Todos nuestros Miguel.

Parece ser que una vez un policía le pegó a Emilio del Guercio en un recital de Almendra y llamaron a una conferencia de prensa para denunciar el hecho. Y el único que se presentó fue un periodista de la revista Panorama: Miguel Grinberg. El sábado pasado, en su velorio, alguien contó que fue a una función de un ciclo de cine sobre ecología que organizaba ese mismo flaco barbudo y que lo encontró solo en la sala listo para iniciar la función en cuanto alguien llegara. A la cara de sorpresa de que aun ante la nula concurrencia se mantuviera incólume para cumplir con el cometido, respondió, con ese humor que siempre lo acompañó: “¿Y qué querés? ¡Nadie quiere venir recibir malas noticias!”. Ese entusiasmo a toda prueba, esa convicción de estar haciendo cosas con verdadero sentido, aun cuando todos parezcan decir lo contrario fue, quizás, uno de sus motores.

Nacido el 17 de agosto de 1937, el viernes 4 de marzo falleció Miguel Grinberg, una de esas personas indefinibles de las que podremos jactarnos de haber sido contemporáneos. Pionero de muchas cosas como de la concientización ecológica y testigo de momentos claves de la historia del rock local, Miguel era un mago que siempre sacaba un bicho inesperado de la galera. Todos le pedían conejos –el lugar común– y le preguntaban por sus historias con Allen Ginsberg, Thomas Merton o Luis Alberto Spinetta, pero si lo dejaban hablar él siempre tenía mucho más que eso.

Apenas lo conocí le propuse reeditar Como vino la mano y fue el primer autor de trayectoria que sin dudarlo se sumó al incipiente proyecto de Gourmet Musical Ediciones. En el primer café me contó de la época en que siempre sacaba fotos y de los rollos que había sacado del famoso festival del triunfo peronista del ’73 suspendido por lluvia y de una gira con Porsuigieco en el ’74. Otra vez se apareció con los recortes de sus notas en el diario La Opinión durante la dictadura y de cada charla salía un nuevo proyecto por hacer. Sus varias vidas eran difíciles de comprender para muchos que solo conocían su lado rockero. Sin ser exhaustivo, pienso en su faceta como poeta y su órbita en el círculo de Gombrowicz durante su exilio porteño, su militancia en revistas literarias claves (¿hoy lo llamaríamos fanzinero?) como Eco Contemporáneo aún antes de que el rock que él ayudaría a visibilizar existiese. En su costado espiritual y filosófico. En su tarea como periodista de mil medios gráficos y radiales, como agente de prensa de distribuidoras de cine, como productor de Spinetta, como movilizador de encuentros masivos en el Parque Centenario en plena represión, de un proyecto de enseñanza no tradicional como la Multiversidad (si todas son uni-versidades, ¿como nadie había hecho una multi-versidad?), “un espacio de libertad que permitía que afloraran nuevos conocimientos” como lo definió su compañero de caminos –o sangha, como se llamaban entre ellos en sánscrito– Juan Carlos Kreimer. En su militancia y acción en el campo ecológico.

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Como vino la mano es el libro por el que fue quizás más conocido, que inició a varias generaciones en ese rock argentino –Miguel rechazaba la expresión “rock nacional” y la primera edición hablaba más bien de “música progresiva”– que había florecido localmente a la saga del furor beatle y que aun seguimos revisitando con fascinación redescubriendo esa historia de leyenda. Es un texto aun muy vivo porque el autor es a la vez protagonista, cómplice y testigo, pero también es el primero que teoriza, detecta y delimita un movimiento central en lo que quedaba del siglo XX. Es analista y militante a la vez. Hoy, con el diario del lunes, hay mucho para agregar y acotar a ese documento de cuando Spinetta, Nebbia y Santaolalla entre varios otros estaban a punto de convertirse en estrellas de rock y podían conversar mano a mano con una frescura inolvidable.

Pero creo que se comete una injusticia con él: muchos parecen valorarlo solo por sus relaciones con aquellos “famosos” –Ginsberg, Spinetta– en un gesto algo snob, quizás cholulo. Y su vida y obra es importante por sus propios méritos, vale por sus ideas, por su obra, por su trabajo sostenido cuando no era fácil dedicarse a muchas cosas. En una época donde el acceso –siempre difícil– a la información era un rasgo de distinción el no la usaba para ejercer poder sobre otros sino como panes para multiplicar y herramientas para la acción. Cualquier excusa era buena para para hablar con él, porque era como consultar al oráculo, siempre tenía ideas interesantes acerca de todo.

Con eso en mente, cuando cumplió ochenta años hicimos –en complicidad con su esposa Flavia y el mayor de sus cuatro hijos– un libro que se tituló 80 preguntas a Miguel Grinberg donde convocamos a ochenta personas, desde rockeros hasta astrólogos, periodistas y filósofos a que le preguntaran cualquier cosa, para que el respondiera en una sola página. León Gieco le preguntó “cómo hacer para no caer en bloqueos creativos en un momento tan desangelado”, Moris “qué fue lo que vio en ellos para ayudarlos en los comienzos de sus carreras”, Claudio Gabis “si pensaba que el rock realmente había producido cambios culturales en la Argentina” y la artista Susana Salzamendi, amiga de toda la vida y corresponsable de aquel ya mítico festival Aquí, allá y en todas partes del ’66, “¿cómo será nosotros sin el mundo?”. Sé que muchos estamos estado releyendo esas páginas estos días como la guía que el maestro nos dejó para el mundo que sigue.

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Leandro Donozo es el director de la editorial Gourmet Musical, en la que Miguel Grinberg reeditó varias veces su clásico Cómo vino la mano (2000, 2014 y 2021), y publicó también la antología de artículos Un mar de metales hirvientes(2015) y el celebratorio 80 preguntas a Miguel Grinberg (2017). 

Fuente: Página/12

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