Ética de la resignación

La entrevista de Alejandro Bercovich y el equipo de Pasaron Cosas a Leandro Santoro fue muy interesante en varios sentidos. En primer lugar, porque salió del registro de los clásicos ping pong televisivos en los que se habla mucho y se dice poco, y se intentó un intercambio más profundo. Además, demostró los problemas del oficialismo cuando es cuestionado por izquierda con menos posibilidades de utilización del “Ah, pero Macri” como recurso último de todas las justificaciones. Muchas personas valoraron la honestidad intelectual de la discusión, pero vayamos al contenido del debate. 

Santoro realizó varias afirmaciones que desnudaron un razonamiento circular y cierta ética —para plantearlo en los términos weberianos utilizados por él— que no fue ni de la convicción ni de la responsabilidad, sino de la resignación. Dijo: que hay que tener en cuenta la “correlación de fuerzas” desfavorable; que “la opinión pública mundial está girando a la derecha como consecuencia de la pérdida de poder político de la democracia”; que “en esta correlación de fuerzas no se pueden levantar todas las banderas”. Con respecto a la deuda externa, la madre de todos los problemas, esgrimió: que “las condiciones financieras de la Argentina son tan precarias que los riesgos [de impugnarla] son enormes”; que “no es solo cuestión de voluntad política o de movilizaciones salvadoras porque para hacer la revolución tenés que tener sujeto revolucionario, si no lo tenés lo que proponés es mandar a la muerte a la vanguardia” (sic); que quienes [como Berco en la entrevista] hablan de cuestionar al FMI, proponen algo “irresponsable”; que un desconocimiento soberano sería “en términos marxistas, un programa revolucionario maximalista” (sic).

El discurso de Santoro contiene por lo menos tres operaciones político-ideológicas:

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Por un lado, cualquier proceso de cuestionamiento o movilización es equiparado a un “caos social”. De esta manera, se borran todas escalas y tonalidades que pueden existir entre una revuelta ciega, sorda o muda y la huelga general insurreccional en pos de resignarse a “esto o el caos”. Con mayor o menor consciencia expuso el razonamiento inscripto en lo que Alejandro Horowicz llamó “la democracia de la derrota” y que opera por progresión más o menos del siguiente modo: el conflicto conduce a la lucha y la lucha, de manera inevitable, a la muerte. Para evitar la muerte, eludamos la lucha mediante la omisión del conflicto. Por eso aseguró en la entrevista que no ha sido lo suficientemente valorada la “paz social” impuesta en nuestro país en este tiempo, a diferencia de lo que acontece en Colombia, Perú o Chile (sic).

El segundo procedimiento se basa en suponer que la correlación de fuerzas es un hecho natural, que la sociedad mundial (?) se corre a la derecha sin explicación ni remedio, como guiada por un péndulo fatal, mecánico e inevitable. Sin embargo, el proceso está estrechamente vinculado con lo anterior: la correlación de fuerzas es el producto de luchas, combates, batallas, defecciones o evasiones, no el resultado irrevocable de una ley natural. En ese sentido, la paz social subvalorada hizo su aporte a la correlación de fuerzas no sólo bajo la actual administración, sino también bajo el macrismo que gozó de los beneficios de la gobernabilidad prestada por gran parte del peronismo que hoy integra el Frente de Todos. Pero hay más, la sombra terrible de procesos como el de Guernica (un conflicto “solucionado” a palos) algo tuvo que ver con la configuración de la correlación de fuerzas. 

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De esta manera, la acción u omisión política y su resultado se transforman en una profecía autocumplida: no lucho porque no lo habilita la correlación de fuerzas y se agrava la correlación de fuerzas porque no lucho. Vale la pena recordar la reflexiones de Gramsci en los Cuadernos de la Cárcel cuando reivindicando a Maquiavelo postulaba una política del “deber ser” en oposición al mero “ser” de los presuntos realistas. No el “deber ser” como mandato moral, sino como intervención en la realidad efectiva para cambiar la relación de fuerzas, como concreción, “como única interpretación realista e historicista de la realidad”, como historia y filosofía en acción y, por lo tanto, como la única verdaderamente política. 

El tercer artificio discursivo es la resultante de identificar cualquier cuestionamiento a la orientación de ajuste del Gobierno con un “programa maximalista”. En ese sentido, su reduccionismo no fue muy diferente al que esbozó Cristina Kirchner en el cierre del Encuentro Nacional de Jóvenes de La Cámpora en la ex ESMA cuando analizando ese tercio del electorado que no eligió a ninguna de las coaliciones tradicionales afirmó que un sector apoyó a aquellos que “quieren expropiar todo”, es decir, a la izquierda. Dicen que el triunfo embriaga y la derrota educa, pero a veces la derrota ofusca y produce una burocratización de la lengua y una folklorización del discurso que termina en la apelación a los más comunes de los lugares: aquello de la derecha diestra y la izquierda siniestra atribuido al poeta Mario Trejo o eso de que los extremos se tocan y, en última instancia, “son lo mismo” (je). En rigor de verdad, —y tomando la apelación al marxismo que hizo Santoro— el desconocimiento soberano de la deuda no es un programa revolucionario maximalista, es una medida elemental de defensa nacional que, efectivamente, mantiene su fuerza vital porque a los demócratas y “nacionalistas” de hoy les parece de un extremismo inconcebible.

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Diseñado este laberinto, siguiendo la lógica del discurso de Santoro, cuando se logran derechos es por mérito de alguna voluntad política, cuando se retrocede es culpa de la sociedad. El razonamiento conduce a la negación, no ya de alguna política “revolucionaria”, nadie espera algo semejante de esta coalición —pese a la licencia que se toma Santoro de dar cátedra politológica sobre la revolución—, sino a la negación de toda política

En debate contra esta “ética de la resignación” imperante en los oscuros años ’90, el filósofo marxista francés Daniel Bensaïd realizó una reivindicación de las figuras de profetas y mesías en su recomendable autobiografía (Una lenta impaciencia, Sylone, Barcelona, 2018): “Desde que la resignación al orden inmutable de las cosas se ha impuesto sobre la voluntad de cambiarlo —escribe Bensaïd—, profetas y mesías tienen mala prensa. En la celebración prosaica del hecho consumado, se han convertido, en el mejor de los casos, en sinónimo de infantilismos ilusos, en el peor, de aspiraciones totalitarias”. Como conclusión defiende lo que denomina la “historia estratégica”: “En nombre de los encadenamientos factuales, la historia historiada, escribana del hecho consumado, exonera a los thermidorianos de sus responsabilidades. En lugar de resignarse a la idea de que lo que hay debía ocurrir fatalmente, la historia estratégica busca desplegar el manojo de posibles escondidos en toda coyuntura”. 

Fuente: Newsletter Del otro lado

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