Testimonio de Andrés Fernández Cabral Co-autor y actor de “Silencio Ficticio”

Silencio Ficticio es el resultado de un trabajo realizado en base a la experiencia de Andrés como veterano de guerra en Malvinas Integrando el Reg. 6 de Infantería, de Mercedes, Corrientes. En conjunto con el maestro Julio Cardoso y la directora Nictza Güemez, aprovechando su condición de actor, la obra fue apareciendo y se pudo concretar mediante una Beca del Instituto Nacional del Teatro y el Fondo Nacional de las Artes a partir del año 2005. El nombre recuerda una muletilla del actor “Carlitos” Balá, que la madre de Andrés les recordaba sonoramente para que lo pusieran en práctica cuando el ruido que hacían sobrepasaba su paciencia. En esa situación, él y su hermano se quedaban quietos escuchando el silencio “que nosotros mismos producíamos”. El texto es una mezcla de las vivencias de la niñez, de la adolescencia, la experiencia de la guerra y el regreso. Son las distintas miradas que surgen en el tránsito por la vida y se refiere a aquellos recuerdos que se eligen porque “uno se parece a los recuerdos que elije conservar”. Andrés desarrolla actividad actoral desde 1976 y fue parte de más de 100 obras de teatro ocupando distintos roles en ellas. Desde que se radicó en Río Gallegos desarrolló una intensa actividad cultural.

¿Te llevó mucho tiempo escribir Silencio Ficticio?

               Realizar Silencio Ficticio, esta dramatización de mis vivencias en la guerra, me costó bastante tiempo. Desde la época en que trabajaba con Alejandra Boero y tantos maestros, les iba diciendo la intención; pero en realidad nunca me animaba. Ellos también me aconsejaban no revolver esas cuestiones porque estaban muy recientes. Pero en cierta  oportunidad llegó a aquí [Río Gallegos], para hacerme una nota sobre mi experiencia con los internos penitenciarios de la UP 15, donde yo había fundado y dirigía el grupo Nuevo Amanecer, Julio Cardozo, del Instituto Nacional del Teatro. Y se enteró de que era veterano de guerra y empezamos a hablar sobre el tema. Y de de alguna manera me incentivó para buscar la forma de hacer un espectáculo. Escribir un texto, en principio, para que quede. Nada más que eso.

¿Cómo trabajaste con Julio Cardozo?

               Me ayudo a preparar y pedimos una beca del Fondo Nacional de las Artes. Tuvimos la oportunidad de ganarla en el 2004 y la concretamos en el 2005. Después comenzamos a escribir la obra. Con la beca Julio pudo viajar para acá [Río Gallegos] en dos oportunidades. Aprovechando que yo era actor – y no solo la iba a escribir – hicimos un trabajo previo por mail. Yo, debo aclarar que nunca había escrito teatro, iba escribiendo algunas historias mías de mi vida. Todo ese material se iba corrigiendo con algunos puntos en común y después, cuando vino Julio en un par de oportunidades, lo que hicimos – siempre pensando en escribir el texto – fue improvisar tomando una historia de cada época de mi vida. Y ahí apareció mágicamente el texto definitivo de Silencio Ficticio. Y quedó ahí. En principio quedó ahí. Escrito. No me animaba a hacerlo.

¿Hubo una elaboración previa sobre las consecuencias de la guerra en tu persona?

               Antes de tomar la decisión de pedir la beca yo hice terapia. No había hecho nunca terapia. Pero como ya era muy importante el asunto de los suicidios…no quería – acordándome de los maestros que me decían “No revuelvas no revuelvas” – no quería, justamente, revolver emociones que no sabía si iba a poder manejar. Pero conseguí una terapista, aquí en Rio Gallegos, que en sus años mas jóvenes había estado en EEUU y había atendido a muchos latinos veteranos de la guerra de Vietnam. Entonces tenía una experiencia en el tratamiento del estrés postraumático. Y eso me vino bárbaro, porque en diez sesiones logramos definir de que a mí me vendría muy bien escribir una obra sobre Malvinas.

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Y entonces tuviste el magma, el material de base.

Una vez escrito el texto lo leía y lo releía. A mi me interesaban mucho las historias que había escrito porque nunca había escrito y las guardé. Como había guardado las cartas que traje de Malvinas cuando vine, y que habían disparado también hacer otras cosas. Y en una oportunidad aquí, en un lugar que ahora ha desaparecido y que se llamaba Rincón del Arte, que era una suerte de espacio en donde los distintos artistas podían ejecutar sus producciones (había música, literatura y otras), me animé a leer una escena de esta obra que habíamos escrito con Julio y con Nictza Güemez, que es la directora actual de Silencio Ficticio. Y me escucharon en un silencio total. De respeto primero y, segundo, porque yo había aclarado que iba a leer algo que había escrito de mi experiencia en Malvinas. Después de terminar la lectura, de unos cuatro o cinco minutos, hubo un silencio total. Y yo dije “Chau, no le gustó a nadie”. Pero la gente estaba llorando emocionada. Después de un minuto se pararon, me aplaudieron, me abrazaron.

Un punto de inflexión ese momento…

Ahí me di cuenta de lo que me había dicho la psicóloga en un momento – y otro hombre que vino a tratar a los veteranos de guerra con el tema del estrés pos traumático, también psicólogo: que yo debía compartir esa experiencia para de alguna manera también compartir esa mochila que llevamos los veteranos de guerra. Tan jóvenes y con tantos sueños perdidos. ¡Y me animé! Me costó muchísimo. No la podía memorizar (ahora sí, porque tiene 200 funciones!). Pero siempre la tuve que leer porque era una forma de resguardarme de las emociones fuertes. Después se fue naturalizando y se fue convirtiendo en un texto ajeno. Pero como todas las vivencias que se cuentan allí son reales, al principio tocaban algunas fibras fuertes. Pero gracias a dios la seguí haciendo y la fui naturalizando. Hoy cuando la hago es una interpretación de una obra de teatro, no hay nada que – por más que sea mi texto y que me identifica en su totalidad – no hay nada que me movilice tanto como para desencajarme de ese caminito.

Y lo lograste en Río Gallegos, frente a la ría, donde construiste tu casa para quedarte cerca de Malvinas.

Si. Pero es todo un trayecto de búsqueda a través del arte dramático y de saber en qué momento podía animarme. Varias veces lo intenté, incluso en un seminario intensivo de un año y medio con Augusto Fernández. Y no funcionó. Porque me movilizaba mucho y estaba muy fresco todavía. Pero estando aquí en el sur y habiendo resuelto mucho el  tema de Malvinas con el tema del paisaje y el entorno de la gente que entiende a los veteranos de guerra porque vivió aquella experiencia fuerte, eso me fue ayudando a animarme, a poder pensar en escribir para dejar algo. Dentro de mi capacidad, que tiene que ver con el teatro.

¿Cuál es el balance numérico, cantidad de espectadores, funciones?

La obra ya tiene 200 funciones clavaditas. La ultima la hice en el Calafate, en la inauguración de una sala teatral que se hizo con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro. Se hizo presencial en diciembre porque la sala se había inaugurado solo virtualmente. He recorrido mucho el país. Toda la Provincia de Santa Cruz, parte de la Patagonia, La Rioja, Córdoba, en Ciudad de Buenos Aires y en algunas localidades de la Provincia de Buenos Aires. He podido hacerla en el Senado de la Nación para los senadores.

Contame de tu experiencia latinoamericana

Tuve el gran placer de viajar a países latinoamericanos. A Perú, Venezuela, Cuba y México con algo que se llamaba Malvinas es latinoamerica. En un festival yo conocí a alguien que me dijo “Las Malvinas no son argentinas, son latinoamericanas”, y entonces se me ocurrió armar algo de eso y se ve que prendió. Siempre fue muy bien recibido. Y me encontré con muchísimas cosas, porque en ese caminar otras ciudades de América Latina me he encontrado con la demostración de la pasión que tienen, no solamente por el teatro argentino, sino también la pasión que tienen por Malvinas. Que nosotros ni la conocemos! Realmente impresionante. Impresionante. ¡Cómo conocen el tema! ¡Y con el respeto que trataron la obra! Por ejemplo, fui a trabajar a Cuba en la Casa de las Américas, con una sola representación convenida. Fui pensando en quedarme diez días para poder disfrutar de Cuba y ¡nunca pude salir de la ciudad de La Habana porque hice 12 representaciones! Me llamaban de todas partes! Porque el tema de Malvinas es increíble cómo ellos lo tratan, cómo lo entienden y cómo saben. Lo mismo en México. Hice 1800 km por distintas ciudades y en todas las ciudades conocían el tema de Malvinas. Ni contar Venezuela o Perú, que aportaron los aviones para la guerra y había colas en la embajada argentina para venir a pelear por nuestro país y defender Malvinas.

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¿Qué rescatas, o valorizas, de esos intercambios?

Muchas sorpresas, muchas vivencias, mucho intercambio con la gente. Aquí, en Argentina, todo el mudo puede hablar y habla de Malvinas. Si son jóvenes porque escucharon, o sus padres dijeron, o sus abuelos. Si son de mi misma edad porque recuerdan todo y eso me ha hecho mas fuerte y me ha hecho pensar que este es mi rol, mi otra batalla, desde lo cultural, para que el tema de Malvinas quede claro. No el tema de la guerra, el tema de los reclamos y los fundamentos de nuestros como país. La guerra es una instancia mas dentro de ese pedido que venimos desde 1833 haciéndole al mundo para que Inglaterra reconozca nuestros derechos. Es un hecho sentir que esta es una herramienta que puedo esgrimir para llevar adelante la causa Malvinas, que los veteranos de guerra abrazamos.  Se me junta el actor, el autor – ahora – y el veterano de guerra. Y me da mucho placer hacerla.

¿Algún otro proyecto con Malvinas?

He intentado hacer otra puesta, ya no la del atril unipersonal. Ahora estamos pensando en una nueva puesta, en donde este hombre Guillermo Soto está en un pozo de zorro, el de su vida, en donde defiende ese lugar como propio. Con eso estamos trabajando con la directora Nictza Guemez para hacer algo nuevo.

¿Cuál es el vínculo, y cómo lo abordás, entre al arte dramático y el drama de la guerra?              

Es la otra batalla que yo llevo adelante a través del arte dramático, que es el texto y el drama vivido. Me refiero al vivenciado, no al que se desarrolla en escena. Este ya está resuelto. Yo lo he resuelto desde el aspecto actoral. Al principio tal vez no, porque todo me cruzaba mucho y terminaba no tan bien las funciones. Hoy las disfruto muchísimo porque esa drama que vive ese personaje lo vive Guillermo Soto con muchas similitudes a lo que Andrés Fernández Cabral puede haber vivido. Pero lo vive Guillermo Soto y lo que cuenta es lo que le pasó a él…no lo que me pasó a mí. Aunque coincidan. Porque si no, tal vez me hubiera  sido muy difícil  sostenerlo. Pero no volví a hacer terapia, lo fui resolviendo porque lo fui compartiendo. Y tal vez en esa charla posterior que tiene la obra también ahí se llega a un punto en donde muchas cosas se liberan en esta relación del texto dramático con el drama vivido y que se comparte por el actor, que también es veterano de guerra, igual que el personaje. Un amigo dice que esto me ha ayudado a exorcizar los fantasmas de la guerra. Y creo que por ahí anda la cosa. Durante mucho tiempo veteranos de guerra que conozco y con los que hablo siempre han luchado con sus fantasmas y muchos no han podido y han llegado al suicidio. Yo siento que libro una batalla. Pero con las de ganar porque tengo las herramientas, ahora, después de esas primeras escaramuzas que tuve al principio. Pero ahora sé por dónde van y ya se cómo manejarlas. Esta otra batalla me ayuda a exorcizar esos fantasmas grandemente y a compartir esa mochila.

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¿Qué momento importante de las representaciones te viene a la memoria?

A mi me conmueve mucho la última escena en donde están los fósforos. Porque los fósforos fueron muy importantes, sobre todo para poder ver en la noche y para poder leer las cartas que nos mandaban nuestros familiares y que no  podíamos leer durante el día. Y la lectura de la carta duraba lo que duraba el fósforo. Los primeros renglones eran fácil verlos. Pero cuando íbamos por la mitad de la carta y se apagaba el fósforo ya no sabíamos en que renglón estábamos. Y volvíamos a leer palabras que ya habíamos leído o leíamos otras palabras que no habíamos leído y que no tenían nada que ver con la que habíamos dejado. Y en esto de los fósforos si me ha emocionado mucho, muchas veces, los rostros de las personas ue puedo encandilar con esos fósforos. Ye esto me pasó en Cuba. Porque sin saberlo yo, muchas mujeres de la revolución estaban presentes en la sala. Eran mujeres de ochenta y pico de años algunas. Y todas me recordaron a mi mamá cuando las iba alumbrando. Y había, y había y había…un montón. Y no podía encontrar hombres, solo estas mujeres que me miraban como mi mamá. Que me miraban como miran las madres. Eso fue terriblemente emocionante y siempre lo cuento y lo llevo conmigo porque después esas mujeres que eran mi mamá y todas las mamás, me mimaron mucho y me llevaron para acá y para allá. Entonces psude conocerlas mucho mas a fondo y conocer sus vidas. Y conocer el interés de ellas por Malvinas. ¡Y el respeto, el gran respeto que me tuvieron! Que eso lo siento en todas las funciones además. Todo eso es lo que me pasa. Parece mucho mas rico. No digo que he mecanizado la obra, pero de alguna manera quiero llegar al final para poder hablar con la gente, porque ahí siempre hay cosas nuevas que en la obra ya están pautadas. Son de una manera determinada. Pero estas cosas nuevas aparecen al final. Cuando podemos hablar. Y ahí si la emoción es diferente y se convierte muchas veces en lágrimas, muchas veces en risas.. Son otras emociones uqe las que tiene la obra. Son como la primera vez. Y me pasa muchas veces que quiero llegar pronto al final para poder compartir, para poder hablarnos.De nosotros, de la condición humana, de la guerra.

¿Y un momento de la guerra?

El momento más fuerte vivido en Malvinas ha sido la rendición. Si. Porque eso fue como tirar la toalla sin querer tirar la toalla. Por recibir órdenes, nada más. Muchos de nosotros no queríamos tirar la toalla. Pero éramos soldados y teníamos que cumplir la orden. Fue muy difícil. Tengo imágenes muy tristes de ese momento, porque todo terminó muy abruptamente. En mi caso porque había estado tanto tiempo esperando luchar contra el enemigo. Siempre pensé como en un cuerpo a cuerpo, para verle la cara. Porque siempre se había dado en distancia y de noche. Quiero decir también que todo lo que vino después fue terrible. Fue como una peregrinación a todo lo malo. Lo que puedo recordar es esa cuestión cuando nos fueron sacando las cosas que eran nuestras, dejándonos una manta y mandándonos a un lugar que era el aeropuerto y que no tenia salida para ningún lado porque está rodeado por el mar, y un solo camino de salida custodiado.  Ahí estuvimos sin comer y bueno terminó el 14, y yo recién llegue el 19. Lo recuerdo teatralmente porque me hace bien recordarlo de esa forma, como en blanco y negro. Ya no había más colores, ya no había más por lo que sonreír o pelear o defender. Éramos como personas inanimadas que íbamos para acá o para allá, según nos dijeran a donde ir. Y continuó eso durante mucho tiempo en la posguerra, porque llevamos 40 años y muchos no pudieron salir de ese lugar se quedaron ahí. Otros han vuelto a Malvinas para enterrar esos fantasmas definitivamente. Ya en otra instancia, otra edad, con familia. Yo lo he resuelto sin ir a Malvinas, porque no le voy a dar el pasaporte a nadie. Haciendo teatro, recreando, usando el arte dramático como excusa para poder hablar de Malvinas. Para poder hablarlo yo, y para hacer hablar a los demás y entender de alguna manera que uno defiende lo que ama y si no amamos no es muy fácil defender. Es la otra batalla. 

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