La Noche Mala del 24

El Maestro nos había acostumbrado a seguir sumando años como su querida tía Gisela que había llegado a los cien. Era habitual escucharlo en reportajes, en infinidad de conferencias y enterarnos que en la misma semana hablaba en Cafayate y luego en Calafate como él mismo ironizaba. Nos familiarizó a sentirlo como un siempre enfrentando a la desmemoria desde El Tugurio. Estábamos predispuestos a su palabra, a sus escritos y su presencia. Pero al final “la vida desatenta o la muerte enamorada” apareció para contradecir tantas certezas. Y si… Se nace y se muere en cualquier día. A todos nos aguarda una última fecha y lo que va a suceder será en un día arbitrario, al azar, elegido por la cruda deriva del destino. Le tocó partir un 24, en Noche Buena de 2018. Aquel día varias personas me dijeron que no podía ser, que no era posible. ¡Cómo no ser propensos a la magia de disuadir lo inevitable!

            Esa navidad infinidad de personas subieron fotos de cuando lo visitaron o lo vieron en una charla o mostrando la firma y la dedicatoria en alguno de sus libros. Osvaldo era una multitud de recuerdos diferentes en la forma e idénticos en esencia. La gente atesoraba esos momentos y le deseaba descanso al luchador de acero que seguirá vivo en su obra hasta la victoria. También hubo expresiones de desprotección, ni que hablar de la tristeza y la consternación. Otros solicitaban apoyo para ponerle Bayer a la calle Falcón o a la placita Alberdi. En general le deseaban buen viaje. Su partida se percibía como un viaje. El vocablo partir, hace referencia a cortar, cercenar, separar a quienes están unidos. Para evitarlo, me detuve a mirar nuestras fotos con el ánimo de retenerlo. Son tantas imágenes como aquellas del último asado que vino a mi casa antes de nuestra mudanza a Villa Urquiza.

            Pocos días después de la asunción de Macri como presidente, quedamos en que vendría a almorzar. Él prefería el horario del mediodía en lugar de la noche así luego se tiraba a disfrutar de “las hermosas siestas santafecinas del Tugurio”. La ciudad atravesaba una seguidilla de jornadas abrasadoras, esas horribles olas de calor que aplastan a los porteños contra el asfalto derretido y no corre una gota de viento. Por las dudas, atento a la temperatura lo llamé temprano por si deseaba posponerlo para una jornada menos agobiante.

            -Un asado con amigos deja atrás cualquier calor –respondió sin vacilar. Así de simple, contundente y fraterno.

            Le avise a mi hermano Alejandro que se puso a limpiar la parrilla, acompañe a Oli a la casa de una amiguita y luego pase por la fiambrería para armar una picada. En la esquina de Monroe y Arcos lo veo a Osvaldo. Estaba vestido con una camisa celeste, un pantalón beige y sus eternos mocasines antes de su salto a los crocs. Nos saludamos, me retiene del brazo y escucho parte de la conversación con una vieja vecina. Hablaban de lo que ya no está…

            -¿Que tema verdad? Ahí donde ahora está la pescadería estaba la juguetería de Don Carlos –Los tres miramos la vitrina del comercio- ¡Como cambió el barrio! Acá en Arcos jugábamos a la pelota con los pibes…-no percibe la calle atestada de autos, sino aquel empedrado donde esos chicos entre los que está él corren tras la pelota. La mujer que lo empareja en edad asiente. Osvaldo no solo era un vecino celebre de Belgrano, sino por sobre todo era un vecino del barrio. Había hecho la primaria a pocas cuadras en la escuela Casto Munita de Cuba y Echeverría, frente a la plaza. Y como cualquier persona de edad le encantaba paladear esos chispazos que lo retornaban a la infancia, ese territorio siempre luminoso.

            La señora se despide con un auf Wiedersehen y una leve inclinación de cabeza. Gente de la vieja guardia. Así como en La Boca se asentaron inmigrantes italianos en Belgrano fue el lugar que muchos alemanes e incluso eslovacos como mi abuelo optaron para vivir. Me pide que lo acompañe al “Chino” que está a mitad de cuadra sobre Monroe.

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            -Tengo que comprar dos cosas, una es para el asado… ya sabes para que es… –dice sonriendo- y ya que estas, te la llevas. La otra es para mí.

            En esa mañana húmeda y pegajosa estaba visiblemente acalorado. Con lentitud transitamos la media cuadra hasta el súper. Cuando entramos, se acerca la verdulera a saludarlo. Se conocen hace años. La mujer es todo un personaje. Fanática de River Plate, su puesto está engalanado con fotos autografiadas con todos los jugadores del plantel. De hecho, los domingos atiende su puesto enfundada en la camiseta del club. Bayer le pide naranjas. Ella lo ubica de haberlo visto alguna vez por televisión. Por la forma en que elige las naranjas es evidente que lo admira. Lo mismo sucede con Roberto el carnicero de la esquina, o ese pizzero a quien lo escuché jurar que había leído todos sus libros, pero cuando le preguntamos cuál le había resultado más interesante, el hombre no supo citar un título ni por aproximación. Pero no importaba, el Maestro lo daba por bueno. A veces algunas cosas hay que aceptarlas como vienen, porque vienen bien y es absurdo buscar vueltas y siempre que pedíamos una de muzza era “al pizzero que leyó todos mis libros”.

            Recorrimos la góndola de bebidas. Eligió un tinto para el asado y un champagne “para más tarde”. Salimos y lo acompañe con las bolsas hasta El Tugurio. En la puerta, como siempre, me invito a cumplir con el ritual de rigor. Un ritual al que éste endiablado ácrata me había iniciado hace años y que extrañaré horrores hasta el día de mi muerte. Ingresamos por la suave penumbra del pasillo al silencio de esa casa de su niñez. Un silencio amable, acogedor. Fuimos hasta el fondo donde está la mesita del patio junto a la cocina que enfrenta al cortinado de potus que todo lo observan y que lo conocen mejor que nadie. El ritual, como todo rito que se precie es inexorable e idéntico a sí mismo. Me pidió que busque las copas y traiga la botella que aguardaba en la mesada. Nos sentamos en las mecedoras de lona. Hablamos de pavadas y brindamos por el asado que compartiríamos en un par de horas. Antes de irme, le dije que lo buscaría en taxi para no fatigar esas cuadras en pleno mediodía. Se mostró contrariado:

            -Estamos a tres cuadras… menos… Estamos a dos y media… qué vergüenza m´hijo… un taxi por eso. Encima, tendrá que dar una vuelta bárbara porque Ugarte es contramano…

            -No cuesta nada, hace mucho calor… vengo con el taxi.

            -Sino queda otra… -dijo resignado. Quedamos lo pasaría a buscar a las 13.

            Como era previsible, y puntual como es, cuando estacionamos Osvaldo estaba esperando en el umbral consultando su reloj. Subimos y llegamos a casa en dos minutos.

            -Ves… -dijo y me miró como diciendo: “que boludez…”. Entramos. Habíamos armado la mesa bajo el níspero y la plata que se la habían ingeniado para erguirse altos desde un espacio de tierra de dos por dos. Bajo esa sombra se estaba más fresco que adentro, igual pusimos un ventilador grande. Mi hermano Alejandro que oficiaba de asador tenia lista la picada. La charla se dejó venir. Aunque comenzamos hablando de bueyes perdidos como siempre surgió la política, y obviamente hablamos del buey que llegaba. Macri había ganado la presidencia hacia unos días. Sea por convicción, por irritación ante la gestión kirchnerista, por la influencia mediática, por los peronistas Massa y Randazzo que le restaron votos, o por la floja candidatura de Scioli a quien el gobierno había abofeteado hasta el penúltimo día, el expresidente de Boca triunfó con trece millones de votos.

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-Por primera vez en la historia nacional, lo más rancio de la derecha se adueñó del poder político en forma democrática. Es un hecho incuestionable y es muy decepcionante. Qué país este… parece no tener remedio –dijo Bayer- Votar a un dueño de la Argentina para que se apropie de lo poco que queda… como pudieron votar eso… La fiesta que se van a armar los tipos gracias a estos boludos… ¡Qué país! Ese resultado niega mi trabajo… Es como si todo lo hecho en mi vida no tuviera sentido… -Esa última frase que pronunció con gran resignación luego se la escuché en numerosos reportajes.

            Quizás debido a la temperatura, surgió el tema de sus once viajes como marinero en un barco de ELMA que hacía el trayecto Buenos Aires – Asunción tocando algunos puertos intermedios como Rosario, Corrientes, Formosa en una travesía de 26 días. Sus ojos brillaban hablando del verdor de las riberas, los cantos de los pájaros y sobre todo del cielo del atardecer.

            -¡Que paisajes! Cada día era diferente… eran pinturas, pinceladas en el horizonte…Excepto cuando tocábamos puerto había una absoluta quietud a bordo. El barco avanzaba en silencio, nada se movía. Me dijeron que en el mar es diferente, la nave se agita por el oleaje y el viento. En este caso no…. Parecía que la costa avanzaba hacia atrás y nosotros nos manteníamos inmóviles. Los marineros nos entreteníamos jugando a las cartas.

            -Me imagino las mujeres, viendo descender a un marino rubio, de ojos claros… -le digo con malicia.

            -De esos temas no hablo ni una palabra…

            -¡Los corazones que habrá roto!

            -No me saca ni una palabra…-y las risas festejando su salida.

            Durante estos años de nuestra amistad, más de una vez escuche las mismas anécdotas pero siempre le encontraba un nuevo detalle que la redondeaba. Lo del barco siempre lo remataba con la huelga del Sindicato Marítimo.

-Cuando le comunique mi decisión al capitán de plegarme al paro me miro fijo con cara de no entender. Después de estar en silencio me dijo:

-¿Usted va a hacer huelga en mi barco?

El joven Bayer asintió con la cabeza. En ese entonces tenía 25 años, pero en muchos aspectos ya era el mismo que todos conoceríamos después, ya era “ese hueso duro de roer” como lo definió su gran amigo Soriano. Fue el único tripulante que acató el paro y eso agravó la situación.

-Está bien, haga su huelga, ya verá… -y escupió al piso como toda respuesta.

Osvaldo imitó la supuesta cara de desprecio del capitán e hizo un impasse, bebió un sorbo de tinto. Era de esos narradores que disfrutan sus propias historias. Con mi hermano nos miramos, estábamos en la primera fila de ese íntimo espectáculo. Y aunque él sabía que conocíamos el final, igual dejó correr la intriga, un Maestro en todo el sentido de la palabra…

-Al tocar el primer puerto, me desembarcó. Me dejó en Rosario. Nunca más subiría a un buque de la marina de la Patria. Era 1952 y estaba el que te jedi

Más allá del que te jedi, el verdadero problema surgió después, en Buenos Aires. Cuando su hermano Franz que lo había hecho ingresar en ELMA se enteró, no podía creer lo de la huelga. Para colmo sus superiores se lo habían echado en cara por haberlo recomendado.

-No podes hacerme esto…- le dijo cuando se encontraron- No puede ser… ¡El único infeliz huelguista de ese barco es mi hermano! Qué vergüenza… -repetía Franz que era muy distinto a Osvaldo- No tenes remedio…

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            Tenía razón. Ninguno de esos hermanos tenía remedio. Más de una vez Osvaldo se preguntó cómo era posible que dos hijos de una misma madre pudieran ser tan diferentes. Eran el día y la noche pero en el fondo eran tal para cual. Por eso siempre estuvieron juntos y era notable el afecto que se profesaban debajo de las bromas y chicanas que se hacían ambos. Franz vivía en el departamento arriba del Tugurio y tuve la fortuna de compartir algunos almuerzos desopilantes con ambos donde Franz me decía “como puede ser amigo de un tipo como este que ahora anda con eso de sacar próceres”. Osvaldo contraatacaba: “¿Marcelo sabe cuál es el regalo más preciado para Franz cuando regreso de Alemania? Comida para gatos. ¡Lo puede creer! Le traigo comida para gatos y este se pone chocho. En un momento llegó a tener 18 gatos saltándome por el techo del patio”. Yo me divertía tanto. Algunas personas se sorprenden cuando les comento acerca de su gran sentido del humor. Cierta vez lo acompañe a visitar a una antigua conocida. El marido había armado con los años un pequeño museo de arte sacro. Era un especialista en el tema. La mayor parte de las piezas provenías de capillas en desuso de estancias que se fraccionaban. Tenía sagrarios, cálices, algún retablo e incluso tallas de algún santo. Ya no recuerdo exactamente como fue, pero mientras ambos recorríamos las habitaciones admirando las piezas, para asombro de quienes nos acompañaban decidimos aprovechar ese contexto y hacer una representación. Él hizo del Papa Ratzinger y yo de un monaguillo alzando un custodio. La foto que lustra el episodio es elocuente. De ninguna manera queríamos ofender a nadie, de hecho la imagen la toma el dueño de casa encantado ante la ocurrencia.

            Después del postre helado, Osvaldo comentó que ya era la hora de su siesta. Y otra vez empezamos la puja del taxi que si que no.

-De ninguna manera. Son tres cuadras, menos de tres… -Lo afirmó en forma rotunda mirándome con la cara del capitán que no me dejó alternativa. Alejandro nos acompañó a la vereda y aprovechó para tomar una secuencia de fotos que hoy me producen una nostalgia tremenda. Comenzamos a avanzar hacia la esquina, el Maestro descargaba parte de su peso en mí. Cruzamos O´Higgins y enfilamos en diagonal por la plaza Alberti. Después de un buen asado, unas cuadras a pleno rayo de sol del verano pueden ser una verdadera travesía. Era conveniente hacer un alto. El banco más próximo estaba roto. Unos diez metros adelante, una pareja tomaba mate en el siguiente. Pedí que nos dejaran un espacio, se corrieron de buena gana. Él se sentó lentamente. Hubo un silencio pesado, habíamos interrumpido su intimidad. Lo miraron. Con su barba blanca tupida, los ojos claros y firmes irradiaban el respeto de un patriarca.

            – Estamos un momento, solo para un descansito -dije.

            -No hay problema. Es bueno andar, usted debería caminar. Tendría que dar varias vueltas a la plaza. No hay que quedarse quieto… -dijo el hombre para alentarlo.

            ¡Qué ironía! Hacía poco que Bayer anduvo traqueteando el país de acá para allá con la obra teatral Las Putas de San Julián haciendo de sí mismo. Le encantaba esa actividad. Lo habíamos ido a ver en el teatro Cervantes y era magnifica su desenvoltura como el mejor de los actores. Esa versión libre de Rubén Mosquera de un episodio de su obra lo animaba, lo embriagaba verse como otro siendo el de siempre. El trato con el elenco. El contacto con el público al final, esos aplausos, los gritos, los puños en alto. La gira que hizo en Patagonia le insufló vida, lo rejuveneció, eran mimos para el alma. Obviamente la apoteosis fue en San Julián.

            Seguimos el trayecto y finalmente llegamos a la esquina de Monroe, una de las panaderas que estaba en la puerta lo saludó. Cruzamos. Busco la llave y su Tugurio le abrió los brazos.

            -¡Llegué carajo! -dijo en tono triunfal.

            El episodio lo describe tal cual. Alguien de una voluntad inquebrantable que luchó en busca de una Patria Grande inclusiva y fraterna y se esforzó hasta ese último aliento de esa Noche Mala del 24 donde la muerte lo visitó mientras dormía. ¿Qué habrá estado soñando cuando su corazón dijo basta? ¿Cuál habrá sido el último sueño de ese tremendo soñador de realidades?

            Realmente ignoro si saldrá una edición ampliada del Anecdotario como él mismo me sugirió en aquel asado. Lo ignoro, pero lo que tengo claro es que algunos de esos momentos nunca se irán de mí.

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