El pirata manco

Mucho antes que buena parte de la sociedad argentina se enfocara en el monumento ecuestre del general Roca notorio genocida de indios y que reintrodujo la esclavitud a fines del XIX, ya pasaban cosas bastante significativas con la estatuaria de la ciudad de Buenos Aires que es mucho más movediza de lo que podría suponerse para una mole de bronce. La primera obra que comienza a ser mirada de reojo a poco de su inauguración es la del Negro Falucho[1] que analizo en Pedestales y Prontuarios y Esclavitud y Afrodescendientes. Ya su misma ejecución nace con un halo problemático, el artista Francisco Cafferata a poco de finalizar la escultura se suicida a los 29 años y Correa Morales uno de sus discípulos se encarga de terminarla. Se inaugura el 16 de mayo de 1897 en la intersección de las calles Florida y Charcas (Marcelo T. de Alvear) no muy lejos del monumento a San Martín. Entre la personalidades presentes se encuentra Mitre que aprovechó el marco de público para felicitarse a sí mismo ya que “se sentía satisfecho por haber contribuido a sacar del olvido en que lo tenían las circunstancias a la memoria del glorioso negro y su sacrificio”. Falucho va a permanecer allí poco más de una década. Durante el Centenario resuelven trasladarla. Las quejas por su presencia en un sitio tan coqueto destilan un racismo liso y llano “resulta impropio ostentar su figura en un paraje céntrico” dado que los extranjeros que llegan a Buenos Aires viendo la estatua en semejante sitial pensarán “que todos nuestros héroes eran negros”. Para evitarlo, la trasladaron al barrio del Once, allí tampoco gusto a la colectividad y fue el comienzo del periplo, “era demasiado bronce para un negro” así la desplazaron media docena de veces hasta que finalmente en 1936 la exiliaron en Palermo que en aquel entonces era una zona de quintas apartada del centro de la ciudad. Este increíble peregrinaje llevo al célebre periodista Soiza Reilly a publicar un sarcástico artículo en Caras y Caretas donde aseguró “no creo que exista un hombre más experto conocedor de Buenos Aires que el Negro Falucho”.

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            Esa fue la primera remoción racista y no sería la única, otras obras sufrieron destierros al ser catalogadas “inmorales” como la Fuente de las Nereidas de Lola Mora. Ahora me interesa situarnos más cerca en el tiempo. El 2 de abril de 1984 en conmemoración con la fecha de recuperación de las Islas Malvinas, en Buenos Aires grupos nacionalistas derribaron la estatua del ministro inglés George Canning. Tras arrastrarla terminaron arrojándola al río no sin antes cortarle una mano en alusión a la piratería británica tanto con parche en el ojo como de guante blanco. Esa amputación, más allá de quienes la llevaron a cabo, conlleva algo de mandato ancestral como si se tratara de cumplir con el contundente Código del babilonio Hammurabi de cortar la mano al ladrón que más tarde y sin respetar el copyright original pasó al Éxodo del Antiguo Testamento con el mandato del “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Pero la historia del bronce de Canning comienza unos años antes.

            Aquella estatua del ministro británico había sido inaugurada inicialmente en 1937 en la plaza frente a la estación Retiro junto a la Torre de los Ingleses, pleno auge de gobiernos electos en forma fraudulenta y fue el corolario del nefasto tratado entre el vicepresidente Julio Roca hijo y el parlamentario británico Walter Ruciman firmado en Londres. Se trató de uno de los actos más vergonzosos de una elite a la que no le importaba nada más que su opulenta realidad por el cual el país debería “hacer un esfuerzo patriótico” y vender carne a un precio menor al resto de sus proveedores y a su vez importar sin ningún arancel productos manufacturados por el Reino Unido que además se quedaba con el monopolio de los ferrocarriles entre tantas otras cosas. Hoy en día eso se traduce como “honrar las deudas”. Inaugurar la estatua del ministro Canning estratega de la segregación de Uruguay y tantos otros “logros” fue la frutilla del postre del servilismo. En ese momento FORJA[2] publicó una dura y extensa replica frente a tanta sumisión:

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Cien años después, la obra de dominación ha quedado completada y perfeccionada: Bajo su inspiración e instrucciones, la diplomacia inglesa nos segregó la Banda Oriental del Uruguay y el Alto Perú. Los financieros ingleses Baring Brothers nos endeudaron sin arriesgar capitales. Los comerciantes ingleses se apoderaron del manejo de la moneda, de la tierra y del comercio exterior. (…) Los designios de Canning se han cumplido. Los negocios ingleses se han conducido y se conducen con “habilidad”. ¡POR ESO CANNING TIENE UNA ESTATUA EN BUENOS AIRES! Cien años después, la obra de dominación ha quedado completada y perfeccionada.

            Obviamente tal replica, no hizo mella en el patriciado que fue por más. No satisfechos con semejante genuflexión y entrega patrimonial homenajeando a uno de los artífices de la política de rapiña británica, al año siguiente bautizaron con su apellido a la estación de Metro de la línea B (hoy Malabia) cuyo nombre con nuestra desidia habitual aún puede verse en las cerámicas de las paredes y que en ese entonces atravesaba la avenida Canning. En 1974 durante el fugaz entusiasmo peronista la avenida pasó a llamarse Scalabrini Ortiz lúcido integrante de FORJA pero Scalabrini duró poco. En 1976 el intendente de facto brigadier Osvaldo Cacciatore integrante de la Dictadura Militar volvió a imponer el nombre Canning a la avenida, circunstancia que aprovechó para reinaugurar la estatua del inglés con bombos y platillos en Retiro. Paradójicamente, pocos años después el 2 de abril de 1982, la dictadura de la que Cacciatore participaba activamente desembarcó en las Malvinas y por unos pocos meses no le quedó otro remedio que cambiar de partitura para llenarse la boca denunciando usurpación, colonialismo y piratería avalando aquel refrán popular que asegura que la veleta no gira sino que el viento cambia de dirección… La derrota volvió todo a los cauces naturales del sometimiento acostumbrado tanto en orden económico como simbólico.

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            Vale consignar que la estatua de Canning que había sido arrojada al rio en 1984 fue rescatada por un operativo de la Prefectura. El Departamento de Monumentos y Obras de Arte de la Ciudad de Buenos Aires se tomó su tiempo para restaurarla y colocarle una nueva mano. Finalmente el 15 de noviembre de 1994, gobierno del peronista Carlos Menem la reubicó en la Plaza Mitre, cercana a la Embajada Británica y fue re-re-inaugurada mediante una “emotiva ceremonia”. Con el tiempo su mano volvió a ser amputada y repuesta una y otra vez… Es lento, pero viene…


[1] Un héroe de la Independencia.

[2] Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina.

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