Hayek y el liberalismo libertario

Hace 30 años moría Friedrich August von Hayek, el economista austríaco. Con él se iba el principal agitador intelectual del neoliberalismo global, desde antes de que el mismo siquiera tuviera realidad fáctica, y uno de los fetiches del liberalismo dit libertario argentino (Miguel Mazzeo ha hecho una excelente caracterización de estos personajes). ¿Pero quién fue von Hayek?

Hayek versus Keynes

En sus años como profesor de la London School of Economics, entre 1931 y 1950, un jóven Hayek desarrolló un especial encono contra las ideas keynesianas. En particular, se enfrentó en una polémica con John Keynes en torno a sus ideas sobre las causas de la crisis económica. Mientras que Keynes señalaba que el capitalismo por si sólo podía conducir a situaciones de crisis y depresión económica crónica, Hayek argumentaba que, al contrario, los mercados podían autoregularse y que el Estado debía evitar involucrarse.

Desde lo técnico, el debate se centraba en la naturaleza del dinero en el capitalismo y la relación entre el ahorro y la inversión. Para Keynes el Estado debía inducir la inversión para evitar la depresión económica, mientras que Hayek proponía que había que dejar que el empresariado pueda ahorrar para que luego decida invertir. Sin entrar en detalles, cabe señalar que la polémica fue sellada por una demoledora crítica a los argumentos del austríaco por parte de un discípulo de Keynes, el italiano Piero Sraffa. La conclusión del debate fue que, por un lado, pocos años después, la obra de Keynes (Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero) revolucionaría la teoría económica hegemónica, mientras que, por otro, Hayek no volvería a escribir sobre teoría económica.

Cabe señalar que, con sus diferencias, tanto Keynes como Hayek se oponían rotundamente al socialismo como proyecto político. Keynes, sin embargo, creía que la planificación estatal era necesaria en el marco del capitalismo para evitar la destrucción del sistema. Hayek, por su parte, hizo de la batalla contra la intervención estatal en la economía el eje de su batalla político-ideológica. Para el austríaco intervención estatal era sin más “socialismo”.

Libertarios contra los derechos humanos

A partir de ahí, la filosofía hayekiana comenzó a destilarse en una serie de escritos, siendo Camino a la Servidumbre de 1944 su obra más conocida. El principal foco de esos trabajos era cuestionar la intervención estatal propugnada por los keynesianos; para Hayek esas acciones eran un avance sobre la libertad humana.

En la visión de Hayek la acción del Estado debía restringirse a garantizar las condiciones mínimas para defender el derecho de propiedad (seguridad, justicia, defensa). Según él, ese derecho es el fundamento básico de la libertad humana que -para Hayek- se basaba esencialmente en la libertad económica. Bajo la forma de dogma, según Hayek la libertad económica era la capacidad de decidir qué hacer con los bienes (dinero) disponibles por cada persona. Por tal motivo, para Hayek cualquier acción pública para intervenir en favor de un sector particular de la población era la causa de una coacción sobre el resto de las personas y, por lo tanto, violatorias de la libertad (económica).

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Esta visión se apoyaba en una particular interpretación del Estado de derecho. Según Hayek, las normas sociales (incluidas las leyes) no son producto de la acción conciente de los individuos y grupos a través del Estado, sino que resultan del consenso inconciente y auto-organizado que surge de la sociedad. Desde esta concepción, cualquier intento de legislar en favor de determinados grupos sociales sería un paso hacia el autoritarismo estatal (la servidumbre). En una visión idealista y abstracta de la realidad social, Hayek asumía que la ley debía tratar a todas las personas de la misma forma más allá de las diferentes circunstancias de su existencia. Por supuesto, el corolario de esta concepción era un ataque furibundo al Estado de Bienestar y cualquier norma de protección o acción afirmativa en favor de grupos discriminados o excluidos por la dinámica de la reproducción social capitalista.

En este punto, Hayek enfrentaba a un clásico del liberalismo como Adam Smith. Si bien Smith consideraba que la sociedad funcionaría como si existiera una “mano invisible” que podría garantizar el bienestar colectivo, también sabía que la competencia capitalista podía conducir a acciones monopólicas por parte de las empresas o situaciones de injusticia que merecían la intervención estatal. Al contrario, Hayek veía en el Estado y los sindicatos a los únicos monopolios malos, mientras que aceptaba como un factor de innovación a los monopolios capitalistas y la concentración de poder en manos de capitales privados.

La lectura de Hayek sobre la libertad es tan reduccionista y apriorística, que la totalidad de la Carta de los Derechos de la Humanidad quedaría invalidada por el derecho a la propiedad privada y la libertad económica.

Sociedad Mont Pelerin, Premio Nobel y la Chile de Pinochet

Hayek dedicó la segunda mitad de su vida a difundir por el mundo esta concepción de la sociedad y la economía. Para ello, impulsó la creación en 1947 de la Sociedad Mont Pelerin con base en Suiza, un think-tank que tuvo entre sus integrantes a Milton Friedman y Gary Becker, dos economistas que desde los años sesenta estuvieron al frente a la contra-revolución neoclásica en la teoría económica.

Las ideas impulsadas desde allí fueron ganando terreno en la medida en que la estrategia keynesiana de administración del capitalismo entraba en crisis en todo el mundo. Las crecientes dificultades del Estado y el capital para enfrentar demandas populares crecientes fueron traducidas teórica y políticamente en el proyecto neoliberal, que recuperó muchos de los aportes que surgían de los debates de la Sociedad Mont Pelerin. La idea de Friedman de que había un intercambio imposible de resolver entre menos desempleo y más inflación, y la visión de Becker en torno al rol de la acumulación de “capital humano” en la distribución del ingreso (y por lo tanto, en la determinación de los salarios y el empleo), se convirtieron en claves analíticas de la avanzada neoliberal a partir de los años setenta.

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No casualmente, en 1974 Hayek recibió el premio Nobel de economía a pesar de no haber realizado aportes relevantes a los debates teóricos desde los años 30. Recibió el premio conjuntamente con Gunnar Myrdal, economista sueco, que había realizado significativos aportes a la economía del desarrollo. La doble nominación podría verse como expresión del punto de quiebre entre la hegemonía keynesiana y el avance de la economía neoliberal.

La continuación de la crisis en los años setenta y la presión de los sectores dominantes para avanzar en un proceso de reestructuración general del capitalismo, encontró a Hayek dando una batalla directa contra los sindicatos. Para Hayek, si el Estado era uno de los principales obstáculos al desarrollo de la libertad de los mercados (y por lo tanto, en su visión, de la libertad humana), los sindicatos eran el otro demonio. La mirada hayekiana era que esas instituciones generaban distorsiones pues buscaban “blindar” a un sector particular de la población de las mieles de la libertad económica (vaya paradoja).

Esta visión estaba claramente impregnada de su particular visión sobre los derechos humanos, y en particular los derechos sociales, que para Hayek eran más bien un oxímoron. Es tan tajante la defensa de la libertad económica y los derechos de propiedad por parte de Hayek, que no tuvo empacho en defender la dictadura de Pinochet en una entrevista al diario chileno El Mercurio en 1981. Si bien, obviamente, ese gobierno militar violentaba abiertamente el Estado de derecho, para el austríaco eso no era problemático en tanto era una dictadura que promovía un proceso hacia una mayor libertad (económica).

Hayek y el capitalismo en crisis

El avance de la tradición hayekiana en las últimas décadas tiene mucho que ver con la crisis civilizatoria que atraviesa el capitalismo.

Si luego de la crisis de 1930, el keynesianismo ganó adeptos como solución a la inestabilidad crónica del capitalismo, y en los 70 el neoliberalismo recuperó brillo como caja de herramientas para avanzar en la reestructuación global de las relaciones sociales, la veta hayekiana “libertaria” parece ser hoy expresión de la crisis estructural que atraviesan esas relaciones sociales. Es además manifestación de las dificultades políticas que tiene el pueblo trabajador para enfrentar el poder del capital en la nueva coyuntura y -al menos- sentarlo a la mesa de negociación (como pudo hacer, limitadamente, durante la era keynesiana/desarrollista).

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La mirada de Hayek respecto a dejar al mercado todo aquello que pueda ser mercantilizado y reducir la intervención estatal a un mínimo, es la ideología natural de un capitalismo crecientemente dominado por corporaciones globales e incapaz de incluir a millones de personas, y la existencia de un Estado nacional crecientemente controlado (sin mediaciones) por esos grandes capitales. En ese capitalismo, las plataformas y las corporaciones extractivistas, ven al Estado como poco más que un sirviente personal; por ello, la mayor parte de esas empresas pagan poco o nada de impuestos por sus enormes ganancias globales.

Si el consenso keynesiano implicaba reconocer la presencia del trabajo como parte fundamental de la valorización del capital y -por lo tanto- negociar con aquel los términos de la explotación, la proyección del austríaco es que el capital podría sobrevivir por sí sólo, con millones de trabajadorxs desechables y que el Estado es tan sólo una carga. Es expresión de la crisis civilizatoria del capital y de las dificultades de los pueblos para pasar de sujeto antagónico (al interior del capital) a sujeto político (dentro, contra y -sobre todo- más allá del capital).

Esta propuesta ideológica alimenta la idea de que cada quién debe arreglarselas (“ser libre”) sin la ayuda del Estado y -como consecuencia- el Estado debe “liberar” a todes de los impuestos. Paradójicamente, se pretende que los expulsados por el sistema asuman una vida de despojo (libres para morirse de hambre, diría Marx) y naveguen sin brújula (pero también sin propiedades, ni derechos) las turbulentas aguas de los mercados capitalistas.

Esa es la filosofía política de políticos vernáculos que hablan de “libertad” en el sentido de libertad de mercado y hacen diatribas contra cualquier forma de derecho social. Sin embargo, es claro que esa filosofía es expresión de las demandas del gran capital con proyección transnacional y su penetración social remite a las dificultades colectivas para construir un proyecto social alternativo.

El sujeto “libertario”, el sujeto sólo

Como hipótesis afirmamos que si hay trabajadoras y trabajadores que asumen como propia la ideología hayekiana contra los derechos colectivos es porque el Estado capitalista, aun en su forma de (precario) Estado de Bienestar, ya ni siquiera muestra capacidad de crear condiciones para la integración social en el marco del capitalismo. En el caso de los países dependientes, esa incapacidad se multiplica por el expolio que atraviesan nuestras sociedades.

Mientras el capitalismo contemporáneo multiplica el saqueo de las riquezas y el tiempo vital, las fuerzas políticas que conducen los Estados sólo gestionan el ajuste y la precariedad, despreciando las demandas populares de cambio radical. En esa situación de precarización ampliada de la vida y frente a la debilidad de las formas de resistencia social históricas (incluidos los sindicatos y otras organizaciones populares), muchxs laburantes perciben un Estado en crisis que aparece como mínimo incapaz, y muchas veces cómplice, en ese proceso de destrucción de las condiciones para una vida digna. Ante la necesidad de sobrevivir por la suya, en el día a día, sin ayuda real del Estado (no migajas, sino derechos sociales reales), en una sociedad fracturada, tan solo pueden pensar como sí fueran propietarixs de sí mismos. Es en esa práxis social que puede florecer el sujeto libertario.

Esa es la subjetividad social favorecída por este contexto. En ese marco se articulan las batallas del momento: construir formas nuevas de resistencia colectiva, proyectos público/estatales que superen el Estado burgués, y proyectos societales superadores de este capitalismo de rapiña.

Mariano Féliz

21 de Marzo de 2022

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