30 años de contrahegemonía en Venezuela: razones históricas del 4F

Especial para Contrahegemonía

En la mañana del 4 de febrero de 1992 un país sumido en la crisis más profunda de su historia, que apenas enterraba los centenares de muertos acribillados del Caracazo, despertaba con estruendos de guerra, confusión, golpe, desgobierno y tenues anhelos de transformación que se condensarían como torbellino en un hombre de boina, poco más de un minuto de pantalla, y dos frases que sedimentarían en las memorias: “por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”, “yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento”. Días después, niños con aquella boina roja y máscaras de militar jugaban al carnaval en las afueras de los cuarteles, billetes con el rostro de aquel desconocido se paseaban entre manos, manifestaciones multitudinarias exigían liberación perdón y transformación, rezos y poemas corrían en los vacíos de la miseria, y se decía ya que en Venezuela coexistían dos poderes; el Pacto había estallado.

¿Qué sucedió? ¿Cómo explicar las razones de posibilidad y desarrollo de aquel día y fundamentalmente de su éxito identitario? ¿Tal es el peso del individuo en la historia? Pues creemos que no, por lo que buscaremos aquí recorrer brevemente algunas variables que ayuden a comprender los por qué del 4F.

La alfombra de la crisis: quiebre del Pacto de Punto Fijo y neoliberalismo

El descubrimiento y posterior explotación de cuantiosas reservas petroleras desvió a Venezuela del camino vecinal sudamericano de producción agrícola, fortalecimiento de una oligarquía asociada a la concentración de las tierras más fértiles, y un Estado represor garante de su propiedad y expansión. El petróleo generó, en cambio, un aparato estatal relativamente fuerte, con mayor capacidad y recursos para sortear o administrar conflictos y para realizar obra pública, forjando esa Caracas futurista (del futuro según los 60/70) de película de ciencia ficción; y una burguesía parasitaria asociada a la renta petrolera y la importación, con escasa capacidad productiva. Así, hacia fines de la década del 50 y tras la caída de la última dictadura militar que conoció el país caribeño, se forjó el llamado Pacto de Punto Fijo, un acuerdo de alternancia en el gobierno entre los partidos mayoritarios –la socialdemocracia de AD y el conservadurismo de COPEI- que implicó la consolidación de un bloque histórico de poder: la burguesía beneficiaria de la renta, los partidos políticos (“Punto Fijo” era la residencia de Rafael Caldera), el sindicalismo siempre dispuesto a colaborar de la CTV, la iglesia, el ejército y la pluma y el papel de los Estados Unidos. En la célebre fórmula de Fernando Coronil, la ilusión de un “Estado Mágico” que solucionaría todos los problemas y crearía todos los futuros, completaron el coctel.

Pero a inicios de la década del 80 el Pacto se agotó, y lo hizo en buena medida jaqueado por las propias reformas neoliberales. En el plano material, por un lado, la renta petrolera futura fue disminuyendo por la extranjerización vía deuda externa, minando las posibilidades de acción estatal, mientras que por otro los paquetazos y ajustes empeoraban la forma de vida de los trabajadores y trabajadoras venezolanas, empujando a la miseria a las bases de la pirámide que habitaban los cerros caraqueños, esa entidad con vida propia. En el plano discursivo, los relatos de supuesta inclusión policlasista del Estado Mágico, y la legitimidad de la democracia como forma organizativa, fueron dando lugar al individuo, la competencia, el desarrollo personal y el sálvate tú, despertando viejos enfrentamientos y dualidades sedimentadas que pueden rastrearse, no sin cuidado, hasta los Caribes y los Mantuanos. Así, el 27 de febrero de 1989 la rebelión popular tomó la cerveza del sepulturero del Pacto que, como todo poder acorralado, disparó metrallas hasta el último día. No hay 4F sin Caracazo.

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Izquierda y lucha armada

Un segundo aspecto para comprender el golpe de 1992 y la posterior llegada de Hugo Chávez al poder es el desarrollo -y las decisiones- de parte de la izquierda venezolana fundamentalmente en su estratega de poder y, allí dentro, de su mirada hacia las Fuerzas Armadas. Excedería a esta nota realizar un “mapeo” general de la izquierda de los 60, 70 y 80, pero valga mencionar algunas siglas, personalidades y estrategias en busca de las razones del 4F.

Quizás los dos referentes más importantes de la izquierda venezolana, hasta 1992, hayan sido Douglas Bravo y Alfredo Maneiro, y de ellos se desprenden dos de las organizaciones que creemos claves en esta historia: el PRV (Partido de la Revolución Venezolana) y la Causa R (La Causa Radical). En 1957 el Partido Comunista había creado el Frente Militar de Carreras en cuya conformación puede leerse la intencionalidad explícita de establecer vínculos con las Fuerzas Armadas, tanto de penetración como de cooptación. Cinco años después, dos alzamientos contra el gobierno puntofijista de Betancourt, los de Carúpano y Puerto Cabello, contaron con participación de ambos sectores. Más adelante, el PC decidió desmovilizar y suspender toda acción armada, dando lugar al surgimiento de nuevas organizaciones que cuestionaron éstas y otras decisiones. Así, el PRV, que se había formado apenas 3 años antes bajo la dirección de Bravo, aprobó la estrategia conocida como “Viraje Táctico” que reconocía las dificultades de la vía violenta, aunque se mantenía armada, y apuntaba hacia el desarrollo de la lucha civil y los vínculos con el ejército bajo la denominación de “insurrección combinada”. Adán Chávez se incorporó al PRV, mientras el joven Hugo continuaba su carrera militar ya graduado de la academia, y ya en conspiración. El “Douglismo”, además de la tesis de la unión cívico-militar, tenía una conformación ideológica que abrevaba en el bolivarianismo, buscaba en la historia nacional raíces de la insurrección, e intentaba contener visiones del mundo indigenista y del cristianismo. Finalmente, Hugo Chávez formaría parte del directorio del PRV, en paralelo a su acción interna en las FFAA, mucho antes del 4F. Aunque ciertamente la relación con Douglas Bravo sería conflictiva, son evidentes las semillas de lo que vendrá.

El diálogo de Chávez y el MBR200 con organizaciones de izquierda de cara a un alzamiento cívico militar incluyó también a la “izquierda ultra” de Bandera Roja (que luego sería acusada de infiltración) y La Liga Socialista, entre otras, pero interesa señalar brevemente la influencia de Maneiro sobre Chávez. La Causa R también es producto de las críticas a las “desviaciones” de los partidos prosoviéticos, pero su estrategia no fue igual a la de su hermano el PRV. Con la “democracia radical” como significante aglutinador que articulaba también con el bolivarianismo y la historia nacional, la Causa R apostó por la pata civil: desarrollo obrero y vía electoral. Maneiro murió tempranamente, en 1982, por lo que la relación continuó principalmente con Pablo Medina y Alí Rodríguez Araque (quien fuera primero del PRV); mas no con su dirigente principal: Andrés Velázquez. Velázquez desarrolló un importante trabajo en la zona fabril de Guayana, logrando el apoyo de buena parte del movimiento sindical. Desde aquel lugar seguiría la vía electoral una y otra vez, pero Medina y Araque apostaron por la sublevación cívico militar, continuando con las negociaciones y preparativos.

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Es cierto que estos vasos comunicantes no dieron buenos frutos: tras años de coordinación, las discrepancias sobre la conducción del movimiento, que para Bravo debía ser civil y que implicaba no solo diferencias de estrategias sino dispuestas internas de poder, alejaron al PRV. En Causa R Medina y Rodríguez Araque no lograron movilizar el apoyo crucial de sectores obreros a la sublevación tras el desacuerdo con Velázquez, y Bandera Roja intentó copar la dirección desplazando a Chávez incluso con su muerte, relato que Elías Jaua nos confirmó parcialmente en una entrevista, pues él mismo (que conocería a Chávez después, ya en libertad) fue expulsado de dicha organización antes del alzamiento. Pero vemos que la unión cívico-militar como sujeto y estrategia de poder tiene un largo recorrido en la izquierda venezolana. Además, la democracia radical como significante aglutinador, y el bolivarianismo como continente de toda la formación discursiva son aspectos en los que Chávez se incluirá de cara al 4f.

Los militares venezolanos

Pero no puede entenderse la estrategia de la izquierda hacia el mundo militar sin atender a aquellos aspectos que hacían plausible esta tesis en los propios militares. Resumamos aquí algunos de los puntos hallados.

En primer lugar, escribiendo desde el sur del sur, valga recordar que en Venezuela no hubo Plan Cóndor, ni dictadura en la segunda mitad del siglo XX, ni centros clandestinos de detención a cielo abierto. Claro que hubo represión, persecución y proscripción, pero el sistema puntofijista garantizó la mediación y el dominio sin verse amenazado ni recurrir al exterminio y el shock. Además, Venezuela vivió rápidamente su “que se vayan todos”, las encuestas reflejan el sentimiento antipartido de principio de los 90, así como la desvalorización de la democracia como ordenamiento social, pero allí los militares –sin extremar la tesis- no eran una opción al menos tan cuestionable.

En segundo lugar, en la faz ideológica, podemos pensar dos aspectos que hacían posible esta articulación: le bolivarianismo y la formación académica. El bolivarianismo, una “segunda religión” al decir de Carrera Damas, un mito, atraviesa toda la sociedad venezolana y en particular el mundo militar. La disputa por el sentido de Simón Bolívar en tal o cual armado discursivo tiene un largo recorrido, desde gobiernos conservadores con su “panamericanismo” entendido como una alianza con los países fuertes del continente, hasta sectores de izquierda que veían un latinoamericanismo antiestadounidense de raigambre popular, y hasta una adecuación local del marxismo. Desde un comienzo, Chávez citó a Bolívar en cada oportunidad de patio joven militar, Bolívar estaba en todos lados, y no era difícil hacerlo correr hacia el molino propio de la segunda independencia y la Quinta República. Asociado a este aspecto, en su promoción como estudiante se implementó el Plan Andrés Bello que buscaba “profesionalizar” las Fuerzas Armadas entre otros aspectos con titulaciones de grado y posgrado. Maestros como Pérez Arcay no solo enseñaban sobre Bolívar, sino también sobre Mao Tse Tung o Lenin, así como los nacionalismos militares de Torrijos o Velasco Alvarado. Claro que los lineamientos generales no eran de izquierda ni mucho menos, pero la confianza en el puntofijismo había producido cierta independencia respecto del patrocinio del Pentágono y los lineamientos de la Escuela de las Américas, llevando a miradas más amplias o permisivas.

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Finalmente, la composición de clases del mundo militar poseía un fuerte peso de los sectores populares que veían depreciar su materialidad y la de sus allegados ante cada paquetazo, a la vez que los vértices de la pirámide política de la que dependían roían la aun opulente vida de las élites decadentes: “aquí la oligarquía siente animadversión hacia lo militar. Es una repugnancia histórica; las clases ricas ven un cuartel como cosa del populacho” decía Chávez a Ramonet mucho después. Animadversión que se reproducía en las Fuerzas Armadas desde las cúpulas hacia las bases o mandos medios, aspecto que los documentos del MBR, incluso los preparados por Kléber Ramírez para el alzamiento, denunciaban.

Así, la conspiración militar fue en verdad una constante para los años 80. El grupo ARMA de William Izarra, expulsado de las fuerzas por “conspiración marxista” y de cuyo reciente fallecimiento hablamos en otro escrito, no era el único antecedente del MBR; por el contrario los trabajos de Irwin y Micett demuestran una importante cantidad de grupos actuando bajo distintas siglas y direcciones (Chávez, Izarra, Arias Cárdenas, Acosta Carles, Visconti, Castro Soteldo, Blanco de la Cruz y otros) que van entrecruzándose a lo largo de pocos años.

Chávez y el MBR, más hijos que padres del 4F

Una crisis profunda que afectaba materialmente a la mayoría de los trabajadores y habitantes de las barriadas populares en creciente movilización, pero también a los resortes estatales de la renta petrolera; crisis que lleva al agotamiento del pacto de alternancia y su formación discursiva, y a la impugnación de la democracia en sí junto a los partidos políticos como apartados de mediación. Una apuesta de parte de las izquierdas, con historia, dirigentes, siglas y acciones, que se sustentaba en la alianza cívico militar como estrategia de poder. Una composición militar que, en su bolivarianismo, su origen popular en crisis con las cúpulas y su utilización, su formación de grado abarcativa y su historia de grupos en conspiración, poseía sectores receptivos a la alianza transformadora en constante conspiración. La mesa de 1992 estaba servida.

El coctel que llevó al 4F no tiene a Hugo Chávez como creador y prestidigitador de una novedosa o exitosa estrategia de poder, por el contrario se incluye en una serie de cauces que lo vuelven no solo posible en el radar de quienes la emprenden si no, como se comprobó días después, viable para buena parte de la población. La contrahegemonía nace ahí, no con la crisis de la hegemonía anterior, si no cuando una alternativa es vista como real y factible por las mayorías populares, cuando confían en ella. Sobre este cauce aparece sí Hugo Chávez y su capacidad aglutinadora, su singularidad resultante de fuerzas que actúan en la sociedad, su responsabilidad ante los hechos y su por ahora de esperanza. Y claro, su capacidad de comprender y desarrollar, con los sentidos sedimentados de su tierra, con sus imágenes fuerza, una estrategia de poder. Conectar con los mitos movilizadores que impugnan la hegemonía sea quizás una de las grandes falencias de nuestro tiempo en el sur, y mucho puede aprenderse de Venezuela. Sea ese, tal vez, el “rol” del individuo en la historia.

De aquellas fuerzas tomará la estrategia cívico-militar ahora sustentada en el creciente ciclo de protesta posterior al Caracazo, pero también el bolivarianismo, la democracia radical, la historia nacional y toda la argamasa con la que derrotará, ya por las urnas, a un sistema putrefacto pero unido en su contra. El 4 de febrero de 30 años atrás representa entonces la simiente del chavismo y, con él, de una alternativa en la disputa hegemónica; pero surgida de otros árboles, como todas las semillas.

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