Adiós al maestro de aventuras.

A pocas horas de confirmarse el fallecimiento del inmenso Robin Wood, desde Sonámbula nos sumamos al duelo universal por la muerte de uno de los máximos referentes del noveno arte. Aunque el paraguayo siga sin tener todo el reconocimiento que merece por sus inolvidables trabajos en las distintas revistas de la Editorial Columba, sus inolvidables personajes siguen vivos, ganando constantemente a nuevas generaciones de lectores para el mágico mundo de la historieta.

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Puede que Robin Wood sea uno de más flagrantes casos de falta de reconocimiento de las letras argentinas. A pesar de que ya hace un buen tiempo que historieta dejó de ser equivalente a lectura infantil y se homenajea a grandes autores como Héctor Germán Oesterheld, la dimensión de Wood sigue siendo apenas patrimonio de pequeños grupitos de fans, no habiendo alcanzad el reconocimiento masivo que merece ni siquiera después de ganar el Yellow Kid en 1997 (el premio más importante del mundo para historietas, uno de los tantos que obtuvo).

Es que casi nada de producido por Editorial Columba está en el canon, a pesar de que fue la casa de historietas más grande del país durante muchos años, llegando a hacer tiradas de más de un millón de ejemplares. Hoy leer historietas es no sólo aceptado sino que se realizan encuentros, seminarios y se las analiza en las facultades, pero en los años 60 o 70 consumir esas revistas de pésima calidad y colores estrepitosos era mirado como una especie de vicio que certificaba en el acto tanto la inmadurez del consumidor como su pobreza intelectual. Puede que algunos de aquellos prejuicios sigan actuando.

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Y Wood publicaba allí. Pero además publicaba mucho. Él reconoce la autoría de unas 90 series y llegó a publicar hasta 4 o 5 historietas semanales en simultáneo en las revistas Tony, Fantasía, Intervalo o Nippur (a las que sumaban algunas otras con pseudónimos como Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Carlos Ruiz o Cristina Rudlinger). Según bases de datos construidas por fans, alguna vez entregó 16 guiones en una semana. Todos con una calidad que los hacía destacarse claramente por sobre el resto. Esto vale no sólo para sus personajes más conocidos como Nippur, Dago, Mark, Morgan, Gilgamesh, Dax, Mojado o Savaresse, sino que casi en cualquier guión suyo podían encontrarse líneas de una profundidad filosófica y poética que ya hubiera querido para sí más de un escritor consagrado. En cuanto al arte del guion, Wood reivindica como sus maestros en primer lugar a Oesterheld, de quien es capaz de citar párrafos de memoria, y luego al “exagerado” Ray Collins.

La increíble versatilidad de Wood logró que sus personajes sean siempre inolvidables, se trate de un bárbaro de las tierras heladas, un inmortal mesopotámico, un agente secreto argentino hincha de Chacarita, un filosófico guerrero sumerio, una amazona punk postapocalíptica, un tipo que labura en una oficina y tiene una novia con un perro, un inmigrante mexicano ilegal en los EEUU que se hace boxeador, un noble veneciano del siglo XVI que acaba como jenízaro, un cowboy rubio criado por los apaches o un detective privado en la New York del año 2044. Policial, western, comedia romántica, ciencia ficción, espadas y guerreros, drama histórico, etc, etc. Ningún género le fue ajeno. Y, como si esto fuera poco, sus guiones fueron sido ilustrados por los más grandes: Lucho Olivera, Mandrafina, Vogt, Breccia, Zanotto, Alcatena, Falugi, Carlos Gómez, Salinas…

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Para contar la historia de Wood harían falta un par de libros (pueden empezar por la Biografía autorizada que hicieron Diego Accorsi, Julio Neveleff y Leandro Paolini Somers), así que apenas diremos que tuvo una vida con un comienzo muy de abajo, desde su nacimiento en una colonia utópica de socialistas fabianos instalados precariamente en la selva paraguaya hasta su trabajo en los obrajes del Alto Paraná y sus inicios fabriles en la Buenos Aires de inicios de los años 60 hasta, una vez consolidado como guionista estrella de Columba, aventuras por los más diversos lugares del mundo, caravanas por el Sahara, vida en un junco en el puerto Hong Kong, asentamiento en Dinamarca, etc. Siempre escribiendo. Además de en Argentina, sus trabajos fueron publicados en México, Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Italia, España, Alemania, Turquía y hasta Samoa. Una vida de aventuras que luego encontraban reflejos en sus historias perfectas.

Este domingo por la noche, con 77 años y después de una larga enfermedad, su vida se apagó, según confirmó su viuda María Graciela Sténico-Wood a través de sus redes sociales, pero no caben dudas de que su leyenda seguirá creciendo y de que sus maravillosos personajes seguirán ganando a nuevas generaciones de lectores para el mágico mundo de la historieta.

Fuente: Sonambula.com.ar

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