El juego del calamar, una distopía del capitalismo

 

“Resulta paradójico como a pesar del alto riesgo de acabar muerto, ‘El juego del calamar’ se presenta como una oportunidad de salida frente a una realidad social, la capitalista, que en cierta manera ha acabado por normalizar su intrínseca distopía”, analiza Eros Labara.

Las distopías, muy recurrentes en las obras de ciencia ficción, siempre se presentan como escenarios imposibles y alejados en el tiempo, si bien es cierto que una vez presentes se vuelven irreconocibles y acaban diluyéndose en la vida cotidiana. Resulta imposible saber si no estamos ya en una y la nueva realidad –o lo que es lo mismo, lo que se convierte en cierto– simplemente es el resultado de una realidad en expansión que va trascendiendo los marcos de la distopía proyectada. Algo así como el presente que paradójicamente se convierte en pasado en el preciso instante en el cual se toma conciencia. De esta manera, los términos y marcos de convivencia mutan permanentemente hasta convertirse en el día a día y en la nueva normalidad. Lo que hoy resulta normal, puede perfectamente haber sido la distopía de ayer, de igual manera que el imaginario de nuestras sociedades es voluble y lo que ayer era impensable en el marco sociopolítico, hoy llega a ser hegemónico. 

Por desgracia, los escenarios perversos resultan más fáciles de imaginar que las utopías. Un ejemplo de ello es El juego del calamar, la exitosa serie distópica del momento disponible en la plataforma Netflix. La serie de creación surcoreana dibuja un escenario de competición extrema entre personas que participan en un juego de supervivencia del tipo battle royale donde el premio es convertirse en multimillonario. Los participantes que no pasan las distintas pruebas son asesinados bajo las directrices de una especie de tétrico game master, a cambio, cada vez que un participante muere, la cifra del premio en forma de dinero aumenta, generando así mayores expectativas de éxito entre los supervivientes restantes. La metáfora de la acumulación de riquezas a costa del sufrimiento ajeno viene servida.

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Hasta aquí cualquiera diría que es una serie más, un éxito que se suma a otros del mismo género de los últimos años, como podría ser la saga de Los juegos del hambre o el juego Fortnite, pero hay algo en la serie que resulta perturbador: no es del todo una evocación distópica, en realidad es el camino de violencia e injusticia sobre el que se construye el devenir de las sociedades bajo el sistema capitalista. La competición constante es el hilo conductor de toda la serie y, aunque resulte inquietante, no supone mucho esfuerzo hacer la comparación política. 

El premio de El juego del calamar no sería más que la permanente promesa del sistema de éxito y abundancia. La presencia constante de la hucha llena de dinero con luces que aparece en la serie, bien podría ser la permanente sobreexposición del individuo a los privilegios e hiperconsumo de las clases altas a través de los medios de comunicación y redes sociales como Instagram que marcan los cánones del éxito. Esto es algo que sin duda distorsiona la verdadera realidad bajo el capitalismo generando mayor frustración a millones de personas –con sus problemas derivados en la salud mental–, lo cual acaba por alimentar las mismas dinámicas competitivas que producen la creciente desigualdad. 

Convertirse en multimillonario es una vía de acceso asegurado a la libertad y a la salvación en un mundo hostil donde la libertad queda supeditada a la capacidad de acceso a unos servicios básicos cada vez más restringidos e inalcanzables para buena parte de la sociedad. En la serie como en el mundo real, la sanidad, la vivienda o la educación empiezan a formar parte de privilegios solo alcanzables para aquellos que puedan permitirse el pago de grandes cantidades de dinero. Por ello, muchos acaban con enormes deudas impagables que son el reflejo del sostenimiento artificial de un sistema plutocrático que, en ausencia de los DDHH, especula impunemente a costa del bienestar de las clases trabajadoras.

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La conversión de la incertidumbre socioeconómica fruto de factores externos al individuo –como la privatización de los servicios básicos o el aumento del alquiler– en una interiorización de la culpabilidad acaba provocando la búsqueda frenética por la redención. Sin duda algunos neoliberales verían esta realidad como un paraíso del mercado libre y, en la normalización que se da en la serie de la venta de órganos para sufragar las deudas, como un acto de plena libertad individual. 

La progresiva subordinación de nuestras realidades a las dinámicas mercantilistas han acabado por definir los marcos de convivencia donde se normaliza la producción de ganadores a costa de la explotación de millones de perdedores. Es la cotidianeidad plenamente relegada a los devenires del mercado. La vida es por naturaleza miserable y se nos dice que el esfuerzo individual puede suponer la única vía de fuga hacia un porvenir mejor. En efecto, la serie puede mirarse sencillamente desde un punto de vista politológico y pensar en los jugadores del juego del calamar como ciudadanos que se encuentran en una realidad adversa y rota fruto de una sociedad inmersa en procesos ultracompetitivos. En estos contextos, el individuo tiende a la resignación de participar-jugar en un sistema injusto que le empuja a competir bajo entornos de individualización extrema con el fin de lograr sobrevivir. 

La serie habla de nosotros, de la degradación del bienestar, de la privatización y del encarecimiento de la vida, pero también de la incapacidad de sustraernos del sistema mismo. Probablemente, esto último sea lo que más inquieta de la serie. Es el problema irresoluto del mientras tanto en proyectos políticos que trabajan por la consecución de utopías y por un cambio de paradigmas alternativo. Las transformaciones de ritmo lento juegan con desventaja ante dinámicas cotidianas que retroalimentan el funcionamiento desigual del sistema. En efecto, hay una crítica radical que se puede hacer con la equiparación de la serie y el funcionamiento de los mecanismos alienantes del capitalismo, puesto que los participantes del juego son a su vez un reflejo de las vidas de millones de personas que, como ellos, acaban siendo partícipes y activos promotores de dinámicas de competición agresiva para intentar no ser expulsados de los reducidos márgenes que demarcan las excluyentes sociedades de consumo. 

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Se podría decir que la serie refleja con cierta perversión el estado de las democracias liberales actuales que hace que lo que empuja a las personas a participar en ese juego no quede lejos de hipotéticos escenarios consecuencia de la degradación misma del sistema. Al igual que sucede en la serie, existe la posibilidad de votar una alternativa, pero la mayoría, ante la ausencia de imaginarios alternativos fuertes y, ante la creciente desconfianza y fragmentación de las comunidades, prefiere seguir participando-jugando dentro de los márgenes de lo tangible. 

Sucede así, que la capacidad de pensar en acciones políticas parece haber sido despojada de nuestras sociedades y lo único a lo que se puede aspirar se reduce a competir y tratar de convertirse en ganadores frente a la posibilidad de engrosar las enormes filas de los perdedores. Pisar o ser pisado. Creer que se puede lograr la abundancia si se compite más y mejor. Solo así se explica que, al igual que en el juego, la mayoría acepte las reglas de un sistema intrínsecamente injusto y desigual

Con un futuro que camina sobre la total incertidumbre, no debería sorprendernos que muchos ciudadanos prefieran seguir participando en este juego de competición distópica. El bienestar de unos supone paralelamente la condena a la miseria y la opresión sobre otros en una dicotomía social violenta que, en esencia, explica la degradación progresiva de las democracias liberales. Resulta paradójico como a pesar del alto riesgo de acabar muerto, el juego se presenta como una oportunidad de salida frente a una realidad social, la capitalista, que en cierta manera ha acabado por normalizar su intrínseca distopía. Solo así se explica que el número de teléfono que aparece en la serie para participar en el juego reciba miles de llamadas diarias. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2021/10/13/el-juego-del-calamar-una-distopia-del-capitalismo/

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