Aniversario y balance

A propósito de la reciente aparición de 8 hipótesis sobre la Nueva Izquierda post 2001, de Lisandro Silva Mariños (Jacobin, 2021), en estas páginas adelantamos comentarios a modo de reseña, junto con algunas reflexiones a partir de los debates que deja su lectura.

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“Entre los anhelos de tomar el poder y los episodios de nuestra lucha, no se ve la relación de una estrategia que avance hacia los objetivos últimos. Se organiza lo táctico, pero sin integrarlo a una política que, por arduo que sea el camino que señale, presente la revolución como factible, como meta hacia la cual marchamos.”

John W. Cooke, Apuntes para la militancia

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Una izquierda parida en 2001

El cierre del año 2021 trajo una (llamativa) memoria a veinte años del 2001 en la Argentina. Más allá de los círculos militantes, en general autocentrados, el aniversario recibió la atención de comunicadores, periodistas, artistas y un amplio crisol de fuerzas políticas. Evidentemente, la fecha es un significante que atraviesa de distintas maneras la historia reciente del país.

En ese marco se inscribe el trabajo de Lisandro Silva Mariños, un libro que se propone un balance ‒y lo logra‒ del espacio político nacido al calor de la rebelión popular. Un espacio que ha atravesado un largo momento de crisis política que lleva a preguntarnos genuinamente por su real existencia.

El autor se posiciona como partícipe de las experiencias de construcción de esta “nueva izquierda” o “izquierda independiente”, de allí que las hipótesis son parte de un compromiso militante que implica la reflexión sobre la práctica, la identificación de nudos problemáticos, aciertos y errores que este espacio político supo atravesar a lo largo de estas décadas.

Para Silva Mariños, esta nueva izquierda forjada en el ciclo de luchas populares 1996-2002, tuvo por característica un ethos militante en donde cobraron relevancia elementos estructurantes de su identidad: el poder popular, la acción directa, el antiburocratismo y la autonomía. Este conjunto de elementos que tuvieron un rol fundante en las luchas antineoliberales de aquel ciclo, terminó por conformar las ideas fuerza de un espacio político que ensayó respuestas ante la crisis orgánica del capitalismo argentino. Abrevando en las masivas organizaciones territoriales de las periferias urbanas (que darán origen al Movimiento de Trabajadores Desocupados), luego de la Masacre de Avellaneda un sector cada vez más importante del movimiento estudiantil va a confluir en el espacio de la nueva izquierda dando lugar a un conjunto de herramientas organizativas que se propusieron como horizonte la construcción política multisectorial.

El período iniciado en 2003, en tanto momento de recomposición del capitalismo dependiente argentino, encontró a la nueva izquierda con un proyecto de construcción política que, al tiempo que se distanciaba del naciente kirchnerismo ‒que supo hacer una lectura “desde arriba” de la crisis de 2001 y dar respuestas en consecuencia‒ se construyó en la crítica tanto de la izquierda tradicional como del autonomismo corporativista. Por esto años se fundan el Frente Popular Darío Santillán (2004), el Frente de Organizaciones en Lucha (2006) y más tarde, aunque de un proceso que se remonta varios años atrás, el Movimiento Popular La Dignidad (2009).

Como señala Silva Mariños, uno de los méritos de esta nueva izquierda fue el de “ampliar los márgenes de la lucha anticapitalista” a partir de incorporar en el horizonte emancipatorio un conjunto de luchas vinculadas a la crisis económica, social y ecológica. Sin embargo, la situación política abierta en el país en 2008 con el llamado “conflicto con el campo” va a dejar al descubierto las dificultades de la nueva izquierda para posicionarse en ese escenario. Aunque se ensayaron distintos intentos de articulación y coordinación tendientes a dar una respuesta política a la coyuntura (Otro Camino, COMPA, Espacio de Humahuaca, etc.) ninguno logró perdurar y, recuperada la iniciativa política del kirchnerismo en 2009, las dificultades de la nueva izquierda parecieron acrecentarse.

Luego de un ciclo de acumulación política (2004-2008) en el que las organizaciones de la nueva izquierda lograron un crecimiento sostenido y se transformaron en atractores sociales para una importante camada de militancia joven, el nuevo escenario político nacional abrirá debates que este espacio político atravesaría con más golpes que certezas.

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Algunas cuestiones sobre el cambio de etapa

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Una vez cerrada la crisis de hegemonía abierta en 2008 y habiendo recuperado el kirchnerismo su iniciativa política, la izquierda independiente buscó dar respuestas a la nueva etapa, probablemente sin mayores precisiones. El debate sobre la necesidad de dar una disputa institucional (particularmente, la participación en elecciones a través de distintos instrumentos políticos) pareció dividir al espacio en posiciones irreconciliables.

En palabras de Silva Mariños:

“Diez años de recomposición de la legitimidad estatal para garantizar el dominio político y social sobre las clases populares, evidenciaron que la plataforma de consignas y principios de la nueva izquierda eran herramientas escasas para afrontar el cambio de situación que no se reducía a la ‘resistencia en las calles’, sino que exigía intervención y construcción de alternativa política frente a los problemas fundamentales que ordenaron el período 2008-2015, cuando el kirchnerismo se corrió a la izquierda post derrota con las patronales agrarias campo. Por ello el debate electoral tensó todo el espacio, dando cuenta de los déficits en materia de debate y acuerdo estratégico sobre puntos nodales como las herramientas organizativas y el cómo de la táctica electoral”.[1]

Estas dificultades parecían indicar que existía una sobreestimación de los procesos electorales y eso conducía a un vacío estratégico. Sin embargo, a la distancia, pareciera que fue al revés: un sector de la nueva izquierda intentó (vanamente) resolver el vacío estratégico a partir de una salida institucionalista. Independientemente del resultado de esa salida (que en algunos casos condujo a una integración plena en las estructuras de poder), lo que intentamos señalar es que en la médula de la crisis de la nueva izquierda anidan falencias estratégicas. Y esas falencias en parte pueden rastrearse en algunos elementos de su ethos militante.

Siguiendo estas reflexiones, podemos afirmar que a partir de la ruptura del Frente Popular Darío Santillán (FPDS) a fines de 2012, la nueva izquierda inició un momento de reconfiguración que, en verdad, terminó siendo el comienzo de una deriva. El efecto de esta ruptura caló muy hondo en el conjunto de la nueva izquierda, algo que quizás se vio con más claridad con el paso del tiempo.

Pero este proceso no puede ser analizado solamente, creemos, a partir de problemas exógenos. Cargar casi exclusivamente en la cuenta de la cooptación estatal la deriva de la nueva izquierda es insuficiente y, como mínimo, no permite analizar falencias propias de este espacio de la izquierda argentina que tuvieron un peso considerable en su devenir político. Y este ejercicio de reflexión es necesario porque la izquierda independiente hoy es una expresión casi testimonial, cuando prometía mucho más.

En primer lugar, como señala Silva Mariños en su trabajo, el concepto de “poder popular” ocupó un lugar oscilante, entre categoría estratégica y marca identitaria de la nueva izquierda. Esta indefinición ‒o, si se quiere, flexibilidad‒ ocultó en todo caso el hecho de que el horizonte de la nueva izquierda no lograba “enmarcarse dentro de una estrategia de poder a largo plazo”.[2] Así, en muchos momentos, la construcción de poder popular podía confundirse con (esto es, igualarse a) la existencia de espacios mínimos de resistencia territorializada. Si la construcción de poder popular ha sido, en la práctica, entendida como el emplazamiento de construcciones territoriales más o menos desarrolladas, y no como una estrategia de construcción de poder ‒una estrategia integral de construcción de poder, con capacidad de disputa con las clases dominantes‒ allí radica un problema. Y este problema no es teórico, sino político.

En esta misma línea, hay que distinguir la autonomía, como elemento fundante de la nueva izquierda surgida al calor del 2001, del antiestatismo. Si, como apunta Miguel Mazzeo[3] la autonomía devino por degeneración en antiestatismo, también hay que señalar que esa perspectiva autónoma del ciclo de luchas que se sintetizó en la rebelión popular de hace veinte años carecía entre otras cosas de mecanismos de construcción de poder. Evidentemente había una distancia muy grande entre el germen de institucionalidad que expresaban estas construcciones autónomas, y las formas de consolidación de poder popular.

Por otra parte, si algo caracterizó al espacio de la nueva izquierda es una fuerte crítica a la forma-partido. Una crítica totalmente comprensible, y certera, en el contexto de ocaso de las experiencias del “socialismo real”. Sin embargo, como señala Silva Mariños, este momento de negación no portaba muchas pistas de nuevas formas de herramientas político-organizativas. Dicho de otro modo, en el balance de estos años de desarrollo de la nueva izquierda hay un espacio muy grande a la crítica de la izquierda tradicional. Y es cierto que existieron taras políticas en el troskismo (simplificamos a la izquierda tradicional en el troskismo, haciendo un guiño al extendido pelaje marcartista de cierta postura nacanpop). Pero también es cierto que la energía puesta en la crítica a la “vieja izquierda” puede haber sido funcional para esconder las falencias de la nueva izquierda. Parafraseando uno de los trabajos teóricos más sustanciales en los años de formación de este espacio político, posiblemente teníamos mejores intuiciones sobre ¿Qué (no) hacer?, que certezas sobre cómo hacerlo.

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Las herramientas político-organizativas de la nueva izquierda mostraron una eficacia parcial en un primer momento de articulación de experiencias diversas (sindicales, territoriales, estudiantiles), pero también limitaciones. La experiencia del Frente Popular Darío Santillán, en particular, como herramienta política no ofreció mecanismos que permitieran canalizar algunos debates, pero sobre todo evidenció carencias a la hora de generar política para la etapa, todos elementos que contribuyeron a la ruptura del FPDS.

Como señala el autor:

“A fin de cuentas, el universo de argumentos vertidos [en la ruptura del FPDS] evidenció tanto la ausencia de una perspectiva política común, como la inviabilidad de un formato organizativo caracterizado por la heterogeneidad organizativa y política, el cual funcionó durante una etapa de resistencia social guiándose por acuerdos mínimos y consensos, pero se mostró obsoleto para afrontar los desafíos políticos de mayor envergadura que explicitaron los disensos preexistentes en cada agrupamiento de una gran organización federal”.[4]

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Paréntesis, y no tanto. Hace unos años, un compañero circuló una fotografía de una negociación que tuvieron una madrugada en Casa Rosada, en medio del conflicto por las tomas de tierras en el Parque Indoamericano. Corría el año 2010, más de tres mil familias ocupaban un terreno de unas 120 hectáreas en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. Había cuatro compañeros del FPDS en esa reunión. Uno de los compañeros ‒el que hizo circular la foto‒ lo recordaba como un momento de inflexión en su militancia por lo que había significado la toma del Indoamericano para el sector territorial. Para otro de los compañeros que también estaba en esa reunión, en cambio, la imagen expresaba el grado de improvisación que en muchas ocasiones tuvieron nuestras organizaciones: se iba a esas reuniones con funcionarios sin saber muy bien hacia dónde salir, superados por la realidad, sin una línea política más o menos clara. En este sentido, este compañero señalaba que veía cierta distancia entre una línea conceptual bastante sólida (el marxismo latinoamericano, las experiencias históricas de construcción de poder popular) y una práctica política que se manejaba mucho más guiada por la improvisación.

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Problemas de la nueva izquierda

Permitiéndonos algunas conclusiones parciales, en lo que sigue acercamos algunos nudos sobre los que nos parece necesario volver a la hora de un balance a dos décadas del 2001.

Es posible afirmar que la nueva izquierda en su práctica (porque desde lo conceptual sí existía una crítica) estuvo atravesada por distintas modalidades del espontaneísmo; o, lo que es igual, en cierto anti-leninismo “ingenuo”. Decimos ingenuo en un doble sentido: porque se partía de una crítica que no ofrecía respuestas alternativas de al menos una modesta eficacia; pero también porque la generación de militantxs paridxs al calor de las luchas de 2001 se encontraba totalmente ajena a los debates y conclusiones que esta tradición (la tradición de la “vieja izquierda”) había acumulado a lo largo del siglo XX. Podría decirse que tiramos el agua con Lenin adentro. Probablemente, la tendencia al espontaneísmo sea una marca histórica de la rebelión popular del 2001 de la que era muy difícil ‒sino imposible‒ desprenderse. Pero el excesivo espacio dedicado a la crítica de la “vieja izquierda” sólo ocultó las falencias de la nueva izquierda, sin generar ningún tipo de anticuerpos.

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En el balance de la nueva izquierda se observa la ausencia de recursos para construir poder cambiando las relaciones de fuerza en la sociedad. Dicho de otro modo, las organizaciones de la izquierda autónoma carecieron de capacidad contrahegemónica. Más allá de la creación de símbolos y de una mística propias, fueron insuficientes para contrarrestar los procesos de relegitimación estatal y clausura de la crisis de dominación en curso a partir de 2003.

Ese rasgo espontaneísta devino en una fuerte falencia en la formación de cuadros/as con capacidad de proyectar política. Con excepción de compañeros y compañeras que provenían de una trayectoria más larga en el tiempo (militancia en los 70 y los 80), de las nuevas generaciones militantes de los 90 y los 2000 no surgieron una masa crítica de cuadrxs con capacidad de analizar la realidad y, a partir de ahí, proyectar política. Y esto no lo suplió la voluntad por llevar adelante espacios de formación tanto en la militancia como en las asambleas de base. Esta falencia en la generación de cuadrxs políticos hay que encontrarla en elementos histórico-estructurales.

Al mismo tiempo, predominó una lectura insuficiente de los cambios en el Estado, sobre todo a partir del kirchnerismo. Los cambios en las formas de intervención estatal no estuvieran bien caracterizados por la nueva izquierda y las organizaciones de este espacio político se mantuvieron más bien con una imagen del Estado que enfrentaron en el ciclo 1996-2002. Con esta caracterización tendieron a reducir la interpretación del accionar estatal casi exclusivamente como mecanismos de “cooptación”, sin posibilidades de observar “nuevas relaciones de mediación”.

Sobre la capilaridad que van a comenzar a adquirir las intervenciones estatales post 2001, resulta interesante señalar con María Maneiro que

“No sólo la matriz corporativa clásica parece tornarse demasiado estrecha sino que la vía clientelar clásica parece volverse excesivamente vulnerable. Es así como se fomenta un nuevo escalón en el trabajo territorial a partir de la reapropiación estatal de las experiencias territoriales existentes. En otros términos, para las políticas propiciadas ‘desde arriba’ no alcanzaban las redes mediadoras previas, sino que se tiene que sobreponer encima de estas una malla más densa que articule los emprendimientos comunitarios que se estuvieron realizando a nivel territorial. Se pretende, de esta forma, ir construyendo una matriz articulatoria más reticular que tome en consideración raíces identitarias de diverso tipo”.[5]

Las nuevas formas de intervención estatal modificaron el vínculo entre el Estado y los movimientos sociales. En esta renovada articulación entre la sociedad civil y las instituciones estatales, los movimientos sociales comenzaron a ocupar un rol que las ubicaba como nexo entre las políticas estatales y los barrios. La magnitud de recursos que el Estado “bajaba” a los territorios fue mediada por los movimientos, y ese proceso tuvo una doble consecuencia: la corporativización de las organizaciones territoriales y su despolitización. Si bien esta lógica fue transversal, por supuesto que los grados de integración estatal fueron diferentes de acuerdo al tipo y características ideológicas de las organizaciones: desde aquellas cuyos referentes pasaron a convertirse en funcionarios, a aquellas que mantuvieron un diálogo que les permitió mejores niveles de negociación. Pero incluso los movimientos sociales no alineados a ningún oficialismo terminaron abocados a administrar los recursos del Estado ‒invirtiendo incluso una importante masa de militantes en estas tareas‒ perdiendo así capacidad política. De alguna manera, la política de los movimientos sociales pasó a ser la política del Estado.

Hay que pensar como una totalidad los problemas de la(s) izquierda(s) y el desarrollo de las formas de capitalismo dependiente en la Argentina. Encontrar los vasos comunicantes entre la financiarización de la economía, por un lado, y la corporativización del precariado y los distintos procesos de integración/subordinación política, por otro.

Si, como se afirma en el trabajo que reseñamos, 2019 se convirtió en el “cierre de la primera etapa” de la nueva izquierda, acorralada entre la integración, la implosión y el aislamiento, no menos cierto es que largo será el proceso de reconstrucción de este espacio político en el camino por recuperar parte del acervo que supo construir, fundamentalmente en los años de impugnación al neoliberalismo en nuestro país. Pero eso requerirá prepararse “ideológica y materialmente”[6], como afirma el autor.

El trabajo de Lisandro Silva Mariños viene entonces a contribuir con una tarea prioritaria: describir el derrotero, ordenar los debates, señalar las tensiones del espacio político de la nueva izquierda en la Argentina. Un trabajo de minuciosa documentación que no busca dirimir en cuál tendencia radica la verdad histórica, sino advertir los obstáculos que imposibilitaron el desarrollo de un proyecto político emancipatorio de largo alcance.

Porque en definitiva, la posibilidad de articular el conjunto de luchas que aparecen fragmentadas y se vinculan a las resistencias contra la profundización de un modelo dependiente, requerirá también de la capacidad por elaborar alternativas y convertirlas en viables. Delinear un proyecto de país desde las izquierdas es una tarea que está aún por construirse.

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::: Descargar el libro completo: 8 hipótesis sobre la Nueva Izquierda post 2001


[1] Silva Mariños, Lisandro, 8 hipótesis sobre la Nueva Izquierda post 2001, Jacobin, Buenos Aires, 2021, p. 54.

[2] Silva Mariños, op.cit., p. 17.

[3] Mazzeo, Miguel, “¿Otra izquierda? De la promesa al impasse”, en VV. AA, Resistencia o integración. Dilemas de los movimientos y organizaciones populares en América Latina y Argentina, Cuadernos de Contrahegemonía #3, Herramienta, Buenos Aires, 2019, p. 60.

[4] Silva Mariños, op. cit., p. 64.

[5] Maneiro, María, De encuentros y desencuentros. Estado, gobiernos y movimientos de trabajadores desocupados, Biblos, Buenos Aires, 2012, p. 279 (el destacado es nuestro).

[6] Silva Mariños, op. cit., p. 107.

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