El Frente de Todos rendido ante el realismo capitalista

Tras la derrota en las elecciones primarias el Frente de Todos entró en un debate sobre cómo encarar la campaña de cara a las generales de noviembre, pero también sobre los próximos dos años de gobierno. La discusión que explicitó Cristina Fernández con su carta del 16 de septiembre parecía plantear una disputa más profunda sobre el rumbo económico y demandar una mayor atención a los sectores populares en detrimento de la mirada fiscalista del ministro Martín Guzmán y el presidente Alberto Fernández. 

Sin embargo las acciones del Ejecutivo -cambios en el Gabinete para recostarse en el peronismo más ortodoxo-, el discurso de la propia vicepresidenta ante la juventud de La Cámpora en la ex ESMA y las declaraciones del candidato porteño Leandro Santoro, dan cuenta de un consenso: las correlaciones de fuerza no dan para hacer mucho más que esto.

Lejos de esbozar un proyecto que apunte a resolver el 41% de pobreza (54% entre niños y niñas) y el desbocado aumento de precios de bienes de primera necesidad, la coalición gobernante decidió pararse a la defensiva. Viejos funcionarios que alguna vez funcionaron -aunque no está claro que ahora puedan salir airosos- se sumaron al gabinete, mientras se llama a la oposición más derechista y a los empresarios a buscar acuerdos.

¿Qué perspectiva puede tener un consenso entre el FDT, los participantes del coloquio de IDEA y Juntos? ¿Qué puntos en común pueden salir de esas conversaciones que sean favorables a los sectores populares? ¿Qué predisposición al diálogo puede tener una derecha que sistemáticamente ha boicoteado cualquier iniciativa que afecte los intereses de las grandes empresas? ¿Se puede resolver la pobreza y la inflación sin confrontar con quienes concentran la riqueza?

La correlación de fuerzas como excusa

Leandro Santoro, candidato a diputado del FDT por la Ciudad de Buenos Aires, aseguró en una entrevista con el programa ‘Pasaron Cosas’ de Radio Con Vos que “la opinión pública mundial está girando hacia a la derecha”. En ese sentido opinó que “en esta correlación de fuerzas que es desfavorable no se pueden levantar todas las banderas al mismo tiempo”. 

Minutos antes había reconocido que “la ultraderecha”, más que una fuerza política es una agenda que apunta a que “lo posible quede más cerca de su horizonte ético”. Paradójicamente su conclusión no es enfrentar esa agenda con una más progresista o de izquierda. No, lo único que se puede hacer es aceptar las reglas de juego (“me encantaría desoír al FMI pero no se puede”) y dialogar con la oposición (empresaria y de derecha) para alcanzar “puntos en común”. O, en otras palabras, ceder.

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Cuando el periodista Alejandro Bercovich le preguntó entonces para qué quería gobernar, el candidato que se caracteriza por su buena retórica, no supo qué responder.

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El presidente Alberto Fernández en el Coloquio IDEA organizado por el empresariado argentino

Como señaló Fernando Rosso en su newsletter “Del otro lado”, esta perspectiva de Santoro supone que la correlación de fuerzas “es un hecho natural”, y que “la sociedad mundial (?) se corre a la derecha sin explicación ni remedio, como guiada por un péndulo fatal, mecánico e inevitable”. “Sin embargo, la correlación de fuerzas es el producto de luchas, combates, batallas, defecciones o evasiones, no el resultado irrevocable de una ley natural”, analizó el periodista de La Izquierda Diario.

CFK y la utopía de la conciliación de clases

En la misma línea que Santoro la vicepresidenta Cristina Fernández insistió el sábado 16 de octubre, en un acto con la militancia de La Cámpora, en la vieja receta peronista de una alianza entre el capital y el trabajo. Una propuesta siempre endeble que tuvo contados y efímeros momentos de eficacia a lo largo de la historia, en condiciones muy específicas.

Las pocas veces que se concretó, fue casi siempre precedido de un brutal retroceso para las y los trabajadores que con sus luchas obligaron a la burguesía temerosa de algo peor a esa alianza que nunca haría por motu propio. La negativa de Molinos Río de la Plata a sumarse al acuerdo de precios propuesto recientemente y la advertencia del presidente de la Cámara de Comercio, Mario Grinman, que aseguró que por estas medidas habrá desabastecimiento, son una muestra de esto.

Ahora bien, el problema es más profundo. Porque el mentado “Estado de bienestar”, aquel capitalismo con “rostro humano”, que se propone como horizonte de la tercera posición peronista fue una excepcionalidad absoluta surgida de los escombros de la II Guerra Mundial y como forma de contrarrestar las ideas comunistas en la clase obrera: un seguro contra la revolución. Su experiencia estuvo acotada a un pequeño número de países occidentales, no duró más de tres décadas y no existe desde hace por lo menos cuatro. Se trata de una propuesta anticuada e irrealizable en la actualidad.

El «Estado de bienestar» que se propone como horizonte de la tercera posición peronista fue una excepcionalidad absoluta surgida de los escombros de la II Guerra Mundial y como forma de contrarrestar las ideas comunistas en la clase obrera: un seguro contra la revolución

Pero Cristina fue más allá y cuestionó por igual “a los extremos, a los que quieren quemar el Banco Central y los que piden expropiar todo”. Su propia versión del “son lo mismo”, pero en una bastante tosca homologación de la ultraderecha y la izquierda. Incluso invitó a mirar la película Good Bye Lenin para “entender” por qué el capitalismo es el sistema “más eficiente” para la asignación de recursos. Una afirmación bastante fácil de desmentir con un dato reciente: África tiene actualmente apenas el 8% de su población vacunada contra el Covid-19, mientras que todos los países de Europa Occidental superan el 70%. Ni hace falta comparar los niveles de pobreza, mortalidad o alfabetización. 

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Como planteaba Fidel Castro a comienzos de la década de 1990: «Hablan sobre el fracaso del socialismo, pero ¿dónde está el éxito del capitalismo en África, Asia y América Latina?».

Política de la resignación

El discurso oficialista, que es más que eso cuando lo produce y reproduce una de las principales dirigentes políticas del país cuyas palabras son performativas para millones de personas, se enmarca en lo que el filósofo Mark Fisher llamó “realismo capitalista”. Se trata de la aceptación -explícita o no- del axioma de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher al imponer su modelo neoliberal en la década de 1980: “No hay alternativa”. O en palabras del propio Fisher, un “fatalismo a nivel político donde nada puede cambiar” por “la incapacidad de ver, pensar o imaginar más allá de las categorías capitalistas”.

La idea de que este sistema es malo pero es el único que puede existir, supone un triunfo contundente de la ideología neoliberal. De la resignación ante “lo posible”; de actuar siempre dentro de sus límites (en el caso argentino marcados a fuego durante la década menemista); de solo buscar sobrevivir mientras ingresamos inexorablemente en una espiral de degradación que pone en peligro nuestra propia existencia.

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El debate ambiental que emergió en los últimos años es una expresión de ello. En nombre del “realismo” se cuestiona al activismo ambientalista y se nos dice que sí, que deberíamos cuidar el planeta pero que lamentablemente necesitamos dólares y la única opción es el agronegocio y la megaminería. De nuevo, no hay alternativa. 

Pocas cosas son menos realistas que seguir en un camino que llevará, en el mediano plazo, a la destrucción de la especie humana. Nada más inviable que el modelo de acumulación actual que, para colmo, ni siquiera es capaz de garantizar condiciones dignas de vida a la amplísima mayoría de la población.

Tal es la chatura de la imaginación política, que los planteos del monarca absoluto de una institución religiosa con dos mil años de antigüedad parecen revolucionarias cuando se tratan, apenas, de algunas reformas dentro del sistema.

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Es la base material, estúpido

La victoria ideológica del realismo capitalista se asienta, sin duda, en bases materiales. Una de ellas es el retroceso del entramado de organización económica y solidaridad social de la modernidad: producción fordista, sindicatos fuertes y partidos políticos de masas. Ese esquema fue deliberadamente socavado para abrir paso a una era de precariedad -no solo del trabajo, sino de la vida en su conjunto- e inestabilidad constante. Un pánico de baja de intensidad permanente.

El neoliberalismo nos robó el tiempo. ¿Qué es la deuda externa sino eso? la hipoteca de nuestro futuro como pueblo, el argumento transversal para el ajuste y los recortes. No hay margen para subir demasiado los salarios, aumentar beneficios sociales, ni planificar cambios estructurales. Todo se limita a un presente constante, hiper fragmentado, urgente y efímero. Al próximo vencimiento del FMI o la siguiente mesa de negociación para intentar congelar precios por unos meses.

Los resultados electorales de las primarias son expresión de ese proceso. Uno que tiene una inflación galopante, un notable incremento de la pobreza y una considerable pérdida del poder adquisitivo. Pero también cuenta entre sus hitos el retroceso en la expropiación de Vicentín, la represión en Guernica y la eliminación del Ingreso Familiar de Emergencia. Las mentadas correlaciones de fuerza se construyen. Suponen enfrentamiento, confrontación y movilización.

Los resultados electorales de las primarias son expresión de un proceso. Uno que tiene una inflación galopante, un notable incremento de la pobreza y una considerable pérdida del poder adquisitivo. Pero también cuenta entre sus hitos el retroceso en la expropiación de Vicentín, la represión en Guernica y la eliminación del Ingreso Familiar de Emergencia

Entrampado en el derrotismo fatalista y la profecía autocumplida, el FDT ni siquiera amaga con patear el tablero. Incluso celebra -al igual que varios dirigentes sociales- la “paz social” lograda en este tiempo de pandemia. Como si esta no se hubiera asentado en un deterioro brutal de las condiciones de vida del pueblo y un aumento exponencial de las ganancias empresarias. Como si esa paz, y cualquier otra, no implicara la derrota de uno de los bandos.

En 2007, antes de la crisis mundial, Fisher escribió una frase que se ajusta perfectamente a la actualidad Argentina: «Una guerra de clases está ocurriendo, pero solo uno de los lados está peleando. Elijan su lado. Elijan sus armas».

Fuente: Batalla de Ideas/Notas

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