Una izquierda del siglo XX y otra que puja por abrazarnos. De la UP a las revueltas del octubre en Chile

Especial para ContrehgemoníaWeb

En un proceso de luchas continuas que arrancaron allá por el 1900 entre miles de familias oprimidas y vulneradas de mil maneras, buscando caminos de liberación en la pampa salitrera, en las minas de carbón o de las bullentes ciudades, entre rostros pampinos amarrados a los cepos de las compañías, trabajadores sin protección alguna, con pagas de fichas pulperas, levantamientos, relegaciones, exilios y fosas comunes, así se inicia, y lamentablemente, también termina nuestro ensangrentado y trágico siglo XX. Siglo de niños lustrabotas y mendigos, de mujeres criando, y lavando y organizándose en los insalubres conventillos, de hombres discutiendo su destino al compás de himnos fúnebres y marchas obreras; un siglo que partió con los llamados tiempos heroicos del movimiento obrero que nos remonta a las mancomunales, las sociedades de resistencia, las ligas de arrendatarios, las masivas marchas contra el alza de los alimentos… y un siglo que acaba al fragor de los cordones industriales, los comandos comunales y las luchas por la recuperación de las tierras usurpadas.

En esta enredadera de organizaciones, acciones colectivas de resistencia y ayuda mutua desatadas a lo largo y ancho del país, fue surgiendo también toda una cultura e identidad que caracterizaba a los sujetos históricos subalternos que impulsaban la lucha contra los poderosos. Primero fue la necesidad de forjar espacios de sociabilidad, y cultura propia y autónoma donde germinara la diversidad de prácticas culturales expresadas en circuitos de conferencias, prensa obrera, teatro, creación de instancias alternativas a las que ofrecía la cultura dominante para la escasa ocupación del tiempo libre de los y las obreras. Desde estas instancias fueron emergiendo creaciones propias, literarias, musicales, estéticas que pronto llegaron a sintetizarse en autores como Baldomero Lillo, Manuel Rojas, Gabriela Mistral o Pablo de Rockha y la Violeta Parra (sólo por nombrar algunos), que se difundieron como nunca en toda nuestra historia. En la música, se vio en el movimiento de la Nueva Canción Chilena a partir de los años 60’, que inmortalizó el Canto a la Pampa, cuyos orígenes se remontan al sangriento 21 de diciembre de 1907, cuando fueron asesinados miles de obreros salitreros en el recinto de la Escuela Santa María de Iquique, donde se resguardaban.

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A esta olla común de luchas e identidades hay que agregarle algunos elementos que son imprescindibles para entender la temperatura en que se guisaron las búsquedas: la revolución de octubre, el estalinismo, las luchas anticolonialistas, la guerra fría, la revolución cubana, la revolución cultural mundial del 68 y las discusiones sobre el poder popular… Todas influenciaron nuestras luchas… y recién entendemos que todas eran la misma lucha… una contra la hegemonía, a favor del derecho a existir, siempre aniquilado por el autoritarismo de turno, que no le cedía el paso a la vida misma.

“La iglesia no se toca ni con el pétalo de una rosa”, dijo un día Allende, respondiendo a una pregunta que le hicieron, explicando la diversidad de su revolución con empanada y vino tinto, pero también había dicho que la República, tampoco se tocaba, lo decía desde su alma de republicano, masón y marxista formado dentro y fuera de las estructuras parlamentarias y del poder institucional, fue un respetuoso de su palabra empeñada, “a mí solo me sacan en un cajón de madera desde la Moneda”, sentencio tranquilo.

La catástrofe de esos días es comparable solo al lanzamiento de una bomba atómica, clasista y racial, esquirlada en chovinismo patriarcal, detonada en el corazón del pueblo chileno (golpe del 73’). Y sin ser suficiente, lanzarían la segunda en los años 90’, para terminar de asfixiar todas las resistencias, en la transición pactada en conjunto con la Concertación, transición para consolidar el modelo neoliberal… Queriendo botar todo el contenido de la olla común que nos había mantenido libres, pese a seguir respirando nuestra necesidad de existir… nos trataron de manipular  con el hambre, la falta de pertenencia, el miedo. Y pese a todo la gente se lanzó a la calle se abalanzó y cada quien siguió nutriéndose como pudo a espaldas de la hegemónica iglesia, de la hegemónica República, de la hegemónica cultura, para alimentar la diferencia y diversidades propias de nuestro pueblo.

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Fueron una seguidilla de protestas nacionales y levantamientos contra el régimen imperante que no pudieron parar.

Por eso el siglo XXI, se inicia aún en la lucha contra la dictadura patriarcal, contra el extractivismo, contra la propiedad privada, los derechos humanos y de la naturaleza, de la mano de pueblos indígenas y campesinos que defendían su territorio, dibujando una resistencia popular múltiple, respondiendo al cortoplacismo y la miopía criminal que los Chicago boys y Jaime Guzmán  habían inoculado en el Estado y en los privados, formando un modo de vida  articulado por el mercado.

Al comienzo del nuevo siglo emergen, las máquinas retroexcavadoras, las plantaciones de pino, la droga, las nuevas formas de hambre y precarización; sin embargo jóvenes, estudiantes, familiares de detenidos desaparecidos, presos y presas, docentes, territorios de cordillera a mar, voces múltiples desde el exilio, van poco a poco copando sedes, plazas, calles, en innumerables jornadas de protestas populares y enfrentamientos directos y armados contra la represión del mercado, de los medios de comunicación, y de los aparatos armados. Situación que marcan el fin de la dictadura cívico militar, para que todo siga igual. Fueron 30 años.

En estos aprendizajes empieza a nacer una otra izquierda, izquierda por cariño al proceso de luchas que la parió, no porque quiera seguir perpetuando las dicotomías que son parte del problema y no de la solución. Izquierda, porque nace en directo de los lanzamientos de  piedras y desde las ollas comunes, desde  las barricadas… sin nada que perder, solo ganar. Esa es la tarea, volver a leer el territorio del que somos parte-no el que nos dicen la propaganda ni los medios ni las pantallas-, sino el territorio que habla y habita la gente y vecinas, en las plazas y  huertos comunitario. Porque el  territorio es colectivo y porque protagónicamente nos permitirá abrazar las claves del siglo pasado, su memoria, y una línea que nos una a todos ellos,  no para reproducir mecanos y estructuras oxidadas, entendiendo que solo el poder de la gente, de los pueblos en movimiento, son los que generaran aquellos cambios que posibiliten entrar ahora ya, en otra dinámica de vida.

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Ahí está esa línea trazadora, que atraviesa todas las décadas, una bengala estallada en estos días, dejada por otras manos y cuerpos luchadores, con una luminosidad tan potente dentro de la oscuridad de todo ese siglo, que nos permiten ver, sentir y  leer los caminos que hoy discutimos y tomamos. Las historias no se repiten si existe esa memoria activa y sensible en los espacios donde la unidad y la diversidad sean parte de toda esta humanidad que hacen los pueblos y que son continuas.

La historia es nuestra repite el eco!

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