19 y 20. Memorias para un futuro en llamas

Se cumplen 20 años desde que el pueblo, harto, salió a las calles para hacer renunciar a un gobierno al que repudiaba y, por sobre todo, demostrar que si bien le habían quitado muchas cosas, no podrían quitarle su dignidad. El pueblo identificó claramente a una parte de sus enemigos y desde entonces y por un par de años, políticos, jueces, banqueros, no se atrevieron siquiera a asomarse a la calle sin protección o blindaje, a riesgo de ser escrachados y repudiados. Los movileros de los medios de comunicación que hasta última hora intentaron esconder una bronca de siglos ya no podían ocultar la realidad. En los alrededores de la histórica plaza de Mayo, escenario de hitos de nuestra historia, pibes y pibas del conurbano cantaban “se viene el estallido”, mientras sacaban de sus mochilas las viandas que las doñas de los comedores populares les habían armado para aguantar el hambre. Era la postal de una patria sublevada, de una generación plebeya que el neoliberalismo había pretendido arrancarle los sueños. Ahí estaban frente a la policía y el poder, los obreros sin trabajo, los hijos de desocupados, junto a los vecinos cagados en bronca, a los jubilados que se habían hartaron de un sueldo de indigencia y junto a las Madres de Plaza de Mayo reserva moral de nuestra nación.

En esas jornadas el pueblo identificó también claramente quiénes eran sus iguales. Las gruesas columnas de manifestantes que salían espontáneamente a las calles el 19 a la noche y festejaban y saludaban a quienes se sumaban en cada esquina, a los pocos días ya entonaban “piquete y cacerola/ la lucha es una sola”. Se constataba una vez más, que las creaciones más profundas de los pueblos se sostienen al mismo tiempo sobre el amor y sobre el odio, estableciendo líneas divisorias de enorme productividad. Por entonces, a nadie se le había ocurrido utilizar la palabra “grieta”, con la que años más tarde se intentó describir antagonismos carecientes de esa misma productividad.

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Con la rebelión, la democracia había dejado de ser, por un tiempo, un decálogo de reglas y mecanismos ajenos al pueblo, para vivirse y ejercerse desde abajo, en las calles y en barrios, en incontables asambleas que deliberaban… y hacían. Sin saber bien cómo, con avances y retrocesos, con ensayos y propuestas, pero siempre con el firme propósito de cambiar la vida y de enterrar para siempre aquella humillante máxima constitucional por la que “el pueblo no gobierna ni delibera” al grito de guerra de “que se vayan todos”.

Si en algo se aplica aquello de que la historia la escriben los que ganan, seguramente la rebelión popular de diciembre del 2001 –pero que se extendió durante más de la mitad del 2002– constituye uno de los hechos históricos que más se ha reescrito y deformado para intentar evitar toda posibilidad de aprender de sus enseñanzas, de retomar el hilo de sus luchas y por sobre todo, de dar lugar a que el pueblo continúe y desarrolle muchas de las imprescindibles tareas que la rebelión se atrevió a plantear e iniciar, pero no pudo ni supo llevar a su concreción.

Como aporte a este debate tan imprescindible como actual, desde el Colectivo de Comunicación ContrahegemoniaWeb presentamos este dossier. En el mismo, Fernando Coll desarrolla una crónica detallada de los acontecimientos más emblemáticos que se desarrollaron por esos días; Florencia Vespignani y Adriana “Tana” Pascielli reconstruyen las formas organizativas y de lucha que dieron lugar a los feminismos y transfeminismos populares en el seno de los movimientos piqueteros; Leonardo Pérez Esquivel nos trae la experiencia de la lucha de las asambleas contra las empresas privatizadas; Sergio Barrera sitúa los principales elementos de la subjetividad de masas de aquellas jornadas basada en la autoactividad, la voluntad de autoemancipación y el espíritu de insumisión, como aspectos antagónicos con la democracia formal que imperó antes y después de ese ciclo de rebeliones; Graciela Gurvitz y Daniel Giovaninni, de La Colectiva Radio, rememoran el espíritu instituyente que impulsaron las asambleas y establecen los hilos de continuidad y transformación que articulan ese momento con otras experiencias asamblearias posteriores; Miguel Mazzeo nos habla de los sentidos del 19 y 20 –polemizando con otras interpretaciones– desde una mirada que se centra en un enfoque generacional entendido como la manera en que una franja etaria vivenció, percibió y compartió expectativas de transformación radical en el marco de un  proceso histórico determinado; Carlos “El Perro” Santillán aborda las emblemáticas resistencias en Jujuy y nos recuerda que, concebidas como proceso, las resistencias partieron en primer lugar del interior del país para extenderse luego al conurbano bonaerense y la Capital Federal; Jorgelina Matusevicius recupera los antecedentes diversos de organización, lucha y articulación desde abajo sin los que es imposible comprender el 19 y 20, entendido como  momento de condensación de resistencias previas a la ofensiva neoliberal; Marina Ampudia y Roberto Elizalde analizan un componente esencial de esos tiempos: las formas de resignificación y recreación en clave comunitaria de la educación popular; Mabel Thwaites Rey reflexiona sobre las aristas complejas y multifacéticas presentes en la concepción de autonomía que atravesó las prácticas de hace 20 años y debate sobre las diferencias existentes con la coyuntura actual, la caracterización del ciclo de gobiernos progresistas que emergió en la región y el carácter históricamente situado de la correlación de fuerzas de cada momento; Andrés Ruggeri ubica el surgimiento de las experiencias de recuperación y autogestión de lo que se conoció como las fábricas recuperadas en circunstancias claramente previas al 2001, a la vez que esboza un balance crítico de las potencialidades y límites de ese fenómeno de enorme impacto material y simbólico; finalmente, la entrevista a Alfredo Grande expone una mirada acerca de las formas en que el 19 y 20 produjo una nueva subjetividad que desbordó los consultorios psicoanalíticos y se instaló en las plazas, rutas y fábricas de nuestra patria como una tempestad de frutos y vinos que prometía arrasar y dejar atrás a un sistema político ya putrefacto.

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Y porque la memoria es fuego que nos quema ahí están nuestros muertos. Nos miran. Nos reclaman. Nuestros hermanos y hermanas asesinados por luchar por una Argentina donde no haya chicos con hambre. Veníamos de enterrar a Aníbal Verón, Oscar Barrios y Carlos Santillán en Salta, a Víctor Choque en Ushuaia, a Teresa Rodríguez en Neuquén y en ese 19 y 20 nos tocó enfrentar la muerte gracias a un gobierno agónico que hasta último momento se aferró al poder a fuerza de hambre y represión. Así fue que tan cobardemente regaron con sangre las protestas populares. El saldo: 39 vidas. 39 vidas se cargaron. 39 historias que no lograron desandarse y es por eso que a 20 años de la pueblada seguimos reclamando, seguimos luchando y soñando para que nuevamente el fuego y los tambores nos saquen a la calle y unidos, esta vez venceremos.

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