Alfredo Grande: La profecía de “que se vayan todos” fracasó

Alfredo Grande es psiquiatra, psicólogo social y una de las figuras más importantes del campo del psicoanálisis marxista. Es fundador de Atico, la cooperativa de salud mental. Y entre sus múltiples tareas hace teatro, radio y escribe sus opiniones en la Agencia de Noticias Pelota de Trapo, Tramas y Contrahegemonía Web.  A 20 años del 19 y 20, lo invitamos a reflexionar sobre los efectos en la producción de subjetividad de aquellos días de furia y para entender por qué ya no luchamos por lo que antes creíamos posible.

– Para comenzar, me gustaría poder conocer tus inicios en el campo de la salud mental. ¿Cómo llegas a la psiquiatría?

Egresé de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en el año 1973, pocos días antes que asumiera Héctor Cámpora. Yo hice más de tres años de medicina clínica, especialmente en guardias de clínicas de dudosa reputación en lo que podríamos definir como conurbano. Pero mi trabajo más estable fue en el Centro de Salud “Dr. Luis Resio”, de la localidad de Garín (Partido de Escobar). Recién estaban terminando ese tramo de la Avenida Panamericana y todavía se respiraba el aroma de la toma que Montoneros hizo de la localidad (1). Fueron años muy intensos que terminaron con la dictadura militar. Aunque en Garín se sintió muy fuertemente el giro fascista del gobierno popular. Eso me obligó a un juego de cintura y gambetas que hubiera envidiado Messi. Me fui avanzado 1976 y comencé mi insilio en el Hospital de Clínicas y la docencia universitaria.

– ¿En qué momento te interesaste por el psicoanálisis?

Cursaba en el Hospital Álvarez el tercer año de la Unidad Hospitalaria. Un compañero con el que tenía mucha afinidad, de apellido Bigliani, me invitó a un curso de psicoanálisis pero que tenía que tener ideología marxista. No fue inconveniente para mí. Obviamente, al contrario. Empecé a estudiar con Lea de Bigliani. En ese año León Rozitchner había publicado el libro “Freud y los límites del individualismo burgués” que es una especie de biblia del freudo-marxismo. Fueron años alegres, aunque siempre pensé que la felicidad, como la revolución, es un sueño eterno. Nuevamente la dictadura pulverizó todo. El insilio fue en la Cátedra de Psicología Medica, consultorio particular y el Instituto de Orientación Familiar que dirigía el Dr. Mauricio Knobel.

– Si mal no recuerdo, en alguna oportunidad me comentaste que tuviste el privilegio de estudiar con el Dr. Arnaldo Rascovsky, quien junto a Pichón Rivière y Ángel Garma, entre otros, fueron los fundadores del psicoanálisis en Argentina y figuras reconocidas en la comunidad psicoanalítica internacional.

En la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados (2) ingresé como alumno en 1977, egresé en 1979 y desde 1988 soy profesor titular de teoría psicoanalítica. Devenir que hoy está en revisión para futuros inciertos. Arnaldo Rascovsky fue un talento especial.  Su teoría del filicidio y la sociedad paranoica fueron importantes para mi conceptualización de la cultura represora. Mis maestros fueron por presencialidad Gregorio Baremblitt, León Rozitchner, la mencionada Lea Bigliani, Marta Vega, Juan Carlos Volnovich, Silvia Bleichmar y Diana Maffía. Esto en el campo específico del psicoanálisis. Con Gregorio tengo una amistad que, a pesar de su reciente fallecimiento, sigue intacta. Y maestres no presenciales fueron Enrique Pichón Rivière, Paulo Freire, Marie Langer, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Franco Basaglia.  Y tantos otros que me cuesta hasta contarlos.

– Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS la humanidad se dirigió hacia un nuevo horizonte civilizatorio bajo la hegemonía de los EEUU. Desde las usinas del pensamiento neoliberal se anunciaba la clausura violenta de las utopías revolucionarias que habían dado sentido a las luchas del siglo XX, se hablaba del fin de la clase obrera y de la muerte del sujeto y una academia rendida al posmodernismo decretaba el fin del psicoanálisis. ¿Qué lectura hacés de aquel período?

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Uno de mis aforismos implicados dice: “la derecha siempre tiene razón, pero es una razón represora”. El muro de Berlín no cayó. Lo tiraron. Y el nuevo horizonte fue profundamente anti civilizatorio. Entendiendo por civilización el pasaje del reino de la necesidad al reino de la libertad. La Unión Soviética explotó por sus aciertos e implotó por sus errores. Tormenta cuasi perfecta. Los asesinos decían que el comunismo asesinaba, los ladrones decían que el comunismo robaba, los saqueadores decían que el comunismo saqueaba. El Capitalismo Mundial Planetario, un Imperio al modo romano, donde nada queda por fuera, fue la distopía del fin de la historia. Y, obviamente, del fin de las historias que se contaban en la República Española, cuando se cantaba La Internacional, y en tanto himnos libertarios y rebeldes. En la Argentina el neoliberalismo de rostro humano tuvo la cara de Menem. El hecho maldito del país peronista.  En cuanto al fin de la clase obrera, una aclaración que quizá oscurezca. Lo que llegó a su fin es la clase obrera asalariada, empleada. Trabajo y empleo empezaron un proceso lento pero sostenido de divorcio. El psicoanálisis considerado en su fundante revolucionario fue sepultado. Apareció con fuerza el “psicoanálisis individual” que yo bauticé como autista. Y el mito reaccionario de la neutralidad. Algo así como si el inconsciente fuera como Suiza. Recordemos que el inconsciente tal como Freud lo describe es atemporal, pero es histórico. El psicoanálisis, como el comunismo, quedó atrapado por una casta sacerdotal que lo vampirizó. Caldo apto para que el lacanismo en plena dictadura, como escribió Carlos Villamor, floreciera sin riesgos. Nada salía de las paredes del consultorio. Lo que Roberto Castel conceptualizó como “psicoanalismo” tuvo sus primeras evidencias durante la dictadura militar. Recordemos que ya se había consumado el cisma entre la Internacional de Psicoanálisis y Plataforma Internacional. Con su repercusión local con la ruptura entre la Asociación Psicoanalítica Argentina y los grupos Plataforma y Documento.

– ¿Cómo impactó el 19 y 20 en la comunidad psicoanalítica y cómo interpeló a los trabajadores de la salud mental?

La comunidad psicoanalítica no es un todo y menos un todo homogéneo. Desde 1993 comencé a desarrollar conceptualmente al Psicoanálisis Implicado. En esos tiempos, yo discriminaba entre el psicoanálisis del palacio y el psicoanálisis de la plaza. Organicé el denominado Espacio de Psicoanálisis en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, mientras mantuvo su profecía fundadora de ser de lucha y resistencia. Se consolidaron dos grupos de alrededor de 40 integrantes cada uno. Así que para mí la pueblada del 2001 fue un campo de verificación política y social de lo que he denominado “implicación”.  Concepto acuñado por los institucionalistas franceses y cuyo mérito fue ampliarlo al campo del psicoanálisis. Inspirado también en las críticas de Gregorio Baremblitt al psicoanálisis acartonado y reaccionario. Algo que me parece importante señalar es que, en el año 1992, en el marco del Seminario Internacional de Abuelas de Plaza de Mayo presenté y leí un texto cuyo título creo que ilustra: “Matar el futuro: las máquinas de matar como organizadoras de la institución del genocidio”. En un análisis psicoanalítico/político/institucional de la película “Terminator” dirigida por John Cameron. Para mí es una realización estética que da cuenta del genocidio perfecto: asesinar a la madre para que el hijo no nazca y por lo tanto no pueda liderar la lucha contra más máquinas del exterminio. 

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– Una de las tareas en las que se centra el Psicoanálisis Implicado es en el análisis de la subjetividad.  ¿Cuáles fueron los efectos que vos observas en la dimensión política institucional de la subjetividad? ¿Hay algo de la latente y de lo manifiesto que se expresó como respuesta a la crisis?

El concepto de subjetividad lo desgrano en tres registros: subjetivación, subjetividad decantada, subjetividad cristalizada. La subjetivación es un proceso de construcción permanente, donde se alojan instituyentes y la novedad radical. La subjetividad decantada es el proceso de institucionalización, de permanencia, de transformación sobre bases consistentes; la subjetividad cristaliza es la momificación del sujeto. Donde la idealización conquista al ideal; la certeza arrasa con la convicción. Las ideas y los pensamientos quedan absorbidos por los dogmas y los delirios. En Psicoanálisis Implicado diferenciamos tres mandatos: deseo, mandato y deseo del mandato.  La cultura represora clona el deseo en mandato y el placer en culpa. Estos mecanismos permiten que la conciencia de clase sea arrasada por la “inconciencia de clase. O sea: la pertenencia de clase da cuenta de una larga serie de síntomas, uno de los más peligrosos votar a los enemigos. Un aforismo dice: “en la cultura represora los inquilinos celebran el día del propietario”

– Uno de los fenómenos más interesantes fue la irrupción de las clases subalternas a través de nuevas formas de organización hasta ese momento inéditas, como la experiencia del movimiento piquetero, las asambleas barriales y el movimiento de las fábricas recuperadas. Desde el Análisis Institucional habías trabajo la importancia de los dispositivos asamblearios, la acción colectiva y la autogestión como expresiones de lo que Gerard Mendel llamó “acto-poder”. ¿Qué había cambiado en el campo de lo político para que se habilite estas nuevas formas de lucha?

Una diferencia importante que justamente realiza Gerard Mendel es entre lo político y la política. Lo político yo lo defino como el movimiento real de la lucha de clases en campos de verificación definidos. Por ejemplo: una fábrica recuperada por los trabajadores. Un piquete en una ruta. Una cooperativa administrada por los propios cooperadores. Lo político deseante y por lo tanto revolucionario irrumpe con fuerza y habilita nuevos procesos de subjetivación. Una forma de pensarlo es con el formato remanido de la “batalla cultural”. Siempre y cuando se sostenga el fundante revolucionario de esa batalla. La política es el momento en el cual lo político se amplifica al modo de producción económico, político y social. Ya no es lo revolucionario que ha germinado en lo político, sino la revolución. Situación en la cual lo extraordinaria se hace cotidiano, como señaló el Che.

– Ese período de crisis fue también de una enorme creatividad y sobre todo en el campo de la salud mental. Pienso sobre todo en la labor que desarrolló Vicente Zito Lema que dirigió una revista tan importante como fue la revista “Locas”, en la que vos participabas, o cuando te invitó  a fundar la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo que a pesar de su breve existencia se convirtió en referencia para toda una nueva generación y que tuvo un gran impacto político intelectual, sobre todo en un contexto de mucha necesidad de pensamiento crítico, donde lograron reunir a figuras como León Rozitchner, Fernando Ulloa, Eduardo Pavlovsky, Claudia Korol,  Hernán Kesselman, Gregorio Baremblitt, Ana María Fernández, Silvia Bleichmar y Juan Carlos Volnovich por nombrar solo a algunos de los nombres que venían del psicoanálisis, la psicología social y la educación popular, esto sin olvidar los Congresos Internacionales de Salud Mental y Derechos Humanos y que tuvieron impacto mundial ¿Lograste hacer un balance sobre los aportes de aquellas experiencias?

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Balance parcial, inacabado y atravesado por una profunda ambivalencia y frustración. En la revista “Locas” escribía una sección fija: “El dolor, el humor, el amor” Creo que no tengo ningún artículo de esa época. De lo escrito en “Enfoques Alternativos” que tan bien supo dirigir Jorge Beinstein, me quedan algunos artículos, y no demasiados. Yo participé en el Comité Organizador del Primer Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos. Presenté dos libros, uno de mi autoría, participé en 4 mesas redondas, y muchas otras actividades. Luego de ese Congreso, se gestó un golpe a la dirección académica que por derecho propio ejercía Vicente Zito Lema. Él se fue y un grupo de docentes y estudiantes forzamos una asamblea. Los detalles son muy interesantes. Pero me remito a que yo me retiré seguido de unos 40 compañeros y compañeras.  Fue todo muy triste. En la memoria del Primer Congreso que se entregó en el Segundo yo no figuraba. Como escribió George Orwell: “el que es dueño del pasado, conquistará el futuro”. Bueno, no tan así pero parecido. Este macartismo de consorcio se verifica muchas veces. La última en el Encuentro de Prácticas Comunitarias donde un canalla me calumnió sin más fundamento que su miseria intelectual. Lo curioso no fue la actitud de este personaje, sino la complicidad de casi todos y todas que lograron la impunidad del cobarde. Obviamente, así como me fui de la Universidad Madres de Plaza de Mayo, me fui de Prácticas Comunitarias (totalitarias). Dicen en política que quien puede lo más, puede lo menos. Hay que aceptar que el camino del infierno no siempre está sembrado de buenas intenciones.  Aforismo implicado de reciente creación.

– Algo que puso en debate a partir del 19 y 20 fue el rol de la juventud. En un trabajo que ya es un clásico “La adolescencia normal. Un enfoque psicoanalítico” Arminda Aberastury planteaba que los jóvenes eran el grupo de cambio por excelencia, que eran quienes impulsaban los grandes cambios de la historia, por supuesto que este trabajo surge en el contexto del mayo francés y el Cordobazo. Me parece que esa es una imagen que por lo menos no corresponde a la situación actual de los jóvenes. A diferencia de generaciones anteriores en términos generales se ve a una juventud con menor compromiso social y participación política ¿Coincidís con esta observación?

En una charla que di en el Hospital Tobar García dije que el adolescente adolece de cultura represora. Pero lo que ha cambiado es cómo el adolescente combate a la cultura represora. Aunque me digan lo que quieran decirme, tanto Daniel Viglietti como L-Gante cuestionan a la cultura represora. Pero la diferencia está en que actualmente nadie quiere privarse de los beneficios que la cultura represora reparte entre quienes la sostienen y entre quienes la combaten sin sacar los pies del plato. Como mucho, sacando algunos deditos. En el institucionalismo se denomina “efecto Mühlmann”. Describe la recuperación del instituyente por el instituido. Y yo agrego: el instituido burocratizado.

– ¿Cuál fue la importancia del 19 y 20 en términos de producción de una nueva subjetividad?

La caída del mito represor de la representación. En una charla en una carpa de la CTA decía que el preámbulo de la constitución nacional debería modificarse. Su texto definitivo debería ser: “el pueblo delibera y gobierna a pesar de sus representantes”. El 19 y 20 me permitió pensar la diferencia entre derrota y fracaso. La profecía de “que se vayan todos” fracasó. De la derrota se vuelve, del fracaso no. La agenda de “la grieta” es apenas un ejemplo.

– ¿Cuáles son los elementos del 19 y 20 que aún siguen presentes en nuestro pueblo?

Creo que lo definiría como “el cansancio de estar cansados”, la “fatiga de estar fatigados”, la “tristeza de estar contentos por tonteras perjudiciales y caras” y especialmente la “alegría por la incontenible sensación de bronca, asco, repugnancia, rencor. Un gran amigo reivindica la rabiamor. Yo he escrito “Odio, luego existo” justamente cuando estaba en la Universidad Madres Plaza de Mayo”. Y la convicción de que ser mejor que los peores no significa ser buenos. Es así nomás. Que se vayan todos.

Notas

(1) Si bien se le suele atribuir esa acción a la organización Montoneros, en realidad dicha acción político-militar fue realiza por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) el 30 de julio de 1970 bajo el nombre de Operación “Gabriela”.

(2) La Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados fue fundada en el año 1963 por alumnos y colaboradores de Arnaldo Rascovsky como alternativa a la Asociación Psicoanalítica Argentina.

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