Desigualdades permanentes y avance de la precarización del trabajo femenino en Brasil = Desigualdades persistentes e avanço da precarização do trabalho feminino no Brasil

(especial para Ch) A principios de abril, una mujer de 26 años murió como consecuencia de una quemadura que afectó el 85% de su cuerpo. Angelica Rodrigues, una mujer brasileña, se quemó al utilizar alcohol etílico para cocinar su comida, en lugar de gas de cocina. Angélica era una trabajadora doméstica sin registro formal. Como tantas otras, se quedó sin trabajo durante la pandemia del covid-19 y sin recursos básicos para sobrevivir.

En 2020, en pleno apogeo de la pandemia y como consecuencia de la crisis económica, el gobierno federal creó un subsidio de emergencia para la población socialmente vulnerable. Después de muchas presiones sobre el gobierno, se pusieron a disposición cinco entregas mensuales de 600 reales. Bajo más presión, se pagaron otros cuatro, de 300 reales. A ellos se sumaron otras siete mensualidades, esta vez con valores que oscilaban entre 150 y 375 reales. La ayuda, que finalizó en 2021, no era obviamente suficiente ni en términos políticos ni económicos.

Es en este contexto de innumerables dificultades para la clase trabajadora que la garrafa de gas doméstico, que se volvió inaccesible para Angélica, alcanzó, en los primeros meses de 2022, un costo promedio de 113 reales. Este valor corresponde aproximadamente al 12% del ingreso promedio de una trabajadora doméstica. En el último año, el aumento acumulado de este producto superó el 23%. Sin embargo, la renta promedio de las trabajadoras brasileñas, equivalente al 80% de la que reciben los hombres, ha disminuido.

En marzo de 2022, la inflación acumulada en 12 meses ya había alcanzado el 11%, configurando el mayor aumento inflacionario para este mes en los últimos 28 años. Dos meses antes, en enero, en la ciudad de São Paulo, la canasta básica de alimentos, compuesta por un conjunto de alimentos necesarios para el mantenimiento mínimo de una familia, ya había alcanzado el costo de 713 reales, consumiendo cerca del 60% del salario mínimo, que es de 1.200 reales (DIEESE, 2022a).

Por un lado, está el nombre, la vida y la historia de una trabajadora brasileña desocupada, víctima de la negligencia del Estado y de la explotación capitalista. Por otro, una cuenta que no cierra ni siquiera para una parte importante de los que consiguen mantenerse en el mercado laboral. El salario que recibe una parte considerable de la clase trabajadora brasileña está lejos de corresponder al mínimo necesario para reproducir su vida y la de su familia.

En Brasil, según los datos de la Pnad-C (Encuesta Nacional de Hogares), el ingreso promedio mensual real de los trabajadores y las trabajadoras en el trimestre de diciembre a febrero de 2022 fue de 2.511 reales. Esta cantidad, ya por debajo de lo necesario para la supervivencia, es unas dos veces y media superior a la media que reciben, por ejemplo, las trabajadoras domésticas, grupo al que pertenecía Angélica, la trabajadora citada al principio de este texto. En el mismo periodo, las trabajadoras domésticas brasileñas recibieron, de promedio, 992 reales al mes (IBGE, 2022).

La forma en que se determina el tamaño de la canasta básica de la clase trabajadora depende en gran medida de las luchas sociales que protagoniza, siempre con el objetivo de aumentar el valor de su fuerza de trabajo. Sin embargo, es importante señalar que esta cantidad varía enormemente según el género, la raza y la nacionalidad (Bhattacharya, 2017). Por eso, para las mujeres y las personas racializadas -en el caso brasileño, la población negra-, los salarios siempre serán más bajos, el desempleo y la informalidad laboral más altos, impactando directamente en la reproducción social de sus vidas. Estos clivajes internos de clase, lejos de ser marginales al modo de producción capitalista, representan, a nuestro juicio, su funcionamiento ordinario.

Género y raza en el contexto de avance de la precarización laboral

El género y la raza, por tanto, más allá de ser “factores” o “variables” que, articulados a la clase, contribuyen a la comprensión de las relaciones laborales, se constituyen, según esta perspectiva, en determinantes sociales de la diferencia. En palabras de Lorde, “negarse a reconocer la diferencia hace imposible ver los diferentes problemas y trampas a los que nos enfrentamos las mujeres” (2019, p. 243).

Entender el lugar que ocupan las mujeres brasileñas en el mundo del trabajo presupone, por lo tanto, una reflexión que considere tanto las peculiaridades de nuestra formación histórica, de país esclavista y dependiente, como las expresiones locales del avance global del neoliberalismo, de la financiarización de la economía y de la acentuada flexibilización del trabajo y desmantelamiento de los derechos sociales, situación agravada en todo el contexto pandémico.

En Brasil, la pandemia del covid-19 se extiende bajo los efectos de la Enmienda Constitucional nº 95 de 2016, que oficializó, a partir de 2018, el estrangulamiento de la capacidad de inversión pública en salud, educación, saneamiento, entre otros sectores fundamentales. A raíz de esta medida, el parlamento brasileño aprobó dos contrarreformas: la laboral y la de jubilaciones.

La primera contrarreforma instituyó, junto con la aprobación de la tercerización irrestricta de la fuerza de trabajo, la expansión del trabajo temporal, la posibilidad del vínculo intermitente, la figura del trabajador(a) autónomo(a) que puede trabajar de forma continua y exclusiva para una sola empresa, entre otros muchos dispositivos claramente orientados a aumentar la inestabilidad, la rebaja de derechos, e impedir el acceso a la justicia.

El segundo, a su vez, al instituir, en medio del desmantelamiento de los derechos laborales, la contribución jubilatoria durante 35 años para las mujeres y 40 años para los hombres eliminó la posibilidad de jubilación de millones de trabajadores brasileños. Una vez más, debido a la marcada precariedad con la que acceden al mercado laboral, las mujeres, especialmente las negras, son las más afectadas.

En línea con el avance de la globalización neoliberal, estas medidas han profundizado significativamente el desmantelamiento de los servicios públicos, promoviendo nuevos impulsos a la flexibilización del trabajo, facilitados en gran medida por los avances en el campo de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial.


Así, las medidas adoptadas en el contexto de la pandemia han acentuado la precariedad de las condiciones de vida y de trabajo preexistentes, abriendo el camino a nuevas formas de precarización. Un estudio comparativo entre los indicadores de los terceros trimestres de 2019 y 2021, realizado por el Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos (DIEESE, 2022b), a partir de los datos divulgados por el Pnad-C/IBGE, muestra cómo el contexto pandémico, articulado a las medidas anteriores, de flexibilización laboral, impactó de manera particular en la fuerza de trabajo femenina.

Además de la retracción en la participación de la fuerza de trabajo femenina en el mercado laboral, que osciló del 54,6% en 2019 al 52,3% en 2021, se acentuó el desempleo y desocupación por desánimo entre las mujeres. En el caso del desempleo, la tasa que, en 2019 era del 14,3%, alcanzó el 15,9% en 2021, mientras que para el segmento masculino se mantuvo estable: 10% (2019) y 10,1% (2021).

Cabe destacar que entre las mujeres, considerando sólo el año 2021, llama la atención la diferencia en el indicador de desempleo entre las mujeres negras (18,9%) y las blancas (12,5%). En el grupo de mujeres, destaca el DIEESE (2022b), la tasa de infrautilización de la fuerza de trabajo en el tercer trimestre de 2021 era del 33,3%, frente al 20,9% de los hombres.

El contexto de la pandemia también ha impulsado un cambio significativo de las actividades laborales remuneradas que solían realizarse fuera del hogar hacia el entorno doméstico. Se sabe que el espacio doméstico, además del trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, alberga históricamente un conjunto de actividades remuneradas que, no por casualidad, también están asociadas socialmente a las mujeres y, en particular, a las mujeres negras.

Sin embargo, lo que llama la atención son las nuevas articulaciones que proporciona el capitalismo en su fase neoliberal. Por un lado, la incorporación de nuevas actividades no remuneradas, especialmente el cuidado, que dejaron de ser ofrecidas por el Estado. Por otro, el aumento de diversas actividades remuneradas, impulsadas por el desempleo, que incluyen desde el impulso a la producción y comercialización de diversos productos hasta otros tipos de trabajo desarrollados a partir del acceso a equipos electrónicos y el uso de Internet.

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En junio de 2020, según una investigación publicada por el IPEA, 8,7 millones (12,7%) de brasileños con algún tipo de ocupación realizaban sus actividades laborales a distancia, desde sus casas. La investigación, desarrollada por Góes et. al. (2020), encontró que de este total, el 84,1% tenía vínculos laborales formales. Con la presencia predominante de mujeres (55,5%), el grupo también se caracterizaba por su alta escolaridad, ya que el 73,3% de sus miembros había completado estudios universitarios o de posgrado. Varios estudios señalan la gran carga de trabajo de las mujeres que, al desarrollar sus actividades laborales remuneradas en el hogar, han ampliado su tiempo de dedicación e intensificado los procesos de trabajo (Praun y Piza, 2021).

En este sentido, al trasladar el trabajo remunerado a la esfera de la reproducción, a través del home-office, los propietarios de los medios de producción han intensificado aún más la desigualdad estructural de género, raza y etnia. Una de las consecuencias de esta nueva realidad ha sido explicitar cuánto la división socio-sexual del trabajo es desfavorable para las mujeres, siendo en gran medida más intensa para las mujeres negras.

En otras palabras, la reclusión doméstica para protegerse de la pandemia y seguir realizando su trabajo asalariado, en la mayoría de los casos, rescató el papel social e histórico otorgado a la mujer como cuidadora y responsable de la crianza de los hijos, de organizar y realizar las tareas domésticas. Esta situación les ha obligado a realizar jornadas extenuantes, tanto productivas como como reproductivas, intensificando su precariedad a través de la explotación/opresión de su fuerza de trabajo.

Otra consecuencia importante de este aislamiento doméstico fue el aumento de la violencia entre géneros. Esta medida, que pretendía reducir la proliferación del coronavirus, incrementó espantosamente los casos de malos tratos, agresiones, amenazas y feminicidios, ocasionando para la mujer víctima de la violencia doméstica, que ya contaba con una serie de resistencias para denunciar a su agresor, una situación aún más compleja, una vez que la tendencia del trabajo a domicilio se extendió al hombre asalariado. Éste, a su vez, también mantenía una mayor presencia en el ámbito doméstico, pudiendo así controlar más intensamente a las mujeres.

La lucha contra la precarización del trabajo de las mujeres es también anticapitalista

A la luz de las situaciones aquí enumeradas, la actual crisis económica ha tenido el efecto de revigorizar cuestiones poco expresivas entre los años 90 y 2000. De hecho, desde la crisis financiera de 2008-2009, una serie de críticas al neoliberalismo, los movimientos anticapitalistas, los feminismos marxistas, así como los movimientos antirracistas en diálogo con la crítica al modo de producción capitalista, han ido ganando en sustancia.

La razón de este radicalismo dentro de los movimientos sociales tiene su razón de ser. La expansión del desempleo a escala mundial, el alto nivel de informalidad laboral en los países del centro y la periferia del capitalismo, las diversas expresiones del avance de la precarización laboral y la expansión de la pobreza convergen hacia la raíz de estos problemas, que es el modo de producción capitalista. Así, dilucidar la forma en que organizamos el trabajo, así como la articulación entre la producción y la reproducción social, son cuestiones clave para entender esta miríada de formas em que el trabajo se presenta en la actualidad.

Partiremos aquí de la comprensión de Karl Marx y su análisis de la categoría de trabajo como elemento fundamental de la sociabilidad humana. Como condición de existencia de todos los seres humanos y formaciones sociales, en sus palabras, el trabajo es la “eterna necesidad natural de mediación del metabolismo entre el hombre y la naturaleza” (2013 [1867] p. 120). A través del trabajo, el ser humano siempre se orienta y se pone en movimiento, interactuando con la naturaleza externa, transformándola y transformándose a sí mismo. Como “modelo de toda praxis social” (Lukács. 2013), por tanto, la categoría de trabajo tiene un estatus privilegiado de análisis y por ello nos resulta metodológicamente ventajoso partir de su investigación para descubrir rasgos importantes del ser social (ide, ibíd.).

Si el proceso de producción y reproducción de todas las vidas humanas tiene como elemento central la categoría del trabajo, sin embargo, el lugar social que ocupa cada ser humano en la organización del trabajo difiere sustancialmente. Ocupamos diferentes lugares sociales e interactuamos con la naturaleza externa de forma concreta y, por lo tanto, mediada por los cuerpos. Esto significa que como clase social hay un elemento que nos une, al tiempo que esta misma clase tiene sexualidades, razas, géneros y otras diferencias que determinan de diferentes maneras el curso de nuestras vidas. 

En el capitalismo, sin embargo, estas diferentes formas de relacionarse con el mundo exterior se transforman en desigualdades sociales. Por lo tanto, es necesario problematizar cómo se produce la clase obrera de forma diferencial. En este sentido, el análisis de Marx, en El Capital (2012 [1867]), de las diferencias entre el trabajador inglés en comparación con el irlandés es bien conocido por revelar los diferentes niveles de reproducción social en los que se encontraban estas dos nacionalidades en el siglo XIX.

Por lo tanto, lejos de una tendencia de homogeneización de la explotación laboral, entendemos que las “categorías género y raza, como identidades, son construcciones sociales necesarias para el capital y, por eso mismo, tuvieron su gestación, como estructura social, a la par del surgimiento y desarrollo del capitalismo” (Roncato, 2020, p. 27).

Es por estas producciones de diferencias que la cantidad de la canasta básica de alimentos necesaria para la reproducción de las personas se presenta de manera desigual. Aquí abogamos por un análisis materialista de las opresiones y, para ello, las nociones que hacen referencia a la división socio-sexual del trabajo, así como el enfoque en la articulación entre producción y reproducción social, son categorías claves para el análisis del trabajo de las mujeres.

Entendemos la desigual división socio-sexual del trabajo como un producto del capitalismo, basado en los principios de separación y jerarquización. Ampliamente investigados por las teóricas feministas, tales supuestos son observables en diferentes sociedades y períodos históricos, aunque no sean principios ontológicos ni categorías del ser social.

Según Danièle Kergoat, la primera instrumentalización de la división sexual del trabajo fue llevada a cabo por los antropólogos y tuvo a Lévi-Strauss como uno de sus pioneros, haciendo de esta noción un mecanismo para clasificar y describir la estructuración de las sociedades en torno a la familia. Sin embargo, fueron las antropólogas feministas las primeras en darle un nuevo significado, indicando no sólo una complementariedad de tareas, sino también su sentido de relación social de poder entre mujeres y hombres (Mathieu, 1991; Tabet, apud Kergoat, 2009). Estos supuestos se basan en la idea de que hay trabajos que son “de mujeres” en contraposición a los considerados “de hombres” (ídem, ibídem). Además, el trabajo de las mujeres siempre valdrá menos (cuantitativa y cualitativamente) que el de los hombres (ibíd., ibíd.).

Además de la división socio-sexual del trabajo, entender el trabajo y el género implica analizar el nexo entre la producción y la reproducción social. La reproducción social se refiere aquí a la reproducción generacional, física, material y subjetiva de la fuerza de trabajo, es decir, la producción de la vida de la clase trabajadora como clase (Arruzza y Bhattacharya, 2020), ya sea en la forma asalariada o no, así como la reproducción y dominación jerárquica de la familia patriarcal y la lógica capitalista.

Por ello, es importante destacar que la superación de la actual situación de crisis política y económica, de crisis medioambiental, de desigualdad social incluyendo cuestiones de género, raza, LGBTQIA+ y de clase, y de precarización del trabajo, requiere una larga lucha, pero que creemos que se puede ganar. Para ello, debemos enfrentarnos y superar el modo de producción capitalista y conquistar otra sociedad. Una sociedad en la que los derechos sociales, entre ellos el trabajo no explotado, el derecho a la vivienda, a la salud y a la educación sean libres y universales y, en consecuencia, nos permitan el derecho a la vida ¡Pero una vida sin opresión, digna y con sentido!

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Mariana Shinohara Roncato

Luci Praun

Claudia Mazzei Nogueira

Traducción de Andrea Arrigoni y Diego Ferrari

Referencias

ARRUZZA, C., BHATTACHARYA, T. Teoría de la Reproducción Social. Elementos fundamentales para un feminismo marxista. Archivos De Historia Del Movimiento Obrero Y La Izquierda, (16), 37-69, 2020.

BHATTACHARYA, Tithi, Social Reproduction Theory Remapping Class, Recentering Oppression. London, Pluto Press, 2017.

BRASIL, Presidência da República. 2017. Lei nº 13.467, de 13 de julho de 2017. Brasília, DF: Presidência da República. Disponível em: <http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/_ato2015-2018/2017/lei/l13467.htm> Acesso em: 21 jul. 2021.

BRASIL. Presidência da República. Emenda Constitucional Nº 95, de 15 de dezembro de 2016. Disponível em: < http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/Constituicao/Emendas/Emc/emc95.htm> Acesso em: 10 jun. 2020.

DIEESE. Valor da cesta básica aumenta em 16 capitais em janeiro de 2022. Nota à imprensa. São Paulo, 7 de fevereiro de 2022a. Disponível em: <https://www.dieese.org.br/analisecestabasica/2022/202201cestabasica.pdf> Acesso em: 16 abr. 2022a.

DIEESE. Mulheres no mercado de trabalho brasileiro: velhas desigualdades e mais precarização. Boletim Especial 8 de março Dia da Mulher. 07/03/2022b.

GÓES, Geraldo S.; MARTINS, Felipe dos Santos; NASCIMENTO, José Antônio Sena. “O trabalho remoto nos setores formal e informal na pandemia”. Carta de Conjuntura nº 48. IPEA: 2020, p. 1-11. Disponível em: https://www.ipea.gov.br/portal/images/stories/PDFs/conjuntura/200921_cc48_nt_teletrabalho_nt.pdf. Acesso em: 21 jul. 2021.

IBGE. Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios Contínua. Trimestre Móvel DEZ. – FEV. 2022. Publicada em 31/03/2022. Disponível em: <https://biblioteca.ibge.gov.br/visualizacao/periodicos/3086/pnacm_2022_fev.pdf>. Acesso em: 16 abr. 2022.

KERGOAT Danièle. Divisão sexual do trabalho e relações sociais de sexo. In: Hirata H, et al., Dicionário crítico do feminismo. São Paulo: Unesp; 2009.

LORDE, Audre. Idade, raça, classe: mulheres redefinindo a diferença. In: HOLLANDA, Heloísa Buarque (Org.). Pensamento Feminista:conceitos fundamentais. Rio de Janeiro: Bazar do Tempo, 2019b, p. 239-249

LUKÁCS, György. Para uma ontologia do ser social. São Paulo: Boitempo, 2013.

MARX, Karl. O Capital, volume I. São Paulo, Boitempo Editorial, 2013.

NOGUEIRA, M. Claudia, O Trabalho Duplicado. São Paulo: Editora Expressão Popular. 2ª edição, (2011).

PRAUN, Luci; PIZA, Suze. Universidad, Docencia y Neoliberalismo. Socioscapes. International Journal of Societies, Politics and Cultures2(2), 2021, p 245-272. Disponível em: <http://www.socioscapes.org/index.php/sc/article/view/116> Acesso em: 16 abr. 2022.

RONCATO, S. Mariana. Working poor japonês: Trabalho imigrante dekassegui e suas transversalidades. Tese de Doutorado, IFCH/Unicamp, 2020.

Desigualdades persistentes e avanço da precarização do trabalho feminino no Brasil

No início de abril, uma jovem mulher de 26 anos faleceu em decorrência de queimadura que tomou 85% do seu corpo. Angelica Rodrigues, brasileira, queimou-se ao utilizar álcool etanol, em substituição ao gás de cozinha, para cocção de seus alimentos. Angélica era trabalhadora doméstica de tipo diarista. Como tantas outras, ficou desempregada durante a pandemia de covid-19 e sem recursos básicos para sua sobrevivência.

Em 2020, no auge da pandemia e em decorrência da crise econômica, o governo federal criou o auxílio emergencial para a população em vulnerabilidade social. Após muitas pressões sobre o governo, foram disponibilizadas cinco parcelas de 600 reais. Sob mais pressão, outras quatro, de 300 reais, foram pagas. Estas se somaram a mais sete parcelas mensais, dessa vez com valores que variavam entre 150 e 375 reais. O auxílio, finalizado em 2021, obviamente não foi suficiente nem na dimensão política nem na econômica.

É nesse contexto de inúmeras dificuldades para a classe trabalhadora, que o botijão de gás doméstico, que tornou-se inacessível à Angélica, alcançou, nos primeiros meses de 2022, um custo médio de 113 reais. Esse valor corresponde a cerca de 12% do rendimento médio de uma trabalhadora doméstica. No último ano, o aumento acumulado desde produto ultrapassou os 23%. No entanto, a renda média das trabalhadoras brasileiras, equivalente a 80% da recebida pelos homens, diminuiu.

Em março de 2022, a inflação acumulada em 12 meses já atingia 11%, configurando a maior alta inflacionária para este mês nos últimos 28 anos. Dois meses antes, em janeiro, na cidade de São Paulo, a cesta básica, composta de um conjunto de alimentos necessários à manutenção mínima de uma família, já havia atingido o custo de 713 reais, consumindo cerca de 60% do salário-mínimo, que é de 1.200 reais (DIEESE, 2022a).

De um lado um nome, uma vida e a história de uma trabalhadora brasileira desempregada, vítima da negligência do Estado e da exploração capitalista. De outro, uma conta que não fecha mesmo para parcela significativa daqueles e daquelas que conseguem manter-se no mercado de trabalho. O salário recebido por parte considerável da classe trabalhadora brasileira está longe de corresponder ao mínimo necessário à reprodução de suas vidas e às de seus familiares.

No Brasil, conforme os dados da Pnad-C (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios Continua), o rendimento mensal médio real de trabalhadores e trabalhadoras no trimestre de dezembro a fevereiro de 2022 foi de 2.511 reais. Esse valor, já abaixo do necessário à sobrevivência, é cerca de duas vezes e meia maior que o valor médio recebido, por exemplo, pelas trabalhadoras domésticas, grupo ao qual pertencia Angélica, a trabalhadora citada no início deste texto. As trabalhadoras domésticas brasileiras receberam, no mesmo período, em média, 992 reais mensais (IBGE, 2022).

A maneira como é determinado o tamanho da cesta básica da classe trabalhadora depende em grande parte das lutas sociais que ela conduz, sempre com o intuito de aumentar o valor de sua força de trabalho. Porém, é importante pontuar que este montante varia enormemente de acordo com o sexo, a raça e a nacionalidade (Bhattacharya, 2017). Por essa razão, para mulheres e pessoas racializadas – no caso brasileiro a população negra –, o salário sempre será menor, o desemprego e a informalidade do trabalho maiores, impactando diretamente na reprodução social de suas vidas. Estas clivagens internas à classe, longe de serem marginais ao modo de produção capitalista, ao nosso ver, representam seu funcionamento ordinário.

Gênero e raça no contexto do avanço da precarização do trabalho

Gênero e raça, portanto, para além de “fatores” ou “variáveis” que, articulados à classe, contribuem para a compreensão das relações de trabalho, constituem-se, nessa perspectiva, em determinantes sociais da diferença. Nas palavras de Lorde, “recusar-se a reconhecer a diferença torna impossível enxergar os diferentes problemas e armadilhas que nós, mulheres, enfrentamos” (2019, p. 243).

Compreender o lugar ocupado pelas mulheres brasileiras no mundo do trabalho pressupõe, portanto, uma reflexão que considere tanto as peculiaridades de nossa formação histórica, de país escravocrata e dependente, como as expressões locais do avanço global do neoliberalismo, da financeirização da economia, e da acentuada flexibilização do trabalho e desmonte dos direitos sociais, situação agravada ao longo do contexto pandêmico.

No Brasil, a pandemia de covid-19 se espraia já sob os efeitos da Emenda Constitucional nº 95, de 2016, que oficializou, a partir de 2018, o estrangulamento da capacidade de investimento público em saúde, educação, saneamento, entre outros setores fundamentais. Na esteira dessa medida, duas contrarreformas foram aprovadas pelo parlamento brasileiro, a trabalhista e a previdenciária.

A primeira contrarreforma instituiu, juntamente com a aprovação da terceirização irrestrita da força de trabalho, a ampliação do trabalho temporário, a possibilidade do vínculo intermitente, a figura do(a) autônomo(a) que pode trabalhar contínua e exclusivamente para uma únicaempresa, entretantos outros dispositivos voltados claramente a ampliar a rotatividade, o rebaixamento de direitos, e impedir o acesso à Justiça.

A segunda, por sua vez, ao instituir, em meio ao desmonte dos direitos do trabalho, o recolhimento previdenciário por 35 anos para as mulheres e 40 anos para os homens, eliminou a possibilidade de aposentadoria para milhões trabalhadoras e trabalhadores brasileiros. Mais uma vez, pela forma acentuadamente precarizada como se inserem no mercado de trabalho, são as mulheres, sobretudo as negras, as mais atingidas.

Consonantes com o avanço da mundialização neoliberal, essas medidas aprofundaram de forma significativa o desmonte dos serviços públicos, promovendo novos impulsos à flexibilização do trabalho, amplamente facilitada pelos avanços no campo das tecnologias digitais e da inteligência artificial.

Dessa forma, as medidas adotadas no contexto pandêmico acentuaram a precariedade das condições de vida e trabalho pré-existentes, abrindo caminho para novas formas de precarização. Um estudo comparativo entre indicadores dos terceiros trimestres de 2019 e 2021, realizado pelo Departamento Intersindical de Estatística e Estudos Socioeconômicos (DIEESE, 2022b), em base aos dados divulgados pela Pnad-C/IBGE, demonstra como o contexto da pandemia, articulado às medidas anteriores, de flexibilização do trabalho, incidiu de forma particular sobre a força de trabalho feminina.

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Além da retração da participação da força de trabalho feminina no mercado de trabalho, que oscilou de 54,6%, em 2019, para 52,3%, em 2021, observou-se a acentuação da desocupação e do desemprego por desalento entre mulheres. No caso da desocupação, a taxa que em 2019, de 14,3%, chegou a 15,9%, em 2021, ao mesmo tempo em que, para o segmento masculino, manteve-se estável: 10% (2019) e 10,1% (2021).

Vale destacar que entre as mulheres, considerando somente 2021, chama a atenção a diferença do indicador de desocupação entre mulheres negras (18,9 %) e brancas (12,5%). No grupo das mulheres, destaca o DIEESE (2022b), o índice de subutilização da força de trabalho no 3º trimestre de 2021 foi de 33,3%, frente aos 20,9% observado entre os homens.

O contexto pandêmico também impulsionou um importante deslocamento de atividades laborais remuneradas antes realizadas fora de casa rumo ao ambiente doméstico. É sabido que o espaço domiciliar, para além do trabalho doméstico feminino não remunerado, abriga historicamente um conjunto de atividades remuneradas que, não à toa, também estão socialmente associadas às mulheres e, em particular, às mulheres negras.

O que chama a atenção, entretanto, são as novas articulações proporcionadas pelo capitalismo em sua fase neoliberal. Por um lado, a incorporação de novas atividades não remuneradas, especialmente as de cuidado, que deixaram de ser oferecidas pelo Estado. Por outro, o incremento de diversas atividades remuneradas, impulsionadas pelo desemprego, o que inclui desde o impulso à produção e comercialização de produtos diversos a outros tipos de trabalho desenvolvidos a partir do acesso a equipamentos eletrônicos e com uso da internet.

Em junho de 2020, conforme pesquisa publicada pelo IPEA, 8,7 milhões (12,7%) de brasileiros/as com alguma ocupação exerciam suas atividades laborais de forma remota, desde suas casas. A pesquisa, desenvolvida por Góes et. al. (2020), constatou que deste total, 84,1% tinham vínculo formal de emprego. Com presença predominantemente de mulheres (55,5%), o grupo também caracterizava-se pela alta escolarização, com 73,3% de seus integrantes com curso superior completo ou pós-graduação. São diversas as pesquisas que apontam para a acentuada sobrecarga de trabalho das mulheres que, ao desenvolverem suas atividades laborais remuneradas em casa, ampliaram o tempo de dedicação e intensificaram os processos de trabalho (Praun e Piza, 2021).

Neste sentido, os detentores dos meios de produção ao transferirem o trabalho assalariado para a esfera da reprodução, através do home-office, intensificaram ainda mais a desigualdade estrutural de gênero, raça e etnia. Uma das consequências dessa nova realidade foi explicitar o quanto a divisão sociossexual do trabalho é desfavorável para a mulher, sendo, em grande medida, mais intensa para a mulher negra.

Ou seja, a reclusão doméstica para se proteger da pandemia e continuar realizando o seu trabalho assalariado, na maioria dos casos, resgatou o papel social e histórico dado à mulher de cuidadora e responsável pela criação dos filhos, pela organização e realização das tarefas domésticas. Tal situação, obrigou-a a realizar jornadas exaustivas de trabalho, tanto produtivo quanto reprodutivo, intensificando a sua precarização através da exploração/opressão da sua força de trabalho.

Outra importante consequência deste isolamento doméstico foi o aumento da violência entre os gêneros. Essa medida, que visou reduzir a proliferação do coronavírus, aumentou assustadoramente os casos de abusos, agressões, ameaças e feminicídios, trazendo para a mulher vítima de violência doméstica, que já tinha uma série de resistências para denunciar seu agressor, uma situação ainda mais complexa, uma vez que a tendencia do trabalho em home-office se estendeu ao homem assalariado. Este, por sua vez, também manteve uma maior presença na esfera doméstica, podendo, portanto, controlar mais intensamente a mulher.

A luta contra a precarização do trabalho feminino é também anticapitalista

                Em face às situações aqui elencadas, a atual crise econômica que estamos atravessando tem ocasionado o efeito de revigorar questionamentos pouco expressivos entre as décadas de 1990 a 2000. Em realidade, desde a crise financeira de 2008 – 2009 vem crescendo de modo substantivo uma série de críticas ao neoliberalismo, movimentos anticapitalistas, feminismos marxistas, assim como movimentos antirracistas em diálogo com a crítica ao modo de produção capitalista.

O motivo de tal radicalidade dentro dos movimentos sociais tem sua razão de ser. A expansão do desemprego em escala global, o alto índice de informalidade do trabalho em países de centro e periferia do capitalismo, as diversas expressões do avanço da precarização do trabalho e a expansão da pobreza convergem para a raiz desses problemas, qual seja, o modo de produção capitalista. Assim, elucidar a forma como organizamos o trabalho, bem como a articulação entre produção e reprodução social são questões chaves para entender essa miríade de formas do trabalho se apresentar na atualidade.

                Partiremos aqui da compreensão de Karl Marx e sua análise da categoria trabalho como elemento fundante da sociabilidade humana. Como condição de existência de todos os seres humanos e formações sociais, em suas palavras, o trabalho é a “eterna necessidade natural de mediação do metabolismo entre homem e natureza” (2013 [1867] p. 120). Pelo trabalho, o ser humano sempre se orientará e se colocará em movimento, interagindo com a natureza externa, transformando-a e se autotransformando. Como “modelo de toda a práxis social” (Lukács. 2013), portanto, a categoria trabalho tem um estatuto privilegiado de análise e por essa razão nos é metodologicamente vantajoso partir de sua investigação a fim de desvendar traços importantes do ser social (ide, ibidem).

                Se o processo de produção e reprodução de todas as vidas humanas têm a categoria trabalho como elemento central, sem embargo, o lugar social em que cada ser humano ocupa na organização do trabalho se difere substancialmente. Ocupamos lugares sociais distintos e interagimos com a natureza externa de forma concreta e, portanto, corporificada. Isso significa dizer que enquanto classe social há um elemento que nos une, ao passo que essa mesma classe possui sexualidades, raças, gêneros e outras diferenças que determinam de formas distintas o curso de nossas vidas. 

Sob o capitalismo, não obstante, essas formas distintas de se relacionar com o mundo externo são transformadas em desigualdades sociais. Há, portanto, que se problematizar de qual maneira a classe trabalhadora é diferencialmente produzida. A esse respeito, a análise de Marx, em O Capital (2012 [1867]), acerca das diferenças entre o trabalhador inglês em comparação ao trabalhador irlandês é bastante conhecida por desvelar patamares diferenciados de reprodução social em que estas duas nacionalidades se encontravam no século XIX.

Portanto, longe de uma tendência da exploração do trabalho homogeneizante, nosso entendimento é a de que as “categorias gênero e raça, enquanto identidades, são construções sociais necessárias ao capital e, por esta mesma razão, tiveram sua gestação, enquanto estrutura social, pari passu à gênese e desenvolvimentodo capitalismo” (Roncato, 2020, p. 27).

São por essas produções das diferenças que o montante da cesta básica necessária à reprodução das pessoas se apresenta de forma desigual. Aqui, advogamos uma análise materialista das opressões e, para tanto, noções que remetem à divisão sociossexual do trabalho, assim como o enfoque na articualação entre produção e reprodução social são categorias chaves de análise sobre o trabalho das mulheres.

Compreendemos a desigual divisão sociossexual do trabalho como um produto do capitalismo e que tem como pressupostos os princípios da separação e a hierarquização. Largamente pesquisado por teóricas feministas, tais pressupostos são passíveis de observações em diferentes sociedades e períodos históricos, mesmo que não sejam princípios e categorias ontológicas do ser social.

Segundo Danièle Kergoat, a primeira instrumentalização da divisão sexual do trabalho foi realizada pelos antropólogos e teve Lévi-Strauss como um de seus pioneiros, fazendo dessa noção um mecanismo para classificar e descrever a estruturação das sociedades em torno da família. Entretanto, foram as antropólogas feministas que lhe deram pela primeira vez um novo significado, indicando não somente uma complementaridade das tarefas, mas também seu sentido de relação social de poder entre mulheres e homens (Mathieu, 1991; Tabet, apud Kergoat, 2009). Esses pressupostos partem da ideia de que existem trabalhos que são “de mulheres” em oposição aos trabalhos considerados “de homens” (idem, ibidem). Ademais, o trabalho da mulher sempre irá valer (quanti e qualitativamente) menos em comparação ao homem (idem, ibidem).

Além da divisão sociossexual do trabalho, entender trabalho e gênero passa pela análise do nexo existente entre produção e reprodução social. Reprodução social aqui se refere à reprodução geracional, física, tanto material como subjetiva da força de trabalho, ou seja, a produção da vida da classe trabalhadora enquanto classe (Arruzza e Bhattacharya, 2020), seja ela na forma assalariada ou não, como também a reprodução hierárquica e de dominação da família patriarcal e da lógica capitalista.

Portanto, é importante destacar que superar a atual situação de crise política e econômica, ambiental, de desigualdade social, contemplando as questões de gênero, raça, LGBTQIA+ e classe, e a precarização do trabalho, nos exige uma luta longa, mas que acreditamos ser passível de vencer. Para tal, é preciso confrontarmos e superarmos o modo de produção capitalista e conquistarmos uma outra sociedade. Uma sociedade na qual os direitos sociais, entre eles o trabalho não explorado, o direito a habitação, saúde e educação sejam gratuitos e universais e, consequentemente, nos permitam o direito à vida, mas uma vida sem opressões, digna e dotada de sentido!

Mariana Shinohara Roncato

Luci Praun

Claudia Mazzei Nogueira

Referências

ARRUZZA, C., BHATTACHARYA, T. Teoría de la Reproducción Social. Elementos fundamentales para un feminismo marxista. Archivos De Historia Del Movimiento Obrero Y La Izquierda, (16), 37-69, 2020.

BHATTACHARYA, Tithi, Social Reproduction Theory Remapping Class, Recentering Oppression. London, Pluto Press, 2017.

BRASIL, Presidência da República. 2017. Lei nº 13.467, de 13 de julho de 2017. Brasília, DF: Presidência da República. Disponível em: <http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/_ato2015-2018/2017/lei/l13467.htm> Acesso em: 21 jul. 2021.

BRASIL. Presidência da República. Emenda Constitucional Nº 95, de 15 de dezembro de 2016. Disponível em: < http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/Constituicao/Emendas/Emc/emc95.htm> Acesso em: 10 jun. 2020.

DIEESE. Valor da cesta básica aumenta em 16 capitais em janeiro de 2022. Nota à imprensa. São Paulo, 7 de fevereiro de 2022a. Disponível em: <https://www.dieese.org.br/analisecestabasica/2022/202201cestabasica.pdf> Acesso em: 16 abr. 2022a.

DIEESE. Mulheres no mercado de trabalho brasileiro: velhas desigualdades e mais precarização. Boletim Especial 8 de março Dia da Mulher. 07/03/2022b.

GÓES, Geraldo S.; MARTINS, Felipe dos Santos; NASCIMENTO, José Antônio Sena. “O trabalho remoto nos setores formal e informal na pandemia”. Carta de Conjuntura nº 48. IPEA: 2020, p. 1-11. Disponível em: https://www.ipea.gov.br/portal/images/stories/PDFs/conjuntura/200921_cc48_nt_teletrabalho_nt.pdf. Acesso em: 21 jul. 2021.

IBGE. Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios Contínua. Trimestre Móvel DEZ. – FEV. 2022. Publicada em 31/03/2022. Disponível em: <https://biblioteca.ibge.gov.br/visualizacao/periodicos/3086/pnacm_2022_fev.pdf>. Acesso em: 16 abr. 2022.

KERGOAT Danièle. Divisão sexual do trabalho e relações sociais de sexo. In: Hirata H, et al., Dicionário crítico do feminismo. São Paulo: Unesp; 2009.

LORDE, Audre. Idade, raça, classe: mulheres redefinindo a diferença. In: HOLLANDA, Heloísa Buarque (Org.). Pensamento Feminista:conceitos fundamentais. Rio de Janeiro: Bazar do Tempo, 2019b, p. 239-249

LUKÁCS, György. Para uma ontologia do ser social. São Paulo: Boitempo, 2013.

MARX, Karl. O Capital, volume I. São Paulo, Boitempo Editorial, 2013.

NOGUEIRA, M. Claudia, O Trabalho Duplicado. São Paulo: Editora Expressão Popular. 2ª edição, (2011).

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RONCATO, S. Mariana. Working poor japonês: Trabalho imigrante dekassegui e suas transversalidades. Tese de Doutorado, IFCH/Unicamp, 2020.

One thought on “Desigualdades permanentes y avance de la precarización del trabajo femenino en Brasil = Desigualdades persistentes e avanço da precarização do trabalho feminino no Brasil

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