“Indios subversivos”: Masacre de San Javier

Cuando el 21 de abril de 1904 en San Javier (Santa Fe) cesaron los disparos de los pioneros la matanza preventiva había dejado un tendal de un centenar de mocovíes. Era evidente que se les había ido la mano. El reclamo de los indígenas era por las detenciones arbitrarias, continuos desalojos de tierras, violaciones y por salir de la miseria en que estaban. Era necesaria una coartada y lógicamente convirtieron a las victamas en victimaros y les colgaron el título habitual: malón de indios. El periodismo oficial se ofreció gustoso a maquillar lo ocurrido y aumentar el número de ventas. Tal como detallo en mi investigación “El malón que no fue” la cantidad de mocovíes que “pretenden tomar el poblado” serán presentados dentro de un festival de cifras imprecisas pero siempre en crecimiento que oscilan desde “un grupo de alrededor de 200 (La Capital), 400 (La Nación), 500 (La Opinión), pasan de 500 (La Prensa), 500 a 600 (El Pueblo), 500 según unos y de 600 según otros (La Nación), el número de indios sublevados alcanza a 600 poco más o menos (El Tiempo), Seiscientos indios de San Javier subleváronse (La Voz del Interior), no menos de 800 jinetes erizaban sus chuzas” (Alcides Greca), 800 o 1000 (La Argentina) e incluso llegando a 1.200” (Unión Provincial). Y siendo fieles y consecuentes con el estigma de vagos, sucios y borrachos el periódico La Argentina brindó el contexto adecuado “Indios que en número de 800 o 1000, han acudido a ésta, de diferentes puntos cercanos, y lo pasan de juerga. Hace ya quince días que están de baile y no piensan siquiera en trabajar”. Sin embargo el premio mayor se lo lleva el diario de la oligarquía La Prensa que califica “el alzamiento” como “movimiento subversivo” como vemos en la imagen que ilustra el artículo, un término que tiene connotaciones más que siniestras.

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            Los largos tentáculos de la desmemoria de la historia oficial a gusto del paladar de la elite tergiversó el crimen y las victimas se transformaron en victimarios. Hubo fusilamiento de prisioneros, fosas comunes y de acuerdo a los relatos, algunos fueron enterrados aun con vida. Y el colmo: aunque resulte difícil de creer en 1918 se estrenó una película muda llamada “El último malón” dirigida por Alcides Greca que pretende reflejar lo ocurrido y es “tan fidedigna” que obligan a actuar a los sobrevivientes de la matanza como indios maloneros asediando salvajemente al poblado.

            La distancia entre la realidad y el signo oficial que pretende reflejarla exaspera aunque solo tengamos un par de neuronas en funcionamiento. Tal tergiversación entre la masacre y el relato “verídico” elaborado por la prensa una semana después “del malón” es notable, pero se suma a infinidad de falsificaciones similares perpetradas durante “nuestro trato pacifico con los indios”. En el forcejeo dialectico de la memoria y el silencio sobre lo sucedido durante “el hecho de sangre” se fue desvaneciendo de las páginas de los periódicos hasta desaparecer por completo. Recorriendo las calles del pueblo, aún existen algunas casas cuyas azoteas fueron utilizadas como cantones desde donde disparaban a los mocovíes pauperizados por la miseria en que vivían para producir riqueza ajena, incluso las aberturas del campanario de la iglesia fueron utilizadas con ese fin. ¿Es posible aceptar que un grupo de mocovíes que padecieron una matanza preventiva en 1904, terminen actuando en 1918 en un drama que en realidad ocurrió de otra manera?

            En 2022 se cumplen 50 años de la masacre de Trelew donde fueron ejecutados 16 presos políticos que la dictadura de turno maquilló burdamente como intento de fuga. El “Nunca Más” en nuestro país debe ir más lejos, más atrás y buscar las causas de tales repeticiones que evidencian conductas patológicas graves. Tal como planteo al comienzo de “Pedagogía de la Desmemoria” matanza hereda matanza, genocidio hereda genocidio”. En San Javier se produjo una matanza buscando disciplinar mano de obra. No hubo malón, hubo masacre. No hubo malón solo olvido y desmemoria. Apenas la impunidad de los matadores habituales y los mismos muertos de siempre. Es lento, pero viene…

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