El pan de la resistencia

“Contigo pan y cebolla”, repetían generaciones atrás. Asumían que el amor bastaba para hacerles frente a todas las miserias del mundo. Para plantar bandera rebelde e insurrecta mientras las inequidades marcaban los destinos pero en el que la cebolla y el pan podrían servir para hacer pie en medio de los aguaceros y los desprecios. Un pan compañero que se divide para multiplicar. Una cebolla escarcha de tus días y de mis noches.

Del pan, aquel símbolo del alimento, bella urdimbre de costumbres y culturas que atraviesan la historia misma de la humanidad desde la domesticación de los cereales a esta parte, poco queda ya más que su mística que, sin embargo, sigue presente. Hubo un tiempo en el que a la mesa de cada hogar de este país llegaba diariamente un kilo de pan. Hoy ese kilogramo, multiplicado por los 30 días del mes, significaría la tercera parte de una jubilación mínima.

La cebolla asomaba en los jardines en la China de 5000 años atrás y era alimento diario para los egipcios de 2500 años antes de Cristo. Domesticada como el trigo y el maíz en los días en que el hambre hacía gruñir los estómagos pero no tenía la dimensión endémica que digitaría cientos de años más tarde el capital. Aunque fuera a pan y cebolla que los imperios sostenían con vida a los esclavos a los que les extraía la fuerza de trabajo. En prácticas que tuvieron una continuidad cruel y sostenida a lo largo de la historia: el cardenal Étienne-Charles de Loménie de Brienne, presidente de la Asamblea de los Notables en la Francia prerrevolucionaria -que contaba con el favor de María Antonieta- pronunció en uno de sus discursos con una honestidad brutal y obscena que “el campesino nunca comerá buen trigo. Porque nosotros tenemos el mejor grano, el más hermoso y el más sano”. Apenas un manojo de años después, la misma María Antonieta diría sobre los sans-culottes aquello de que “si no tienen pan que coman tortas”. El aislamiento histórico de la realeza frente al pueblo.

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Unos 230 años después y a más de 11.000 kilómetros de distancia, los funcionarios albertistas anuncian con bombos y platillos que el gobierno acordó en estos días que el pan oscilará entre220 y 270 pesos. Que se retrotrae a los precios de febrero como si un par de pases mágicos repentinamente fueran un reaseguro para la mesa cotidiana de un país en el que –según los informes del Indec de febrero- una familia de cuatro integrantes necesita 78.624 pesos por mes para no ser considerada pobre y 34.333 para no ser indigente. Contra los 32.616 pesos de un salario mínimo que quedaría en 24.000 si se cumpliera con la vieja rutina de llevar un kilo diario de pan a la mesa familiar.

El pan continúa cargando por sobre todo el resto de los alimentos con la potencia de su simbología. No importa si ya es inasequible. Porque el pan sigue siendo memoria de los tiempos. Aunque hoy cargue además con las puertas abiertas a los aditamentos de un trigo contaminado con ecocidas por los que tienen la sartén por el mango y el mango también en un país que en 2020 aprobó el primer trigo transgénico del planeta.

Argentina cuenta con unos 50.000 productores de trigo pero –según un informe de Inta Pergamino- “el 70 por ciento de la superficie sembrada está en manos de un 25 por ciento de los productores. La superficie restante se divide en unos 37.000 productores que no superan las 300 hectáreas”. (Agencia Tierra Viva)

El equipo de Estimaciones Agrícolas del Ministerio de Agricultura “estimó que la producción de trigo de la presente campaña 2021/22 alcanzará a 22,1 millones de toneladas”. Y que la cosecha de maíz para el mismo período sería de “51 millones de toneladas sobre 7,3 millones de hectáreas sembradas”. Sin embargo, el aumento que estalla por estas tierras sigue siendo atribuido a una guerra a 14.000 kilómetros de distancia.

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Trigo y maiz. El trigo, ícono de la conquista europea. Aquel que los españoles imponían a sable y religión por sobre la cultura y la historia india que basaba su pan y su alimento en el maíz y la quinoa. Que el catolicismo colonizador prohibiría como símbolos de la perdición irredimible de los originarios.

El pan –emblema de las grandes revoluciones de la Historia- sigue siendo la bandera contra el hambre y la opresión en las luchas populares. Pan, paz, trabajo suelen rezar las pancartas. Pan, paz, trabajo decían las banderas en aquel junio furioso de 20 años atrás cuando los hacedores del avasallamiento y la perversidad asesinaron a Darío Santillán y a Maximiliano Kosteki. Pan, paz, trabajo gritaban los cientos de miles que salieron a las calles 40 años atrás en Buenos Aires, Rosario, Mendoza, Neuquén y Mar del Plata –dos días antes del inicio de aquel infierno que fue la guerra de Malvinas- en el comienzo de la caída de la dictadura. Paz, pan, trabajo gritaban los revolucionarios rusos en los primeros años del siglo pasado.

El pan siempre estuvo ahí. Y lo muestran los refranes acuñados por los pueblos con eje central y medular en el pan: “Contigo pan y cebolla”, “Ganar el pan de cada día”, “Ser bueno como el pan”, entre tantos. Es que el pan ha marcado la vida de los pueblos.

Sinónimo de supervivencia. Que se partió y se repartió para organizar las resistencias. Que enalteció las luchas colectivas cuando se coló en el camino a las sublevaciones de la mano de la palabra compañero, compañera. Cum pani. Compartir el pan, como dice la etimología. El pan como memoria en el fuego de la historia. Para derrotar al hambre. Como símbolo de lo que deberá ser parido a la hora de todos los tiempos y darle cuerda al amanecer y empujar un poco al Sol. Para decir de una buena vez como decía María Elena Walsh Estación claridad, vamos llegando.

Fuente: https://www.pelotadetrapo.org.ar/2013-09-05-12-30-19/2022/6268-el-pan-de-la-resistencia.html

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