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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

A propósito de Breve Historia del antipopulismo

Termino de leer Breve historia del antipopulismo, de Ernesto Semán. Se publicó hace apenas semanas. El autor es historiador, aunque antes trabajó también como periodista (fue precisamente en esa condición – primero en Página/12, luego en Clarín – que supe alguna vez de él). Actualmente enseña historia en una universidad en Noruega; antes, enseñó historia en los Estados Unidos.

El libro que comento contiene no pocas críticas al capítulo sobre los populismos latinoamericanos de la sociología norteamericana que estimo que no habrían sido posibles sin la estadía de Semán en el hemisferio norte. Como periodista, Semán escribió a fines de 1999 un muy buen libro “en caliente” sobre la llegada de Fernando De la Rúa al gobierno, titulado Educando a Fernando.

A continuación, un punteo sobre ideas interesantes de Breve historia del antipopulismo. La tesis de Semán, de algún modo provocativa respecto de los imaginarios populistas más cerriles, aunque también, y precisamente por ello, más “normalizadora” que aquellos, es que la integración de las masas al sistema político siempre fue una preocupación de las élites, pero que el antipopulismo germina en esas mismas élites ante integraciones de las masas que las propias élites juzgan “defectuosas”, desde los caudillos del siglo XIX hasta el peronismo. El autor rastrea esa tensión desde 1810 en adelante. Es interesante lo que dice Semán sobre Sarmiento: la ciudad y la fábrica eran en la imaginación del sanjuanino los remedios modernos contra la barbarie. De esa misma ciudad y de esas mismas fábricas surgirá más de medio siglo después nada menos que el peronismo, es decir, el movimiento que fue encastrado en una de las tantas actualizaciones de un imaginario en que las elementales civilización y barbarie se metamorfosean en reiterados sucedáneos históricos. La fábrica como asiento de la barbarie vuelve a aparecer en octubre de 1975, con la denuncia de Balbín de la “guerrilla fabril”: en este caso, barbarie es subversión. De alguna manera, Semán traza una genealogía de la fábrica.

El autor pasa revista también al pensamiento de Echeverría, a partir del cual es posible trazar otras genealogías (el autor no llega a tanto): la del pensamiento sobre las condiciones espirituales de la civilización y la de la espiritualización de esas mismas condiciones, que son, mutatis mutandis, las del desarrollo capitalista. Es un enfoque interesante en una época en que historiadores como Loris Zanatta publican libros sobre un omnipresente “populismo jesuita” y cifran en él las trabas al desarrollo argentino.

El capítulo sobre el yrigoyenismo es interesante. Semán plantea que a partir de determinado momento y a partir también de lo que engendró la Ley Sáenz Peña, ésta empezó a ser vista como una suerte de 17 de Octubre autoinfligido, “de ellos”. Aquí es interesante también la discusión con el historiador macrista Luciano de Privitellio (fue funcionario del gobierno de Macri), para quien nada en el proceso político anterior a la Ley Sánez Peña reclamaba una reforma electoral como la de 1912. Semán lo refuta basándose en el incremento exponencial de la afluencia a las urnas en las elecciones presidenciales de 1916, pero también apuntando algo cierto: es bastante razonable que el malestar político que la reforma de 1912 se propuso conjurar no tuviera por centro el propio sufragio, en la medida en que nada se esperaba de él tal como existía en una época caracterizada por el fraude. Que el centro de las preocupaciones anteriores a 1912 no fuera el sufragio hace creer a De Privitellio en la ausencia de las preocupaciones mismas y en la carencia de relación entre estas y la reforma. Nada hubo antes que explique 1912, aunque lo que hubo después de 1912 se explica tanto por lo que hubo antes como por 1912.

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Semán des-sociologiza al peronismo. El peronismo es apenas (o nada menos que) la pregunta por la injusticia social. El peronismo como política pura (aunque no como pura política), acaso una influencia posmarxista. Semán des-sociologiza al peronismo para sociologizarlo luego como el “hecho moderno del país moderno”, es decir, para sociologizarlo contra la propia tradición de la sociología (argentina y no argentina). En ese sentido, Semán pone la lupa sobre los intentos “modernizadores” previos al peronismo, desde el frustrado código del trabajo de 1904 elaborado entre otros por Carlos Saavedra Lamas, cuya biografía política hasta 1945 Semán traza, hasta las tentativas modernizadoras de Federico Pinedo en la década del 30. Es posible que Semán haya recogido aquí un conjunto de miradas sobre esa década, bastante recientes, que lograron apartarse del discurso peronista sobre la “década infame”. Des-sociologizar el peronismo es también, de alguna manera, des-normalizarlo. Es dejar hablar a la política (y al propio peronismo). Pero des-normalizarlo no es formularse la pregunta sobre qué habría pasado si el gobierno militar hubiera reprimido el 17 de Octubre para luego responder “tocquevillianamente” que lo sustancial (es decir, lo que la sociología normaliza como sustancial) no habría cambiado, como hace Juan Carlos Torre en un trabajo que Semán cita. La operación de Semán es otra. Son muy interesantes las reflexiones del autor alrededor de la cuestión del peronismo y el fascismo. Dice Semán que en su famoso discurso de 1944 en la Bolsa de Comercio (ese que la izquierda cita sin analizarlo ni reponer el contexto cada 17 de octubre), Perón le propuso a la burguesía una salida “fascistoide” (así la llama Semán) contra la radicalización política e ideológica de la clase obrera que la burguesía rechazó no porque le hiciera asco al fascismo sino sencillamente por desinterés, o porque no creía posible una radicalización política e ideológica tal, para luego acusar de fascista al propio Perón cuando lo que se había pasado a discutir era otra cosa. Dice también Semán que en octubre de 1945 la cuestión del fascismo se había transformado en anacrónica, aquí y en el mundo, pero que era demaiado pronto para poder apreciarlo (no era desde hacía mucho que era anacrónica), razón por la que la cuestión del fascismo fue invocada por los más diversos actores en los más diversos ámbitos. Finalmente, Semán hace el listado de la cantidad de protagonistas del 45 que tenían o habían tenido algo que ver con el fascismo (o que habían sido “rozados” por él), desde el propio Perón hasta Gino Germani y los dirigentes de los sindicatos norteamericanos, mucho de ellos italianos exiliados en EEUU. Su conclusión es que era prácticamente imposible que no se planteara la cuestión del fascismo en 1945 y en los años siguientes.

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¿Quiénes hablaban en los 50 de “oligarquía”?, se pregunta Semán. Responder que lo hacían el peronismo, el nacionalismo y la izquierda no alcanza. También estaban los dirigentes sindicales de la estadounidense AFL. En un diálogo entre la clase obrera de un país y la del otro, los antiperonistas dirigentes de la AFL condenaban al peronismo, pero no culpaban de él a la clase obrera argentina sino a una “oligarquía” que no había sabido renunciar a tiempo a sus privilegios. El análisis del discurso del sindicalismo norteamericano sobre el peronismo es un verdadero hallazgo del libro. Por el lado del antipopulismo de derecha, Semán afirma que la crítica liberal al peronismo fue una suerte de “autopurificación” política, válida también para toda la historia argentina anterior a Perón, llevada adelante por personajes y fuerzas políticas escasas de credenciales democráticas. La definición del peronismo como “totalitario”, además, fue la puerta a través de la cual Argentina ingresó en el mundo de la Guerra Fría. Una crítica posible al libro diría que la caracterización de la izquierda opositora al peronismo como “antipopulismo de izquierda” es demasiado sumaria y poco matizada. En la categoría, omniabarcativa, Semán mete hasta a su propio padre, Elías Semán, dirigente de Vanguardia Comunista, procedente del Partido Socialista, desaparecido en dictadura y uno de los que pusieron la guita para Punto de Vista en 1978. Es cierto que cierta izquierda, que es mucha, se mete solita en la categoría cuando menta al peronismo como forma “defectuosa” de lo que podría haber sido “conciencia de clase”, pero difícilmente la izquierda, aún la cerrilmente antiperonista, sea sólo eso, y difícilmente sea sólo eso aun en los casos en que precisamente eso forma parte de su repertorio. En algo acierta, sin embargo, Semán: la radicalización política de los 60 y 70 es consecuencia de una mirada sobre los límites políticos del populismo: Fidel Castro testigo del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia, Ernesto Guevara testigo del derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala.

Al principio del libro, Semán pasa revista al pensamiento de Alberdi. Vuelve sobre él en el capítulo sobre la última dictadura: el Proceso como “república posible”, pero también como prólogo necesario de la “república verdadera”. Agrego: es imposible que los liberales argentinos (aún los de izquierda), invariablemente alberdianos, no hayan leído en estos mismos términos, es decir, “alberdianamente”, la propia dictadura de la que muchos de ellos fueron víctimas. Que lo hayan hecho algo o mucho después de ocurrida no los exculpa. Este pasaje del libro es desafiante: ni la guerrilla ni el marxismo, dice Semán, el enemigo de la dictadura fue el populismo, condición de posibilidad, a su vez, de aquellos.

El capítulo sobre al alfonsinismo es interesante. Semán presenta al alfonsinismo como una tentativa populista contemporánea a la dramática erosión de las condiciones de posibilidad de cualquier populismo. La voluntad de conciliar derechos sociales con liberalismo político, es decir, democracia con democratización, sin embargo, hace que Semán caracterice al alfonsinismo como una suerte de antipopulismo democrático. Un populismo “pluralista” (es decir, y aunque más no fuera por eso, “antipopulista”), mediado por instituciones liberales. Alfonsín fue el último hombre de una época y a su vez el último en enterarse, dice Semán. A Semán se le nota que fue alfonsinista de pibe (en algún momento relata un viaje en micro a Chascomús para homenajear a quien acababa de dejar de ser presidente) y también integrante del Club de Cultura Socialista siendo un poco más grande (hace mención a algunas conferencias de Tulio Halperín Donghi, a quien critica impiadosamente por su “módica incomodidad” durante la dictadura, allí en los 80). Es precisamente en clave populista que Semán lee la silbatina en la Sociedad Rural de agosto de 1988. La definición es interesante, con todo, porque es una alternativa a la idea de “consenso alfonsinista” como mero “consenso de medios” tal cual la propone el politólogo Marcelo Leiras. El autor no lo dice, pero tengo la impresión de que el “Con la democracia se come, se cura y se educa” que Alfonsín pronunció en 1983 podría haber sido pronunciado también por Cámpora diez años antes. Para Semán, la agrupación política que mejor capturó lo que estaba en el aire en los 80 es la UCeDe de Alsogaray, contemporánea al momento en que la revolución conservadora separa en EEUU e Inglaterra derechos humanos de derechos sociales y transforma a los primeros en libertad de empresa.

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Sobre los 90, Semán afirma que más que un antipopulismo, el menemismo fue una suerte de “pospopulismo”. “Con la libertad de mercado se come, se cura y se educa”, hace que parafrasea. La idea del menemismo como pospopulismo, sin embargo, es una imagen sobre la que el autor no vuelve en lo que resta del libro, acaso porque lo que resta no es mucho. Tiendo a pensar que a Semán le ocurre lo que les ocurre a otros columnistas de Panamá Revista: la sobredeterminación por su propia experiencia con la experiencia macrista de la visión que tienen sobre los 90 está poco “controlada” y los 90 están demasiado “resignificados” por el período 2015-2019, de allí que se descubran pospopulismos o plazas menemistas no enteramente “blancas”. Pero Semán dice algo más: afirma que el consenso alfonsinista “friccionó” al menemismo. Tiendo a pensar, en cambio, que la democracia argentina tal como nació en 1983 se completa en los 90. Si se lee con atención lo que escribió Luis Alberto Romero en Clarín el día posterior a la muerte de Menem, se llega a la conclusión de que la derecha liberal es más perspicaz al respecto que el progresismo populista, incluido el alfonsinista. Finalmente, no hay juicio más lapidario sobre el liberalismo político argentino de la historia reciente que la propuesta de una continuidad y una consumación semejantes. Sobre los últimos veinte años (la última parte de la “poshistoria” posterior a la dictadura) es poco lo que aporta el libro. Anotemos apenas lo que podríamos llamar la paradoja del “choriplanero”: la denuncia del choriplanero que enajena su “libertad” en un puntero político convive con la apología de las políticas que antes lo “liberaron” no del puntero sino de las organizaciones e instituciones que lo antecedieron como forma política y continente de un sujeto inferiorizable y que hicieron posible la “disponibilidad” del propio choriplanero. En suma, me gustó, lo recomiendo.

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