Amsafe no olvida a Sebastián Romero

Especial para ContrahegemoníaWeb

El lunes estuvimos con Patri y Carlos de visita por el Fonavi de Rouillon y Seguí. Fuimos a charlar con Sebastián Romero que está con prisión domiciliaria en su departamento de tercer piso de escalera empinada. La idea era la de llevar la solidaridad de Amsafe Rosario e insistir en el reclamo de su libertad.

Ser parte de esta campaña nos ha generado varios debates y hasta el rechazo de algunxs afiliadxs y delegadxs.

Sebastián es conocido como el “gordo mortero” por su participación lanzando bombas de estruendo cuando la represión a la marcha contra la reforma previsional del macrismo. Fue hace justo 4 años, en diciembre del 2017. Desde Amsafe Rosario habíamos salido con 8 colectivos y llegamos marchando por Plaza de Mayo hasta las inmediaciones del Congreso. Éramos parte de una multitud que buscaba ponerle freno a un nuevo robo a nuestrxs jubiladxs.

Al macrismo le daban los números en el Congreso pero en la Argentina, capaz desde 1810, la calle es la calle. La calle juega, la calle interpela, la calle incomoda, la calle cuenta. Apretado por la multitud el gobierno lanzó la represión. Con gases, con balas de goma, con autos, con motos. Y de este lado fue la corrida. Habíamos acordado algunos criterios de seguridad en nuestra columna y el retroceso fue bastante ordenado. Algunos grupos de otras organizaciones quedaron encerrados y la pasaron muy mal. Frente a la represión Sebastián estaba de nuestro lado. Tirando bombas de estruendo que lo que hacen es mucho ruido. Pero el gobierno, las justicia y los medios hegemónicos aprovecharon para demonizarlo.

En mayo del año pasado lo detuvieron en Uruguay (cuesta un poco compararlo con Pepín Rodríguez Simón, el prófugo VIP del macrismo). Desde hace tres meses está en su casa. Vigilado a través de una tobillera. Si camina por el palier y llega hasta la escalera se dispara la alarma. Igual Sebastián está contento de haber vuelto al barrio, a su lugar, a su gente. Se crió en ese Fonavi bastante áspero del oeste rosarino. Ahí mismo hizo la primaria en la Salotti y la secundaria en la Lola Mora. Mientras hacía el secundario le tocaba salir a vender puerta por puerta (fuentones, ropa, helados) para ayudar, porque la plata en la casa no alcanzaba; y además le gustaba tener algún mango para salir con los amigos. Después fueron los saltos de la militancia barrial y de entrar a trabajar en la General Motors.

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Allí fue delegado de sus compañeros hasta que la burocracia del Smata y la patronal se pusieron de acuerdo y cambiaron la gente de sector para que no fuera reelecto. La empresa fue rápida y aprovechó la orden de detención para echarlo apenas iniciado el 2018. Se lo ve bien a Sebastián. Con ganas de seguir aprendiendo y peleando. Mientras sigue reclamando su libertad pidió a la justicia que lo autorice recorrer los metros que los separan de la escuela para hacer la capacitación en oficios que se dicta en el Nocturna.

Está preocupado por el barrio. La pobreza y el abandono gritan presente en cada rincón, en todo momento. Pero lo más duro es el avance narco y su penetración entre los pibes y las pibas. Ahí se juega el futuro y estamos perdiendo por goleada.

Que mal está nuestro país: mientras Sebastián está preso por luchar, la Justicia, la policía y el poder político se entraman cada día más estrechamente con las mafias narcos.–

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