Mayra Arena y César González: cuando los pobres no opinan como quiero

¿Qué sucede cuando los condenados a no saber decir hablan y diluyen la asimetría asumiendo un yo soy, yo opino, yo digo?

En 1961 Fernando Birri, padre del Nuevo Cine Latinoamericano, filma Los inundados. Se trata de una comedia pícara y satírica al estilo del neorrealismo italiano con el que se había encontrado y educado en su primer paso por Italia, donde estudió en el Centro Experimental de Cine de Roma en 1950. 

La película cuenta la historia de una de las tantas familias que en aquella década vivía a orillas del Río Salado de Santa Fe y sufrían inundaciones regulares. Cada vez que esto ocurría, recibían la ayuda estatal pero también la de políticos en plena campaña electoral y la situación desgraciada se convertía así en una oportunidad de conseguir bienes materiales que en condiciones normales -sin inundarse- les eran por completo ajenas e imposibles. 

En una de las escenas Dolores “Dolorcitos” Gaitán, el jefe de una familia y protagonista junto a su mujer Óptima, “Oti”, tiene un diálogo con dos varones de la beneficencia que se acercan al campamento de los inundados. Estos le ofrecen una changa a Gaitán, de la que -le aseguran- se pueden sacar “unos buenos pesos” por descargar unos cajones. Pero Dolorcitos es muy tajante: “Hoy no va a poder ser don, además yo soy inundado, ¿sabe?”. “¡No les importa ni el país, ni nada!”, se quejan los señores que, enojados, se retiran de la escena. 

Gaitán no acepta. Evalúa sus posibilidades, los costos y los beneficios de su posición subalterna -y además, de inundado- y elige. Esa elección de parte de quien no tiene nada salvo -justamente- la posibilidad de elegir no se tolera. La expectativa recae como ley y orden en el subordinado: si no tiene nada, ¿cómo no va a aceptar cualquier cosa que se le ofrezca? 

Otro ejemplo, más actual, que recuerda a esta película es el testimonio de Miriam Zelaya, una mujer hondureña integrante de la caravana migrante que atravesó a pie México para llegar a Estados Unidos, y que se quejó en cámara de que la ayuda solidaria de las personas y municipios de los pueblos que atravesaban caminando fuera ofrecerles para comer frijoles molidos como “a los chanchos”. Le cayeron con todo el peso de la ley tácita de las redes sociales: “Encima que le dan de comer”, etc. Cuando asistir se asemeja a una orden, lo que se espera es sumisión y no resistencia. 

Estos últimos días recorrió los grupos de Whatsapp más disímiles -para celebrarla o para denostarla- una nota que escribió Mayra Arena sobre los resultados de las últimas PASO. En su texto despliega muchas interpretaciones categóricas acerca de por qué el peronismo perdió y ofrece una lista de soluciones políticas para recuperar -según ella- el vínculo con los sectores populares que van desde endurecer las políticas en materia de seguridad; ocuparse menos de las minorías y del lenguaje inclusivo que en villas y barrios de emergencia no interpelan a nadie; o convocar a la ambición empresarial para mejorar convenios y aumentar cantidad de puestos laborales porque eso de que el trabajo lo generan los trabajadores es un clisé de la izquierda utópica. Una izquierda que -nuevamente según Arena- no es la salida en absoluto.

En 2018 escribí una nota sobre su primera aparición en la charla TEDx Bahía Blanca titulada Qué tienen los pobres en la cabeza, que fue su entrada espectacular al discurso público de los medios de comunicación tradicionales, los digitales y las redes sociales y que causó, como ahora, mucha atención. No había muchas dudas: pocos ponían reparos en la escucha de esa chica que se presentaba como pobre y que enunciaba desde esa condición. Ella lo vivió, ella sabe, ella son los pobres.

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En esa nota ensayé algunas hipótesis de por qué su discurso podía sentirse tan atractivo. En rápida síntesis, Mayra Arena no inquietó demasiado: su habla estaba despojada de plebeyismo gracias al coacheo que la franquicia TED  imprime sobre sus participantes,  a quienes también entrenan para asemejarse al stand up. En este punto el caso opuesto lo entrega L-Gante, quien desafía a los policías del habla que son algunos periodistas y salta los prejuicios que, como dice Ezequiel Gatto, es el modo negativo de la expectativa cuando incluso, como a Eduardo Feinmann, les enseña el significado de las palabras que él utiliza. 

Arena asumió en su monólogo ideas comunes -por lo muy escuchadas- sobre los sectores populares, como que la cantidad de hijos está en relación directa con la única chance de tener una posesión o que los pobres en condiciones de mayor marginalidad son resentidos y por ende violentos. Y finalizó su discurso con la narrativa de que la salvación le acaeció por juntarse con clases más aventajadas materialmente, personas que le demostraron que existe lo diferente. Más bien, pienso, demostraron la desigualdad. De alguna forma esa charla cierra con un llamado a entrenar la voluntad y la socialización interclases.

Unos años antes se hizo famosa otra voz autodenominada villera, la del cineasta y poeta César González, otrora conocido como Camilo Blajaquis. Una vez, en pleno auge de fascinación periodística con su biografía, en una emisión del programa “Palabras más, palabras menos”del canal Todo Noticias de julio de 2013, González fue entrevistado por Ernesto Tenenbaum y Marcelo Zlotogwiazda acerca de su primera película Diagnóstico Esperanza (2013). Este último le planteó, con un poco de temor, que “si no lo conociera, si no supiera quién hizo la película, que el director vive en la villa, sólo vería estigmatización” (Vale decirlo: también lo escuché de boca de profesores e investigadores, se esperaba, al parecer, un discurso y una imagen “positiva” sobre los barrios populares). 

González no se inmutó demasiado y respondió que eso que se ve es “lo que pasa en la villa”. Las drogas y los fierros, y que si no lo muestra, la gente de su barrio no se va a sentir representada. Concluye que él con la película “retrata un hábitat y una cultura” (interesante la idea del retrato: más que pensar en la llana representación, convoca a la expresión). El sentido que quiso delinear en el título que elige para su ópera prima es más profundo que quedarse con las armas y los choreos: la esperanza del título es que un pibe como él haya podido filmar la película. Hay un pibe chorro, un pibe pobre, que habla. 

Pero también: hay una piba pobre que habla en TED. Y si me permito decirlo es porque la nominación parte de él, de ella, de cómo asumen una forma de la identificación pública. 

Entonces, la expectativa es un problema de quien espera y no de quien está realizando un discurso, una acción, una intervención. No interesa discutir con lo que los intelectuales progresistas y bien pensantes esperan de “los pobres y los villeros” en quienes depositan el anhelo de la transformación social, ni tampoco con la máquina oportunista de los portales que disponen la información a conveniencia de sus quintas y convocan voces que legitiman en su provecho. Si tenemos un poco de respeto por los otros y por las otras que hablan, que dicen, que discurren, no puede ser una consecuencia de una operación de condescendencia o fascinación o, luego, de rechazo y reacción cancelatoria porque ese otro no cumple la expectativa resistente y justiciera, en este caso.

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Como señala González, en un hilo de tweets acerca de la nota de Mayra Arena en el que duda de que exista un canto monocorde de opiniones sobre política y economía en los sectores populares como ella sugiere: “no cuestionarla sólo por ser pobre es culpa pequeñoburguesa”. Y en una posterior entrevista con el periodista Alejandro Bercovich en su programa “Pasaron Cosas” deshace otro mito: el de que la experiencia otorga verdades absolutas y conciencias prístinas. Algo así como que ser pobre permite hablar por toda la pobreza. Sin dudas, la experiencia convierte la propia historia en conciencia, pero arrogarse la representación tiene otro estatuto y una relación vinculante con los demás que en este caso no parece patentado. 

Por otro lado, la experiencia es más que una anécdota. Pienso en la crónica Salario mínimo (2015) de Andrés Felipe Solano, un periodista colombiano que decide trabajar y vivir con un salario mínimo de aquel país durante seis meses en un barrio popular de Medellín. El autor reconoce que todo el sufrimiento que le aqueja al verse en esa situación no lo asemeja a quienes han atravesado toda su vida con un salario mínimo, que los ingenios y las necesidades lo alejan de ese posible entendimiento. Su relato será, entonces, el de un profesional de clase media que se somete pero con un deadline claro de la carencia. También se me aparece la anécdota que roza el absurdo o el sketch cómico- del actor Nicolás Furtado, quien decidió dormir en una plaza tapado con cartones y caminar caracterizado como su futuro personaje “Diosito” por los pasillos de la villa 31 para ir al día siguiente con esa energía al casting de la serie televisiva El Marginal

Pobres Nicolás Furtado
Nicolás Furtado (izquierda) y Diosito (derecha), el personaje que interpreta en la serie El Marginal

Ni Solano ni Furtado pueden arrogarse un derecho más acabado para representar a nadie por estas vivencias excepcionales. Y quizás lo más antipático sea que, llegados a este punto, tampoco González ni Arena pueden. O los inundados de Birri que eran changarines, desocupados y trabajadores no formalizados de los barrios populares santafesinos que, en la búsqueda de una aproximación realista en aquellos años de exploración de documentalismo comprometido con los oprimidos de su tiempo, se los convocó para trabajar con su imagen y además, copar las salas de cine al estilo de una ranchada y fueron expulsados por la policía de la ciudad por “afear la estética”. En todo caso, ante lo que sí nos exponen es a preguntarnos si escuchamos y podemos aceptar que lo que esperamos que piense, diga y/o haga un “pobre” o un “villero” -un inundado- no se cumpla; a descentrarnos y ampliar el catálogo de lo visto, lo dicho y lo atendido.

Es lo que ocurre cuando Mayra Arena se dice peronista pero les genera un incendio o como cuando César González no se asume kirchnerista en medio de esos años en que cierto progresismo quiso arrogarse que los pibes presos de la década ganada salían de la cárcel como poetas. Esto último -el incumplimiento de las pautas- es lo más usual cuando de voces subordinadas se trata. Si no considero al otro como un igual y si encima no opina como yo, aparece la idea repulsiva de que alguien les va a tener que explicar (desclasados, lumpenes, ignorantes, etc.). Jacques Ranciere, con esto, ya escribió varios libros: el descubrimiento y la perspectiva no son mías.

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González también pisó el escenario de una charla TED. Fue en 2019 en la edición Río de la Plata y leyó un poema de su autoría titulado Villas. Negoció -al igual que Arena en 2018- la posibilidad de la existencia de su discurso en la selva mainstream. Mientras ella acepta el coaching y negocia con Infobae (por citar ejemplos, Arena ha hecho y dicho muchísimas cosas en estos años), González elige leer con papel en mano y tensiona la expectativa del manual de estilo de TED. Lo que nos parezca una negociación más elegante o asertiva es cosa nuestra, cada quien atiende a su juego.

Gracias a una cita que me hizo Martín Kohan en una entrevista para la revista Truman, llegué a un texto de Josefina Ludmer que se llama Las tretas del débil. Frente a la pregunta por el lugar que ocupan las voces subalternas en la literatura, Kohan señaló la potencia que tienen las estrategias de existencia desde la posición de subalternidad, la fuerza de las astucias del débil. Pero, cuando ese discurso subalterno se institucionaliza, modifica su condición subalterna y realiza un pasaje a una posición -institucional- de poder. En ese texto, Josefina Ludmer se refiere así a esta tensión entre la voz subalterna -la que no se atiende o incluso se traduce antes de exponerla y por eso es subalterna (Spivak, 1988)- y su saber decir frente un poder reconocido: “el no saber conduce al silencio y se liga con él; pero aquí se trata de un no saber decir relativo y posicional: no se sabe decir frente al que está arriba, y ese no saber implica precisamente el reconocimiento de la superioridad del otro”.

¿Qué sucede cuando los condenados a no saber decir hablan y diluyen la asimetría asumiendo un yo soy, yo opino, yo digo? En principio dilatan y expanden las voces que discuten, lo que no es poco si el anhelo es por más democracia. Sin embargo, todas las voces agregan al tejido de lo ya dicho lo que la experiencia de su trayectoria biográfica y colectiva les permite. Nunca lo que un pueblo, lo que la gente, lo que una sociedad. En general, todo universal demuestra que el pueblo es lo que falta (disculpas a Gilles Deleuze por el hurto), los pobres son los que faltan. La unidad, en estos tiempos de análisis cargados del prefijo post y poca base material, parece una tarea imposible que sólo un regreso de la épica, despojada por un rato de la parodia, podría devolvernos. 

Pero existen los testimonios. Los de Arena, los de González. Pienso en el caso de la guatemalteca Rigoberta Menchú y su testimonio sobre las matanzas a los campesinos de su país que llevaron, por ejemplo, a que el antropólogo David Stoll se preguntase a quién debemos escuchar. Lo que tensiona los diálogos es el discurso que negocia sus posibilidades, que se cuela por los bordes y explota el centro, lo estable. Si Arena o González son mejores o peores analistas políticos -al entender particular o corporativo de quien lee y escucha- no se lo deben a sus orígenes villeros.  Discutir con sus argumentos no es injusto, es respeto.

La autora es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y doctoranda en Ciencias Sociales (UBA)


Fuente: Notas periodismo popular

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