Raymond Williams, la vigencia de un puñado de preguntas.

Investigador y ensayista galés, fue uno de los fundadores de la Escuela de Birmingham, que renovó las miradas sobre la cultura.

Raymond Williams nació hace cien años y del otro lado del océano atlántico. En apariencia, su mundo, el de la clase obrera en la Inglaterra de comienzos del siglo XX gestado bajo el humo de las chimeneas y las locomotoras, poco se parece al nuestro. Sin embargo, aunque su muerte se produjo hace más de treinta años, en 1988, basta con recorrer algunos de sus trabajos para advertir que las preocupaciones no son tan distintas, o que es posible trazar una línea de conexión entre ese y este.

Si nuestro medioambiente se caracteriza por ser uno hiperconectado, donde proliferan múltiples miradas y opiniones sobre cualquier tema, esto no garantiza su trato igualitario en el campo de la cultura. El eurocentrismo, propio de la Ilustración, fue mutando en los últimos siglos hasta encontrar su forma actual, algo que podría definirse como urbanocentrismo y que referiría al modo en el que ciertos intelectuales se endilgan saberes acerca de los gustos y los consumos de las clases subalternas.

Este modus operandi se advierte cuando se analiza las maneras en las que estas minorías suelen ser representadas en los medios de comunicación. Las alternativas se presentan en forma de estereotipo o de romantización.

El 22 de marzo de 1895 Louis y Auguste Lumière proyectaron sobre una pantalla gigante el momento en el que los obreros salían de la fábrica. Aunque la proyección duró exactamente 46 segundos, ese acto dio origen a uno de los fenómenos técnicos y culturales más importantes de la contemporaneidad: el cine.

Si los antecedentes técnicos ya estaban en la fotografía de mediados del siglo pasado y en el praxinoscopio de Emile Reynaud (un carrousel compuesto de dibujos que al moverse generaban la ilusión de movimiento) los culturales, en cambio, fueron más novedosos.

Preguntas

Así como la imprenta posibilitó la impresión de diarios, revistas y fanzines, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, el siglo XX permitió el desarrollo de toda una tecnología puesta al servicio de un actor nuevo: las audiencias. ¿Qué y cómo comprender a un grupo reunido alrededor de una pantalla o un parlante? ¿Qué papeles cumplieron la política, la publicidad y la ficción en la conformación de estos grupos de consumo?

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La historia de los medios, que también es la historia de los dispositivos, fue contestando estas preguntas de distintas maneras y en función del contexto. Al fin y al cabo, su influencia no podría pensarse de la misma manera en el contexto de la crisis del 29 en Estados Unidos que en los albores del nazismo en Alemania de la década del 30.

Sin embargo, a mediados de los cincuenta, en Inglaterra, una cosa estaba clara: los medios de comunicación no podían pensarse por fuera del conglomerado maquínico sobre el que se había gestado la revolución industrial un siglo antes.

Los estudios culturales británicos, fueron iniciados en Cambridge por, justamente, los hijos y los nietos de los obreros que habían podido acceder a la educación superior. Raymond Williams junto a Richard Hoggart, Eduard Thompson y Stuart Hall sentaron las bases para un nuevo enfoque en el análisis mediático a partir de sus propias experiencias y biografías.

En The uses of literacy, traducido al español con el equívoco nombre de La cultura obrera en la sociedad de masas o en francés como La culture du pauvre (La cultura del pobre) y publicado el mismo año en el que los televisores empezaron a formar parte de la arquitectura hogareña, Hoggart resaltaba los modos en los que las clases populares resistían por medios de tradiciones, los embates de los mensajes mediáticos, reinterpretándolos desde sus propias prácticas.

Al año siguiente, Williams publicó Culture and Society, un trabajo donde oponía dos modos de vida: el abocado a la productividad y a la adecuación del hombre a la máquina frente a uno más artesanal asociado a las costumbres y tradiciones del campesinado. A su manera, anticipaba las preocupaciones actuales relacionadas con el cuidado del medioambiente y la producción a pequeña escala.

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Así, el trabajo ligado a la cultura no podía, mejor dicho, no debía, perder de vista la escala humana que le había dado origen. Unos años más tarde, Thompson publicaría The making of the English Working Class y Stuart Hall haría lo propio con The popular arts donde se insistiría en los lazos entre sociedad, cultura y prácticas. Estos libros serían los pilares de la biblioteca del Centre of Contemporany Cultural Studies (CCCS) con sede en la Universidad de Birmingham.

De este modo, Williams, Hoggart, Thompson y Hall no solo fueron los padres fundadores de esta corriente, sino que ellos mismos encarnaron las ideas. Después de todo demostraron, en carne propia, la posibilidad del ascenso social y la evidencia de que la crítica literaria debía ocuparse también de producciones menos elitistas como el folletín, la historieta y otros contenidos similares que habían consumido a lo largo de su vida.

La televisión está aquí

La llegada de la televisión –como símbolo y como artefacto– hizo más evidente las relaciones ambiguas entre audiencias y contenidos. No solo porque el modo de recepción, ante un mismo mensaje, podría despertar reacciones contradictorias –que irían desde la aceptación, hasta el rechazo, pasando por la indiferencia– sino que estas maneras de consumir no podrían explicarse desde relaciones lineales entre clase social y gustos predeterminados.

Esta perspectiva intentaba cumplir con dos objetivos relacionados: por un lado, diferenciarse de las tendencias norteamericanas que le daban todo el poder al televidente y, por el otro, se hacían eco de las lecturas marxistas dentro del continente.

Al igual que los herederos de la Escuela de Frankfurt en Alemania o la corriente estructuralista en Francia, sostenían que para comprender los fenómenos sociales era necesario abandonar una perspectiva determinista entre la base económica y los fenómenos sociales de la superestructura. La inadecuación entre ambas instancias no podía ser pensando como un problema a superar sino más bien el modo de existencia de lo social.

El desajuste constitutivo entre las condiciones económicas y los fenómenos sociales era el único modo de entender las dinámicas cambiantes, la indeterminación y, por qué no, la irrupción de los acontecimientos. Este punto de vista no solo ponía el acento en las condiciones reales de existencia de las distintas clases sociales, lejos del idealismo, sino que además, les otorgaba cierta autonomía de acción.

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De alguna manera, la clase social no determinaba el destino, solo sugería una trayectoria que podía o no cumplirse. En el mejor de los casos balizaba el punto de partida.

En esta línea, Williams publicó, a mediados de los 60, The long revolution. Allí reafirmaba a la cultura como “ese proceso global a través del cual las significaciones se construyen social e históricamente; la cultura y el arte no son más que una parte de la comunicación social”. Así, se advierten dos movimientos en simultáneo: por un lado, desliga de manera definitiva a la cultura de su definición restringida a un consumo de elite y por el otro reafirma su “marxismo dislocado”.

La cultura no puede concebirse más que como práctica anclada y comprometida con un presente histórico que, no obstante, carece de determinación. Los sujetos sociales pivotearían entre su realidad histórica y su conciencia situada. El espacio que quedaría entre ambas instancias abriría un juego que explicaría la irrupción del acontecimiento –como lo sucedido en mayo del 68, por ejemplo– así como también los movimientos sociales de largo alcance.

De manera temprana, Williams advirtió que temas, en apariencia diversos, como el feminismo, la ecología o el cambio climático podían formar parte de una agenda compartida, dinámica y cambiante. No solo porque los mismos interpelaban supuestos intereses subalternos, especialmente cuando estos no formaban parte de casi ninguna agenda, sino porque evidenciaban el agotamiento de un modelo tecnocéntrico asociado con la fe en el progreso ilimitado y la imposición de un pensamiento hegemónico al que le dio el nombre de “modernismo”.

Si en la segunda mitad del siglo XX, los medios de comunicación se desarrollaron conforme a un modelo hiperproductivo, si contribuyeron a crear contenidos uniformes desconociendo las diferencias y acoplando mensajes dentro de una enorme máquina de entretenimiento constante y repetitiva, el retorno al pensamiento williamsiano adquiere el valor de rescate.

Y lo hace no solo porque insiste en la especificidad de los consumos, en la recuperación de las tradiciones y el arte como práctica política, sino porque, y especialmente, le otorga voz propia a los que, en general, no están acostumbrados a hacerse oír. Desde esta perspectiva, las mal llamadas minorías silenciosas, podrían alzar la voz por sobre quienes se han arrogado el derecho de hablar por ellas.

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