Muerte a la guerra

Es muy cierto que Occidente mira para otro lado cuando le conviene. Valgan unos pocos ejemplos de una muy larga lista. Nada ocurre cuando el gobierno medieval de Arabia Saudita bombardea diariamente a Yemen o cuando Israel anexó Cisjordania o las Altos del Golán y ni que decir cuando George Busch padre armó una coalición internacional para buscar las armas de destrucción masiva que no existían en Irak. Se alzaron voces, hubo críticas, pero no pasó de eso. Cuando hace veinte años ocurrió la desmembración de Yugoeslavia con guerras de exterminio étnico en Kosovo, la OTAN decidió intervenir por su cuenta con devastadores bombardeos aéreos. Se puede constatar los resultados: por cada solado enemigo abatido mataron más de diez civiles e hirieron a veinte. Ningún organismo los acusó de crímenes de guerra.

            Sin embargo, en este caso Occidente cerró filas con una reacción pocas veces vista. El malo de la película vuelve a ser Rusia, el viejo malo grabado a fuego en el imaginario. Ahora bien que Occidente reacciones de esa forma no quita denunciar que lo que esta ejecutando la Federación Rusa en Ucrania es una invasión igualmente condenable, es un tremendo delito. En este caso realmente es de idiotas justificar “la operación militar” argumentado que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Ningún país tiene el derecho de avasallar a otro para “purificarlo” y la excusa de tanto progresista que con tal de acusar a la OTAN (léase EEUU) por “llenarle la cabeza a Ucrania” se enceguece y justifica lo que no tiene justificación. El mismo eufemismo que utilizo la Administración yanqui para llevar la democracia al iraquí people, ahora la utiliza Putín maquillando de “operación militar” a una indudable invasión, con el agravante que el país agredido es Ucrania con quien tiene tantos lazos a través del tiempo. El ruso Dmitri Murátov premio nobel de la paz 2021 declaró “nadie imaginó nunca que Rusia llegaría a atacar a Ucrania y que aviones rusos bombardearían Kiev y destruirían Járkov, y que las fuerzas rusas entrarían en el país. Pero por desgracia es la cruda realidad”.

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            La Argentina para variar, conducida por un gobierno errático atado a una deuda ilegitima agravada por el macrismo y que únicamente tiene poder para administrar miseria tiene mala suerte. Basta que el presidente Fernández durante su gira diga en Moscú que espera que Argentina sea la puerta de entrada de Rusia en Latinoamérica para que pocos días después comience una invasión que tantas veces el canciller Sergei Lavrov dijo que no haría. Es lógico entonces que tras la invasión tanto Alberto Fernández como su Cancillería dijeran y se desdijeran, fueran y vinieran sin saber adónde y para qué.

            Por último, si uno soporta mirar con detenimiento la foto de este enorme edificio de Kiev que acompaña la nota, inmediatamente imagina el instante crucial del impacto devastador, tremendo, abismal que provocó semejante vacío en su centro. Imagino que cuando sonaron las sirenas de alarma, alguien que tal vez había salido del sótano para buscar algo en su departamento advirtió al escuchar ese lúgubre sonido que no llegaría a correr escaleras abajo y quizás decidió protegerse bajo una mesa o una cama. Tras la explosión no quedo mesa, ni cama, ni casa, ni siquiera el piso. Todo el centro desapareció. Solo la nada. Eso es la guerra.

            ¿Quién pagara la muerte? ¿Quién limpia la sangre y los escombros del alma? ¿Y los muertos que se esfumaron? Y esto último no lo escribo para adornar el texto con un párrafo lacrimógeno, creo que no es necesario ya que la situación da por si sola para un mar de lágrimas. El que paga los platos rotos en Yemen, Irak, Somalia, Kosovo o Palestina y ahora en Ucrania es el mismo de siempre: el pueblo. El pueblo que debe huir, que se lanza al desarraigo, que pierde sus pertenencias, que deberá empezar de nuevo en algún lado dejando atrás sus recuerdos personales, sus fotos, sus objetos. El pueblo al que le hacen muros. Y ni que hablar de los muertos, los heridos. ¿Cuánto de la vida de uno mismo cabe en una valija, en una mochila al hombro? Mientras la economía de la gente se hunde en los países por esta locura, se incrementan los presupuestos militares. Las únicas acciones que suben en la Bolsa son la de los complejos miliares de uno y otro lado. Y lo peor es que a la larga estos tipos terminarán arreglándose… ¡Muerte a la Guerra!

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