Cromañón y Puente Pueyrredón: La solidaridad como marca de una generación

Compartimos la carta que una víctima de la masacre de Cromañon le escribió a Darío Santillán y que ayuda a comprender la mirada y los valores de una generación de pibes y pibas del conurbano bonaerense donde la amistad, la solidaridad y los sueños de un mundo mejor caminaban por las mismas veredas.  

Luis Santana era periodista, trabajaba en Crónica Tv, tenía 28 años de edad y un hijo de 9 al que lo había llamado Fidel, como el líder de la revolución que tanto admiraba. Se crio y vivió en el barrio La Fé de la localidad de Monte Chingolo, Lanús, cerquita de donde todavía se encuentra la cooperativa que fabrica bloques de ladrillos huecos y donde trabajó hasta el último día Darío Santillán. El 26 de junio de 2002 lo asesinaron a sangre fría en la estación de trenes que hoy lleva su nombre mientras auxiliaba a Maxi Kosteki que agonizaba víctima de la represión. No sabemos por qué, pero Luis decidió escribirle una carta a Darío. Vale preguntarse ¿Qué unía a estos dos jóvenes? Me animo a arriesgar que no solamente habían pateado las mismas calles de Monte Chingolo, sino que eran fundamentalmente dos pibes de barrio, solidarios como tantos otros y otras que por suerte todavía se cuentan de a miles en esas barriadas humildes y que a su paso van pintando con los colores de la vida a un mundo obstinado en volverse cada vez más cruel.  

Y ahora apenas los vemos en las fotos y nos quedan algunas cartas. Darío cerró los ojos ese medio día de junio víctima de un plan represivo que tuvo como autores intelectuales al entonces presidente Eduardo Duhalde y al gobernador Felipe Solá, entre otros responsables políticos. Cuando Luis escuchó la explosión que interrumpió el show del grupo Callejeros intentó huir con Claudia hacia la zona de los baños y fue cuando vio el techo cubrirse completamente de fuego. En una de las causas judiciales disparadas tras la tragedia se presentó un informe en el que se afirmaba que un 70% de los boliches de la ciudad no poseían instalaciones contra incendios. Y la República de Cromañon había sorteado las inspecciones y clausuras gracias a una red de corrupción que involucraba a empresarios, bomberos y funcionarios del gobierno, que hacían de la noche porteña una bomba de tiempo que finalmente detonó a las 10:50 PM del 30 de diciembre de 2004 y nunca pudimos olvidar. 

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A 17 años de esa fatídica noche de diciembre recuperamos extractos de “El aparecido” la carta que Luis Santana escribió para Darío Santillán porque si hay algo que las llamas no pudieron consumir, fue la memoria. 

El aparecido (fragmento) 

 
Por Luis Santana, agosto de 2003 

No sé por qué extraña razón Darío siempre se me aparece, siempre está presente en todos los lugares adonde voy. 


Lo veo en las marchas, en la cara de los pibes barbudos rebeldes que cantan, lo veo en las paredes de Lanús dibujado con pintura negra. Lo veo en los graffitis de Wilde, en esas manifestaciones escritas que el pueblo escupe desde las paredes. Lo veo en el mural inmenso debajo del Puente Pueyrredón, lo veo en cada policía bonaerense que calla, que habla, que culpa, que se suicida, que no se hace cargo, que se entrega… Lo veo en los pasillos de la villa caminando tranquilo, y enormemente feliz, a veces (…)

 
Darío volviendo para entrar al hall de la estación, es el hombre nuevo que pensó tantas veces Guevara, ese Darío que vuelve para entrar al infierno es la juventud nueva que tanto hace falta. Darío volviendo, entrando, caminando, con miedo, claro, pero con absoluta seguridad, es el ejemplo que toman los que hoy levantan las banderas con su rostro eternizado. 
Y siempre Darío entra. Cada vez que lo veo, Darío entra. Adentro, arrodillado, se aferra a la mano de Maxi, que ya está muerto. La realidad convertida en sangre, humo y plomo, lo encuentra después de buscarlo, arrodillado y sufriendo, mostrando la humilde sensibilidad de los pobres. Darío no quiere soltar la mano de Maxi que ya murió. Es gigante ese acto, es eterno. Es inmortal, surge de lo más profundo del alma. 

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Y no puedo hablar de Darío sin hablar de Rodolfo Walsh, de González Tuñón, de Los Olimareños, de Paco Urondo (…) 
No sé por qué extraña razón Darío siempre se me aparece, siempre está presente en todos los lugares adonde voy. 


Su cara sonriente en los afiches de la facultad, su nombre en las banderas que piden en Plaza de Mayo, su cuerpo parado frente a las gomas que arden en puentes y rutas de todo el país, siempre presente en todos los lugares donde se reclama un derecho (…) 


Lo veo a Darío y lo admiro con verdadero respeto; hay que tener coraje para tejer la vida con la casi ausencia de todo, con tanta desesperación, ofensa, dolor. Con tanta humanidad negada, traicionada y aplastada.  
Darío volviendo y entrando al hall sin poder cruzar los brazos ante tanto insulto, Darío aguantando al frente para que sus compañeros se escapen, Darío otra vez, otra vez Darío, siempre Darío, eternamente Darío ahí donde pocos se atreven a pararse (…) 


Y no puedo hablar sólo de Darío mientras escribo, hablo también de los más de 30 seres humanos que dejaron su vida el 20 de diciembre, hablo también de los otros tantos que cayeron a lo largo y a lo ancho de todas las rutas del país. Todos muertos que pone el pueblo. 


Hablo también de los que están en los fríos calabozos de la desgracia esperando justicia, y hablo de todos porque es Darío ahora quien habla mientras escribo. 


El aparecido se llama lo que ustedes leen, porque Víctor Jara canta mientras los muertos de mi felicidad se hacen presente. Felicidad digo, porque ellos marcan el camino y no mueren, sino que trascienden para vivir por siempre. 

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Darío ha aparecido hoy, como otras tantas veces se me aparece por la calle, en el colectivo, en las paredes, en el diario, en fotos, en los ojos de Leo, en las caras de los que marchan hacia la esperanza. 


Darío vino hoy, un día de lluvia, con calor, sin sol, no golpeó mi puerta, entró como un hermano, y en el silencio estuvimos conversando mates, compartiendo músicas, cigarrillos baratos y otras maravillas de esas que alegran el alma, después de algunas horas, con un sentido abrazo se despidió y se fue sonriendo, como siempre. 

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