“La Orquesta roja” de Gilles Perrault

Basada en hechos reales, La orquesta roja, la novela del gran periodista y escritor francés Gilles Perrault, reconstruye la mayor red de espionaje soviética durante la Segunda Guerra mundial. Una presentación de Ricardo Ragendorfer y un fragmento del primer capítulo del libro.

Hitler ya había consumado la anexión de Austria y el desmembramiento de Checoslovaquia. Pero su campaña polaca hizo que Gran Bretaña y Francia le declararan la guerra. Ello, desde luego, estaba en sus cálculos.

Su siguiente paso, en abril de 1940, fue ocupar Dinamarca y Noruega. Al mes siguiente, invadió Bélgica y Holanda. Luego, tras una lucha desigual, las tropas alemanas entraron en París, celebrando tal logro con un espectacular desfile bajo el Arco de Triunfo. Ya en septiembre, el Reich firmó con Italia y Japón un pacto, quedando así constituidas las Potencias del Eje.

En este punto hay que retroceder a 1938, cuando la grave situación que se asomaba en Europa no le impidió a un tal Adam Mikler concretar un sueño comercial: fundar la compañía The Foreign Excellent Trench-Coats, con sede en Bruselas y filiales en varios ciudades del Viejo Continente. Su negocio era producir y exportar abrigos impermeables.

Cabe destacar que justamente en la elección de dicho rubro se advierte una involuntaria humorada, ya que esa empresa era en realidad la tapadera de una red soviética de espionaje, cuya eficacia —como es lógico— estaba cifrada en su capacidad para evitar filtraciones.

El verdadero nombre de Mikler era Leopold Trepper, un judío nacido en la región polaca de Galitzia, cuya militancia comunista lo llevó a ser reclutado por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, según sus siglas en ruso), del cual dependía el servicio de Inteligencia exterior de la URSS.

Trepper consideraba acertada la analogía trazada por el contraespionaje alemán entre las redes de agentes enemigos y los integrantes de una orquesta sinfónica. De modo que su jefe era el “director” y su intérprete más relevante, el radio operador —considerado el “pianista”—, por su responsabilidad de teclear el transmisor, llamado en este caso la “caja de música”. Así fue que la unidad a su cargo fue bautizada “La Orquesta Roja”.

La estructura del “Gran Jefe” —como se le decía a Trepper— llegó a tener 500 emisoras. Las principales funcionaban en Lieja, Gante, Bruselas, Ginebra, Estambul, Atenas, Belgrado, Viena, Roma, Lyon, Ámsterdam, Madrid, Barcelona, Amberes, Estocolmo, Copenhague, Marsella, Lille, París (solo allí había 30 transmisores) y Berlín, lo cual pondría los pelos de punta a los nazis, aunque no inmediatamente. Porque estaban drogados de triunfalismo. ¿Acaso tales redes no se extinguirían por sí solas ante el peso final de la victoria? Esa era la pregunta retórica que se hacían los jerarcas nazis. El mismísimo Führer había dicho: “El edificio soviético está tan podrido que bastará una patada en la puerta para que todo se derrumbe”.

En los primeros meses de 1941, el forzado idilio entre el Tercer Reich y la URSS se había deteriorado a pasos agigantados. Pero Stalin suponía que los nazis aplazarían su incursión a la URSS hasta no tener consolidada de manera definitiva sus posiciones en el frente occidental.

Sin embargo, empezaban a titilar signos contrarios a semejante creencia. Otro espía soviético, Richard Sorge, tuvo un papel clave en esta cuestión. Con una cobertura falsa como corresponsal en Japón del Frankfurter Zeitung, pudo gozar de la confianza del cuerpo diplomático del Reich acreditado en ese país. Fue él quien, en mayo, informó al Kremlin que la Wehrmacht concentrará sus tropas en las orillas del tramo polaco del río Bug, hasta su desembocadura en el Vístula, para atacar al Este.
Pero ¿cuándo? Lo cierto es que la Orquesta Roja aportó la fecha exacta fijada para la invasión al territorio soviético: el 22 de junio.

Lo relatado hasta ahora en este texto solamente es el prolegómeno de la trama que aborda el libro L’Orchestre Rouge (La orquesta Roja / 1967), del periodista y escritor Gilles Perrault.

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Allí es donde empieza la acción: un contrapunto casi ajedrecístico entre los agentes del Gran Jefe y los esbirros de la Abwehr (el servicio de espionaje y contraespionaje militar del Reich), de la Funkabwehr (el área especializada en detectar las emisoras enemigas) y de la Gestapo. Allí también empieza la pesadilla de sus cabecillas, el Reichsführer Heinrich Himmler y el almirante Wilhelm Canaris, a sabiendas de que tenían enquistado al “mal” en su propia fortificación berlinesa. Un desvelo que se extendía a Hitler.

Tanto es así que, en mayo de 1942, llegó a declarar: “Los bolcheviques son superiores a nosotros solo en el campo del espionaje”.

Por entonces, a raíz del ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos ya se había sumado al conflicto bélico.

Al año siguiente, una vez concluida la batalla de Stalingrado, Canaris opinó de Trepper: “Su actuación le costó 200 mil muertos a Alemania”.

La derrota nazi en aquella ciudad significó un punto de severa inflexión en el resultado final de la guerra. Para los nazis era el principio del fin.

En ello, por cierto, la red berlinesa de la Orquesta Roja tuvo mucho que ver, puesto que contribuyó a desmantelar la estrategia alemana al proporcionar —entre otras joyas informativas— datos precisos sobre la fabricación de armas convencionales y cohetes V1 y V2. Lo más notable es que lo hiciera con las jaurías de Himmler y Canaris pisándole los talones.

Tal es la progresión coreográfica de este libro.

Perrault —cuya bibliografía exhibe otros 26 títulos, entre investigaciones periodísticas, novelas y ensayos, escritos entre 1956 y 2016— suele comparar las pesquisas históricas con la tarea de buscar un diplodocus: “Uno encuentra un hueso aquí, otro allá, y con una dosis de suerte y mucha perseverancia uno logra reconstruir algo parecido a un esqueleto”. Pero también advierte que “el espía es la peor especie de diplodocus”.

Para rearmar esta historia, Perrault recorrió Europa durante tres años, en busca de sus sobrevivientes: viejos agentes de la red soviética, exfuncionarios de la NKVD, veteranos del contraespionaje nazi y otros testigos. También está la palabra del propio Trepper (fallecido en 1982).

En lo genérico, Perrault consiguió con esta obra un logro injustamente soslayado: haber sido un pionero de la non fiction, solo precedido por Rodolfo Walsh (con Operación masacre / 1957) y Truman Capote (con A sangre fría / 1965).

Con ustedes, la hermosa música de La Orquesta Roja.

>Fragmentos de La orquesta roja de Gilles Perrault

LA RED

El radiotelegratista Walter Schmidt echó hacia atrás la silla donde estaba sentado y se levantó desperezándose. Estaba cansado y taciturno. Parecía como si el alba comenzase a blanquear el cielo, pero en Prusia oriental las noches de junio son cortas. Consultó el reloj. Las tres y media. El relevo no llegaría hasta las seis; mientras tanto, la única tarea de Schmidt consistiría en captar al emisor noruego. Aquello no tenía interés. Se trataba de una emisora escondida en las montañas por un pequeño grupo de resistentes. Cada noche, a las tres y cuarenta y cinco minutos, entraba en contacto con Londres y transmitía un mensaje que constaba de una decena de grupos cifrados. 

Sin embargo, acabarían atrapándolos: se los atrapaba siempre. Pero ¿qué interés tenía? Schmidt no conseguía apasionarse por el emisor clandestino noruego. Emitía hacia Londres, y Londres estaba condenada. Los originales de los mensajes que Schmidt registraba y que los servicios alemanes se esforzaban en descifrar serían encontrados enseguida en los cajones de un despacho londinense. Sin duda el Führer había cancelado la invasión de Inglaterra, pero esto no significaba sino que reculaba para saltar mejor. Se reservaba el mejor bocado para el final. En la espera, despedazaría al oso soviético. Cuatro días antes, el 2 de junio de 1941, las divisiones blindadas de la Wehrmacht habían atravesado el río Bug, aplastando bajo sus orugas las fuerzas fronterizas del Ejército Rojo. A partir de esa fecha, el Cuartel General se mostraba avaro en detalles sobre las operaciones, lo que era una buena señal. En mayo de 1940, al principio de la ofensiva, se había observado la misma discreción: ¿para qué dar preciosos informes a los derrotados generales franceses? Ahora les tocaba a los generales soviéticos no saber dónde estaba el frente. No se les iba a decir. En unos cuantos días, cuando el asunto estuviera concluido, la radio alemana difundiría un comunicado especial, precedido como de costumbre por el estruendo glorioso de las trompetas, anunciando la destrucción del Ejército Rojo. Pero Walter Schmidt no desfilaría ante el Kremlin. Se quedaría en Cranz, Rusia, ocupado en registrar los irrisorios mensajes de un emisor fantasma.

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Los párrafos que acaban de leer son, en gran parte, una impostura pura y simple. El autor de este libro no conoce la identidad del radiotelegrafista alemán que, en la noche del 25 al 26 de junio de 1941, estaba encargado de captar la emisión del puesto noruego. Nada sabe de su estado de ánimo. Puede suponer que el cristal de su despacho estaba frío, pero ignora si no es una fantasía decir que el radiotelegrafista había apoyado la frente sobre ese cristal. Las migraciones de las gaviotas prusianas, incluso a escala local, son igualmente desconocidas por el autor, y es algo totalmente gratuito por su parte prever que una tempestad iba a desencadenarse sobre Cranz el día 26 de junio de 1941.

Si el autor ha querido hacer del radiotelegrafista de Cranz un bávaro atormentado por el pesar de no participar en la embestida hacia el Este, podría también haberlo imaginado como un buen muchacho muy satisfecho de no estar tragando el polvo de las carreteras soviéticas, o incluso como un nazi fanático que espera, con la mandíbula crispada, la emisión de los malditos noruegos. De hecho, si el autor se atuviera a las informaciones controladas de que dispone, debería limitarse a escribir lo siguiente:

“La estación de escucha de Cranz estaba encargada de interceptar las emisiones clandestinas. En la noche del 25 al 26 de junio de 1941, un radiotelegrafista de guardia situó a la hora habitual su receptor en la frecuencia de emisión de un emisor noruego. Ahora bien, en lugar de escuchar la señal de llamada de los noruegos, registró un indicativo desconocido: KLK de PRX-KLK de PTX-KLK de PTX. Un mensaje compuesto de muchos grupos cifrados siguió a esta llamada. El radiotelegrafista hizo un informe sobre el descubrimiento del nuevo emisor clandestino y señaló la frecuencia utilizada. Así empezó el asunto que se convertiría en la pesadilla del reichsführer Himmler y del almirante Canaris, jefes de los servicios secretos alemanes, un asunto que llevaría a Adolf Hitler a declarar, el 17 de mayo de 1942: Los bolcheviques nos superan en un solo dominio: el espionaje”. Todavia el Führer no conocía, en esa fecha, la centésima parte del prestigioso expediente de la Orquesta Roja.

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El héroe de esta historia, Leopold Trepper, es un judío polaco nacido en Nowy Targ, en Galicie, el 23 de febrero de 1904. Esta provincia formaba parte en esa época del imperio austro-húngaro. Su padre tenía una especie de almacén donde se aprovisionaban los campesinos. La mayor parte de sus clientes, tan miserables como él, pagaban sus semillas con productos, a falta de dinero sonante. Agotado, murió en 1917 con cuarenta y siete años dejando a su numerosa familia en una penuria próxima al desamparo. Nowy Targ pronto se incorporaría de nuevo a la Polonia surgida del Tratado de Versalles.

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En 1921, la familia se instala en Dombrowa, en Silesia, ciudad industrial sepultada bajo el polvo de carbón. Trepper, quien ha perdido desde hace tiempo su fe religiosa, descubre allí la horrible condición obrera. Continúa dirigiendo la organización local del Hachomer Hatzaïr, pero comienza a militar clandestinamente en las Juventudes Comunistas. Por un salario de miseria es obrero metalúrgico, después trabaja en una fabrica de jabón. Para mejorar la situación vende, a veces, alcohol de contrabando en Cracovia, donde los impuestos locales pesan duro sobre el comercio. Y aprovecha para seguir al vuelo cursos de sociología y psicología en la Universidad de Cracovia.

Aparte de estas escapatorias, milita sin descanso: reuniones, manifestaciones, redacción y distribución de volantes. Desde ahora es evidente para él que el comunismo es la única solución para la cuestión nacional judía y para la explotación del hombre por el hombre.

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En abril de 1942, se embarca para Palestina con quince camaradas bajo los auspicios del Hachomer Hatzaïr. Dombrova guardaba las primeras cuatro letras: los próximos diez años su seudónimo sería “Domb”. Luego se convertiría en “el Gran Jefe”; así es como lo llamarán sus hombres y los policías de la Gestapo.

En 1925, se adhiere al Partido Comunista palestino. Son unos cientos de militantes. El partido es combatido por las organizaciones sionistas, la burguesía árabe, la Policía inglesa. Trepper ve sólo una salida a este cerco: adentrarse en las masas árabes. Con la luz verde del Comité Central crea los grupos «Unidad». Su objetivo es la unidad de acción entre árabes y judíos contra el ocupante inglés sobre la base de un programa de reivindicaciones sociales elementales cuya satisfacción pasa por la apertura del Histadrut a los trabajadores árabes.

El éxito es inmediato. Se crean círculos Unidad por todo el país. En 1926, el primer congreso reúne cien delegados, cuarenta de los cuales son árabes. Trepper milita más que nunca. Cuando no está de viaje vive con nueve camaradas en un barracón de Tel-Aviv asfixiante en verano y helado en invierno, donde se alimentan esencialmente de tomates y fruta. (Esta gente joven en pantalón corto y camiseta cuya delgadez da miedo, pobres como Job, pero convencidos de hacer la Historia, es el núcleo de la futura Orquesta Roja.)

Los últimos meses de 1928, la Policía inglesa golpea fuerte. Trepper, quien ya ha pasado varios meses de prisión en Jatta, es encerrado con una veintena de camaradas en la fortaleza medieval de San Juan de Acre. Advertidos de su próxima deportación a Chipre, comienzan una huelga de hambre. No son tomados en serio, pero los huelguistas perseveran. La prensa británica se conmueve y hay varias interpelaciones en la Cámara de los Comunes. El representante de la Corona en Palestina decidió liberar a estos prisioneros embarazosos. Como estaban demasiado débiles para caminar, se los puso sobre camillas y los dejaron ante la puerta de la prisión.

Algunas semanas después, Trepper desembarcaba en Marsella, expulsado por las autoridades, con una recomendación cosida en el forro de su chaqueta, del Comité Central del Partido Comunista palestino para el Partido Comunista francés.

Fuente: Página/12

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