Reflexiones en torno a Rouge, una mirada sobre los juicios por los crímenes de la dictadura de Rodolfo Yanzón

Julio Bulacio1

El 10 de diciembre la editorial Nuestra América publicó el libro Rouge, una mirada sobre el juicio por los crímenes de la dictadura del abogado de DDHH, Rodolfo Yanzón.

El 9 de marzo se presentará el libro en la Biblioteca Nacional con la presentación a cargo de Felix Crous y Graciela Daleo.

Durante su experiencia como abogado Yanzón participó en la lucha y los juicios por “verdad y justicia”. Habiendo trabajado en varios colectivos para ese objetivo, relata en este libro su análisis personal de ese proceso.

El texto no se limita a los “crímenes de la dictadura” sino que trata de comprender históricamente el fenómeno, para lo cual desanda los antecedentes jurídicos y, sobre todo, políticos de la Doctrina de la Seguridad Nacional a lo largo de los diferentes regímenes, incorporando claves de lecturas a veces olvidadas.

Asimismo, recupera los “crímenes” económicos de la Dictadura investigados inicialmente por la Fiscalía Nacional de Investigaciones, que entre 1984 y 1991estuvo a cargo del Dr. Ricardo Molinas. Esa relación directa entre golpe de estado y grupos económicos reaparecerá recién tácticamente con la denominada crisis del campo del 2008 y así – casi involuntariamente – la alianza entre los Grupos Económicos y la Dictadura ingresarán al debate político dentro de los propios partidos del orden. De este modo realmente hace justicia con la labor desplegada prácticamente en soledad por el “Fiscal Molinas” quien fue renunciado por el justicialismo en el gobierno.

Un tercer aporte al trabajo historiográfico es la remisión a testimonios de diferentes juicios e incluso a sentencias relevantes. Ese tipo de fuentes – que tanto recuerdan a la microhistoria de Guizburg – fueron hasta el momento poco utilizadas por los historiadores.

El núcleo del libro es la descripción y análisis sobre la búsqueda de los caminos a elegir en la lucha por la verdad y la justicia, en definitiva el debate y acciones tácticas en el campo especifico. Y para ello recorre la experiencia que permitió finalmente juzgar y condenar a los asesinos, no solo el central caso de la ESMA en Argentina sino en Francia, España e Italia con especial foco en los juicios en Alemania.

Entonces, pone en discusión cual es el planteo estratégico en esa etapa y de ahí, la táctica correcta. Lo hace de tal modo que a veces parece una discusión no saldada ni por el propio autor. Compartir las dudas, hacer un análisis que abre pero no pretende cerrar, que no dogmatiza, son parte del mérito de este trabajo. El libro, escrito de manera amena para quienes no somos doctos se nos presenta como un capitán que decide compartir su “bitácora”, para contarnos su periplo e invitar a compartir preguntas y certezas que siguen siendo desafíos del presente y el futuro.

Esta enumeración ya invita a la lectura, pero interesa en este artículo detenerse en algunos temas presentados – y nos resultan centrales –por la manifiesta voluntad pedagógica, de socialización de una experiencia y el proceso histórico explicitado por el propio autor: la violencia política en la Argentina para cuestionar la “reaparecida” teoría de los dos demonios.

El autor, y la “olvidada” generación de los ochenta.

El concepto de generación que aquí se utiliza – siguiendo a Karl Manheimn –se refiere a quienes están insertos en un mismo período de tiempo y tienen “una potencial participación en sucesos y vivencias comunes y vinculadas”, es decir coincidencia de fechas de nacimiento, pero también de ámbito socio histórico y participación activa en un destino común.

Yanzón nació en 1961 y su infancia y adolescencia transcurrió en “Las torres” situadas en el límite barrial entre San Cristóbal y Parque Patricios. Este monoblock había sido construido por el Sindicato de Empleados de Comercio, en la vieja época de la Argentina con movilidad social ascendente y cuando el laburante estaba convencido de que con esfuerzo podía acceder a la vivienda propia – porque era un derecho conquistado – y hasta soñar con “Mi hijo el doctor”. Por eso Rodolfo Yanzón fue enviado a estudiar a una escuela de sectores medios “con aspiraciones” en Caballito: el Instituto Social Militar Dr. Dámaso Centeno, colegio al que concurrían muches hijes de militares. Y cursó durante el proceso de derechización del tercer peronismo en el gobierno y centralmente, durante la Dictadura Militar. De ahí siguió el camino esperado por la apuesta familiar: estudiar en la Facultad de Derecho, carrera hegemonizada en ese momento por el integrismo católico. Sin embargo, – casi como itinerario generacional – completando la insatisfacción que producía esa futura profesión, se volcó también al estudio del periodismo y la sociología (carrera no concluida), junto a la participación en los pro-centros de estudiantes durante los primeros ochenta, todo un itinerario que concluiría en una vocación militante y de intervención política en el ámbito judicial. Fue parte del grupo etario que se entusiasmó con la revolución sandinista de 1979, y que marchó a Plaza de Mayo aquel 30 de marzo de 1982 al grito de “se va a acabar la dictadura militar” (su hermano junto a la barra del barrio cayó preso ese día)-, conmocionó con la guerra de Malvinas y la “apertura” política que se vivió con ingenuo sabor a triunfo y finalmente, la vuelta de la primavera.

La particularidad que se desprende de sus datos biográficos es que, en su formación profesional, quienes influyen no son los militantes de los setenta – sí en el terreno político y diría hasta moral, como Graciela Daleo – sino miembros de una generación anterior que se había forjado en duras luchas desde mucho antes a 1976. Menciono cuatro nombres como referencia: Ricardo Molinas (1918 – 2006), Carlos Zamorano (1933), Alberto Pedroncini (1923 – 2017) y Leopoldo Shiffrin (1936 – 2017). Esos nombres – seguro habrá muchos otros – y tres espacios institucionales formativos iniciales: la Asociación de Abogados de Buenos Aires, La Fiscalía Nacional de Investigaciones y la Liga Argentina de los Derechos del Hombre.

Recordemos: Ricardo Molinas procedía del Partido Demócrata Progresista, Pedronicini y Zamorano, del Partido Comunista. Schiffrin tuvo una activa participación con Esteban Righi durante el gobierno de Héctor J. Cámpora, luego del exilio ocupó nuevamente un cargo público durante el gobierno de Alfonsín y finalmente fue Juez.

Todos ellos militantes de diferentes tradiciones políticas, con una marca propia del intelectual de la mejor tradición enciclopedista: la erudición y la rigurosidad científica como condición sine qua non para el despliegue de cualquier actividad política. Eran parte de una generación que actuó básicamente bajo regímenes represivos – dictaduras o no – siempre en situación de riesgo, que no se podía permitir ir al combate en un terreno al que consideraba desfavorable (la judicatura era – y es – parte del poder de las clases dominantes) y que creía que debían estar formados para intervenir en el nuevo orden que pretendían construir.

En un punto ratificaban lo que Héctor Agosti había desarrollado como teoría y política del Partido Comunista hacia los intelectuales: para poder jugar su papel en el campo específico, el intelectual necesitaba contar con el capital simbólico de su propio campo, legitimar su posición con la solidez de su obra y sapiencia, porque eso es lo que le daba eficacia militante. Y tal vez fue, en parte, esa matriz – sin haberse Yanzón incorporado a ningún partido – la que le permitió cumplir su rol de intelectual orgánico de las clases subalternas en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia. Además, como sus maestros, salió del confort académico y metió los pies en barro, cuando hacerlo era aún un riesgo en la incipiente democracia, riego que sintió cuando asumió las defensas de Enrique Gorriarán Merlo y los presos de la Tablada, de los asesinados y/o lisiados en la pueblada del 2001, las denuncias por los asesinatos de Kosteky y Santillán o la desaparición de Julio López en el 2007, entre otros.

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Rouge, un debate histórico político

Y otra vez la teoría de los dos demonios

I

En su libro Yanzón retoma el debate sobre la nunca “superada” teoría de los dos demonios, cuyos argumentos y descripciones fueron ingresando subrepticiamente en el “sentido común” de las nuevas generaciones, hasta en quienes explícitamente sostienen estar en contra. Eso implica que retomarlo sea una necesidad política.

Emilio Crenzel – a quien Yanzón recurre – da claves para comprender esa paradoja. Dice en su análisis de los dos prólogos al Nunca Más, el de Ernesto Sábato en 1984 y el de Rodolfo Matarollo y Eduardo Duhalde en el 2006, que, si bien ambos reconocen la existencia del terrorismo de estado, es este último quien lo ubica como único responsable y relaciona el accionar represivo con los intereses económicos que buscaban desmontar el “estado benefactor” creado durante el primer peronismo. Sin embargo – afirma Crenzel – “ninguno de los dos (prólogos) historiza el pasado de violencia política y el horror que atravesó el país y omite también, las responsabilidades del Estado, las fuerzas armadas, la sociedad política y civil en las desapariciones previas al golpe (…).” El segundo prólogo lo hace – en contraste simétrico con el primero- y pasa de una sociedad inocente y víctima con el horror a una mirada inversa pero igual de totalizante, “en la que el pueblo, sin fisuras, enfrenta el terror dictatorial y la impunidad.” Aquí desconocen la derrota (o peor, la creen revertida) y también las complicidades políticas y gremiales con la dictadura, limitándolas – ¡lo que no es poco! – a los grupos económicos.

Interesa destacar que el segundo prólogo, aparentemente dominante en el discurso político progresista, a partir de esa falta de perspectiva histórica en el análisis de la violencia política en la Argentina alimenta y posibilita “el éxito” de las denuncias de “memoria incompleta” o “discriminación de víctimas” y que su discurso – apoyado por operaciones como la de Pablo Avelluto en Sudamericana – ingrese en el sentido común de amplias masas, no solo de la “derecha”. A tal punto que – como dijimos – hasta para quienes se oponen a esa perspectiva, siga vigente implícitamente la existencia de los “dos demonios” que “matan a inocentes” (sic).

¿Cómo desarmar ese esquema en un proceso de derechización creciente y en el cual hasta los críticos de aquella visión parecen rehuir la pelea de fondo y conformarse con consignas políticamente correctas?

Yanzón intenta intervenir en esa batalla ideológica desde un análisis histórico jurídico. Digamos que señalar el origen de la Doctrina de la Seguridad Nacional en Francia primero y en la Escuela de las Américas después, para combatir enemigos internos (políticos e ideológicos), con sus métodos de guerra “no convencionales (torturas, interrogatorios, etc.) y la formación de militares argentinos en aquella Escuela, es hoy conocido y público. No lo es, sin embargo, el andamiaje político y jurídico para la formación de ese aparato burocrático militar del estado que fue preparado – independientemente que sean gobiernos democráticos o dictatoriales – desde el mismo inicio de la Guerra Fría, que podríamos dar por inaugurada en el famoso discurso de Churchill en Fulton, en marzo de 1946.

Se sabe que el futuro General Perón fue formado en la Doctrina Militar de la “nación en armas”, elaborada a partir de la idea de defensa integral del Mariscal Vonz Golt, que sustentaba la necesidad de que el Estado-nación tuviese independencia económica y cohesión social para triunfar en una guerra. Sin embargo, el texto de Yanzón nos recuerda que en ese momento la denominada Doctrina Truman impulsó como política de dominio y hegemonía estadounidense la creación de la OEA, la CIA, CIOSL y el TIAR y que fue durante el primer gobierno de Perón que surgieron las menos conocidas leyes que comenzar a conformar un nuevo perfil castrense, que ya visualiza combatir a “enemigos internos”, “comunistas”. Por ejemplo, que en la ley 13234 de 1948 “se otorgó al presidente instrumentos para actuar ante peligro inminente de guerra externa o conmoción interna”, y que la misma se aplicó por primera vez contra la huelga de los ferroviarios en el año 1951 cuando “se dispuso la movilización militar de los ferroviarios y hubo despedidos y encarcelados acusados de sabotaje”. Y fue luego – ya bajo la dictadura de Aramburu – que se utilizó esa misma ley para condenar a pena de muerte al General peronista Juan José Valle.

En general, se relaciona correctamente al Decreto 9880/58 Plan Conmoción Interna del Estado (Conintes) con la “traición Frondizi” pero muchas veces se olvida – como hace notar Yanzón – que su antecedente es la “Directiva Particular Conintes Nº 3 de 1954 del Estado Mayor General del Ejército y las referencias a las directivas 1 y 2 de septiembre y octubre de 1952”.

Incluso, informa que fue la Constitución de 1949 – del cual cita al prólogo escrito por el Dr. Eugenio Zaffaroni – la que estableció la “previsión de los partidos antisistema y el delito de subversión (artículos 15 a 21)”.

Es decir que más allá de las indudables conquistas de les trabajadores durante el primer peronismo, de la ampliación de los derechos sociales y de ser una democracia sin proscripciones, dentro del aparato militar del estado ya estaba presente “otra doctrina” alineada con el llamado “mundo occidental y cristiano”.

De la misma manera, habitualmente se vincula la Doctrina de la Seguridad Nacional (Ley 16970) de octubre de 1966 con la Dictadura de Onganía; sin embargo informa Yanzón que el proyecto “había sido enviado al parlamento por Illia y no tuvo completo tratamiento parlamentario a causa del Golpe”. Aquí induce a una reflexión acerca de que fue durante el “alfonsinismo” cuando se pretendió relatar la historia argentina como una antinomia entre autoritarismo versus democracia. Sin embargo, esa antinomia queda refutada por la demostración de la continuidad existente como poder real entre democracias formales y dictaduras, continuidad que permitió preparar al aparato burocrático militar del estado para defender ese orden capitalista del “comunismo”, cuya caracterización incluyó a los movimientos antimperialistas en sus diferentes variantes identitarias.

En ese andamiaje, el supuesto “empate hegemónico” que recorre la historia argentina desde el golpe de 1955 a 1973 según la descripción de Portantiero, o la “guerra civil larvada” de la que hablara Halperin Donghi, suma la demostración de que el aparato burocrático militar del estado estuvo siempre subordinado a la guerra fría y tuvo un nítido hilo conductor inamovible ya sea bajo regímenes de democracia ampliada (Perón), democracia restringida (Frondizi, Guido, Illia, Isabel) o Dictatorial (Aramburu, Onganía, Levingston, Lanusse). Es decir, la fuerza represiva estaba largamente preparada para la guerra final contra el “enemigo interno” y el golpe de 1976 venía a aniquilar no a la “guerrilla” sino al largo proceso de acumulación de masas, que conformaban un vasto movimiento de contestación social que se expresó entre 1968 y 1974.

Yanzón en un punto abona la visión de Verbitsky que afirma que las FFAA, la burguesía “vaciaron el agua para capturar el pez, pero el agua les interesaba tanto o más que el pez”.

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En un punto Yanzón aquí responde por qué ninguno de los prólogos al “Nunca Más” puede historizar la violencia política sin “pegarse tiros en los pies”. Y eso pudo incluso rastrearlo en su campo: las fuentes judiciales.

Por caso tomemos dos momentos históricos totalmente diferentes: la presidencia de Isabel Martínez de Perón y la reapertura y continuidad de los juicios durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

El acta fundacional del “Operativo Cóndor” fue el 28 de noviembre de 1975, según – nos informa – las actas de los Archivo del Terror en Asunción. Es decir, Argentina participa desde el Gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón e Ítalo Luder, del Partido Justicialista. Stella Calloni sostuvo en Los años del Lobo que Juan Domingo Perón no estuvo involucrado en dicha acción, a diferencia de lo sostenido por el historiador Richard Gillepie en su libro Montoneros, soldados de Perón. Sin embargo no pretendiendo involucrarse en el debate Yanzón da cuenta que en el “Acuerdo bilateral de inteligencia FFAA Paraguay/ Ejército Argentino de septiembre de 1972, y afirma en 1973 se estrecharlos las relaciones y en 1975 se coagularon” se fue articulando el denominado “Operativo Cóndor”. Vale que el mismo se estructura durante la dictadura de Lanusse, continúa en el interregno de Cámpora – Perón y se concreta con Isabelita – Luder y se expandió durante la dictadura de Videla.

Luego Yanzón describe el rol del ejército “de la democracia” al reabrirse los juicios y ya caído el “muro de Berlín” destaca la intervención de las FFAA actuando como garante de represores, argumentando por ejemplo que “eran buenos soldados”. O para establecer la libertad como criterio para quienes habían cometido crímenes de lesa humanidad: un dictamen judicial lo fundamenta sosteniendo que no existía peligro de fuga dado que “el encauzado (tiene) vínculos sociales y arraigo suficiente en la comunidad – pues ostenta un cargo de oficial superior en el Ejército Argentino – y no registra antecedentes penales”.

Suma a esa configuración del aparato estatal la innumerable cantidad de casos citados en el libro, de jueces y fiscales que se excusaron de juzgar a miembros de las FFAA por sus relaciones en clubes, parroquias, o por ser familiares directos de los mismos, lo que lo lleva a la conclusión de “que la repetición de apellidos en diferentes estructuras estatales – como en otros reductos de la sociedad civil – explica, en parte, el entramado de complicidades, encubrimientos y sectores beneficiados”.

En ese entramado se explica – como afirma Yanzón- la forma de actuar de las fuerzas de seguridad en casos como la desaparición de Julio López. Sorprende (o no) que la institución que ejerce el monopolio legal de la fuerza estatal siga participando como parte de su formación en operativos junto a las fuerzas armadas de EEUU. Esto se observa en la continuidad – luego de un pequeño interregno pos Malvinas – en operativos como Unitas o en el reciente descubrimiento de ser parte en la preparación del golpe de Estado contra Venezuela (El cohete a la luna).

II

Otro ángulo desde el que Yanzón apuntala para desmontar la teoría de los dos demonios, punto de partida para los impulsores de la “memoria completa”, es la polémica con dos conceptos caros a la tradición de los organismos de derechos humanos: crimen de lesa humanidad y genocidio.

El primero fue muchas veces utilizado, pero Yanzón necesita precisarlo para “no mezclar peras con manzanas”, como dice el dicho. Afirma que se considera crimen de lesa humanidad cuando afecta no solo a una persona en su derecho básico sino a toda la humanidad como conjunto – y precisa el fallo citado en el libro, pg 187 – “si bien no es necesario que el ataque sea contra la totalidad de la población, se exige que sea contra un número suficiente”. Entonces, cuando detalla el caso Larrabure – tan utilizado por el diario La Nación para, según ellos, “completar la memoria”– Yanzón destaca que la cámara lo rechazó porque para que un crimen sea considerado de lesa humanidad es fundamental el “elemento de contexto”: son de lesa humanidad “delitos graves cometidos por autoridad estatal como parte de una política de ataque sistemático o generalizado contra la población civil”. Es decir, las acciones de los partidos político – militares no son delitos de lesa humanidad.

El segundo concepto, genocidio, es más complejo porque es utilizado por organismos y académicos que bregan por la “memoria, verdad y justicia” pero también le resulta importante abordarlo para historizar el problema de la violencia. Y en ese punto paradójicamente la caracterización del terrorismo de estado como genocidio – polemiza Yanzón – concurre con la idea de quitarles a los desaparecidos “la vida, reduciéndolo a muertos al arrebatarles la encarnadura política, ideológica y cultural. Porque – afirma – el genocidio “tiene como fin destruir total o parcialmente a grupos raciales, nacionales, étnicos o religiosos, mediante la matanza, lesiones graves y el concepto excluye expresamente a los grupos políticos”. Y esa exclusión y aquella aplicación reduce al sujeto de militante con convicciones que conformaron el ideario político de las izquierdas en sus diferentes tradiciones a objeto, víctima y así – sin pretenderlo – se convalida la “teoría de los dos demonios” y se pierde la clave política del accionar represivo: aniquilar a los “cuerpos indóciles” (Inés Izaguirre) que fueron construyendo una territorialidad anticapitalista en la sociedad argentina desde la crisis del sistema de dominación abierto en 1969, con el Cordobazo.

Y esta mirada no pretende polemizar con el sostenido libro de Feierstein que evita cualquier planteo de “inocentizar” a las víctimas sino sumar un ángulo que apunte a desarmar una mirada moral, individualista y descontextualizada de un proceso histórico.

Reforma y revolución. Táctica y estrategia

A lo largo de todo el libro, con una prosa alejada del consignismo o la adjetivación irrumpen los enemigos y se destaca “con pelos y señales” un enemigo de la democracia y los DDHH: Estados Unidos. Es como un hilo en tinta limón porque hay que saber mirarlo pero está siempre y no solo en aquel tiempo de la guerra fría sino que Yanzón observa un salto cualitativo en el accionar imperial cuando irrumpe esa “Nueva Roma” en donde – Patricio Rey dixit – “te matará un robocop sin ley”. Destaca que en el proceso que trascurre desde la caída del muro de Berlín al 11 de septiembre del 2001, EEUU fortalecido – y asediado – lanza su ofensiva para aplicar las convenciones internacionales con el objetivo de “sojuzgar pueblos” detrás del escudo de la “guerra preventiva” y la lucha contra el “terrorismo internacional”. Ese proceso logró disciplinar a los estados latinoamericanos que delegaron su soberanía detrás de – cita Yanzón a Pilar Calveiro – la “lógica de la seguridad global, a la vez que garantizan las operaciones de las corporaciones transnacionales.” (Las negritas me pertenecen)

Y con esa referencia internacional y nacional reflexiona sobre su práctica jurídica para abordar la intervención política en un campo adverso para la justicia como es la casta judicial

En el libro va denunciando – sin necesidad de adjetivaciones fáciles – el entramado estratégico entre el poder militar, judicial y finalmente político que llega como estructura hasta nuestros días para plantearse, primero en el plano teórico – siguiendo a Leopoldo Shiffrin – cómo intervenir ante tamaño entramado y segundo, desarrollando el relato de su práctica al respecto. Él – como Schiffrin – se apoyan en la definición clásica de Estado dada por Max Weber, para quien el mismo está definido “…mediante dos elementos constitutivos de la presencia de un aparato administrativo que tiene la función de ocuparse de la prestación de los servicios públicos y del monopolio legal de la fuerza”, al mismo tiempo señala que la propia noción de unidad nacional allí sintetizada tiende a invisibilizar los conflictos internos y se conforma como parte constitutiva de la hegemonía cultural de las clases dominantes.

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Para Schiffrin – citado por Yanzón – uno de los grandes problemas de la judicatura es haberse sometido al poder político, perdiendo su autonomía “los jueces (…) suelen concebirse (…) como simples funcionarios (…) cuyo interés es servir instrumentalmente las metas fijadas por los verdaderos portadores del poder, esto es, por los líderes de los partidos políticos dominantes” (Schiffrin).

Y coinciden ambos al señalar que “el sistema judicial integra el bloque dominante, el que ejerce la hegemonía, el del poder real, distinto al poder formal previsto en la Constitución”. La autonomía del Poder Judicial es condición necesaria para que pueda jugar un papel progresivo. Pero los jueces no son neutrales sino portadores de ideología, que miran desde ese prisma las relaciones sociales y por lo tanto no son sus sentencias sinónimos de justicia. Y entonces irrumpe la pregunta clave que formula Yanzón como parte de un colectivo y que trata de responder en sus acciones. Durante todo el libro se pregunta: “¿Hasta dónde, entonces luchando contra la impunidad, utilizaríamos las herramientas del mismo sistema, como sus leyes y prácticas judicial, que tantas veces criticamos y señalamos como violatoria de los derechos humanos?”.

Y en rigor es lo que intenta responder (se) reflexionando sobre su propia práctica a lo largo de todo el libro. Deliberadamente Yanzón con este libro se permitió correr el riesgo de compartir la cocina de un trabajo de décadas. Cuan capitán, parecería que fue anotando en su bitácora ese largo recorrido vital y pone luego a nuestra disposición – con el debe y haber de esa audacia – para seguir pensando “otros posibles”.

Apostillas personales a Rouge

A lo largo del libro Yanzón analiza el proceso histórico para así precisar conceptos que permitan comprender el debate pasado pero sobre todo los pendientes en este presente y futuro. Repensar la Doctrina de la Seguridad Nacional y el rol de EEUU sigue siendo importante, así como hacerlo con los conceptos genocidio, crímenes de lesa humanidad sigue siendo vital para el debate contra aquellos que ya en ofensiva lanzaron la farsa de la “memoria incompleta”, con un éxito que en un punto parecería imprevisto. El objetivo pedagógico del libro es claro, porque partió de reconocer que toda batalla ganada dentro del Orden no es sinónimo de victoria definitiva.

Por eso remarcar un hilo conductor en la conformación del aparato burocrático militar del estado (aunque nunca lo mencione de esa manera tan leninista) y su relación estratégica con la política imperialista de EEUU junto a las clases dominantes nativas más allá – y más acá – de que el régimen fuese dictatorial, de democracia ampliada o restringida es necesario. Se anima a relacionar nada menos que la figura de Juan Perón con las hipótesis de lucha contra el “enemigo interno” o la de Arturo Illia con la Doctrina de la Seguridad Nacional sin adjetivar, intentado objetivar ciertos límites, tal vez estructurales, mostrados por gobiernos populares para aportar a la comprensión de ciertas limitaciones en el abordaje de la violencia política en nuestro país, así como las búsquedas de las organizaciones políticas alternativas al orden social existente.

Por otra parte ese abordaje historiográfico que busca dilucidar los posibles de la violencia en la Argentina lo enfrenta a dos conceptos en los que flotan algunas preguntas.

Yanzón utiliza la categoría conflicto y agudización del conflicto de clase, pero a veces parece remitir a conflicto y otras, a contradicción. Y no es un tema teórico baladí sino central.

Fue luego de la derrota del ascenso revolucionario de los sesenta y principios de los setenta cuando dejó de estar en el centro del debate la revolución para comenzar a discutirse la democracia. En esa lectura irrumpió la conceptualización del capitalismo como un sistema que reconoce a la sociedad como portadora de relaciones conflictivas y plantea que en democracia la política es una esfera autónoma que puede resolverlo a través de la lucha, cooperación y diálogo. Se pasó durante la restauración democrática de la contradicción objetiva al conflicto subjetivo, que cada quien lo elige y cualquiera es válido para la intervención, ya no es necesario distinguir lo principal de lo secundario, todo es relativo. Y así la lógica de la contradicción pasa a ser sustituida por la lógica del conflicto que se resuelve “buscando consensos” porque el sistema no “obligaría” per se al enfrentamiento, a “superar dialécticamente la contradicción”. Y justamente la contrarevolución preventiva de 1975/76 fue para resolver la contradicción principal de manera favorable a “los de arriba”. El debate en torno a los juicios por la verdad y la justicia es si fueron y son el paso táctico para restablecer el debate sobre la contradicción principal o si son para mostrar que hasta ese conflicto es soluble dentro del orden posible. Y para pensar esa pregunta política Yanzón contribuye.

Por eso remarca la necesidad de la batalla contrahegemónica y caracteriza a la casta judicial como parte del bloque del poder, junto a los grupos económicos y los medios masivos de comunicación concentrados.

Aquí el riesgo podría ser caer en la mirada que fue propia de la socialdemocracia de izquierda en la Europa de la posguerra que concluyó por negar la existencia de la maquinaria violenta del estado – pecado en el que no cae Yanzón – y por afirmar que el dominio cultural en la sociedad civil es producto del control capitalista de los medios de comunicación. Mirada cara al “populismo progresista” actual. Y aquí parece pertinente recordar –como destaca Mangone – que el poder de los medios es tal si la sociedad civil está fragmentada, sin ámbitos de debate y disputas ideológicas. Porque es en esas circunstancias en las que el poder de los medios cae verticalmente sobre la “cabeza” de la sociedad, pero si las instancias organizativas de las masas se horizontalizan y la discusión supera el espacio de las redes aquellos mensajes influyen notoriamente menos, se debilitan..

Y es importante recordar que toda disputa hegemónica presupone el momento de la organización con una “visión del mundo” y allí juegan un papel nodal las instancias de la sociedad civil como sindicatos, centros de estudiantes, organismos de DDHH y también, como un gran engranaje, los partidos políticos.

Justamente el papel de los partidos políticos aparece un poco desdibujado en el libro. Y en ese punto se muestra la tensión del autor con el kirchnerismo: por un lado, lo lee como cauce para avanzar en la “verdad y la justicia” pero ¿comparte con el Partido Justicialista en sus diferentes acepciones (hoy Frente de Todos) los mismos objetivos estratégicos, el mismo proyecto de país incluso limitados al terreno político ideológico o incluso respecto a los DDHH?

Yanzón destaca correctamente que la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida para reabrir los juicios fueron producto de la iniciativa de la diputada de Izquierda Unida Patricia Walsh y que el ejecutivo finalmente – no sin maniobrar en contra – “se acopló” al compás del nuevo clima político abierto con la rebelión del 2001. Asimismo hace referencias a casos como los de Julio López y mucho más aún al de Milani mostrando en la propia descripción las tensiones de un intelectual orgánico, que pretende incidir en un espacio que le resulta amigable para su objetivo inmediato.

Es otro problema que deja plantado y lo trasciende: ¿Cómo intervenir políticamente cuando los referentes lógicos que serían los partidos políticos se han “despolitizados”, desprecian el sustento teórico de sus acciones y se han vuelto pragmáticos subsumiendo el pasado en el presente?

Porque es un rasgo de época la refundación de viejos partidos que ahora hablan a través de los medios – más o menos concentrados –, que emiten posiciones circunstanciales, pero carecen de programas públicos, que tienen votantes pero no afiliados que sean convocados a la elaboración del proyecto y participen en los debates para fijar posiciones frente a temas centrales o siquiera postular a los candidatos. Hoy los dirigentes son en general políticos profesionales que se formaron en los medios o en las burocracias partidarias y no en la polémica de ideas o luchas sociales de otrora.

Y entonces ¿cómo comprender las razones profundas que concluyeron en el terrorismo de estado y por la que fueron desaparecidos miles de compañeres en una sociedad educada por esos Partidos “atrapatodo”? ¿Cómo analizar la violencia de “los de abajo” y la respuesta de “los de arriba” en ese vaciamiento de ideas y proyectos?

En esta sociedad del capitalismo tardío, neoliberal, los partidos – escribía Antón Jager en Jacobinlat – “son expresiones de esa economía: informales y provisorios, sin acuerdos a largo plazo, organizados alrededor de negocios y empresas fugaces.” No pueden organizar a las clases subalternas ni debatir futuro: el marketing es vertiginoso y por eso a veces hasta involuntariamente dejan las ideas fuertes en mano de las derechas.

Esta aparente digresión es porque sin ese tipo de partidos no se explica el vaciamiento histórico político que está permitiendo que irrumpa como sólido el relato político, ideológico y cultural de las derechas como verdad, incluso en el terreno de los derechos humanos; y eso – paradójicamente – simultáneamente al avance de los juicios.

Por eso resulta necesario este libro de Yanzón y es bueno que se llame Rouge.

Bibliografía.

  • Crenzel, Emilio: Dos prólogos para un mismo informe: El Nunca Más y la memoria de las desapariciones. Rosario, Prohistoria vol 11, 2007
  • Jaeger, Antón: “De la pospolítica a la hiperpolítica”. En JacobinLat https://jacobinlat.com/2022/02/09/de-la-pospolitica-a-la-hiperpolitica/?mc_cid=095b48d45c&mc_eid=733ab74532
  • Museo Sitio de la memoria ESMA: Una mirada de justicia: entrevista a Rodolfo Yanzón. ithttps://www.youtube.com/watch?v=Gvy9G8oUW_0
  • Pessoa, Quique: Entrevista a Rodolfo Yanzón en Radio Nacional.https://cdn-sp.radionacional.com.ar/wp-content/uploads/2021/12/entrevista-a-rodolfo-yanzon_0.0-1293.0.mp3.
  • Schiffrin, Leopoldo: “Sobre la Justicia”. En Lejtman, Román: Quince años de democracia, Buenos Aires, Norma, 1998.
  • Yanzón, Rodolfo: Rouge, una mirada sobre los juicios por los crímenes de la dictadura. Buenos Aires, Nuestra América, 2021.

1 Prof. de Historia – ESCCPellegrini – UBA

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