Rebelión científica global

Nació Scientist Rebellion, un «movimiento hermano pero independiente» de Extinction Rebellion, según lo definen. Sus fundadores quieren a los científicos luchando en las calles junto al movimiento climático, pero también que la ciencia como institución asuma su culpabilidad en la crisis. «Si te digo que se incendia la habitación y luego me siento tranquilamente a tomar una taza de té, vos no me vas a creer, ¿no?», preguntó Lynch-White, encadenado a las escaleras de la sociedad científica. «Tenemos que hacer más porque es una crisis», concluyó Hewlett antes de pasar la noche en la estación de Policía. Más de un año y medio después, del 4 al 9 de abril impulsarán una semana de rebelión científica, con movilizaciones, huelgas educativas y ocupación de universidades, en la que participarán más de mil científicos y académicos en veintisiete países – incluida Argentina – de todos los continentes. Historias de la ciencia comprometida y las experiencias de lucha y resistencia. Por Valeria Foglia (@valeriafgl) – Emergencia en la Tierra.

“La comunidad científica debe bajarse del pedestal para liderar la lucha climática”

Tim Hewlett Mike Lynch-White terminaron detenidos la tarde del 10 de septiembre de 2020. Habían echado pintura verde sobre la fachada de la prestigiosa Royal Society of London, la sociedad científica más antigua del Reino Unido. “La pintura no importa. Miles de millones de personas se van a morir de hambre”, le dijo el físico teórico Lynch-White al guardia de seguridad que lo increpaba por su incursión junto al astrofísico Hewlett. Habían pegado una carta en las puertas de la institución para sumar adeptos a su movimiento. La ciencia es política, dijeron, y llamaron a sus colegas a actuar en sintonía con las catastróficas predicciones que hacen y publican en revistas como Nature (a la que, por cierto, también hicieron una visita).

Así nació Scientist Rebellion, “movimiento hermano pero independiente” de Extinction Rebellion, según lo definen. Sus fundadores quieren a los científicos luchando en las calles junto al movimiento climático, pero también que la ciencia como institución asuma su culpabilidad en la crisis. “Si te digo que se incendia la habitación y luego me siento tranquilamente a tomar una taza de té, vos no me vas a creer, ¿no?”, preguntó Lynch-White, encadenado a las escaleras de la sociedad científica. “Tenemos que hacer más porque es una crisis”, concluyó Hewlett antes de pasar la noche en la estación de Policía.

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Más de un año y medio después, del 4 al 9 de abril impulsarán una semana de rebelión científica, con movilizaciones, huelgas educativas y ocupación de universidades, en la que participarán más de mil científicos y académicos en veintisiete países –incluida Argentina– de todos los continentes. Su inicio coincide con el lanzamiento del reporte del Grupo de Trabajo III del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC).

Ante la consulta de Emergencia en la Tierra, Scientist Rebellion adelantó que el 6 de abril habrá acciones “contra Gobiernos, empresas fósiles e instituciones científicas”, en las que desplegarán lo que llaman desobediencia civil con métodos no violentos. “En países del norte global esperamos cientos de personas detenidas, y en países del sur global el mismo hecho de protestar ya es un riesgo alto”.

Ciencia para quién

El simbólico enfrentamiento entre los científicos de acción y los que mandan la seguridad a sus colegas expone en la realidad algo que Don’t Look Up mostró en el cine para millones: hay muchas maneras de hacer ciencia y enfrentar las crisis, aun cuando se coincida en el diagnóstico.

En el film, la astrónoma Kate Dibiasky interpretada por Jennifer Lawrence descubrió la trayectoria de un cometa “asesino de planetas” en dirección a la Tierra y expuso su gravedad ante medios y autoridades con la urgencia del caso, pero solo recibió dilaciones y burlas. Luego de transitar por despachos y canales de TV, su colega y mentor Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) se dejó seducir por la fama y la alianza del Gobierno con empresarios “visionarios” que buscan sacarle provecho económico a la crisis con sus “soluciones tecnológicas”. Afortunadamente para la trama, su romance con el poder no dura mucho.

La ciencia comprometida no se mide solamente en función del diagnóstico que haga, sino por los esfuerzos para exponer ante el mundo quiénes son los responsables y qué medidas hacen falta. “Gobiernos y corporaciones apuntan a aumentar el crecimiento y las ganancias, acelerando inevitablemente la destrucción de la vida en la Tierra”, afirma la agrupación de científicos.

En el otro polo está la visión del IPCC. En ruedas de prensa, los principales voceros de la máxima autoridad científica global en la materia aclaran que no es su función obligar a nada a los políticos y que “solo exponen los hechos”. Sus “sumarios para responsables de políticas”, la versión abreviada de sus reportes ideada para los asesores de los funcionarios, deben ser aprobados “línea por línea” por los Gobiernos miembros del IPCC, lo que equivale a decir que las conclusiones científicas de profesionales de todo el mundo reunidas por el organismo –que no realiza estudios propios– reciben enmiendas por parte de los que nos llevaron a la crisis.

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Scientist Rebellion frente a la sede de la revista Nature (noviembre de 2020)

Para Scientist Rebellion ese método está agotado. Los profesionales han hablado mucho, aun con graves advertencias, pero las emisiones no bajan con discursos. “Hasta el momento los científicos en movimientos climáticos se limitaban a seguir hablando sobre la ciencia de la crisis climática, pero no a arriesgar sus carreras y su libertad como el resto de activistas. La comunidad científica debe bajarse del pedestal para liderar la primera línea de lucha climática”, dicen.

Al excesivo protocolo del IPCC, Scientist Rebellion respondió en agosto de 2021 con la filtración a la prensa del borrador del reporte sobre estrategias de mitigación elaborado por el Grupo de Trabajo III, cuya “tesis” fundamental plantea que el decrecimiento es la única solución para dar batalla a la crisis planetaria. La agrupación de científicos coincide con ese objetivo, pero sostiene que la descarbonización y la transición justa hacia un sistema sostenible debe ser pagada por “el 1 % más rico”, aquellos “que se beneficiaron enormemente del destructivo orden mundial actual mientras otros enfrentaron las consecuencias”.

“El 1.5 °C está muerto. Revolución climática ahora”

“La ciencia debería alzar la voz y ser la chispa de la revolución climática. Mientras los científicos no se sumen a la desobediencia civil, mientras no actúen de acuerdo a la emergencia en la que estamos, la población no creerá la gravedad de nuestros avisos y no demandará acciones inmediatas a los gobernantes”, señalan.

Sus protagonistas no temen sonar alarmistas: con los datos en la mano, afirman que está en juego ni más ni menos que la habitabilidad del planeta. Tampoco escapan a medidas de presión que estén “fuera de la ley”, aun si llevan a arrestos masivos. Huelgas de hambre, irrupciones en eventos, manifestaciones y pintura, mucha pintura. Además, no son pocos los que abandonaron sus trabajos para dedicarse full time al activismo climático.

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Scientist Rebellion no solo comparte con otras agrupaciones climáticas nacidas en los últimos años la estrategia de presión a los Gobiernos, sino también la ausencia de una dirección centralizada: “Somos un movimiento horizontal y descentralizado, no hay una cúpula de personas que les diga a los países lo que tienen que hacer, sino que apoyamos cualquier acción directa no violenta que sea más apropiada para sus contextos políticos”.

Sin embargo, “no violencia” no equivale a pacifismo ni pasividad. La semana pasada Rebelión Científica de España realizó una acción frente a Repsol en Madrid, con pintura y rotura de cristales, para protestar una vez más por el derrame de miles de barriles de crudo ocurrido a mediados de enero en la refinería de la petrolera española en Ventanilla, Perú. “Repsol, hazte cargo” es el lema.

“Hay mucho consenso en torno a la idea de llamar violencia a la acción o intención de dañar a personas, no cosas”, explican desde la organización, inspirándose en autores como la politóloga norteamericana Erica Chenoweth.

“En este caso, estamos hablando del cristal de una empresa del IBEX35, las más ricas de España. Además, ¿acaso el ecocidio provocado por el derrame en Perú no es más violento que unos cristales rotos? ¿Acaso el cambio climático con todas las injusticias que conlleva no es más violento que un poco de pintura?”.

A un nivel más estratégico, ante la pregunta de si definirían sus acciones como anticapitalistas, Scientist Rebellion aclara que alberga “una amplia variedad de puntos de vista políticos” en su interior -incluso por parte de integrantes que no pertenecen a Extinction Rebellion-, donde el consenso más básico es que hay que dejar de quemar combustibles fósiles. 

Aunque no se define como anticapitalista, Scientist Rebellion arremete contra el que consideran “uno de los principales supuestos del capitalismo”: la idea de que es posible “un crecimiento ilimitado”, cuando “es un hecho que el crecimiento infinito en un planeta de recursos finitos es fundamentalmente incompatible con un futuro sostenible”.

León Trotsky decía que el conocimiento no se desarrolla entre las cuatro paredes de un laboratorio o una sala de conferencias. Por lo pronto, estos científicos ya están en las calles. Cada vez son más, y no están solos.

Fuente: anred.org


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