Elecciones 2021. Festejo en los bunkers, silencio en las calles

La apatía y desinterés popular ante las elecciones -ya expresado hace apenas dos meses en las PASO a través del ausentismo, el voto en blanco y el predominio del “voto castigo” más que a favor de alguien- contrastó con el clima que predominó en los bunkers, donde todos encontraron motivos para festejar.

Juntos por el Cambio se alegró por haberse impuesto sobre el oficialismo a pesar de haber obtenido 1,7 millones de votos menos que en el 2019, el Frente de Todos por haber sufrido una derrota de menor calibre que la que preanunciaban las PASO y “sólo” perdió 5 millones de votos respecto al 2019, la ultraderecha neoliberal festejó haber obtenido importantes guarismos de la mano de Milei o Espert.

Barbaridades de todos los colores se viralizaron, como el de la ahora diputada Tolosa Paz quien haciendo gala de su habitual profundidad sostuvo que “Ellos ganaron perdiendo y nosotros perdimos ganando” … tal vez tendremos que recurrir a la “carta astral” para entender qué quiso decir; un custodio en el bunker de Milei sacó su arma y amenazó con disparar a un seguidor que intentó subir al palco… para muestra sobran botones…

Mientras en los bunkers festejaban, las calles, el obelisco y las plazas centrales estaban vacías de las clásicas celebraciones populares de otros tiempos. Faltó la alegría del pueblo. Toda una postal: mientras el pueblo harto y con bronca contenida lo mira por televisión, elles festejan. ¿Qué festejan?

El hartazgo que provocaron les personajes de siempre prometiendo lo de siempre en repetidos slogans, se manifestó en los más de 10 millones de personas que aún estado habilitadas (y obligadas) no concurrieron a votar, en el 1.1 millón que votó en blanco o anuló su voto y en la buena elección que hizo la izquierda del FITU. La ultraderecha supo también aprovecharse de éste hartazgo y se llevó muchos votos para su molino.

Vale mencionar y celebrar, a contramano del avance de quienes hacen gala de la miseria humana del racismo y la xenofobia, la excelente elección de Alejandro Vilca en Jujuy (FITU) que lleva al Congreso a un compañero que reúne todas las cualidades que gran parte de la “casta” partidaria desprecia: es un trabajador recolector de residuos, coya, pobre, morocho y de izquierda.

El rumbo oficial

El discurso del presidente Alberto Fernández a minutos de conocerse los resultados no mejora el panorama. Durante la campaña el oficialismo convocó a votar para “derrotar a la derecha” pero sus primeros anuncios fueron dirigidos a tranquilizar y dar buenas señales a estos sectores que llamaba a derrotar. Señaló un rumbo con dos ejes centrales: 1) la convocatoria al diálogo y a la “construcción de consensos”, ¿con el pueblo? no, con las derechas partidarias, empresariales y sindicales. ¿Qué medidas que no sean antipopulares y antinacionales pueden salir de tales consensos? 2) El acuerdo con el FMI para pagar la deuda -sin discriminar su legitimidad o no- de una manera “sustentable”, como si tal cosa fuera posible sin padecimientos populares, sometimiento a los requerimientos imperiales y un destino nacional anclado a un extractivismo sin futuro. Acorde a estos ejes, en los primeros días de diciembre el gobierno mandaría al Congreso un proyecto de Ley para un “Programa económico plurianual para el desarrollo sustentable” basado en “los mejores entendimientos que nuestro gobierno haya alcanzado con el staff del FMI en las negociaciones”.

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La promesa de “escuchar más al pueblo”, hecha tras las elecciones primarias, parece quedar en el olvido y engrosa el arsenal de lo que debe decirse para ganar algún voto desprevenido. El gobierno, una vez más, decide apoyarse en quienes nos hunden y someten.

La esperanza y la ilusión de muches, de que pueda repetirse un ciclo como el de la primera década kirchnerista -en la que más allá de contradicciones y límites se otorgaron importantes concesiones materiales y simbólicas a un pueblo que venía de expulsar con su movilización a un gobierno neoliberal- se agota cada vez más y se revela irrepetible. La experiencia de alianzas tejidas por el kirchnerismo para derrotar al macrismo mostró, además de su inclinación por grupos de poder, el agotamiento de sus propias capacidades para mejorar la situación popular y lograr ciertos márgenes de independencia nacional dentro de los marcos del capitalismo realmente existente en el país y el mundo.

La única posibilidad de transformación, la de apoyarse en la movilización popular para torcer el rumbo que nos imponen las clases dominantes, nunca estuvo siquiera a consideración de este gobierno, más allá de las expectativas que sectores populares que forman parte del Frente oficialista aún mantienen.

El rumbo que anunció el mismo día de su derrota electoral tendrá graves consecuencias para nuestro pueblo, que ya se encuentra en una situación desesperante, con la mitad de la población y más del 60% de nuestros jóvenes y niñes bajo el nivel de pobreza.

La batalla por el quorum en una democracia que no es tal

El gobierno logró mantenerse como primera minoría en la Cámara de Diputados, pero perdió el quorum propio en la de Senadores. La batalla por este quorum en el Congreso fue presentada durante toda la campaña electoral como un terreno decisivo para determinar el rumbo nacional. Pero abstrayéndose del griterío de la “grieta” para mirar la realidad cotidiana, se constata que no es el Congreso el escenario desde donde se viene decidiendo este rumbo.

En primer lugar, son las cámaras que agrupan a las grandes empresas el lugar a donde concurren presidentes y ministros a solicitar instrucciones y debatir proyectos. Importantes y decisivas leyes para el país, por sus graves consecuencias sobre los sectores populares y el agravamiento de la destrucción ambiental, tienen su origen en ese ámbito. La “Ley de Fomento al Desarrollo Agroindustrial” fue debatida y redactada por el Consejo Agroindustrial Argentino, que agrupa al empresariado del agronegocio. La “Ley de Promoción de Inversiones Hidrocarburíferas”, lo fue en estrecha consulta con las poderosas empresas de hidrocarburos. Uno de los canales institucionales a través del cual operan estos poderes económicos son los anuales Coloquios de Idea (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina). Este año realizó su encuentro 57, a los que concurren el empresariado y los políticos del sistema – sin distinción de oficialismo y oposición– para debatir el rumbo económico y social del país. Nadie del pueblo es convocado a decidir autoridades ni definir rumbos de tales instituciones de las clases dominantes, sin que por ello su incidencia sea menor.

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Otra institución de enorme incidencia en el rumbo nacional es la embajada yanqui en nuestro país. Marc Stanley -recientemente designado embajador por el gobierno de Biden-, poco afecto a las sutilezas y disimulos, aseguró que la Argentina “es un hermoso micro turístico al que no le funcionan las ruedas”, criticó la “falta de un plan de gobierno para pagar la deuda” y que “Argentina aún no se ha unido a Estados Unidos y otros países para presionar por reformas significativas en países como Venezuela, Cuba y Nicaragua”. Remató su intervención ante el Senado de los Estados Unidos señalando que su misión en la Argentina será que la economía se pueda “encarrilar”. Sin embargo, ni oficialismo ni oposición en el Senado de la Argentina -la cámara que debe aceptar o rechazar los pliegos de los embajadores- han manifestado su repudio a tal injerencia y rechazado su entrada al país, como correspondería de tener algo de dignidad nacional o ideales democráticos. Sin duda reconocen la voz del amo.

Por último, no se puede olvidar el rol institucional y decisorio del directorio del FMI que no presta para poder cobrar, sino para determinar y controlar el destino nacional.

Las únicas veces que estas instituciones que tanto inciden en nuestra “democracia” han perdido su poder de decidir el rumbo nacional, no fue debido a los vaivenes del quorum en el Congreso, sino a la movilización, organización y voluntad popular de tomar el destino en nuestras manos. A 20 años de la rebelión popular del 2001, vale recordar que fue el pueblo en la calle y organizándose fuera de las instituciones quien impuso sus necesidades por sobre los del empresariado y sus políticos. Más recientemente, fue el movimiento feminista quien demostró cómo imponer las transformaciones necesarias, evitando caer en la trampa de autolimitarse a los ritmos y el compás de mecanismos y enjuagues institucionales.

Cuando esto no sucede, el Congreso suele convalidar el rumbo decidido por el poder real -voto más, cargo menos- desnudando la falsedad de considerar “democrático” nuestro sistema político, así como el callejón sin salida al que conduce la preocupación excluyente por el quorum legislativo.

Se trata no sólo de balancear quienes ocupan tal o cual cargo, sino también de poner radicalmente en cuestión nuestro íntegro sistema político, para ir instalando la necesidad y sentando las bases para una institucionalidad popular alternativa, realmente democrática y protagónica.

La votación de la izquierda y algunos desafíos por delante

El resultado electoral ha demostrado que les compañeres del FITU han tenido la valorable tenacidad de construir una herramienta que fue visualizada como un canal de intervención para muchxs compañerxs y colectivos que, más allá de diferencias y críticas, pelearon los votos para lograr este digno resultado.

Los lugares en el Congreso, legislaturas y Consejos deliberantes obtenidos por las izquierdas pueden ser un importante punto de apoyo para la movilización, organización y construcción de alternativas opuestas a las del capital, si se elude la inevitable tentación de subordinar las luchas populares a las iniciativas legislativas y/o de sus conducciones partidarias. Se trata de una valiosa oportunidad para impulsar -paradójicamente desde una institucionalidad que valoriza sólo lo individual y la representatividad dirigencial- la participación popular en todo lo que hace a la vida de la sociedad y la reconstrucción de sentidos de una política parada desde lo comunitario, lo colectivo, lo común, invirtiendo de raíz las lógicas y sentidos promovidos por el sistema.

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Los resultados colocan al FITU frente a una posibilidad cierta de desarrollo y consolidación. La suposición de que la tarea de construir una alternativa sociopolítica al capitalismo patriarcal puede asumirse sólo desde organizaciones partidarias y sólo desde una de las tradiciones revolucionarias de nuestro pueblo, la trotskista -con todo el valor que ésta tiene y que no debe perderse- puede convertirse en un escollo insalvable para percatarse que importantes sectores populares, sin ser trotskistas, actúan con valores y prácticas propios de las izquierdas.

La necesidad y posibilidad de multiplicar organizaciones de base del FITU, llenas de vida e iniciativa, de trabajadores, de colectivas feministas, de movimientos socioambientales o territoriales, entre tantos otros, puede frustrarse de pretender la aceptación de disciplinas partidarias y no se trascienda del terreno electoral hacia la vida cotidiana y las luchas.

En este marco, la construcción de una nueva izquierda, en diálogo y compartiendo saberes con otras izquierdas y organizaciones populares, sigue siendo una necesidad y un aporte a la construcción de una alternativa popular al derrumbe al que nos somete el capitalismo patriarcal.

Algunas perspectivas posibles

Seguramente no pasarán ni siquiera unos días para que medios y aparatos partidarios comiencen a especular alrededor de las elecciones presidenciales del 2023, como gran y excluyente tema político.

Mientras tanto para el pueblo, comer, comprar un remedio, tener un techo, vivir con seguridad, acceder a un sistema de salud y educación digno, terminar con los asesinatos de centenares de jóvenes de las barriadas a manos del gatillo fácil o de la droga, tener un salario que permita vivir y estabilidad laboral, será solo un espejismo, una promesa electoral más incumplida. Seguirán las peleas por la defensa del territorio contra el extractivismo saqueador y contaminante, contra las imposiciones y opresiones patriarcales, por la defensa de nuestras comunidades, nuestros jóvenes y niñes. El inminente acuerdo con el FMI reactualiza la necesidad de pelear por el rechazo a sus condicionamientos y por la investigación y rechazo a toda deuda fraudulenta. El cada vez más cercano colapso ambiental impulsa a pelear por la vida por sobre las ganancias del capital.

Estos constituyen nuestros temas políticos importantes que habrá que poner en agenda como prioridad desde nuestra organización y lucha.

Esta situación me mueve a recordar cuando en marzo del 2017, el pueblo le puso un freno al macrismo con tres enormes movilizaciones en días sucesivos: una masiva movilización de trabajadores en la que la dirigencia cegetista debió esconderse ante el grito indignado de “poné la fecha la p… que te parió”. Al día siguiente salieron miles y miles de docentes, estudiantes y familias en defensa de la educación. Y finalmente, al tercer día, una masiva movilización de mujeres y disidencias preanunció el triunfo en la legalización del aborto y colocó en primer plano la necesidad de terminar con la violencia machista.

Este hermoso recuerdo reactualiza las tareas pendientes que la lucha puso en primer plano y que los sectores populares no pudimos resolver en aquel entonces. La sucesión en diferentes días de masivas movilizaciones mostró al mismo tiempo la potencia del movimiento popular y la debilidad y dificultad para articular a los diferentes sectores como parte de una misma lucha y un mismo pueblo. La fragmentación popular le dio aire a la nefasta supervivencia del macrismo y abrió la puerta para que el destino político de nuestro país se dirima entre les mismos de siempre, con sus mismos aparatos partidarios.

Quizás la vida y algunos indicios surgidos de estas elecciones nos estén indicando que tenemos una nueva oportunidad. Dependerá de nosotres.

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