20 años del golpe contra Hugo Chávez: identidad política, pertenencia de clase, y lucha por la hegemonía.

Especial para ContrahegemoníaWeb.

Entre fines del año 2001 y comienzos del 2003, con el golpe de Estado abril como hito, terminó de configurarse –o así creemos- un proceso que puede arrojar coordenadas útiles para comprender aquellos hechos y sus lecciones de 20 años: la congruencia entre las delimitaciones políticas y las delimitaciones de clase. El origen de esta congruencia, inestable, nunca configurada en su totalidad, se ubica en el paso de la década del 80 a la del 90, con dos hechos que marcaron el cambio de era en Venezuela: el “Caracazo” de 1989 y el intento de golpe de Estado, resignificado en operación discursiva triunfante como rebelión o sublevación, que el propio Chávez emprendió el 4 de febrero de 1992; inicio de su camino de articulación y disputa eficaz de la hegemonía.

Hablando hace pocos años en Caracas sobre el golpe de Estado, el profesor universitario y militante Andrés Antillano nos relató así la coyuntura que consolidó el enfrentamiento entre la sanción de las 49 leyes habilitantes en noviembre del año 2001, y el fin del paro petrolero en marzo de 2003:

Una clara polarización social de Venezuela. Tu podrías predecir cómo era la opinión del gobierno o tu voto de acuerdo con tu origen de clases. Y además, como el tema de clase no pasa tanto por la fábrica, por la producción, sino por la distribución de la renta, casi que podría definirse de acuerdo con tu lugar en el territorio (…) eso además terminaba profundizando la polarización, toda la idea de que Chávez ganaba por fraude era porque la clase media no conocía a nadie que votara por Chávez, quizás la señora de servicio que no se lo decía, mientras que en los sectores populares todo el mundo votaba aplastantemente, en los barrios, por Chávez.

Sostiene además que esta división durará al menos hasta los primeros años de Maduro, cuando comenzará a producirse, con la crisis de 2015, un proceso de desafiliación política, desdibujando la congruencia.

Claro que toda identidad política posee un anclaje o al menos una relación de clase, lo aprendimos hace 170 años cuando Marx analizó el golpe napoleónico del 18 brumario, pero sucede también que otros clivajes dividen a las cada vez más atomizadas sociedades generando identidades y pertenencias que, parcialmente, en mayor o menor medida, se alejan de dicha condición. Lo que repasamos aquí es un proceso de realineamiento de dichas fronteras, como, moviendo la mano señalando avenidas “desde ahí para allá”, nos ejemplificó Antillano.

El 27 de febrero de 1989, día de protesta, saqueo e inusitada represión que pasó a la historia como el Caracazo, estallaron tres contradicciones que implicaron el parto de esta congruencia. Sobre estas contradicciones, Chávez y el MBR200 articularon la disputa que llevará a la reconfiguración política de las clases sociales y, con ella, al nacimiento del golpismo del Siglo XXI en Latinoamérica. 

En un proceso de larga duración, de configuración colonial, la primera contradicción nace del alumbramiento de las dos Venezuelas con el dominio “Mantuano” -blanco, criollo aristocrático- por sobre los Caribes y demás etnias en la conquista, por sobre los llaneros después, por sobre lo salvaje siempre. Pero allí perviven, en los cerros caraqueños, las formas y percepciones del trabajo, de la fiesta, de la política, de la justicia caribe, como describe Ociel López en un hermoso libro cuyo título resume todo lo que pueda decirse de allá arriba: “Dale más gasolina”. Por cierto, la historia de Maisanta, bisabuelo de Chávez que combatió en las Guerras Federales junto a Ezequiel Zamora, es decir el mundo llanero que complementa el ser popular, es una muestra de aquella identificación que el líder venezolano logró articular: Chávez se mostró como uno más, con sus chistes, cantos, burlas, elocuencia y piel; conectó con las mayorías en un momento de absoluta desconexión política. Comenzaba a nacer el chavismo salvaje, al decir de Reinaldo Iturriza.

Del otro lado también hubo pervivencia. “Los cerros están bajando”, “son marginales y vienen para acá, nos estamos preparando”, “somos gente decente que está defendiendo lo suyo, son chusma, el chusmero desatado”, “se vienen para acá, la pobreza como da confianza da asco, menos mal que estamos aquí en el Ávila”. Así reconstruye Mara Caparigua, en su documental sobre el Caracazo que analizamos en este portal, la visión “Mantuana” de la lucha de aquellos días. “Tú eres otro, tirando hacia los monos, hacia los negros, hacia los cerros, con esa noviecita que es una india adonde la pongas” le dice con los nervios incendiados una madre a su hijo. En los sifrinos de hoy perviven los mantuanos de ayer, reconfigurados claro, pero inscripto en su ADN social. Sumado a los significantes neoliberales y su fuerza occidental de fin de siglo, la articulación ideológica de la base de apoyo de los golpistas encontró en la meritocracia una justificación para sentirse invadidos en la otredad, y actuar en consecuencia. La meritocracia petrolera fue el bien a preservar, desde PDVSA partieron el 11 de abril. Y encontraron, también, su respuesta.

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Yo ahí es cuando veo al chavismo, en ese momento lo vi realmente, porque yo creo que los primeros años son cómo años de descubrir a Chávez «mira este tipo», en el 2002 ya fue verse uno mismo. «Aha, quiénes somos nosotros, los que estamos defendiendo a este tipo». Es una cosa más como de introspección, y en ese ejercicio chamo, como de introspección, entre comillas, hacemos el contragolpe. Ya en esos días previos, yo no sé desde cuándo, marzo, el chavismo convocaba a la defensa del palacio. Ya estaba como esa idea de que había que defender Miraflores. Además como relativamente fácil, Miraflores al oeste, arriba está el 23 [un barrio popular], para una derecha tan clasista que perdió casi toda base social en las clases populares, es casi imposible llegar. Bueno, no pudieron, ni siquiera el 11 con esa marcha. Ya durante semanas se había estado congregando mucha gente allí, y es cuando ocurre eso que te digo de descubrirse la gente, quiénes somos, a qué clase pertenecemos (…) pasó una cosa muy curiosa, quienes estábamos en Miraflores ese día, yo no sé quién tuvo la iniciativa, comenzaron a pintar a la gente, a hacerle rayas rojas con témpera, con pintura, entonces todo el que tenía sus rayas rojas… chamo, era una cosa como india, como Caribe, una vaina muy impresionante, en ese momento a uno le resultaba bastante claro que era una manera de identificarse, si estos tipos llegan aquí bueno los que estamos marcados somos los que somos, pero ¿a cuenta de qué? ¿a quién se le ocurrió hacer eso? No es obvio, es una cosa como ritual. El 11 de abril es como una cosa iniciática para ese sujeto, que ya existía, pero ahí se muestra muy nítidamente.

Así relató Reinaldo Iturriza, sociólogo, ex Ministro del Poder Popular para las Comunas, el recuerdo y sus lecturas de aquellos días en la entrevista que hicimos en 2020. Y allí estuvieron las dos pervivencias enfrentadas el 12 de abril.

Chávez contó con parte de las Fuerzas Armadas que fueron cruciales para su regreso al poder, pero sin los caribes, sin los llaneros, sin los reguetoneros, sin los motorizados, sin los bachaqueros, sin las buhoneras, sin las y los salvajes no había vuelta posible. Los cerros de Caracas volvieron a bajar, como en 1989, a enfrentar a quienes siempre han enfrentado, la más de las veces en silencio, en pequeñas señales, en broncas contenidas, algunas veces en articulación corporativa, en protesta volcánica, y unas pocas veces, muy pocas, en articulación política. 

La segunda contradicción que estalló con el Caracazo y encontró un nuevo capítulo en el golpe es la de las identidades y pertenencias políticas mayoritarias frente al sistema configurado con el Pacto de Puntofijo. El Pacto de 1958 representó lo contrario a lo que aquí analizamos: la absorción sistémica de las demandas populares por parte de un bloque histórico de poder. Una hegemonía sólida sustentada en los dos partidos mayoritarios, AD y COPEI, en la iglesia, en las Fuerzas Armadas, en la injerencia y financiación estadounidense, en la corporación empresaria nucleada en FEDECÁMARAS y, también, en el corporativismo sindical de la Central de Trabajadores de Venezuela. En 1988 los dos representantes del pacto sumados obtuvieron el 93.29% de los votos con una abstención de 18%; en 1993, tras el Caracazo y el 4F, la abstención había trepado a casi el 40% y cuatro candidatos superaron el 20% de votos. En las “megaelecciones” del año 2000, los dos cabecillas de aquel golpe, Chávez y Arias Cárdenas, sumaban el 97.28 % de los votos. Tal es la magnitud del agotamiento del Pacto.

Toda la década del 90 transcurrió sobre la alfombra de la crisis orgánica, que termina de configurarse con la visibilidad de una alternativa. Las formas de mediación que las clases dominantes generan para garantizar dicho dominio cayeron en desgracia, los partidos nada representaban, la abstención electoral creció drásticamente, el intento de pasivización de Rafael Caldera, en alianza con sectores de la izquierda como el Movimiento al Socialismo de Petkoff y el Partido Comunista de Venezuela, no lograron revertir la crisis en sus seis años de gobierno, y la democracia misma fue puesta en cuestión, como muestran decenas de encuestas. En ese vacío, Chávez, que ya antes del 4F conocía a Gramsci –a quién citaba seguido en sus entrevistas- y la disputa hegemónica, conocía a Mariátegui y la fuerza del mito, fue logrando articular el descontento, llevar el agotamiento del puntofijismo hasta el fin mediante la conformación de un frente político, mediante su identificación con las mayorías populares y sus luchas, mediante la polarización del espectro político, mediante la articulación de demandas en una que las abarque a todas -la Asamblea Constituyente-, mediante la formulación de decenas de programas y planificaciones concretas para cada ámbito social, mediante la personificación en el líder del porvenir, mediante la esperanza, y mediante el llamado a construir una democracia real, verdadera, protagónica. Una forma de construcción que en algunas bibliotecas suele llamarse populista, pero que se sustenta en pertenencias de clase que quedaron olvidadas en ciertos anaqueles de esas bibliotecas. Una forma de construcción que fue capaz de disputar la hegemonía con éxito. Una forma de construcción sobre la que poco se vuelve a extraer fórmulas para dar nuestras disputas. Tempranamente, el 13 de junio de 1993, Chávez le dice en una entrevista filtrada desde el penal de Yare a José Vicente Rangel:

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Recuerdo en este momento aquella definición que te asomaba en la entrevista del año pasado, aquella clara definición de Antonio Gramsci acerca de lo que es la crisis, lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. En ese terrible drama nos movemos los venezolanos de hoy. Pero cada día que pasa nos estamos acercando más al parto de la historia, al parto de la patria, a ese nacimiento de lo nuevo y, por supuesto, al entierro de lo viejo, de lo que significa el nuevo régimen de dominación. Cada día nos acercamos más a ese momento histórico.

¿Quiénes dieron el golpe de Estado contra Chávez? El documentado trabajo de Eva Golinger, “El Código Chávez”, muestra a las claras el rol primordial de los Estados Unidos en la coordinación y financiamiento de los hechos de abril. Los medios de comunicación hicieron su montaje en puente Llaguno, como puede verse en el documental La Revolución No Será Transmitida. Los partidos puntofijista, AD y COPEI, levantaron las banderas golpistas, aunque seguían derrotados. Nuevos partidos y partidarios surgieron de su crisis, y de los billetes del norte, con Leopoldo López como empleado del mes. FEDECÁMARAS, sin ningún disimulo por esconder las pertenencias de clase, colocó a Pedro Carmona Estanga, su presidente, en la efímera cumbre de la república. El episcopado les envió agua bendita. Las Fuerzas Armadas, con el general Lucas Rincón difundiendo la mentira de la renuncia de Chávez que cayó cuando el fiscal Isaías Rodríguez apareció en televisión derrumbando los relatos, pusieron su parte. Y, también, la Central de Trabajadores de Venezuela que, constituida en otro aparato de mediación de los sectores dominantes, poco representaba. En fin, el bloque de poder puntofijista fue, como la pervivencia mantuana, arte y parte de la ilusión restauradora golpista.

Finalmente, el tercer quiebre del estallido del Caracazo, que hace a la congruencia clasista y a la acción golpista, fue la implementación del neoliberalismo mediante los “paquetazos” de ajuste. Carlos Andrés Pérez, viejo caudillo jerarca del puntofijismo que vivió el alza petrolera de los 70 con un gobierno recordado como “buenos tiempos”, había ganado ampliamente las elecciones sustentado aquella imagen. Su drástico giro hacia el FMI, el consenso de Washington, y el ajuste vía shock fue tan profundo que recuerda en estas latitudes argentinas a la efímera duración de las patillas en el rostro del riojano más famoso. La suba del pasaje del transporte público prendió la mecha del Caracazo. Las condiciones de vida de las mayorías populares venezolanas empeoraron cada día, abriendo un ciclo de protesta que no se detendría. Luego la historia se repitió, en segunda farsa, con Rafael Caldera. En la década del discurso neoliberal, en la década monolítica del fin de la historia, Chávez expuso que no había fin alguno, sino revolución y renacer, habló en televisión sobre Fukuyama, cuestionó las privatizaciones, arremetió contra la meritocracia, asistió a movilizaciones y protestas, recorrió cada Plaza Bolívar del país.

Ilustrando lo planteado, tanto de las estrategias de disputa hegemónica como de las fracturas en este caso apuntada al neoliberalismo, uno de los tantos documentos programáticos del MBR200 sostenía en 1997:

Conjugar las luchas socioeconómicas con la búsqueda de los objetivos políticos. Los factores brevemente descritos (antagonismo entre los polos de poder mundial y ascenso de las luchas populares en los países subordinados) se asocian con el progresivo incremento de la movilización de diversos sectores sociales en Venezuela, decididos a detener la aplicación del paquete neoliberal contenido en la mal llamada Agenda Venezuela. No obstante, a pesar del avance en los niveles de protesta y de conflictividad social, estas manifestaciones apuntan más hacia las demandas reivindicativas de tipo socio-económicas, que hacia la búsqueda de objetivos políticos trascendentales para la toma del poder. El MBR-200 consciente de esta situación orienta su acción hacia la polarización de los conflictos sociales, de tal manera que el pueblo sienta la necesidad de salir del gobierno actual y reemplazarlo por uno nuevo que dé respuesta a la situación de crisis (Marco general para un análisis político, documento interno MBR, 1997).

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El neoliberalismo no faltaría entonces a la reacción, asistió campante a la fiesta golpista.

Y si colocamos el 4F, junto al Caracazo, como partero de la congruencia, es porque Chávez nace –en la vida pública- con los caribes, los dominados y los pobres a su favor.

Chávez nuestro que estás en la cárcel

santificado sea tu golpe

venga a nosotros, tu pueblo,

hágase tu voluntad,

la de Venezuela,

la de tu ejército, danos hoy la confianza ya perdida,

y no perdones a los traidores,

así como tampoco perdonaremos

a los que te aprehendieron.

sálvanos de tanta corrupción

y libéranos de Carlos Andrés Pérez.

Amén.

Poema entregado “por un caraqueño anónimo” a Chávez poco después de su detención, según atestigua Ángela Zago en su libro de 1992 titulado -sin miedo a la disputa nominativa- “la Rebelión de los Ángeles”. Allí mismo puede leerse: Le dije [a Chávez] que mujeres viejas, jóvenes, pavas, niñas, gordas, flacas, bellas o feas, casi lo habían convertido en un símbolo sexual. «Todo eso sucediendo afuera y yo aquí», fue su comentario pícaro. Las encuestas mostraban un enorme apoyo a la sublevación. Los niños lucían las boinas rojas en carnaval. El Cuartel de San Carlos era rodeado por multitudes tan cotidianamente que debieron trasladar a Chávez y otros comandantes a la Cárcel de Yare, 100km al sur de Caracas.

La crisis orgánica y la identificación popular en su primer día de hombre público son condiciones de posibilidad de la disputa por la hegemonía.

Aunemos entonces: con lo caribe y lo llanero, con Bolívar y las tres raíces, el chavismo enfrentó lo mantuano; con la democracia protagónica, la revolución para una nueva era y la Asamblea Constituyente, enfrentó el puntofijismo; con la reivindicación obrera y la articulación de la lucha social enfrentó al neoliberalismo. Y, tras el golpe, con el Socialismo del Siglo XXI intentaría enfrentar el capitalismo. Es el golpe, dijimos al comenzar, el que, junto a la reacción y radicalización chavista, termina de configurar la congruencia entre las fracturas de clase y las fracturas políticas.

Lo que desata el golpe no son los chistes llaneros del comandante, no es la reivindicación caribe sobre lo mantuano, no es la Asamblea Constituyente que reemplaza el puntofijismo, no es el enfrentamiento mediático y precoz con los EEUU tras los hechos de la Vaguada de Vargas (inundaciones que, el mismo día del referéndum aprobatorio de la nueva Constitución, se llevaron miles de vidas y generaron la expulsión de tres de los militares más conservadores de la alianza), no, la mecha y la decisión golpista la encienden las 49 leyes habilitantes. Más específicamente, las 49 leyes promulgadas por el ejecutivo en noviembre del año 2001 gracias a los poderes especiales otorgados por la Asamblea Nacional, que incluían la Ley de Hidrocarburos, la Ley de Tierras y la Ley de Pesca, tres granadas económicas que, ahora sí, no podían tolerarse. Es a partir de estos hechos que la espada política chavista, la cabeza del armado electoral del polo patriótico, el financista, el de los puentes con la burguesía, el viejo militante Luis Miquilena, rompe también con el MBR para asistir, campante, al golpe de Estado como invitado de honor. Con la salida de los militares conservadores por su accionar en la tragedia de Vargas de diciembre de 1999, y con el cruce de movilización en los hechos de abril por parte del facineroso Miquilena, la dirigencia chavista va definiendo, también, su perfil de clase.  

El enfrentamiento va creciendo por aquellos carriles noventistas de la disputa camino al golpe, que llega cuando el tren toma la vía de la transformación de la estructura económica, aunque apenas haya insinuado unos pocos durmientes. Ese es el proceso, el avance hacia la congruencia, por arriba y por abajo que lleva al golpe y al enfrentamiento del 11, el 12 y el 13 de abril, 20 años atrás.

Y es esa congruencia la que posibilitó la “contra contra revolución”, como la llamó Chávez en su programa “Aló presidente” posterior al golpe. Las lecciones de los hechos de abril son muchas y aún en construcción, pero hay quizás un doble proceso que debe atenderse: las estrategias de disputa de la hegemonía llevadas adelante por el MBR durante la década del 90, y la necesidad de sostenerse sobre la clase, gobernando en consecuencia, para ser y, también, para permanecer.

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