Lo micro y lo macro y el terrorismo simbólico

El que quiere ser gusano que se arrastre y el que no grite cuando lo pisen

Emiliano Zapata

Esta nota trata los eternos retornos que surgen en el río del tiempo donde habitan terrores pero también las memorias de los pueblos. Un ejemplo. El 11 de marzo Gabriel Boric asumió como presidente de Chile como consecuencia del salto que estudiantes secundarios dieron para evadir los molinetes del Metro de Santiago de Chile negándose a pagar el aumento del boleto del Metro el 18 de octubre de 2019. Esa desobediencia, que algunos calificaron de “travesura” escondía el germen de una rebelión que incendió el imaginario social chileno. Adviertan que el incremento que se negaron a pagar los chicos era menos del 4%, tantas veces en nuestros países se castigó mucho más a los bolsillos y todo fue como debía ser. Pero estamos en América y en la profundidad de sus laberintos de sangre cuesta determinar el funcionamiento del detonante que libera la ola. No hay recetas ni formulas, pero sí memoria. Hace siglos América viene diciendo NO, una negación que en ocasiones es silenciosa, un no resignado, apenas murmurado que no se expande. En cambio en otros momentos el NO se transforma en grito que hizo gente que la historia recuerda con nombre como Túpac Amaru, Sandino o Farabundo Martí por mencionar apenas tres y tantos otros anónimos como los estudiantes de Santiago de Chile. El salto del molinete más que una evasión del boleto es un NO rotundo a un estado de profundas injusticias arrastrada durante décadas y por ello el contagio fue instantáneo. Las protestas se extendieron de norte a sur, muertos, millares de heridos, incontables detenidos, toque de queda y estado de emergencia y el poder temblando. La esposa de Sebastián Piñera en un audio que se filtró a la prensa expresó un sentimiento de clase “estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena” con resignación aseguró “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás” (La Voz 22/10/2019). El salto del moliente causó el llamado al referéndum para modificar la Constitución dejada por Augusto Pinochet. El 79% exigió derogarla. Y como obra de la magia de ese salto del Metro que se convirtió en semilla libertaria Boric llegó al palacio de La Moneda donde fuera asesinado el socialista Salvador Allende. Ya veremos, por lo pronto se avizora un cambio.

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            El 24 de marzo en Argentina se conmemora el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia en relación al golpe de Estado de 1976 que instauró una dictadura que desapareció 30.000 personas, torturo, violó y hasta se apropió de medio millar de niños que la Abuelas de Plaza de Mayo y sus familiares continúan buscando, una dictadura que buscó no solo destruir personas sino que demolió conquistas sociales y redujo a cenizas el sistema económico. Argentina no fue la excepción sino la regla ya que el Departamento de Estado impulso golpes en Latinoamericana que perpetraron una limpieza ideológica promoviendo exilios, exterminios y un terrorismo simbólico igualmente siniestro que el físico. Un ejemplo. El general Ibérico Saint-Jean interventor de la provincia de Buenos Aires poco después del golpe en un cena con altos oficiales: “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”. No se trató solo de una bravuconada arrogante o un exabrupto que verbalizó en un descuido, por el contrario se trató de un modus operandi. La idea que subyace en primera instancia implica terrorismo simbólico: nadie está a salvo y quien detenta el poder lo ejerce con impunidad. Al punto que el dictador Videla en aquella entrevista en la que vistiendo un traje civil que no lograba humanizarlo aseguró “un desaparecido no tiene entidad no está ni muerto ni vivo está desaparecido”. La profanación de vidas quebrando historias personales pone de relieve la más siniestra de las violencias, tan desgarradora como la física y seguramente más profunda y duradera ya que continúa atormentando después que el dolor físico se apaga en la piel mediante pesadillas nocturnas y pavores diurnos.

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            Los crímenes se evaporan, los muertos son invisibles, los culpables son inocentes y poseen nombres y memorias inmaculadas y hasta tienen pedestales. Ese es el punto. Que los autores permanezcan impunes no hace otra cosa que acentuar los graves efectos psicosociales causados por la impunidad resultante. Eso es terrorismo simbólico. Tengamos presente que la discursividad emergente de tales situaciones intolerables tiene como ejes la negación, la distorsión, la sustitución de los hechos y el silencio cuyos efectos tienen profunda incidencia en la construcción de la autopercepción, del nosotros inclusivo y de la relación de asimetría que se establece con el otro impune como hoy en día se observa en El Salvador con la masacre de El Mozote ejecutada por el batallón contrainsurgente Atlacatl. La culpabilidad queda en el vacío, permanece suspendida retornando de alguna manera sobre las víctimas catalogadas como “subversivos, colaboradores, simpatizantes, indiferentes, tímidos o indígenas” quienes son depositarios naturales de la culpa de ser otro. El discurso de silencio sobre el terror genera terror y sometimiento, la negación del dolor genera dolor. Y ese terror sin anclaje concreto donde fijarse produce severos trastornos. Es imprescindible acceder a la palabra que contribuye a la reparación de lo traumático. La palabra acompañada de justicia. Nombrar es el comienzo de la elaboración no sólo de la perdida, sino también del posicionamiento como individuo dentro de una comunidad que fue golpeada con el asesinato que instauró en su relato de ser-en-el-mundo una herida profunda en su mismidad como seres humanos. Cabe preguntarse por último, que si bien toda pérdida siempre presenta un margen de inelaborabilidad: ¿hasta qué punto ese margen se extiende cuando además de la no justicia, se niega e invisibiliza la existencia del suceso? ¿Hasta dónde es posible elaborar la percepción de la constante impunidad de los victimarios y la permanente indefensión de las víctimas en tales circunstancias? Que la justicia no llegue y deje sin sanción crímenes evidentes deja latente en el imaginario la posibilidad de la repetición, que el crimen se reitere. Eso es terrorismo simbólico. La no-justicia es la otra cara de tal inequidad que busca dominar a los pueblos.

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            Hoy el planteo del poder es diferente pero el problema no deja de ser el mismo. Las atroces masacres de los ´70 y ´80 se convierten en muertes por goteo. Por el momento eso les basta. Líderes sociales, indígenas, afrodescendientes sobre todo militantes ambientales entran en el foco de las muertes por goteo. En nuestro continente encabeza el tétrico listado Colombia, seguido por Brasil, Guatemala, México y Honduras siendo las cuestiones más peligrosas los que tienen relación con las mineras y las represas, un ejemplo es la hondureña Berta Cáceres asesinada en 2016 otro la brasilera Marielle Franco en 2018.

            Por eso, este 24 de marzo que Argentina conmemora una de las fechas más infaustas de su historia es necesario tener muy presente lo ocurrido, y así como el poeta chileno Pablo Neruda al subir por primera vez al Machu Pichu, en esas alturas escribió “Yo vengo a hablar por vuestras bocas muertas” nosotros también al tomar las calles el 24 de marzo presentificando tantas ausencias reclamaremos hoy y siempre Memoria, Verdad, Justicia. Esa es la chispa que nos permitirá saltar el molinete de la injusticia, la valla de la desmemoria. Es lento pero viene…

Marcelo Valko es autor de numerosos textos, psicólogo, docente universitario, especialista en etnoliteratura y en investigar genocidio indígena.

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