Que se escuche Inacayal

Encerrado detrás de un vidrio, en cautiverio, desnudo, arrodillado mas no vencido, Inacayal posa. Mira los restos de su compañera y de sus seres queridos, exhibidos de espaldas a la piedad de quienes los otean como a los huesos de mamuts, dinosaurios y otras piezas de museo que cuentan en La Plata, la historia de otra era donde a las fronteras las dibuja el viento y la crueldad se limita a las ofrendas para conjurar la sequía.
Forzado, mira con los ojos huecos al dibujante que retrata la injusticia. Inacayal, mapuche-tehuelche, señor de la Patagonia norte, cacique poderoso, cometió el pecado de alimentar al hombre blanco. El mismo Perito Moreno al que cobijó en el Nahuel Huapi, regresó cuando -después de pelear tres años contra el ejército de Roca- se había convertido en el último de los caciques derrotados, para “liberarlo en agradecimiento” y convertirlo en una pieza de exhibición.
Adivinando la llegada de la muerte, eligió una escalera y después de desnudarse y saludar al Sol, gritó en su lengua con todas sus fuerzas y se arrojó. Prefirió el suicidio a la entrega de su identidad y dicen que murió, con un pedazo de sur en los ojos.
Hoy en las tierras de Inacayal, Joe Lewis se pasea como Roca, el Perito Moreno, los Braun, los Blanco Villegas, los Benetton y como muchas familias patricias de bajos instintos y dudosa estirpe: usurpando tierras y lagos, delineando estrategias militares, coimeando funcionarios y amedrentando a golpes, balas y fuego, a las comunidades que todavía resisten. Esas a las que no les importa que los medios de comunicación las exhiban en las vitrinas como “terroristas” y siguen poniendo el cuerpo frente a la ignorancia y la avaricia de los que escribieron “la historia” con la brutalidad del brazo tonto del Estado.
Los restos de Inacayal, que no conservó Moreno con fines lúdicos, se restituyeron a la comunidad de Tecka, en Chubut. Más de una década después, su corazón apareció disecado en el museo.  Seguro es que su espíritu anda libre por sus tierras, listo para susurrar hasta el último de los alaridos bárbaros, a los hermanos que no se rinden, para que nunca dejen de luchar.
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Imagen: Museo de Ciencias Naturales de La Plata – Archivo 

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