ellos, están en tasas superiores al 10% de desocupación.A ellas hay que sumarlos desalentados que dejan de buscar trabajo y los subocupados que trabajan menos horas que lo que desean y por lo tanto ganan menos de lo que necesitan.

Como contraparte, la pandemia ha sido una ocasión de enriquecimiento para los grandes capitalistas del continente. Las ganancias de los multimillonarios se han incrementado hasta un 70%, con respecto a las cifras de 2019. Al menos en el plano económico, el gran capital viene ganando la batalla del Covid 19. Para sus beneficios no hubo recesión que valga.

La conjunción de los dos puntos anteriores da una pauta clarísima del antagonismo de clases existente. Pierden los trabajadores y ganan los capitalistas. No hay punto intermedio ni pérdidas comunes.

América del Sur. Tiempo de esperanzas e incertidumbres

Las sociedades sudamericanas viven un momento político muy complejo. Está por definirse si la región vaa experimentar un nuevo “ciclo progresista”; volverán a predominar regímenes proimperialistas y neoliberales o se dará cierto equilibrio inestable entre propuestas de signo opuesto.

Hubo triunfos de la derecha, victorias más a la izquierda y países donde las opciones están en pugna, como Colombia y Chile. En Bolivia se ha dado un celebrado retorno del Movimiento al Socialismo al gobierno. Resulta muy esperanzador, porque demuestra que algunos triunfos del dinero y las armas pueden ser sólo provisorios.

Uno de los hechos más salientes de estos días, el triunfo de Pedro Castillo en Perú, atravesó por diversas maniobras de la derecha hasta que se hizo inevitable el reconocimiento de su victoria. Podemos hoy congratularnos de que un maestro de escuela, dirigente sindical, procedente de la sierra, campesino e indígena se ha convertido en presidente de Perú. El grupo de Lima se quedó sin sede. Uno de los países donde el modelo neoliberal se había impuesto, parece listo para orientarse a un giro importante. Las fuerzas de la derecha están lanzadas desde el primer momento a un trabajo de desgaste. Y a imponerle al futuro gobierno de Castillo alianzas parlamentarias que lo condicionen.

Desde 2019 en adelante varios países de Nuestra América han estado bajo el signo de la rebelión popular. Desde la de Chile en la segunda mitad de ese año, hasta la de Colombia a la que hemos asistido en lo últimos meses y que sigue en curso. Hubo fuertes movimientos de protesta en Ecuador, en Perú, el ciclo de golpe, resistencia y nuevo triunfo electoral del Mas en Bolivia que ya mencionamos, etc. Las organizaciones obreras han tomado parte, con diferentes grados de protagonismo.

 En Colombia la virtual insurrección se desenvolvió bajo la cobertura de un paro nacional y un Comité Nacional del Paro. Herramientas tradicionales de lucha del movimiento obrero, incluso en la línea de la huelga general revolucionaria de la tradición más radical. Por fuera del comité de paro actuaron sectores no sindicalizados, como estudiantes, campesinos, indígenas, cuantapropistas. Hay que tenerlos en cuenta a todos, para avanzar en una nueva concepción de la clase trabajadora e innovadoras articulaciones de distintos movimientos.

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En el caso chileno es todavía más acentuado el protagonismo juvenil y de sectores de capas medias, sin que deje de haber participación sindical y de partidos de izquierda. Fuerzas más tradicionales pueden articularse con otras de reciente data, y la problemática de clase incorporar la especificidad de otras reivindicaciones y de colectivos diferentes. Con sus límites, el proceso de cambio constitucional se orientó a una democracia más genuina y asestó un golpe a diversos sectores de la dirigencia que gobierna a Chile desde hace tres décadas.

En Brasil, en cambio, el talante reaccionario y el negacionismo ante la pandemia de Jair Bolsonaro sigue impune. No hay impugnación en las calles ni institucional que prospere contra él, por el momento. Es el mismo país donde se destituyó a la presidenta DilmaRouseff y se mantuvo encarcelado un buen tiempo al ex presidente Lula. En ambos casos con pruebas amañadas e interpretaciones jurídicas arbitrarias. Y se viene aplicando una dura reforma laboral que suprime derechos y somete a condiciones de superexplotación.

En Ecuador, que también fue campo de movimientos de rebelión, en su caso con importante presencia indígena, se ha asistido a un triunfo de la derecha en las últimas elecciones.  Un candidato-empresario logró imponerse, en parte por los propios límites del “correísmo”.

El proceso bolivariano de Venezuela sufre el acoso del imperialismo y se encuentra con graves dificultades. Se trata hoy del rescate del proyecto revolucionario, con les trabajadores y les pobres en un lugar protagónico. La hostilidad del gran capital y el imperialismo norteamericano de cualquier proceso que se dirija no ya a una revolución sino a reformas importantes, es un sobreentendido de la política de nuestro continente. El gran debate está dado por la estrategia y los recursos para enfrentarlo.

En Argentina se desenvuelve un progresismo muy tímido, que se caracteriza por retroceder  rápido frente a las exigencias del gran capital. Casi cada vez que intenta avanzar sobre sus intereses. El gobierno parece confiar en una política de negociación con la gran empresa, por sobre cualquier apelación a la movilización popular. El resultado es casi siempre el mismo, las grandes corporaciones no están dispuestas a tratar sobre ningún punto importante.Sus ganancias son sagradas. Y los trabajadores han visto descender su salario real durante tres años consecutivos, entre 2018 y 2020, en medio de altas tasas de inflación.

Persistente ofensiva de las clases dominantes

En esas condiciones de situaciones políticas heterogéneas, el gran capital sigue a la ofensiva. Con matices, las consignas de los patrones son más o menos las mismas en los últimos años. Quieren salarios bajos, despido fácil, condiciones de trabajo precarizadas, libertad absoluta para fijar jornadas y horarios de trabajo. Supresión o atenuación de la normativa de origen estatal o sindical para las relaciones de trabajo. A todo eso se lo llama “flexibilización laboral”.

No contentos con ir contra los trabajadores en activo cargan contra los jubilados y claman por “reformas previsionales” que bajen el volumen de los haberes, aumenten la edad para jubilarse y dificulten hacerlo aun alcanzando la edad requerida. La constante prédica por la reducción del gasto público halla en las jubilaciones uno de sus blancos predilectos.

En lugar destacado de las demandas empresariales  está el debilitamiento de la representación sindical. Dificultar la afiliación, negar reconocimiento a sindicatos combativos, estigmatización de las organizaciones sindicales, son armas contra los sindicatos.

Las condiciones actuales de pandemia son vistas por la gran empresa como una situación más que propicia para avanzar en contra de las condiciones de vida y de labor de trabajadores registrados y no registrados, asalariados y no asalariados. Todo lo que sea encierro y aislamiento favorece a las patronales.

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En la medida en que se expanda el teletrabajo se hará más difícil la organización sindical. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo en momentos álgidos de la pandemia entre el 20 y el 30% de los trabajadores que continuaban en sus tareas lo hacían en modalidad de teletrabajo. Antes de la pandemia eran sólo el 3%.Ese cambio puede ser aprovechado para extender las concepciones individualistas, en las que el trabajador se ve como un sujeto aislado en su relación con la empresa. Que depende de su propia disciplina y rendimiento para lograr mejores salarios o condiciones más favorables y no está interesado en la participación sindical.

Otra línea de avance de los patrones es quitar a les trabajadores el reconocimiento del vínculo salarial, como ocurre con los trabajadores de plataformas, de los cuales el ejemplo más conocido es UBER. El trabajador pasa a ser un “socio” sin ninguna protección.

La informalidad o precariedad laboral crecen. Eso tiene que ver con políticas neoliberales en las últimas décadas, cambios que afectaron sobre todo al empleo industrial formal, y el ya mencionado avance de las patronales en dirección a la flexibilidad laboral y la “uberización”.

Para apreciar el lugar que ocupan las organizaciones sindicales hay que atender al nivel de afiliación. Argentina es el país con más altos porcentajes de encuadramiento sindical, que bordea el 30%, lo mismo que en Uruguay. Chile y Brasil orillan el 20%. Y hay casos de afiliación mucho más baja, como Colombia, con el 5%.

Un empeño permanente de muchas patronales es disminuir la afiliación sindical. Otras se inclinan más bien por mantener la representación, unificada por sindicatos burocráticos que suelen gravitar como barrera de contención de las luchas obreras.

Grandes desafíos para el movimiento obrero.

La lucha de clases es también combate por la hegemonía política y cultural.La organización obrera no puede permanecer al margen. No se puede ni se debe separar lo sindical de lo político, creer en sindicatos apolíticos, sin ideología. El sindicalismo pretendidamente “puro” es un truco de las patronales para entronizar organizaciones que creen en la conciliación de clases, el carácter neutral del estado y la eternidad del orden capitalista.

Otro frente de combate ideológico y cultural es la percepción por trabajadoras y trabajadores de la necesidad de entablar alianzas con otros sectores explotados y alienados y de abordar cuestiones por fuera de las encaradas desde siempre por los sindicatos

 Hoy la problemática socioecológica es una de las que marca la necesidad de superar un corporativismo de bajo vuelo, que lleva a veces a los sindicatos a enfrentarse con las reivindicaciones ambientales.Hay que acompañar las luchas de los trabajadores del campo, la defensa de la tierra por los campesinos, el estímulo a productores agroecológicos.Sostener la protección contra la contaminación, el cuestionamiento a la megaminería, la impugnación a los modelos extractivistas de desarrollo.

La adopción de la perspectiva de género es  otro imperativo. En primer lugar hacia adentro de las organizaciones. Se necesita luchar contra una tradición de aplastante predominio de les varones en las representaciones sindicales. A veces incluso en sectores fuertemente feminizados, como la enseñanza o la salud. También aportar a la valoración de las tareas de cuidado y del trabajo doméstico no remunerado. Y la adopción de las reivindicaciones feministas como algo propio, un escenario de lucha que se potenciará en la medida que se oriente también contra el capital.

La incorporación por los sindicatos de sectores trabajadores y pobres que no tienen encuadramiento sindical hasta ahora es tan importante como urgente. Ampliar el marco de las organizaciones a los asalariados precarizados y dar lugar a los nuevos agrupamientos de trabajadores no asalariados.

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Les trabajadores migrantes son otro campo de construcción sindical con implicaciones políticas. Se necesita una renovación del espíritu internacionalista. Las patronales tratan de “naturalizar” que les trabajadores migrantes vayan a los trabajos precarios. Y que en algunos rubros sirvan de “competencia” a les trabajadores locales, bajo el supuesto de que “trabajan más y no protestan”.Sobre todo en el sector textil, trabajadoras y trabajadores, en particular migrantes, son sometidos a condiciones de semiesclavitud. Viven encerrados en los talleres, sin límites de jornada ni derecho al descanso y privados de los derechos más elementales.

Los trabajadores indígenas y afrodescendientes necesitan integrarse a partir de sus específicas cualidades étnicas, culturales y organizacionales. La efectiva articulación con ellos requiere el reconocimiento de sus especificidades y reivindicaciones propias.

El movimiento obrero en perspectiva

Estamos en un momento político transicional, en el que las posibilidades de transformación progresiva deben batallar todo el tiempo con las propuestas que enarbolan el programa de máxima del gran capital local y extranjero, articulado con una estructura de poder local y mundial.

Siempre se requiere levantar la consigna de la independencia frente a partidos políticos, patronales y Estado. Esto es aplicable por supuesto a gobiernos regresivos y partidos neoliberales. También respecto de  los gobiernos de signo progresista. El movimiento sindical necesita sostener su enfoque crítico y su autonomía.

La perspectiva anticapitalista debe ser el horizonte a seguir. Por supuesto que hay que actuar junto a organizaciones que no adoptan ese objetivo. Y dar el debate con trabajadores que aún confían en políticas  de conciliación de clases, y de nacionalismo burgués. Eso no quita que haya que llevar adelante la impugnación del sistema de explotación, alienación, desigualdad e injusticia.

El reformismo y el sectarismo son dos escollos opuestos a eludir. Necesitamos sostener  la organización de todes les trabajadores y tener capacidad de encarar alianzas amplias. Sin concesiones a la ideología de la burguesía. Incluso con aquellas corrientes que enarbolan la defensa de los derechos de los trabajadores, sólo en la medida que algunas mejoras se puedan introducir, manteniéndolas  encorsetadas en las necesidades del capital.

Otro campo de acción insoslayable es la reivindicación de la auténtica soberanía popular, en momentos en que las derechas impugnan sin pudores los resultados del voto ciudadano. Y se acercan cada vez más a formas del golpismo que muches consideraban superadas. Las organizaciones sindicales pueden y deben desarrollar un compromiso a fondo con el sentido más sustantivo y radical de la democracia. Una implícita rebelión contra una concepción de la soberanía popular que la limita al ejercicio del voto entre opciones diseñadas desde arriba, sin ninguna participación de las grandes mayorías

A modo de síntesis.

Hoy hay motivos para fortalecer la esperanza, sin bajar en ningún momento la guardia frente a las fuerzas de la reacción. Algunos países que han sidolos mejores alumnos del neoliberalismo en la región han dado lugar a una rebeldía que no había desplegado antes. Y tienen perspectivas de elegir gobiernos alejados de las políticas neoliberales. En algún caso no se puede descartar el futuro triunfo de insurrecciones populares, como  en Colombia. Los y las trabajadoras, organizados o no, tienen un rol protagónico para jugar en esos procesos.

Siempre es objeto de disputa si se apunta sólo a recortar las conductas más salvajes del capitalismo o se busca dejar atrás a un  sistema signado por la explotación, la desigualdad y la injusticia.  Si se asume la centralidad de la lucha de clases o se confía en alguna forma de conciliación, de “coexistencia pacífica” de trabajadores y patrones dentro del entorno capitalista.

Se trata de trabajar para que predominen en toda Nuestra América las ideas de superación del capitalismo, de dirigirnos hacia una sociedad signada por la propiedad colectiva, el cuidado ambiental, la perspectiva de género y sobre todo por la autoorganización y el autogobierno de las masas como realización de una nueva democracia.

El movimiento obrero debe ser protagonista central en esas búsquedas. Desde su historia y tradiciones, por supuesto. A las que hay que agregarle la capacidad para adaptar el pensamiento y la acción a los requerimientos de la actualidad y del futuro cercano.

Ya no hay lugar para un sindicalismo de reflejos corporativos, centrado en las reivindicaciones económicas. Se requiere una lucha permanente contra la burocratización, las tácticas de “contención” de las luchas obreras y las colusiones espurias con las patronales y los profesionales de la política. Se trata de converger en el anticapitalismo, el ecosocialismo, el enfoque antipatriarcal. De enfocarse hacia unas clases trabajadoras que apunten a ampliar sus horizontes y a contribuir a que el conjunto de los explotados y sufrientes den una disputa eficaz por la hegemonía.

La liberación de nuestro continente de los dictados del gran capital tiene que ser propósito del presente y mirada esperanzada hacia el futuro.

Este artículo tuvo origen en una charla brindada por el autor para el Encuentro Sindical Nuestra América, la que tuvo lugar el 22 de julio de 2021.

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