Brasil, 7 de setiembre de 2021: Bolsonaro vs “frente amplísimo [dizque]democrático”

Este 7 de setiembre se conmemora el 199º aniversario del “Grito de Ipiranga”, cuando el príncipe Pedro de Portugal, a orillas del río Ipiranga, grita “¡Independencia o muerte!”, y se transforma en Pedro I de Brasil. También se conmemoran los 27 años del “Grito de los Excluídos”, manifestación en la que confluyen movimientos sociales con sus demandas.

Pero este 7 de setiembre venía siendo preparado por Jair Bolsonaro como una demostración de fuerza. El tiempo de este que fue el candidato “más improbable” a presidente de la República se le está acabando. Salido de las bajas patentes del ejército durante la dictadura, vinculado a las “milicias” que hacen negocios gangsteriles en Río de Janeiro, resultó una pieza adecuada para la aceleración de las contrarreformas. La integración optimizada del territorio brasileño a las cadenas extractivas flexibles exigía la destrucción del marco legal que regula las políticas del medio ambiente, agrarias, indígenas, laborales, educativas, de la previdencia social, de inversiones, etc. Y exigía una transformación del Estado. Y el núcleo de las fuerzas armadas escaló no pocos cuadros dentro de la administración estatal para tornar esto posible. No se consiguió todo lo que se pretendía. El Sistema Único de Salud, por ejemplo, aunque maltrecho, sigue en pie. Pero la salud pública está también amenazada y se abre como campo para negocios, así como los otros sectores públicos. La acción de gobierno, destinada a desestabilizar el funcionamiento rutinero de la máquina de Estado, permitió pasar aceleradamente las contrarreformas, y, fácticamente, abrió territorios, por medio de acciones legales o no, para la expoliación. La pandemia fue una ayuda inesperada para esas operaciones.

La burguesía exportadora de commodities, que se benefició durante los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma Rousseff, vio sus lucros aumentar aceleradamente en este período. Pero… ya está, para asegurar el flujo de esos lucros, es necesario estabilizar alguna rutina. La desorganización de la máquina pública, estimulada por conflictos entre los poderes fue una de las tácticas que ya resultan contraproducentes, arriesgadas. Bolsonaro siempre estuvo ahí como un “fusible” que podía ser descartado. Además, la situación cotidiana de aumento acelerado del desempleo, la carestía y de las consecuencias para vida y salud de la gestión de la pandemia, aumentó el rechazo al presidente para 60%. Y se aproximan las elecciones de 2022. Las encuestas indican que en caso de que concurran Lula y Bolsonaro, Lula va a ganar las elecciones. Para la burguesía exportadora no es grave, ya ganaron bastante durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores, Lula ya dio señales de que no va a volver atrás en las contrarreformas y el Partido de los Trabajadores se presenta como un buen intermediario con los fondos de inversión chinos y para las exportaciones con ese destino (en los últimos 20 años, China pasó a recibir el 70% de las exportaciones brasileñas -y, pese a la retórica anti china de Bolsonaro, ese porcentaje no se alteró). Pero la burguesía interna prefiere alguien más a la derecha. Las encuestas dicen que el resultado cambiaría si Bolsonaro no concurriese y hubiera tiempo de construir un tercer candidato, consensuado por la derecha y la centroderecha. Resumiendo: lo que está en disputa es la representación política de esa burguesía exportadora, alrededor de cuya dinámica se organiza toda la economía del país. No está en juego el cotejo entre dos proyectos.

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El presidente viene siendo acorralado por pedidos de impeachment, por una comisión parlamentaria de investigación sobre la gestión de la pandemia que lo viene cocinando a fuego lento, y por acusaciones (a él y a su familia), que lo tornarían, además, inelegible. Aun sabiendo que será descartado, él y el núcleo de las fuerzas armadas que lo sustenta, precisan doblar la apuesta para negociar su retirada en mejores condiciones. Garantizar la permanencia del control de los militares en el aparato de la administración estatal, y, en el caso del presidente, asegurar que él y su familia serán imputados, a lo sumo, por delitos menores. Él cuenta con un “capital electoral” aún. Sectores que apostaron al ascenso social por el consumo se cargaron de resentimiento al chocar con el techo de vidrio de la flexibilización laboral, y se sintió traicionado en su buena fe. Esos sectores encontraron en el apoyo a Bolsonaro y a su discurso rabioso, una rama donde posar su resentimiento sin objeto. El presidente se comunica con esos sectores por medio de las redes del ciberespacio y conserva una parte de ese apoyo. También cuenta con el apoyo de las “milicias” y las bajas patentes de las fuerzas de seguridad a ellas asociadas, de parte de las iglesias evangélicas a las que apoyó en su pauta conservadora, y de sectores del agronegocio que avanzan ilegalmente sobre tierras públicas y tierras indígenas. Todo ese apoyo, Bolsonaro lo invirtió en una gran demostración el 7 de setiembre. Para eso, escogió como enemigos a los jueces de la corte suprema. En especial, a Alexandre de Moraes, que cuida de los procesos judiciales contra su familia y que será responsable por organizar las elecciones de 2022, a la que, preventivamente, ya caracteriza como sujeta a fraude, con las urnas electrónicas. Su pedido de retorno al voto impreso, conveniente para disciplinar votaciones por la vía de la coerción miliciana y el control clientelar, fue rechazado por el congreso. De manera que el poder legislativo también es blanco de sus ataques.

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La semana pasada, fueron divulgados tres manifiestos de los representantes del gran agronegocio[1], de los empresarios de la industria de transformación[2] y de los bancos[3] contra las amenazas al orden constitucional y la independencia de los tres poderes. Lo mismo ocurrió con varias denominaciones evangélicas. Los grandes medios de comunicación vienen haciendo campañas de desgaste contra el presidente desde hace más de año. El sector financiero está dividido, restándole un apoyo nada firme del sector vinculado al ministro de economía Paulo Guedes. El gobernador del estado de San Pablo, João Doria, del principal partido de derecha, Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) se ha enfrentado a Bolsonaro durante toda la gestión de la pandemia.

Para esta demostración de fuerza, fueron inyectados muchos recursos. No hubo, como se temía, rebeliones de las policías estaduales. Y las movilizaciones no alcanzaron los dos millones anunciados. El destaque fue la manifestación de San Pablo, con 125 mil personas. Bolsonaro hizo un discurso breve en Brasilia por la mañana y otro más prolongado en San Pablo, por la tarde. En los dos acusó a la corte suprema y al congreso. En San Pablo acusó nominalmente al juez Alexandre de Moraes. Dijo que no se sometería al poder judiciario y amenazó difusamente al congreso si no aceptase el voto impreso, cuestión que ya estaba decidida. También dijo que estaba convocando a una reunión del Consejo de la República, que reúne a los representantes de los tres poderes y es convocado en situaciones excepcionales, como la decisión de la intervención de un estado de la federación, o del establecimiento de estado de sitio. Pero sonaba contradictorio que el jefe del ejecutivo llamase a los poderes cuyas decisiones anunciaba que ignoraría. Ese llamado, al otro día, no se concretizó. Por otro lado, el público de esas manifestaciones esperaba la señal para una intervención militar que cerrase el congreso y la suprema corte. Pero eso no ocurrió, y más de uno se fue decepcionado.

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Hoy, el día 8 de setiembre, la corte suprema, el presidente del senado y el de la cámara dos diputados rechazaron el discurso del presidente. La corte suprema propuso que el presidente fuese encuadrado por el congreso en “crimen de responsabilidad”, que es equivalente a pedir que se inicie el pedido de impeachment. Partidos de derecha ya se pronunciaron contra el discurso “antidemocrático” de ayer, empezando por el Partido Social Liberal (PSL), al cual pertenecía el presidente. Ahora están llamando a una movilización de toda la oposición el próximo domingo, 12 de setiembre, por el impeachment del presidente. Con esto, los acontecimientos se precipitan.

Pero, ¿qué ocurrió con el “Grito de los Excluídos” de ayer? ¿Por qué no catalizó la oposición al bolsonarismo? Para eso, es preciso observar que partidos de la izquierda institucional y movimientos sociales que surgieron en los años 90 perdieron o redujeron su vínculo orgánico con las clases trabajadoras que en las últimas décadas se reconfiguraron y, en su gran mayoría, no tienen representación sindical ni política. Los que votaron a Bolsonaro y se decepcionaron cayeron, comprensiblemente, en un estado de sopor, incapaces de engrosar cualquier lucha. Pero lo que quedó claro es que la gran masa que rechaza al bolsonarismo, que lo que se venía preparando del otro lado es un “frente amplísimo [dizque]democrático”, que incluye a los enemigos de siempre como los hasta ayer “golpistas” João Dória y Michel Temer. Como el agronegocio, la minería, los bancos, los grandes medios de comunicación. Como los partidos que en el congreso votaron por las contrarreformas y que fueron aliados de Bolsonaro hasta hace unos meses, unos días, o hasta ayer.

Todo se precipita. Probablemente Bolsonaro sea impedido de concurrir a las próximas elecciones. Las subjetividades violentas que su discurso autorizó no se desactivarán como si fueran un interruptor de luz. El proyecto en el que todos los partidos del orden coinciden es el de la integración de los territorios a las cadenas extractivas. No hay atajos.


[1] Ver: https://static.poder360.com.br/2021/08/manifestacao-entidade-setor-agroindustrial.pdf 

[2] Ver: https://static.poder360.com.br/2021/08/Fiesp-manifesto-agosto-2021.pdf

[3] Ver: https://static.poder360.com.br/2021/08/Febraban-proposta-manifesto-ago2021.pdf

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