La contención psicosocial durante la larga noche de Cromañón

Durante la tragedia de Cromañón un equipo de psicólogos y psicólogas sociales trabajaron desde el primer momento en el lugar de los hechos, acompañando y conteniendo a los familiares y sobrevivientes del incendio, cuyo saldo fue de 194 muertos y miles de familias destrozadas.   

En apenas pocos meses del año 2004 el sur de América fue marcado por la desgracia. En la mañana del 1 de agosto de 2004 el centro comercial Ycuá Bolaños de la ciudad de Asunción ardió en llamas mientras en su interior se encontraban entre 400 y 700 personas.  Fallecieron 327 personas y el impacto de la tragedia en la sociedad paraguaya fue muy fuerte. Al poco tiempo el psicólogo social argentino Alfredo Moffatt viajó a Paraguay invitado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Paraguay para capacitar a los trabajadores y las trabajadoras de la salud mental en técnicas de primeros auxilios psicológicos y contención en situaciones de crisis para asistir a los afectados por el incendio, principalmente acompañando el duelo de las personas que perdieron algún familiar o ser querido en la tragedia. Antes de irse les prometió a los familiares volver en diciembre para poder acompañarlos en las fiestas de fin de año que son momentos donde se sienten mucho las ausencias. Cumplida esa promesa, volvió entradas las primeras horas del 31 diciembre a su casa del barrio porteño de Once cuando se enteró que a solo pocas cuadras se había incendiado un boliche con cientos de jóvenes adentro. 

Al llegar al lugar el panorama era desalador. Los cadáveres eran apilados a la salida del boliche antes de ser llevados a la morgue. Las ambulancias entraban y salían frenéticamente. Mientras personas de toda la ciudad y el conurbano bonaerense llegaban al lugar buscando noticias de algún familiar que había asistido al show. En el centro de los hechos se encontraba Emergencias PsicoSociales (EPS) una asociación civil sin fines de lucro creada en 1991 por Carlos Sica y conformada en su totalidad por psicólogos y psicólogas sociales entrenados para asistir a personas en situaciones de catástrofes, crisis y angustia pública. Intervinieron en tragedias como la tragedia de LAPA, las inundaciones en Lujan y el accidente ferroviario de Once, entre otros. 

Las bases epistemológicas del trabajo toman como punto de partida a la escuela de la psicología social de Enrique Pichón Rivière y Alfredo Moffatt. El rol del psicólogo social en esas situaciones es lograr lo que Alejandro Simonetti llamó “acompasar” que es estar con una persona a la par y lograr ponerse en su situación para que honestamente sienta que uno comprende su dolor y que está a su lado para acompañarlos, darles un abrazo o simplemente estar en silencio. Para en el peor de lo casos lograr evitar que la persona caiga en un vacío existencial, esa sensación de paralización del tiempo donde la vida deja de tener sentido debido a un fenómeno de alto impacto o porque muchas veces desaparece el proyecto de vida y la existencia diaria se torna insoportable. 

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El primer momento es definido como de “shock psicológico”, porque se produce cuando una persona reconoce el cuerpo fallecido de un ser querido y aún mucho más doloroso se torna cuando resulta ser una mamá o un papá quienes reconocen el cuerpo de su hijo o hija. Frente a esa situación, para Alfredo Moffatt  es el momento donde se aplica una técnica que bautizo como el “maternaje”, que es un abrazo para contener a la persona en un momento de desintegración del yo, es un abrazo contenedor, donde se habla poco y se deja el hombro para que se pueda apoyar para llorar. Es un momento donde se trabaja con técnicas psicodramáticas y de asistencia corporal para que se restituya la percepción de la realidad y se centre en el aquí y ahora porque es el momento donde a la persona se le cae literalmente el mundo encima. 

Durante varios años Alfredo Moffatt ha viajado por el país entrenando a docentes, funcionarios públicos y personal de salud en técnicas de primeros auxilios psicológicos, por ejemplo, en el caso de los bomberos suele suceder que cuándo intervienen en un accidente donde la víctima es un niño niña, el bombero quede momentáneamente paralizado porque al ser tan movilizadora la situación, puede imaginar a su propio hijo en el hecho. Es aquí donde se aplican técnicas para que la persona que interviene en crisis logre disociar y no quedar atravesada por lo que ve, porque si no ya no puede ayudar a nadie, es reconocer que uno está allí para una tarea aceptando sus propias limitaciones, y actuando profesionalmente en consecuencia.  
 
También se utilizan frente a situaciones de violencia institucional como son los casos de gatillo fácil o la represión por parte de las fuerzas de seguridad. Cuando el docente Carlos Fuentealba fue asesinado por la policía en una protesta, su gremio ATEN (Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén) convocó a Alfredo Moffatt para poder trabajar acompañando a la familia y compañeros y compañeras de la víctima. 
 
Continúa un segundo momento conocido como “diálogo de despedida” donde pasados varios días de la perdida se comienza el trabajo de duelo de la persona o grupo familiar que tiene muchas veces como objeto que las personas puedan despedirse de su ser querido, porque el accidente fue tan imprevisto y shockeante en su vida que no logran desprenderse de esa persona. Corriendo el riesgo de formarse lo que los psicodramatistas llamaron la “escena temida”, un momento inconcluso en nuestra vida que no pudimos cerrar y que mientras esté abierto sin elaborar nos seguirá demandando energía psicológica. Con la muerte de un hijo hija entra en crisis toda la estructura familiar. Queda un lugar vacío en la mesa muy difícil de llenar. Es para la única muerte para la cual no estamos preparados. Cuando un hijo nace le ponemos nombre y muchas veces hasta le elegimos antes de nacer equipo de futbol, artistas de rock y hasta imaginamos un futuro de prosperidad y felicidad, porque es todo lo que deseamos para su vida y no hay nada más sano que eso. Pero cuando de pronto de un día para otro todo eso ya no está, vivimos una especie de despersonalización y la vida pierde sentido. 

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En ese aspecto, uno de elementos que siempre remarcó Alfredo Moffatt es que en nuestra cultura occidental cristiana se tiene un serio problema con la muerte. Es un tema casi tabú en muchas familias, cuesta hablarlo y hasta a veces se oculta con los riesgos psicoemocionales que esa conducta implica. Aunque cuando la muerte está prevista, como en el caso de una enfermedad terminal, la familia tiene la posibilidad de ir elaborando el duelo, pero cuando la muerte es inesperada se produce una vivencia de mucha angustia porque es algo que no estaba previsto y cuesta aceptar que sucedió. En viajes por la India, pero principalmente por pueblos amazónicos y de la región andina, Alfredo Moffatt registró la existencia de otras ceremonias y formas para elaborar las perdidas. Son formas comunales donde se logra despedir al ser amado, pero también se festeja la vida y la muerte como parte de un proceso normal en todas nuestras vidas. Todas las culturas, a pesar de sus diferencias, tienen ceremonias para enfrentar la muerte. Vale preguntar sino ¿para qué le sirve el cementerio a un fallecido? En realidad, para nada. Es a nosotros a los que nos sirve, principalmente a los creyentes quienes lograr tener un lugar entre la tierra y el cielo para poder visitar a sus seres queridos y contarles como siguen las cosas. Incluso se puede ver frente a las lápidas de los cementerios o en los monolitos al costado de las rutas (cuando la persona falleció en un accidente automovilístico) que sus seres queridos le depositan ofrendas como bebidas, cigarrillos y mensajes de saludos. Es una forma de elaborar el tema de la muerte. 

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En este etapa suelen utilizarse técnicas gestálticas para ayudar a la persona a visualizar o imaginar situaciones para que logre despedirse del ser querido, donde se dicen las cosas que no se les alcanzó a decir en vida, como un “perdoname por..”; “nunca te dije todo lo que te quería” o simplemente  “adios”. 

Como cierre de la intervención, en la tercera y última etapa se ayuda a “recrear la vida cotidiana” de la persona y/o grupo familiar, afrontando los lugares vacíos al levantarse en las mañanas o en las comidas de los domingos y fundamentalmente en fechas de cumpleaños o las fiestas de fin de año que son muy sensibles al respecto. Pero de a poco el dolor es menor y alrededor del año se logra completar el proceso de duelo. De no lograrse se corre el riesgo de estar frente a un duelo patológico que exigirá asistencia psiquiátrica.  

Dentro de las actividades realizadas por la escuela de Alfredo Moffatt sobre el tema, se destaca la “comunidad autogestiva alternativa Bancavida”, que fue un proyecto de trabajo con un grupo de jóvenes sobrevivientes de la tragedia de Cromañon, oriundos de la localidad de Isidro Casanova, en el partido de La Matanza. Eran 12 jóvenes vecinos del asentamiento “17 de marzo” que fueron juntos al recital de Callejeros pero de los cuales 5 fallecieron en el incendio. Así fue como junto a familiares y vecinos de los pibes se decidió construir una plaza con un subsidio de la provincia, la “Plaza de la Memoria” en homenaje a las víctimas de Cromañon. Porque la tarea consiste esencialmente en eso. En estar y ser con otros. En salir del llanto y construir un proyecto colectivo de vida, aceptando que ese ser querido ya no está físicamente entre nosotros, pero que ahora habita nuestros recuerdos. Es como una cicatriz, al principio cuando la herida está abierta nos duele, pero con el tiempo se convierte en una cicatriz y ya no duele como al comienzo, aunque la marca siempre va a estar presente. 

Para situaciones de catástrofes, auxilio en crisis o angustia pública, Emergencias PsicoSociales cuenta con un teléfono de atención las 24 hs. Te podes comunicar llamando al: 11 4424 1157. 

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